martes, 5 de septiembre de 2017

La dialéctica y sus cortinas


            Uno de los regalos que nos han dejado fiestas como el nazismo, el fascismo, el franquismo, el comunismo, la revolución cultural, la Kampuchea democrática, el Régimen Militar de Pinochet, el Proceso de Reorganización Nacional argentino, y así otras muchas barbaridades que se les han ido ocurriendo a hijos de puta de gran calado durante las últimas décadas, han sido unas construcciones dialécticas magistrales. Todas ellas tenían un componente argumental perfectamente definido desde las oficinas en donde se utilizaban las mentes preclaras de cada régimen para justificar el porqué de hacer las cosas de una manera y no de otra. Aunque a veces parece sencillo, montar un jaleo tal como el de Franco, que dejó las cunetas sembradas de vecinos –somos el segundo país del mundo con más fosas comunes sin identificar después de Camboya– y convenció a un gran número de gente de que eso de las Leyes del movimiento era algo estupendo, requiere de un esfuerzo intelectual adecuado para poder hacer chistes sobre muertos sin que se te muevan los higadillos. Amén de silenciar todas aquellas actuaciones de sus comandos de psicópatas pasándose por el arco del triunfo cualquier convención de derechos humanos. Ya sabéis, eso que se empeñan en ocultar, negar o incluso defender algunas de las viejas –y no tan viejas– glorias del PP.

            Sé que algunos podéis estar pensando que estoy sacando los pies del tiesto, pero para que no os sintáis incómodos, os diré que los extremos se besan en las alcobas, y que Pol Pot fue un bastardo con todas las letras, Mao Zedong un psicópata, Maduro es imbécil y Lenin fue ese hijo de puta que dijo que la muerte de un hombre es una tragedia, pero la de millones una estadística. Y lo aplicó a conciencia.

            ¿Qué es lo que tienen en común la mayoría de estos regímenes dictatoriales y criminales? Como os decía antes, todos estaban soportados por una lógica intachable, perfectamente argumentadas y justificadas. Todas tenían detrás grandes ideales, símbolos grandilocuentes y la indudable capacidad de arrastrar a las masas y así sustentarse bajo la sangre de los enemigos comunes. Pero no sólo esas ideologías: a fin de cuentas, esto pone de manifiesto una verdad que se aprende en las clases de filosofía cuando estás atento o cuando ministros amantes de la verdad unívoca no te la quitan del plan de estudios: toda conclusión tiene por detrás una sucesión dialéctica que la sustenta. Únicamente tienes que hallarla. O inventártela, que a fin de cuentas da lo mismo. No en vano, tenemos la dirección deductiva o la inductiva, de atrás adelante o al revés, y podemos vestir el santo que queramos para que nos quede guapo.

            A fin de cuentas, todas las barbaridades que en este mundo han sido tienen una característica en común, desde la muerte de millones deportados a Siberia hasta el abuso escolar –¡fijaos, lectores, hay algo en castellano que nos permite no usar el anglicanismo bullying!–, y es que quien la comete siempre aporta razones para hacerlo, desde la necesidad de una limpieza étnica hasta que el rarito ése se merece que le maten a collejas. A fin de cuentas, el ser humano, ya sea por la inseguridad, por el miedo, por la curiosidad o por lo que sea que nos ocurre, siempre tiene la imperiosa necesidad de justificar sus actos, desde los más nimios como puede ser por qué le gusta más carne o el pescado hasta por qué prefiere acostarse a una hora y no a otra.

            Es la dialéctica y la mala hostia que tienen algunos que con los atentados terroristas que nos han llegado a suelo español han sido incapaces de no caer en la tentación por la que rezan. Aparte de gastarse los dientes en puntualizar lo innecesario, que consiste en que la culpa de los atentados la tienen los asesinos que los cometieron, se han dedicado a mezclarlo todo con temas políticos, a ver qué pescaban. Así, tenemos a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, compuesta mayoritariamente por funcionarios dispuestos a jugarse la vida por ti y por mí cuando llega el caso, enfangadas en cuestiones políticas que manchan esa tarea tan encomiable. Y todo gracias, como siempre, a esos dirigentes políticos que tenemos, tan expertos ellos en cabrear al personal y utilizarlo de cabeza de lanza para sus propios intereses. Sinceramente, da asco, y cada vez que alguien me saca el tema y me quiere hacer comulgar con ruedas de molino para que asienta como un burro a las verdades que le han puesto en la boca los políticos y tertulianos de su cuerda, con mucho respeto le digo que me deje de tocar los cojones.

            Es como lo del tema catalán. Hasta en la sopa, os lo juro. Todo el mundo en las tertulias hablando del asunto, opinando sobre el artículo 155 de la Constitución o sobre el derecho a decidir de los pueblos, haciéndoles la merienda a unos dirigentes que sólo producen vergüenza ajena cada vez que salen en la tele farfullando discursos escritos por manos ajenas. Todavía estoy esperando ese momento en que algún periodista levante la mano en mitad de una de esas ruedas de prensa y le suelte a Mariano o a Puigdemont que sí, que todo eso está muy bien, pero que qué opina de las ITVs, de los Gürteles, de las pujoladas, de lo de Murcia, de lo de la perla negra… Porque no deja de resultarme curioso como los dos partidos más corruptos de la democracia española –esa que les patina en la lengua siempre que les interesa– han conseguido que hablemos de la primera cortina de humo que se han encontrado y no estemos preguntándoles día tras día que dónde está todo ese dinero que nos han estado esquilmando en las últimas cuatro décadas de bendita democracia.

 

Alberto Martínez Urueña 5-09-2017

viernes, 25 de agosto de 2017

Ni venganzas ni buenismos


            El tema del terrorismo es uno de esos en los que hay que andar con muchos pies de plomo y, siempre, con absoluto cuidado. Sobre todo porque cuando escribes sobre algo –y en la era de las redes sociales, de mensajes a vuelapluma que arden en las pasiones, hay que incrementarlo– corres el riesgo de no matizar convenientemente todas y cada una de tus afirmaciones. El problema es que el análisis sosegado no vende, es mejor tener a varios bocachanclas entre los tertulianos y columnistas para encender aún más unas llamaradas que corren libres y salvajes en esta época de sequía humana. Yo no quiero caer en ese fallo, y por eso únicamente plantearé dos cuestiones muy sencillas.

            La primera de esas es que los problemas tienen diferentes planos desde los que actuar, y a los fanatismos que enarbolan la mayoría de los necios que hablan sin la necesaria espita en los morros se les olvida. No conseguiremos librarnos de que nos maten mandándoles miles de cartas de amor para que sepan que no tenemos nada en contra de ellos; pero tampoco conseguiremos nada enviando a todas las tropas del mundo para realizar una limpieza étnica. Cualquiera que proteste porque la policía abra fuego contra un sujeto enloquecido que tiene una serie de paquetes pegados al cuerpo y que grita palabras en árabe es muy corto de entendederas. Por otro lado, cualquiera que argumente que esto lo solucionamos con sólo mandar maestros y diplomáticos a Oriente Próximo no entiende que los procesos sociales y culturales necesitan de varias generaciones para implantarse.

            Sin embargo, negar una de estas dos posibles perspectivas de actuación porque pueda arrebatar posibles venganzas es actuar con una miopía intelectual sólo reservada a los borricos calzados con orejeras. Orejeras asumidas con alegría y fanfarria: no podemos obviar el chorro de adrenalina que les provoca esa catarsis emocional de gritos, miradas torcidas e insultos. Y sobre todo, olvido de una humanidad de la que hablan o rezan en otras ocasiones más propicias. Sin olvidar tampoco las orejeras opuestas: esas actitudes de falso buenismo con que algunos se atribuyen una superioridad moral que en realidad no poseen, negando la evidencia de que ahí fuera – y también aquí dentro – hay descerebrados que quieren meterte la metralla por donde te quepa. O por donde no te quepa. Y sin más razones que el odio, allá de donde salga.

            La segunda de las apreciaciones que me gustaría hacer no es tanto sobre las posibles soluciones como sobre las causas. Del mismo modo que antes indicaba que los procesos sociales necesitan de varias generaciones, el nivel de odio que estos pueblos han desarrollado hacia nuestro acrisolado Occidente no puede ser fruto de un día –aunque la ley de la gravedad indica que se va más fácil hacia abajo que hacia arriba–. Hay que aceptar y entender que cuanto más extremas son las pasiones, y más drásticas las medidas que de ellas se derivan, mayores son los deseos de afrontarlas y muchas menos las cosas que perder. Que me digan a mí, occidental tipo medio, trabajo bien remunerado, vida aceptablemente cómoda y con familia a la que proteger que me lie un símbolo religioso a la cabeza y me lance a una guerra santa es bastante más complicado que si se lo dicen a un chaval que ha visto morir a su familia bajo las bombas de una guerra que no entiende, que sus perspectivas de futuro es intentar comer al menos una vez al día y que, cuando intenta salir del infierno, le encierran en un campo de concentración a las puertas de Grecia. Pero no sólo eso, porque hablaba de que este odio no se cultiva sólo en una generación.

            No soy experto en geoestrategia, pero la que hay montada en la zona del Golfo Pérsico y aledaños es el drama por excelencia. Desde que se descubrieron los yacimientos petrolíferos más importantes de la historia en suelo saudí, toda esa zona ha estado revuelta. Pero no sólo eso: si nos remontamos hasta los anales de la historia, todo el crisol de civilizaciones europeas, indias, judaicas y protoarábigas han estado zurrándose de lo lindo en ese cruce de caminos que tiene por capital a Jerusalén. Las injerencias de los diferentes imperios han sido constantes, y los grupos clandestinos organizados para sembrar el terror, incansables. Desde los zelotes hasta los nizaríes, pasando por cualquiera otra organización que se opusiera a la ocupación extranjera, han tenido por herramienta el asesinato y por ideología el odio, y por mucho que nos joda el orgullo, no somos demasiado especiales en este siglo veintiuno, no hay nada nuevo bajo el sol, sólo la sucesión histórica de un desastre bélico cada vez más globalizado.

            En conclusión, espero que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sigan tirando a matar en ciertas circunstancias, pero no puedo evitar sentir una cierta empatía por la madre que ve morir a su hijo de hambre, o por el padre al que su hija de tres años se le escapa entre las manos y cae por la borda de una patera. En definitiva, por pobres de la tierra, por los marginados y los oprimidos, por los que mueren en mitad de un conflicto sin pretender ser parte de ello –el 80% de los muertos de esta guerra santa son musulmanes– completamente olvidados por el mundo rico. Una cosa no quita la otra, y no voy a posicionarme a favor o en contra de cada uno de los descerebrados que pueblan las redes sociales con mensajes que para lo único que sirven es para definir a quienes los ladran, con independencia de color, credo, sexo o religión.

 

Alberto Martínez Urueña 23-08-2017

miércoles, 26 de julio de 2017

¿Cuándo lo sabré?



 

            - ¿Cuándo sabré si lo estoy haciendo de la manera correcta? – inquirió el joven.

            - Cuando no necesites preguntártelo. – le respondió el anciano, con su sonrisa habitual.

            El joven le miró, hasta cierto punto perplejo, y abrió a boca para volver a preguntar, para insistir, pero el anciano levantó la mano y le ofreció un trozo del queso que estaban comiendo. Se lo ofreció con una ligera inclinación de cabeza, entregándole nuevamente su sonrisa, y el joven cogió aquel dorado y sudoroso trozo de queso curado, observándole con si se tratase de un libro repleto de líneas incomprensibles.

            Yo había continuado siguiéndoles en aquel viaje hacia ninguna parte. Todavía recuerdo, cuando han pasado varios años, el primer contacto que tuve con ellos y cómo sentí la curiosidad de saber por dónde les llevarían sus pasos. Con el tiempo, esos pasos se convirtieron en los míos, y comprendí que puedes andar un camino ya pisado como si fuera nuevo. Cualquier lugar era bueno para verles cómo se detenían y comenzaban su plática; y en cada una de esas paradas, he buscado la manera de acercarme sin ser visto, escondido, para poder escuchar sus desconcertantes palabras.

            Como aquella vez. Sus pasos nos habían llevado por un pequeño bosque umbrío, cerca de un riachuelo que no había visto, pero que sí que podía escuchar desde donde me encontraba, detrás de unos arbustos, sentado con la espalda apoyada contra el tronco de un árbol derribado por el viento. Había conseguido un trozo de carne seca en el último pueblo por el que habíamos pasado. Le había ofrecido ayuda a una mujeruca que intentaba hacer arrancar la bomba de agua de su pozo artesano, pero el motor se le había gripado y no lo conseguía. Yo soy algo habilidoso para las tareas manuales, y le solucioné el problema; a cambio, quiso pagarme y yo le acepté aquel trozo de carne curada y un mendrugo de pan que guardaría para la cena.

            La pregunta que había hecho el joven, aquella tarde en que el calor del verano quedaba aplacado por el frescor que la lluvia de la noche pasada le había dado al bosque, me había hecho aguzar los oídos, y les veía por una pequeña rendija que el arbusto había fabricado para mis ojos furtivos.

            - Las personas saben que es algo importante. – dijo el anciano, mirando en derredor suyo, acariciando la naturaleza con sus pupilas brillantes. – Saben que el origen de todo está precisamente ahí, pero lo saben con las tripas, y por desgracia ya no saben escuchar su lenguaje. Necesitan palabras, conceptos, clasificaciones…

            - ¿Y no es normal que los necesiten?

            - Es inevitable, pero al mismo tiempo absurdo. Cuando quiere saber si la espina de una rosa es aguda y dañina, el niño le aprieta con la yema aterciopelada de su índice, y entonces adquiere una sensación nueva, y aprende. Cuando necesita hacer una suma o una multiplicación, utilizará su mente analítica y racional para saber que dos más dos siempre es cuatro. Sin embargo, cuando quiera saber qué significa querer a alguien, ¿a cuál de estas dos herramientas recurrirá?

            El joven se quedó igual de anonadado que yo, buscando darle una respuesta al anciano, a pesar de saber que ninguna podría resolver la encrucijada.

            - ¿A ninguna de ellas? – acertó a decir.

            El anciano soltó una carcajada que resonó entre los troncos de los árboles e hizo callar momentáneamente el trino de los pájaros. Después cogió un nuevo pedazo de queso y se lo llevó a la boca, saboreándolo con cuidado, con los ojos entrecerrados.

            - ¿Por qué vamos a despreciar lo que nos dicen los sentidos, o lo que nos dice la razón? No, el problema es que su rango de conocimiento se queda limitado a su campo de acción, nada más. Y si un ser humano, un ser con su propia conciencia, se queda limitado a esos dos conocimientos jamás encontrará la verdadera razón, la que desvela el mundo más allá de él mismo. Porque el amor es algo que está más allá de una sola persona, más allá de sus preguntas y más allá de sus espejismos. En base a los sentidos categorizará, por tanto, entre lo que le resulta placentero y lo que no, y en base a su razonamiento, clasificará y establecerá límites entre lo que es y lo que no. Pero ¿de qué sirve todo eso si no lo vive y además, si no es capaz de vivirlo de verdad, e incluso de observarlo más allá de sí mismo?  No verá que para el verdadero amor no hay límites ni contradicciones. Lo han de saber con las tripas, pero por desgracia, no todos están dispuestos a escucharlas. Y de estos, pocos se entrenan para poder hacerlo.

            - Y entonces, ¿cómo puedo saber si lo estoy haciendo de la manera correcta?

            - Cuando no necesites preguntártelo. – respondió el anciano, sin desprenderse de aquella sonrisa que desarmaba cualquier resistencia. – Ahora siéntate aquí a mi lado y respira. Quizá consigas entender que los límites no existen, que las categorizaciones dividen entre un “esto” y un “lo otro” inexistentes, y que el egocentrismo para lo único que sirve es para enturbiar el riachuelo. Un riachuelo claro y limpio que canta para ti más allá del empeño que pones en chapotear en su seno y enturbiarlo. Déjale que corra y quizá te cuente sus secretos.

            No hablaron más por aquella tarde. A través de la mirilla que el arbusto me había proporcionado, les vi quedarse quietos, igual que los árboles que nos rodeaban, como las piedras sobre las que nos sentábamos. Su respiración se mezcló con el aire que llegaba de otros tiempos, y de otros espacios. Y también la mía.

 

Alberto Martínez Urueña 25-07-2017

martes, 11 de julio de 2017

Organismos de control


            Una de las cuestiones principales y que, debido al trabajo que desarrollo, más me inquietan en los últimos tiempos tiene que ver con una de las cuestiones que más os inquietan a vosotros, o al menos, eso infiero de las conversaciones que mantengo con algunos, tanto de las que tenemos de viva voz como por correo. De una forma u otra, al final, después de tratar los diferentes problemas comunes que nos afectan, llegamos todos a la misma conclusión, que es la desvergüenza con la que los partidos políticos utilizan y manipulan los poderes del Estado.

            Hoy mismo salta a la palestra un asunto aparcado desde hacía un par de semanas relativo a la sustitución del juez Velasco por el titular de la plaza que éste ocupaba en la Audiencia Nacional, el juez García Castellón. Hasta aquí nada relevante, nada que no se pueda explicar desde la propia legislación laboral de la función pública. El problema reside en la forma en la que ha salido el primero –su designación en el nuevo puesto ha sido impugnada por varios compañeros de carrera– y también en las conversaciones en que uno de los imputados en uno de los casos, Ignacio González, pretendía que se cargaran al juez Velasco para que él pudiera entenderse con el juez García Castellón. No hace falta pensar mucho para ver el conflicto.

            Pero no acaban aquí las injerencias. El caso del fiscal anticorrupción, por poner un ejemplo, sería paradigmático, pero después, cuando empiezas a bucear en las entrañas de la propia administración empiezan a surgir dudas al respecto del control efectivo que se realiza por los órganos controladores, tanto jurídicos como económicos, de la actividad llevaba a cabo por los dirigentes políticos. Aquí no se escapa ninguno, y las conversaciones mantenidas con personas relacionadas con estos órganos de control que profesan diferentes ideologías no dejan lugar a dudas: hay evidentes problemas de independencia entre quien vigila y el vigilado cuando es este último el responsable de nombrar a los dirigentes de los primeros no hace sino menoscabar la confianza que se pueda depositar en éstos. Hablo de cómo el poder político se ha asegurado la posibilidad de nombrar a los miembros –o tener mayoría de puestos a su disposición– del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional, de la cúpula de la Agencia Estatal de la Administración Tributaria, al Interventor General, al presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, a varios miembros de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, a los miembros de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, y así un largo etcétera, sin contar que en las Comunidades Autónomas se han duplicado algunos de estos órganos con la justificación –razonable o no, según a quien preguntes– de la independencia de gestión de los diferentes niveles administrativos de la organización del Estado español.

            Es evidente que la posibilidad de que el poder político meta la zarpa en estos organismos controladores no implica necesariamente que lo haga. No tenemos por qué pensar que si dejas el gallinero con la puerta abierta y le das un plano al zorro, indicando en donde están los pollos más tiernos, éste vaya a entrar y preparar un desaguisado. Y no soy partidario del cinismo prejuicioso que considera que todas las personas tienden a la corrupción y si les das la posibilidad la van a coger en la práctica totalidad de los casos, pero entendedme que tenga mis serias dudas.

            Todavía recuerdo los monólogos rubalcareños al respecto de que el poder político no podía ni debía permitir que la Justicia se convirtiera en un terreno donde los jueces pudieran hacer y deshacer sin ningún tipo de control procedente del poder soberano que emana de las Cortes Generales. Lo decía con esa forma de hablar que tienen los grandes oradores conforme a la cual si no entiendes el razonamiento es que eres gilipollas, pero sin ofender. Sólo es que eres un poco bobo, nada más, pero cierra la boca y hazle caso al profesor. Por desgracia, este tipo de actitudes, más todo el chorreo de corrupción que sale en prensa sobre hechos consumados que deberían haberse parado antes de ser cometidos –labor que hacemos, o deberíamos poder hacer, quienes nos dedicamos al control del gasto público–, más las jugadas judiciales como la de Moix o García Castellón –que no digo que haya nada, pero lo parece– ponen en tela de juicio de manera severa el funcionamiento de nuestras instituciones y, en última instancia, el funcionamiento de nuestro Estado de Derecho. Un Estado de Derecho que únicamente puede sobrevivir en base a la aplicación estricta de la ley, pero que sin la fiabilidad de esos órganos controladores, zozobra como el Titanic, herido por un iceberg de dudas e incertidumbres que socavan la confianza del ciudadano.

            Así que la conclusión a la que llegué hace ya tiempo es que lo del control por parte del órgano del que emana la soberanía popular es una frase superchula, pero en la práctica es la ley de la omertá en la que nadie dice nada para poder seguir controlando el tema. No me fio de los políticos más de lo que me fío del ciudadano de a pie, y del mismo modo que no confiaría en una policía nombrada por delincuentes, no puedo menos que reclamar órganos de control independientes de aquellos a los que hay que vigilar con cien ojos. Y a la praxis me remito.

 

Alberto Martínez Urueña 11-07-2017

miércoles, 5 de julio de 2017

La libertad de empresa



            Hay determinados debates más o menos encendidos que tienen un mar de fondo de lo más interesante. Uno de esos océanos oscuros le hemos tratado aquí, en esta columna, en multitud de ocasiones, desde varios puntos de vista y con diferentes temáticas. Todos ellos tienen una perspectiva única, y me estoy refiriendo a eso que llaman límites de la libertad. Este concepto es aplicable a múltiples campos y para un economista como yo, es ineludible hablar de uno de ellos: la libertad de mercado.
            Parece tener dos variantes, aunque en realidad es sólo una: ¿hasta qué punto ha de estar regulado un mercado concreto?, y en segundo lugar, ¿se puede prohibir el comercio de algo? En realidad, este último caso implicaría una regulación extrema del mercado, por lo que estaríamos en el primer caso. Hay diferentes regulaciones según países, o incluso según regiones (gracias, Comunidades Autónomas), en diferentes mercados. Esta diferencia reguladora indica que hay diferentes ideologías a la hora de afrontarlo, según primen unos criterios u otros. En concreto, y sujetándonos al tema que hemos traído a colación, tendríamos dos conceptos aparentemente contrapuestos: libertad del individuo y su libertad de empresa por un lado y las necesidades sociales y de oportunidades por otro lado. Por mucho que ciertos economistas pretendan dotar a la materia económica de fiabilidad matemática, estamos hablando de una ciencia social, y por lo tanto esto es imposible argumentar que hay un criterio unívoco, dependerá de elecciones sociales.
            Y precisamente aquí entraría como ejemplo el segundo caso, el de las restricciones o incluso prohibiciones en otros mercados de otros productos o servicios. Por ejemplo, estaríamos hablando o bien de los mercados de armas, de los de determinadas drogas –digo determinadasporque el alcohol, la cafeína, el tabaco, o ciertos medicamentos también entrarían en este grupo y únicamente se restringen algunos de ellos por razón de la edad– en los que se permite un mínimo comercio, o incluso el tráfico de personas o los servicios de sicarios que están restringidos de manera absoluta.
            Todo este prolegómeno me sirve para plantear el tema de la gestación subrogada. ¿Dónde deberíamos poner los límites del comercio de los llamados vientres de alquiler? ¿Dónde pondríamos los límites, con ciertos intereses o criterios éticos que en este caso chocarían con el deseo de reproducción de determinadas personas? ¿Un deseo implica de por sí un derecho? Por supuesto que no. ¿La posibilidad de ofrecer el propio cuerpo de la mujer a cambio de un dinero es el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo?
            Yo no lo tengo claro. Además, dentro de la gestación subrogada entran conceptos como la modalidad altruista confrontada con la meramente mercantil, aportando matices al problema que lo convierten en algo más complejo. ¿La pobreza sería un problema o una virtud? Es decir, pueden existir mujeres que vean como única salida para dar de comer a sus hijos la venta de su útero; por lo tanto, no sería una decisión completamente altruista, sino motivada por la necesidad. Igual que la inmensa mayoría de los casos de prostitución, de drogodependencia o de consumo de ansiolíticos en Occidente.
            Quería hablar de este tema, dejando de lado ligeramente la economía pura y dura, aunque está directamente relacionado. No deja de ser un ejemplo en el que se pone de manifiesto que las reglas económicas y cómo se dispongan de ellas en los diferentes mercados no son algo meramente técnico sino que implica una decisión política y social que tiene evidentes connotaciones morales y éticas que son insoslayables. Es un caso exactamente igual en lo académico a lo que hablamos cuando nos referimos a la intermediación financiera, a los mercados especulativos o al consumo de alcohol entre los jóvenes. No deja de ser paradigmático el mercado de opciones de futuro sobre los precios de los productos agrarios en los que, a través de actuaciones agresivas para ganar dinero a través de anotaciones en cuenta, se puede aumentar el precio del pan en Afganistán en más de un quinientos por cien de un año a otro.
            Además, no hablo únicamente de la necesidad de prohibir algo que nos parezca amoral: hay que tener en cuenta también si la prohibición es el mecanismo que logra corregir la conducta que consideramos inapropiada. La lucha contra el tráfico de drogas ha sido una de las políticas que más gasto ha implicado durante el siglo veinte, y que más ha fracasado sistemáticamente para evitar la tragedia de la drogodependencia. No digo que haya que abrir la puerta al comercio libre de sustancias terribles, pero las políticas y el gasto destinado a cada una de ellas debería ser ampliamente revisado.
            No, por mucho que insistan ciertos académicos y ciertos políticos de que la economía obedece a criterios objetivos – que en cierto modo es cierto – siempre hay una decisión previa que determina cuáles y de qué manera serán las actuaciones económicas permitidas en este mundo en donde la globalización ha provocado la deslocalización de las empresas y de las injusticias.

Alberto Martínez Urueña 4-07-2017





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