sábado, 11 de marzo de 2017

La injusticia


           Hoy en día todo el mundo está cabreado. Las noticias que nos rodean, que nos asaltan con nocturnidad y alevosía, nos muestran un mundo despiadado y hostil en donde la injusticia y la tiranía campan a sus anchas. Tenemos los ojos repletos de rostros de enemigos que nos roban, que se aprovechan de nosotros, que nos quieren quitar nuestros derechos, nuestros dineros, nuestras posibilidades. Nuestro futuro. Cualquier estamento es sospechoso de buscar nuestra perdición. Los viejos mitos caen, los líderes han muerto, las ideologías son únicamente una estructura fabricada para sustentar a una élite que busca subyugar al contrario. Tanto las derechas como las izquierdas, religión o ateísmo, y todas las dialécticas de contrarios, están pensadas y definidas en función de sus propios enemigos, en función del objetivo que pretenden destruir y cuyo lugar creen estar legitimados para ocupar. Igual que la tiranía de la monarquía absoluta en Francia fue sustituida por la tiranía de la guillotina de la revolución. Al final, todo se reduce a las comparaciones entre unos y otros, y a la sensación de injusticia que se produce cuando alguien toma ventaja injustificada sobre los contrarios. Estos, además, siempre tendrán una excusa para explicar los motivos…

            La injusticia en algunos casos es objetiva, tengo claro que hay ciertos hechos que no tienen un pase, y precisamente por eso en estos textos muchas veces los he denunciado. No en vano, basta con echar una ojeada al fondo del mar Mediterráneo para comprobar que muchos de sus inquilinos no han tenido la justicia que se merecían. Sin embargo, la vara que se utiliza para medir la injusticia en otros casos, quizá no sea tan evidente. Pocas veces nos planteamos la medida para hacer esas comparaciones. No deja de resultar paradigmático que, en muchas ocasiones, los propios autodeclarados antisistema utilicen medidas creadas por el sistema para determinar la injusticia.

            La injusticia tiene una dimensión comparativa. Hablamos de aplicar el mismo rasero para todos. Hay que intentar, además, eliminar cualquier elemento arbitrario que pueda socavar la aplicación escrupulosa de los criterios establecidos. Me asombran los argumentos contrarios a la aplicación de cualquier herramienta que pueda evitar la injusticia, muchas veces sustentados por personas que son, claramente, buscadores netos de justicia. Un ejemplo tan prosaico como pueda ser la justicia en los campos de fútbol sería el paradigma de mi afirmación, que no puede ser negada salvo anteponiendo cualquier otro criterio al de la justicia. Aquí, cada cual que elija su bando.

            Sin embargo, hay otros muchos campos de aplicación de este concepto. Tantos campos como personas hay en el mundo. Muchos argumentan que hay que tratar a cada persona según sus capacidades, pero en la práctica siguen encelados en buscar una regla universal para todos: una regla que nos trataría a todos sin tener en cuenta nuestras características intrínsecas. Del mismo modo que sólo hay una persona que haya sido capaz de correr los cien metros en menos de nueve sesenta, no todas las personas son capaces de leer cuarenta libros al año y entenderlos, no todas pueden entender la física de partículas y no todas son capaces de sacarse unas oposiciones para Abogado del Estado. No todas pueden comprender igual los problemas del mundo, o los problemas de sus amigos y personas más cercanas, y no todas tienen el don de la palabra para poder dar un buen consejo a tiempo. No todas las personas son capaces de enfrentarse de igual manera y en el debido tiempo a sus miedos, y muchos –la mayoría– no son capaces de sobreponerse a éstos para no menoscabar la vida de quienes les rodean. Un ejemplo de esto puede ser la educación de los hijos, marcada en gran medida por los miedos de los padres.

            Más allá de estas consideraciones con respecto a quienes nos rodean, la injusticia puede ser mucho más cruel. Puede llegar al extremo de aplicarse sobre uno mismo, a través de esa noción de pecado imperdonable que heredamos de otros tiempos, y de esa otra noción llamada culpa, esa aguja perniciosa clavada en las meninges de cada uno de nosotros, hijos de una corriente cultural de más de dos mil años. He visto a personas destrozadas por la incapacidad de perdonarse a sí mismos –incluso por errores que disculpan a otros–, atrapados en una exigencia que ellos creen insoslayable. Y únicamente movidos por una noción de justicia, de lo bueno y de lo malo, tan impía y descarnada que no es capaz de ver una realidad superior: lo que no son capaces de perdonarse a sí mismos es una de sus características efectivamente insoslayables, su propia humanidad imperfecta. La injusticia, no lo olvidéis, es el reverso de una misma moneda que por la otra cara se pinta de soberbia.

            Esto es algo mucho más extendido de lo que parece de inicio: vivimos en un mundo injusto porque el ser humano piensa mucho en los agravios que sufre –o en los que hace sufrir, por lo de la culpa– y muy poco en el concepto de injusticia. Para poder aplicarla siempre más allá de nuestros miedos o nuestras soberbias. Muchas veces es incapaz de ser comprensivo –incluso consigo mismo–, y pretende cobrar esa factura más allá de comprenderla. El mundo en el que vivimos no es más que el reflejo de lo que somos.

Alberto Martínez Urueña 10-03-2017

jueves, 9 de marzo de 2017

El valor de la palabra


            El valor de la palabra es algo complejo: no en vano, el compromiso que asumes, pero sobre todo unido a su posterior cumplimiento, determinará la fiabilidad, la responsabilidad y el tipo de persona que hay detrás de las palabras. Hechos son amores. Compromisos en el ámbito personal son muchos y muy variados. El de paternidad, el de pareja, el de amistad… Cada uno de ellos conlleva una implicación por mínima que sea. El problema muchas veces deriva de que esos compromisos se adoptan de manera implícita, es evidente, y claro, muchas veces ocurre que alguien cree que ese compromiso llegaba más allá de lo que la otra persona está dispuesta a conceder, o según en qué materia, y aquí llegan las discusiones y las frustraciones, los malos entendidos y las rupturas, o también las negociaciones y los acuerdos que restauren y hagan evolucionar esa misma relación que, de alguna manera, se convierte inevitablemente en otra. No en vano, la vida es puro cambio, y por lo tanto las relaciones, los compromisos y las actitudes van cambiando a lo largo del tiempo.

            Los compromisos en el ámbito público son diferentes. Aquí sí que hay contratos y leyes que los sustentan, listados de derechos y obligaciones, cargos, representaciones, sueldos asociados a éstos… Hay responsabilidades que se asumen, no sólo liderazgos si no también cuestiones más prosaicas como el tema de echar la firma en el recuadro que corresponde. No hay tanto margen para esas situaciones que se dan en las relaciones de parejas, por mucho que haya dirigentes que pretendan llevarlo al mismo terreno. Compromisos en el ámbito público son los que asumió PODEMOS cuando formó un partido político desde las bases de la transversalidad de una protesta ciudadana que, gracias a su politización, sacaron de las calles. O al menos, de los medios de comunicación oficiales, porque nunca más se supo de aquellas asambleas ciudadanas que, sin embargo, siguen existiendo, pero de una forma mucho más eclipsada por el runrún que los grandes medios de masas se encargan de vomitar sobre la masa adormecida por el capitalismo rampante y la sociedad del entretenimiento voraz y desaforada que nos individualiza y nos convierte en herramientas de los demás. Herramientas que sólo somos útiles en función de lo que podamos aportar. Ojo, quizá los demás se conviertan en eso para nosotros… Nadie está exento de caer en el abismo. Un buen amigo mío, ya mayor y venturosamente jubilado, me insinuó, y el tiempo quizá le dé la razón que merece, que Pablo Iglesias no era sino un invento de los poderes mediáticos, incluso sin saberlo él mismo. No deja de resultar paradigmático, decía, que los medios de comunicación, herramientas al servicio del sistema, dieran el foro necesario y suficiente a un chico de buena prosa y coleta que pretende romper ese sistema. Algún día os contaré por qué no soy de PODEMOS…

            Los compromisos en el ámbito público y político no se quedan ahí, por supuesto. Asumir un cargo del tipo que sea, que conlleva la capacidad y la obligación de aceptar la responsabilidad de firmar en determinados papeles, implica que cuando firmas estás ejecutando una orden administrativa, con todo lo que eso conlleva. Las leyes de procedimiento administrativo lo dejan bastante claro. Además, la asunción de esa responsabilidad, por cierto, bastante bien pagada, no se traslada en modo alguno a los órganos asesores, ni tampoco a los técnicos. La responsabilidad es de quien toma la decisión, es de quien firma, y si la cosa sale rana, es culpa suya y tiene que asumir la responsabilidad de sus decisiones. De su firma. Del mismo modo que si la cosa sale delictiva, tiene que cumplir la pena tipificada en las leyes que correspondan. Aquí no vale hacerse el tonto, y si lo eres, denuncia a tus padres por los defectos de fabricación. Por eso las excusas de los banqueros que organizaron el tinglado de las preferentes, de las cláusulas-suelo, del expolio de las cajas de ahorro y el resto de maremágnum que nos va a tener entrampados hasta dentro de unas décadas, excusas al respecto de que ellos sólo firmaban, es de una impresentabilidad manifiesta. Esto sólo les vale a los que están dispuestos a tragar sables enteros por simple fidelidad necia de equipo.

            Los compromisos, cuando les firmas, son para cumplirlos. Por eso, esa frase tan graciosa de Mariano pidiendo que miremos al futuro cuando le preguntan por los escándalos de corrupción de su partido es ofensiva, a parte de un poco sospechosa: todos esos cuatreros que se lo han llevado crudo no lo habrían podido hacer de no haber sido por otros mentecatos – conforme definición de la RAE – que echaron el garabato para oficializar su nombramiento. Admitamos, por supuesto, su inocencia delictiva, pero su responsabilidad pública no tiene un pase. Pero no acaba ahí el cuadro de su pacata dialéctica: también se llevan las manos a la cabeza porque alguien haya tenido la graciosa ocurrencia de quererles hacer cumplir lo firmado en los pactos de investidura. Es toda una oda a la prepotencia, porque no soportan que nadie les diga lo que han de hacer, pero también demuestra a la perfección cuál es la idea que ronda su cabeza cuando hablan de eso de dar su palabra, y el valor que ellos mismos le otorgan. Y los torticeros requiebros dialécticos de todos sus adláteres sólo son una muestra más de su absoluta desvergüenza, así que no se sorprendan propios y extraños cuando alguien les diga que no son políticos decentes –a pesar de la mordaza–, porque quizá estén dando en la diana.

 

Alberto Martínez Urueña 09-03-2017

martes, 28 de febrero de 2017

Tres puntualizaciones necesarias


            A ver si de una vez por todas lo logramos. Decir un par de cosas y que ciertas afirmaciones caigan por su propio peso, y entonces, quizá, podamos hablar de lo importante. En mi condición de rojeras tengo que daros un par de frases que pueda usar más adelante cuando a alguno se le ocurra dudar de mis criterios básicos, aplicándome clichés que son falsos en un ridículo ejercicio de matar al mensajero.

            En primer lugar, cada vez que oigo hablar de Venezuela me sale un sarpullido. Por el hecho de que ciertos periodistillas como Edu hayan asociado la existencia de una dictadura de facto con la izquierda no significa que toda la izquierda asienta a pies juntillas a cualquier bravuconada, barbaridad o escupitajo a la declaración de los derechos humanos que se le ocurra soltar a Maduro. No quiero dictaduras, ni tampoco quiero presos políticos. Otra cosa diferente es que, leyendo la realidad de América Latina, tampoco quiera que países soberanos se vean obligados tener que abrazar con alegría la dictadura económica del imperio yanqui, tampoco entienda la connivencia de los países occidentales, jaleadas alegremente por los amigos de los negocios-con-cualquiera, con gobiernos que aplican la pena de muerte a los homosexuales, que castigan con latigazos la libertad de expresión o que prohíben que las mujeres tengan la misma consideración que los hombres en cuanto a derechos. Me gustaría una declaración tan expresa por su parte. Además, con una diferencia: la supuesta financiación de los de Pablo con dinero de Teherán no ha sido probada, y de hecho, al personajillo que lo difundió le han metido una querella de las que salen en prensa, mientras que lo de los países árabes a los que nuestros gobiernos hacen la ola ya ha quedado suficientemente documentado.

            En segundo lugar, lo de Cataluña, que trae cola. Como rojo que soy me toca aguantar que cierta derecha ignorante y pazguata –hay otra derecha razonable que no lo es– me acuse de estar a favor de diseccionar España y dejar que los secesionistas se lleven una parte de este territorio que es de todos. Pues va a ser que no, no estoy a favor de eso. Lo que no implica que tenga que tener la misma noción de lo que es España que esos señores tan serios y orgullosos que sacan pecho cada vez que alguien les menta a la madre patria que les parió. Por suerte – y para su desgracia – España es mucho más grande que esa noción rancia y asquerosa que llevan siglos queriendo imponernos a los que lo vemos de otro modo. España no tiene por qué ser baluarte de la religión católica –aunque se respete que cada uno crea lo que quiera–, no tiene por qué ser taurina, y no tiene por qué seguir un modelo administrativo centralizado desde Madrid. Y para los que argumenten que es uno de los países más descentralizados del mundo, les diré que también es uno de los países cuya regulación constitucional del asunto da pena verla. Y de eso tienen la culpa muchos de los equilibristas de Franco que, para poder seguir aferrados a la teta del Estado –ellos, tan neoliberales cuando les interesa– aceptaron pulpo como animal de compañía cuando tuvieron que negociar el modelo de Estado. Ellos, tan patrióticos, tan como Dios manda, son los que parieron esa puta bastarda y amorfa que es el título VIII de nuestra constitución. Como todo el respeto a nuestra Carta Magna: no me gusta acusar a los hijos de los pecados que cometen sus padres.

            Y en tercer lugar, por aclarar un punto controvertido con el que muchos bocazas tienen el orgullo de demostrar su estupidez más supina y borrica. Con todo respeto a los borricos como animal de compañía. Una cosa es el nivel de renta que tienes derivado de tu honrado trabajo y otra cosa muy diferente es la noción que tienes de justicia social. Puedes ser rojo, rico y defender un Estado de Derecho bien organizado y estructurado en el que todas las personas que lo conforman tengan acceso a una vida digna. Y cuando hablamos con vida digna no hablo de poder comer tres veces al día en un comedor social, o de poder ir a dormir a un albergue los días de frío. Eso se llama tener las necesidades mínimas cubiertas. Lo de la vida digna es otra cosa. Pasa por poder acceder a una vivienda decente –hablo de acceder, no de comprar–, poder tener una alimentación adecuada, un nivel de consumo superior al de subsistencia, acceso a un nivel de estudios suficiente para garantizar el acceso al mercado laboral –pagar dos mil euros por ir a la Universidad no es libre acceso ni igualdad en las condiciones de partida–… Desde luego, esto no va en contra de que haya empresarios que puedan apostar su dinero y multiplicarlo, ni tampoco que un honrado trabajador pueda meterse una nómina de cinco mil euros al mes y se marque una mariscada cuando le salga del centollo. Lo contrario, lo de que un rojeras tiene que ser pobre, perroflauta y militar en una ONG es la misma demagogia que si exigiéramos a esos peperos de pro aplicar las sagradas escrituras, pero no sólo para acristianar homosexuales, sino también para aplicarlas en lo de la misericordia, la compasión con el pecador o lo del acogimiento del buen samaritano.

            Tres puntualizaciones, pero podría haber más. Porque una cosa son las frases prejuiciosas, prefabricadas por los voceras de turno, y otra muy distinta, la sensatez de los matices, esas cosas de las que los necios, de ambos lados, huyen porque exhiben sus vergüenzas, que no son otra cosa más que sus miedos. Pero esa es otra historia.

 

Alberto Martínez Urueña 28-02-2017

martes, 21 de febrero de 2017

La troika relevante


            Según como haya sido la noche que he pasado me levanto con más o menos ganas de bronca. En ese sentido, sé que me parezco al común de los mortales, y los días buenos compensan a los malos para evitar que la mala baba se nos salga por la comisura de los labios. Por eso hoy, que he podido dormir más o menos del tirón –los bienafortunados padres sabéis que estas cuestiones se cotizan al alza desde el parto– me he puesto reivindicativo pero más en plan concilia que en plan Terminator. Sólo quiero, hoy que estoy de buen rollo, exponer en un texto los que yo creo que son los retos más importantes para sociedad española, más allá de las aclamaciones mesiánicas a las que hemos asistido este fin de semana. Resulta curioso cómo se pueden llegar a parecer los extremos en nuestro país, los extremos políticos y los extremos mediáticos, por cierto. Que cada cual me lea en la ideología que quiera, que ya me he cansado de afirmar que no milito en ningún partido político.

            Tocando varios palos, no voy a poder profundizar en ninguno de ellos, pero esto es así. Para profundidades, podéis investigar un poquito vosotros, y además, ya hablaré largo y tendido sobre alguno de los siguientes temas. El primero de todos lo escuchaba uno de estos días en la radio, según conducía de camino a la oficina, y versaba sobre el porcentaje de gente que, aun teniendo trabajo en este país del milagro económico –algún día habría que explicarles a esos bocazas de la caverna un poquito de economía, y decirles que crecer más que la media cuando también eres el que más cae cuando toca caer no es bueno–, no es capaz no ya de llegar a fin de mes, sino de pagarse un alquiler y comer todos los días. “Serán unos poquitos”, dirán algunos, con esa sonrisa que se os pone cuando Alberto empieza con sus cosas de rojeras. “El dinero, para el que lo produce”, dirán otros. Para los unos y para los otros les diré que sólo la humanidad de quienes se niegan a aceptar esos postulados impedirá que la soledad y el abandono les alcancen en su huida, aunque sólo sea cuando llegue la vejez y la enfermedad. Por suerte, no todo es dinero en esta vida. Como suelo afirmar, la sociedad exitosa se mide en función de las personas que somos capaces de salvar de la cuneta del desarrollo. El PIB sólo es una cifra sujeta a demasiadas interpretaciones.

            Otro de los aspectos que deberíamos tener en cuenta es lo de la energía. No porque no lo haya mencionado ya antes, sino porque en los últimos tiempos está empezando a rayar la sinvergonzonería más vejatoria. Los comentarios de Mariano el iluminado hablando de la lluvia, de la sequía y –de manera indirecta– de su ineptitud es para incluirlo en uno de esos resúmenes de Humor Amarillo, a toda velocidad, con mucha gente riéndose a su alrededor. Ya sabemos que tienen el sector eléctrico metido en sus bolsillos –bueno, en realidad es una relación simbiótica y bastante enfermiza, en plan endogámica, como los Austrias–, pero además, cuando se justifican de una manera tan pobre, más que en un Gobierno piensas en otras instituciones para enfermos mentales.

            Y por elegir un podio de problemas de los serios a los que, por cierto, sólo algunos medios de comunicación hacen referencia mientras se dedican a escribir loas y alabanzas a más gloria del plenipotenciario e indiscutido líder de líderes, hablaré de la justicia, porque después de otras declaraciones de nuestro querido Mariano, el tema no tiene un pase. Claro, les tienen acogotaditos en los tribunales, a pesar de que sus casi ocho millones de votantes miren para otro lado cuando meten la mano en la caja. Decía nuestro bienamado líder que espera que la justicia vaya rapidito con esos casos superfluos e irrelevantes –como lo de los hilillos– que se han pasado casi diez años para instruir una causa y que entre todos tenemos que agilizar estas cosas. Casi me salgo de la carretera, claro, acompañado todo por una irreverente exclamación que no reproduciré aquí por lo de la mordaza, aunque reflejaba perfectamente mi opinión sobre el comentario y sobre el comentante. Mis apreciaciones se podrían resumir en que la tarea de aportar medios materiales y humanos a la administración de Justicia del país no es responsabilidad de todos, es del Gobierno en primera instancia, y su gestión, del Consejo General del Poder Judicial, órgano de gobierno de los jueces cuyos miembros, aunque no os lo creáis, también les nombran los populistas del PPSOE. Mi argumento –al que no tenéis acceso literal por lo de la mordaza– seguía diciendo que si la Justicia funciona lenta y con los mismos medios que dejó el siglo XIX no es por culpa de todos, sino sólo por los que han hecho y deshecho a sus anchas durante los últimos casi cuarenta años de una democracia que se han encargado de fabricar a su gusto. Como la Justicia.

            Ojo, digo esto a sabiendas de que el bienestar material y el modo de vida que hemos alcanzado es el mejor de la Historia. Sin embargo, precisamente por eso, no quiero que se convierta en una planta adormidera, como lo fueron otras anteriormente, que impida que el progreso social de nuestro país se quede estancado, pudriendo poco a poco las bases que sustentan la estructura básica de nuestra convivencia. Cosa que, por otro lado, y gracias a determinados agentes altamente corrosivos, ya está sucediendo.

 

Alberto Martínez Urueña 21-02-2017

El mundo que viene


            A veces pretender escribir sobre determinados temas desde un punto de vista positivo y hacia la luz, como decía en uno de mis últimos escritos, se convierte en una tarea sumamente complicada. Cuando hablamos del mercado laboral, y más viviendo en España, el tema se torna resbaladizo: corres el riesgo de que unos te llamen demagogo, populista o incluso comunista, y que por otro lado, insultes la sensibilidad de las personas que sufren las inclemencias en las que llevamos sumidos demasiado tiempo. Yo, desde luego, no tengo los cojones de pedir a una familia con todos sus miembros en paro que tengan paciencia, que la economía se está recuperando y que dentro de poco ellos también notarán la mejoría. Yo, sin considerarme religioso, creo que esta gente se merece un poco más de esa caridad cristiana de la que algunos hablan y no practican. Y desde luego, no se me ocurre decirles que la única opción que les queda –no hablo con las medidas que se están adoptando, sino con las que se podrían adoptar– pasa por aceptar un contrato de media jornada por cuatrocientos euros que se convertirá en un trabajo precario a tiempo más que completo. Es lo que hay, dicen algunos. Por supuesto, acepto yo, pero añado que éste es el estado de cosas que la política económica ha decidido que sea, y también afirmo que esas decisiones podrían haber sido otras.

            Éste es el estado de cosas, pero las perspectivas, que deberían ser esperanzadoras con los datos de crecimiento de la economía española, no son nada halagüeñas. Y no sólo por la cerril obcecación de un gobierno no ya neoliberal, ideología que podría admitir como premisa que funciona, sino bochornosamente caciquil conforme a las mejores costumbres ibéricas. No sólo por eso, sino por los olores de cambio que se vaticinan para cualquiera que lo sepa ver.

            Parece que la era digital hace tiempo que nos acompaña, pero todavía no conocemos prácticamente nada de sus efectos. Sí que es cierto que los ordenadores hace tiempo que nos acompañan, ya sea a través de una caja enorme y una pantalla con letras verdes o a través de un teléfono móvil de última generación. Sin embargo, la tecnología digital todavía está dando sus primeros pasos en lo que a automatismos, inteligencia artificial, realidad virtual o realidad aumentada se refiere. Eso, sin contar la posible explosión de la computación cuántica que hoy en día todavía es ciencia ficción, igual que lo era llevar un completo ordenador en el bolsillo hasta hace no demasiado tiempo. Amazon plantea una superficie comercial de cuatro mil metros cuadrados con tres dependientes, Tesla tiene su factoría sin trabajadores, en San Francisco hay un restaurante sin camareros y una cafetería con un brazo robótico que te pone el café en la barra. Pero sin darte los buenos días… Y así, tenemos hasta ejemplos de Inteligencia Artificial capaces de crear música difícilmente reconocible entre canciones humanas, transformando por completo la noción de arte a la que estamos acostumbrados, y de la que hablaré en otro de estos escritos.

            Las revoluciones, y en concreto las industriales, siempre han implicado grandes problemas de adaptación y han generado muchas incertidumbres e incuantificables sufrimientos. Han transformado la vida de las personas de una manera absoluta, modificando los usos y las costumbres a todos los niveles. Pensad en cómo la llegada de la máquina de vapor y después el motor de explosión modificó la forma y posibilidades de transporte. Lo mismo pasó con la agricultura, con el turismo, con la fabricación, con el sector textil… Lo cambió todo. Y los procesos a través de los cuales las sociedades se amoldaron a estos avances fueron en muchos casos traumáticos. El hacinamiento en las ciudades se multiplicó hasta extremos insospechados, y todavía, hoy en día, no hemos sabido resolver en gran medida los problemas derivados de tales movimientos migratorios. Sin embargo, no todos los miedos que se vaticinaron se acabaron materializando, y después de esas revoluciones industriales la humanidad ha seguido un progreso que nos ha traído unos niveles de vida y unas posibilidades muy superiores a los que disfrutaron en épocas pretéritas como el Medievo o la época clásica.

            Precisamente por eso, por lo desconocido que hay más allá del telón traslucido del futuro, quiero conservar la esperanza sin olvidarme de las tragedias que traen los cambios y las adaptaciones. Quiero pensar que toda esa sustitución de mano de obra ofrecerá nuevas posibilidades que hoy en día no somos capaces de imaginar, igual que los hombres del siglo diecisiete no podrían ni vislumbrar las grandes presas hidroeléctricas, las centrales fotovoltaicas o los gigantescos molinos de viento, y la capacidad de todas ellas de generar una energía limpia y cada vez más barata.

            No creo en un futuro apocalíptico. Eso está bien para plasmarlo en una serie de televisión en donde una tormenta solar o una pandemia nos retrotraiga a las épocas del salvaje oeste. La sociedad seguirá avanzando hacia delante, sabremos cómo será la sociedad después de esta revolución industrial, y tendremos una calidad de vida mejor, igual que después de las anteriores revoluciones. Sólo espero que sepamos cuidar de todos aquellos que corran el riesgo de quedarse en la cuneta del progreso porque, como ya he dicho en otras ocasiones, la grandeza de cada sociedad no viene reflejada en los fríos datos del PIB: se demuestra en la capacidad que tenga de proteger a los más débiles.

 

Alberto Martínez Urueña 9-02-2017