lunes, 6 de febrero de 2017

Los matices y las definiciones


            Una de mis principales preocupaciones cuando me arrojó por el abismo de expresar mis opiniones personales en una columna al que tiene acceso cualquiera que lo desee es ser lo más preciso posible en mis apreciaciones. Matizar las frases y las conclusiones, aportar recodos dialécticos, usar el lenguaje de una forma rigurosa. Intentar no caer en el borreguismo simplista al que nos condenan los políticos y sus adláteres de la prensa convertida en panfleto, procurar no trataros como a personas con parálisis mental, ofreceros un espacio sereno en donde poder encontrarnos en las máximas y discrepar en las mínimas. No siempre lo consigo.

            Esta columna independiente intenta ofrecer algo más allá de los ciento cuarenta caracteres de Twitter en los que muchos indigentes lógicos pretenden hacer valer alguna idea. Como si el mundo de las ideas pudiera resumirse hasta ese punto… Eso está bien para el titular al que después puedes acceder y en el que profundizar, pero sobrepasados por cien mil titulares al día, muchos se quedan en la superficie alienante e interesada del creador de ese titular. Con Facebook ocurre lo mismo. Los medios de comunicación cuelgan sus noticias y te encuentras de todo. Además, entreverado, en función de tus supuestos gustos, te asaltan otras páginas sobre las que no sabes nada y de cuya credibilidad no tienes manera de informarte. Y con un contenido que muchos usuarios adoptan como veraz, contrastado y propio. ¿Qué decir sobre los comentarios que los usuarios dejan? Amparados por una supuesta legitimación basada en la distancia que les separa con quienes conversan y en el anonimato de una dirección IP, hay de todo. Los que vivimos la era digital que comenzaba en mi adolescencia, aprendimos –no todos, por desgracia– que discutir por Messenger, en un chat de My Space o cualquier otro tipo de conexión, convertía cualquier malentendido en una guerra fratricida sin sentido. Todavía conservo alguna factura de aquella época que todavía no he sabido cómo pagar.

            Precisamente por esto último, cuando vierto un comentario en la red y lo convierto en público, ya sea en esta columna o en cualquiera de los medios disponibles, procuro que sea un comentario que contenga mi opinión y nada más que mi opinión, sin más ironía que la que el cuerpo me pida según qué tema se esté tratando. Ojo, y siempre sin pretender atacar a nadie, sólo a sus actitudes, opiniones, comportamientos o lo que sea que esté tratando, porque no todas las opiniones son respetables como sí lo son quienes la vierten. Y si en estas dos páginas que os mando, Times New Roman, tamaño 12, espacio 1,5, os puedo asegurar que en las redes sociales sería imposible.

            Salía una periodista hablando sobre la pérdida de calidad de vida que supone la maternidad, intentando desmontar esa imagen beatífica que tradicionalmente se ha obligado a adoptar a las mujeres. Y desmontando esa imagen, ha creado otra igual de maximalista en base a su particular vivencia. Al margen de cuál sea mi opinión al respecto –yo no soy madre, yo soy padre, y por lo tanto no tengo nada que decir– creo que tanto una postura como otra son igual de radicales e interfieren de igual modo en una de las premisas básicas que creo que no debemos perder de vista: que cada cual viva como le salga del higo mientras que con sus inevitables injerencias no impida al resto hacer lo propio. Esto era lo que a mí me importaba del comentario. ¿Qué más da si para ella ha supuesto una pérdida de calidad de vida? Para otras mujeres quizá haya supuesto una ganancia. Y aquí entra de lleno el problema de los conceptos.

            ¿Qué es eso que la periodista llamaba calidad de vida? Si la calidad de vida es la realización laboral y, a través de ella, la personal, por supuesto que pierdes calidad de vida. Pierdes calidad de vida si las horas de sueño que te quitan los catarros, bronquitis, pesadillas y madrugones entran dentro de la noción calidad de vida. Por supuesto que lo hacen, pero cada uno le dará la valoración que quiera. Me permito un comentario frívolo, pero que ejemplifica de manera algo grotesca de lo que hablo: supongo que perder horas de sueño para irte de fiesta toda la noche también supondrá un menoscabo de la calidad de vida. Yo mismo lo hacía, pero merecía la pena, y la fiesta resultante incrementaba mi propia calidad de vida.

            No voy a seguir por ese camino porque no pretendo faltar al respeto a nadie. Lo que quiero decir es que eso de la calidad de vida es algo absolutamente subjetivo. Cada decisión que tomamos aporta cosas buenas y cosas malas, y tener un hijo no podría ser de otra manera. Quizá el problema está en qué ponemos en la balanza, y sobre todo, cómo ponderamos cada una de esas variables, qué peso le damos. Igual que una persona positiva reacciona diferente a una negativa ante la misma problemática, las cuestiones sobre la perdida de la calidad de vida producida por la maternidad –o paternidad bien entendida– tienen mucho que ver con la ponderación que cada cual haga de las variables que rodean su existencia. Si tener un hijo te merece la pena, entonces no te ha restado nada, te ha incrementado la calidad, por mucho que dormir dos horas tres días seguidos  complique mantenerse despierto en la oficina.

Alberto Martínez Urueña 6-02-2017

 

PD: sé que me habré dejado algún matiz necesario e importante, pero dos hojas no dan más de sí. Las quejas, al director del blog.

viernes, 3 de febrero de 2017

Mis ideas


            Como siempre he dicho, no me considero una persona seguidora de ningún grupo político, a pesar de lo que pueda parecer cuando leéis las tarascadas que suelto en esta columna. En mi defensa diré que la lógica impone una crítica más activa a quien ocupa el poder ejecutivo, ya que son los que adoptan medidas. Esto no implica que no vea los errores que cometen el resto de grupos políticos. El espectáculo que nos están dispensando los de PODEMOS es de lo mejor de los últimos tiempos.

            A este respecto, sobre mis ideologías y querencias, me preguntaba mi amigo irlandés, Julien, gran escritor y gran persona. Mi ideología es algo muy sencillo. En primer lugar, creo que hace falta un mínimo Estado de Derecho que garantice que si salgo a la calle, no tenga que hacerlo con miedo a que me atraquen, y en el caso de que suceda, que pueda denunciar al agresor. Que haya una policía que evite que mi ciudad se convierta en una jungla donde reine la ley del más fuerte y que proteja a los ciudadanos de sufrir las agresiones de los desalmados. Que los hay. No soy tan estúpido como para negar la necesidad de protección.

            También pienso que hace falta otro pilar, aunque el anterior podría englobarse en éste. Creo que todas las herramientas de que dispone la sociedad han de estar al servicio del ser humano, todas sin excepción, desde la economía hasta la religión, pasando por las instituciones, o cualquiera que tengáis en mente. Y en concreto, sobre todo, han de estar orientadas a proteger a los más débiles para que puedan llevar una vida mínimamente digna. Por supuesto que también para garantizar al resto un espacio en el que puedan formarse y tener un crecimiento personal conforme a sus expectativas, pero si tuviera que discriminar unas cuestiones sobre otras, lo tengo muy claro.

            Con este tipo de discurso siempre me espero dos respuestas. Una, teórica, que hace referencia a la libertad individual de la persona, concepto básico de su propia dignidad como tal; y una segunda, más prosaica, se refiere a los jetas que se aprovecharían del sistema. Prefiero dejar aparte a todos esos que dicen que las desgracias del prójimo no son problema suyo, porque, simplemente, no me apetece responder a miserables.

            Con respecto a la primera, la de la libertad individual, os diré que creo firmemente en la necesidad de garantizarla. Conocemos perfectamente los riesgos de dejar en manos del Estado el tutelaje de las formas y las maneras, y como pueden caer en la tentación de marcarse leyes como la de vagos y maleantes. Pero además, es que creo que ha de ser la propia persona la que elija su destino, sin más influencias externas que las de tener a su disposición todas las fuentes de información de las que sea capaz de dotarse. Hoy en día, con Internet, corremos el riesgo de perdernos entre tal ingente cantidad de datos, pero prefiero esto a que cualquier tipo de conocimiento esté en manos de unos pocos. Los beneficios de los flujos de información y conocimiento es algo más que estudiado en teoría económica y en el resto de disciplinas sociales.

            Con respecto a la respuesta sobre los jetas, diré dos cosas. A quienes argumentan esto, suele preocuparles el volumen de recursos que hay que destinar a estas sanguijuelas. Sin embargo, no se suele cuantificar cuánto dinero supone este problema, y creo que es porque a quienes se esconden detrás de esta excusa no les interesa hablar de los datos concretos. Y seguramente sea una cifra despreciable. Además, no implementar una serie de medidas sociales porque exista riesgo de fraude no tiene la más mínima lógica: para eso están los organismos controladores y la posibilidad de dotarlos con recursos suficientes. España es uno de los países peor configurados y que menos recursos aporta a este tipo de organismos, y así nos va. Preferimos los discursos fáciles sobre la economía sumergida a organizar una Administración Pública eficiente en el control de los presupuestos que se gastan y en la recaudación de los ingresos que se necesitan. Y no tenemos esta demagogia y este populismo por la llegada de los nuevos partidos políticos, esto lo hemos heredado desde hace décadas de dejación por parte de los responsables imperantes que han preferido hablar mucho y dejar que lo solucionase quien llegara después.

            Así que esta es mi ideología. Básica, sin demasiadas complicaciones en la estructura. Hablo de la estructura porque sé que un Estado actual es mucho más complejo que todo esto, y no reniego de la posibilidad de tener un entramado muy superior, pero siempre que eso no nos haga perder el norte y nos olvidemos de los principales objetivos. Creo que las sociedades se miden, no en función de la riqueza que generan o de las oportunidades de realizarse como persona que otorgan a sus ciudadanos, aunque no desprecio estas medidas. Creo que el baremo fundamental de una sociedad es la capacidad que tiene para evitar dejarse por el camino a los ciudadanos que la conforman. Y creo que el ascenso al poder de personajes como Trump, Le Pen, Farage y otros que os vendrán a la cabeza, es un indicador del fracaso en el que hemos incurrido, y medida de la cantidad de desheredados que hemos dejado olvidados en las cunetas del camino hacia el progreso.

 

Alberto Martínez Urueña 03-02-2017

viernes, 20 de enero de 2017

Una inquietante verdad


            Quiero contaros un secreto, una inquietante verdad. Por desgracia, aquello que merece la pena –es decir, lo que más felicidad y satisfacción aporta– es al mismo tiempo lo que más esfuerzo requiere, lo que huye de la comodidad. La comodidad… Tenemos la percepción de vivir tiempos oscuros porque nos han conseguido convencer de que la utopía de un mundo donde reine la comodidad tiene sentido y es posible. Más de uno pensará que me he vuelto loco al afirmar tal cosa, pero eso no le resta veracidad. No tiene sentido, paradojas del destino, porque no es posible y además no sería ese edén maravilloso del que hablan. Si supiéramos las consecuencias de lograr eso que deseamos, no lo buscaríamos, os lo aseguro. Y como es una utopía inalcanzable, vivimos tiempos oscuros porque intuimos, de una forma instintiva, que jamás encontraremos satisfacción para nuestro ridículo anhelo.

            Pero nos han convencido, con toda su maquinaria de desinformación y de marketing, con el único objetivo de quitarnos las herramientas que deberíamos tener para resistirnos a sus ataques. Ataques para convertirnos en una pieza más de la maquinaria, en un trozo del engranaje al que, por desgracia, de forma individual, puedan sustituir cuando falle. Nos han cosificado, nos han convertido en una cifra como en los campos de concentración, una pieza anónima de la que aprovecharse. Y han convertido las relaciones humanas en algo muy parecido al proceso productivo de una fábrica: las mantenemos en la medida en que nos resultan rentables. Cuando dejan de serlo, pasamos a otra cosa. Es mucho más cómodo eso que estar a las duras y las maduras. Y esto lo han logrado repitiendo sistemáticamente que “es lo que todo el mundo quiere”. Sin embargo, una mentira, por mucho que se repita, no se convierte en verdad, y la confirmación que podamos buscar en la masa social, amorfa y descerebrada, no vale para nada más que esconder la cabeza en el suelo, como los avestruces. La reiteración de patrones erróneos no lleva, por casualidad, al acierto.

            ¿Por qué se han empeñado en hacernos creer esto? Pasamos de tener las necesidades básicas cubiertas, y fue un logro absoluto en el avance del ser humano como especie. No hay lugar a dudas. Pero después entramos en otra deriva peligrosa, porque lo que antes era cubrir necesidades básicas, se convirtió en generar necesidades que de básicas no tenían nada. Ni por aproximación. Y nos dejamos. Permitimos que nos colaran una mentira porque era más sencillo creerla, era más cómodo. Nos sedujeron con sus luces de colores y sus brillos. Y cayendo en esa comodidad, además perdimos la capacidad de resistirnos a sus ataques. Por eso, en el mundo capitalista, la balanza se ha desequilibrado del modo en que hoy sufrimos.

            ¿Cómo lo hicieron? Convirtiendo los vicios contra los que lucharon nuestros abuelos en necesidades legitimas que debían ser cubiertas. Pero había que legitimarlos: la confabulación más peligrosa en nuestra contra pasó por entregarnos la justificación racional de que nuestros peores instintos no son malos, sino que son inevitables. Y que, además, como todo el mundo les tiene, ¿por qué esconderlos? Su argumento pasa por decir que eso del Bien y de Mal sólo es un invento de las religiones para culpabilizarte y apresarte bajo un yugo llamado pecado. Yo no soy religioso, creo que lo dejé claro hace tiempo, pero las religiones únicamente hicieron suyo algo que es de todos, algo cierto que no se convirtió en mentira porque el hecho de que las religiones mintieran. Esta realidad básica es sencilla: hay cosas que están bien y otras que están mal.

            De este modo, arrebatados de nuestras herramientas para resistirnos y legitimados para creer que nuestras bajezas no son tales, hemos aceptado una realidad que nos convierte en meros objetos con los que negociar, datos a los que manipular, adictos con síndrome de abstinencia permanente. “Sabedores” de que no lograremos alcanzar jamás la saciedad de nuestros deseos y, sin embargo, gallinas sin cabeza en pos de ellos. Enloquecidos. Convencidos de que vivimos tiempos oscuros.

            ¿Por qué resistirse? ¿Por qué luchar una batalla que podría durar toda una vida de sacrificios? Todos aquellos a los que la vida actual les satisfaga plenamente, que dejen de leer. El siguiente párrafo no va con ellos, ya tienen pagada su recompensa. Sin embargo, para los que no están convencidos de la realidad que nos han metido por las bravas, para los que no quieren esta realidad para sus hijos, para los que sienten una creciente insatisfacción a pesar de seguir al pie de la letra el manual de instrucciones del sistema capitalista… A todos estos, os diré que hay una solución.

            Hay una solución, pero ataos los machos. Es una solución únicamente al alcance de aquel que esté dispuesto a soportar el síndrome de abstinencia, y además hacerlo con el pico lleno de jaco delante de los ojos las veinticuatro horas del día. Únicamente lo que cuesta, merece la pena. Con el paso del tiempo costará menos, tal y como saben los que dejaron de fumar y persistieron, por mucho que los primeros días, los primeros meses, los primeros años, tuvieran la tentación respirándoles en la nuca, acechando.

            Hay una solución al alcance de la mano, pero hay que estar dispuesto a aceptar determinadas premisas que pueden sorprender, como puede ser que estás equivocado en muchas cosas en las que habías depositado toda tu confianza. Pero si la vida que te han vendido no te vale, si llevas un montón de tiempo rebuscando en los mismos sitios, haciendo siempre lo mismo, y no te ha valido de nada, ¿no es ridículo pretender un resultado diferente? Si crees que vivimos tiempos oscuros, estás equivocado.

 

Alberto Martínez Urueña 20-01-2017

martes, 17 de enero de 2017

Hacia la luz


            Estaba aquí escribiendo desde hace días un texto que rompiese la tónica de los dos últimos, escritos hace ya un mes. Parece que haya estado de vacaciones, pero no, la cuestión es más complicada. He estado buscando la manera de escribir un contrapunto a mis dos últimos títulos, sobre los tiempos oscuros, algo que hablase de que el mundo no va tan mal como parece. Quizá sea verdad que vamos de cráneo, pero no quiero aceptarlo como premisa sin luchar, sin buscar otras opciones.

            Es fácil entender la diferencia entre lo coyuntural y lo estructural. Si nos fijamos en este último, estamos mucho mejor que hace cincuenta o cien años. La mortalidad infantil ha descendido en España del doce al cero coma cuatro por ciento, y la esperanza de vida ha subido cincuenta años en España en cien años. Esto sucede con otros muchos datos y son irrefutables.

            Otra cosa es la coyuntura. La realidad parece ser diferente según qué informe elijamos para comparar, según qué diario leamos, según el periodista, la cadena televisiva o la línea editorial de un determinado medio de comunicación. Parece diferente según a quién preguntes. Más allá de los medios de comunicación, si fuéramos capaces de leer los matices de cada uno de los ciudadanos, nos encontraríamos con sorpresas, con más de una incoherencia y con desinformación a raudales, en muchos casos aceptada sin problemas a la hora de formar una opinión crítica.

            Os contaba que vivimos tiempos oscuros y, sin embargo, puede que haya menos tragedias que antaño y mucha más información sobre las que quedan sin solventar. Además, tendríamos que definir lo que supone una tragedia evitable y lo que es el simple devenir de la vida, unas veces bien y otras mal. Hay que buscar la cura de las enfermedades, pero pretender evitar la muerte, hoy en día es imposible. Hoy se critica lo exiguo de los salarios –cierto en muchos casos de ese subempleo generado a raíz de la crisis y las reformas del mercado laboral–, pero también se argumenta que hace años con un salario medio vivía una familia con cuatro o cinco hijos sin demasiadas apreturas. Hoy es imposible, pero quizá esa imposibilidad venga determinada por varios factores, y uno de ellos es el acceso de la mujer al mercado laboral. Si este acceso ha provocado que los salarios sean menores –simple regla económica: a mayor oferta de un producto, mano de obra, disminución de su remuneración–, bienvenido sea ese descenso. Además, hay que considerar otros factores como pueda ser el estándar de vida al que pretendemos acceder. Quizá muchas de las comodidades que hoy consideramos fundamentales en nuestro estándar vital, no lo sean, y desde luego hace cincuenta años ni existían. Muchos lo recordaréis, o si no preguntad a vuestros padres, lo que supuso la llegada de la televisión. Hoy tenemos cien canales, internet de fibra óptica, teléfonos móviles, cámaras de fotos integradas en los mismos, ordenadores portátiles… Quitaos de todo eso y veréis lo bien que se os quedan las cifras de ahorro familiar. Ojo, no me estoy posicionando a favor o en contra de tal o cual postura, hay muchos matices, pero quiero dejar claro que en la coyuntura influye, y mucho, la perspectiva; es decir, la particular visión con que cada uno de nosotros afronta la realidad que le rodea.

            Quizá el problema de llegar a la conclusión de que vivimos tiempos oscuros radica en la poca perspectiva que tenemos. Y también en el exceso de información negativa con que nos instalan en una situación de constante cabreo y suprime la posibilidad de acceder a otra más luminosa –aunque sólo sea por una mera cuestión de tiempo–. No soy tan optimista como para pensar que el mundo es perfecto, sé que hay situaciones y problemas que no pueden dejarse pudrir, pero la realidad es mucho más inmensa que este reduccionismo absurdo del sistema capitalista. Un sistema que confunde la noción de individuo y sus derechos con el individualismo y el consumo llevado a límites ridículos. Un sistema que quiere vendernos la felicidad a buen precio, cuando eso es imposible.

            Quizá estos tiempos no sean tan oscuros. Quizá sólo estamos mirando en la dirección equivocada. O más bien, quizá sólo estemos mirando demasiado tiempo en una dirección y olvidando que hay otras, igual de reales y que nos permitirían ver un presente y un futuro algo más amable. Quizá podríamos tener una amplitud de visión más grande.

            Lo importante, lo que quiero concluir, es que quizá sólo con un cambio de perspectiva en el que nos permitiésemos por un momento olvidar este cabreo –sin permitir que la frivolidad nos atrape, pero sin sentirnos culpables por darnos un respiro–, podríamos descubrir algo más que esa oscuridad en la que parece que nos han metido y de la que no somos capaces de salir.

            A mí, vivir instalado en esos lugares sombríos donde la luz parece no llegar no me gusta. Pero además, si lo acepto como un hecho consumado, corro el riesgo de sumirme en la fealdad del cinismo y el rencor, y de convertirme en un ser sin opciones, víctima de una realidad que no puedo cambiar en modo alguno. Y me niego. Sé que existe un camino hacia la luz, las pistas están ahí, y me empeñaré en buscarlo por los caminos por donde aquellas me lleven. Quizá nos encontremos en el viaje.

 

Alberto Martínez Urueña 17-01-2016

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Tiempos oscuros. Parte II


            Cuando me enfrento a este par de páginas, los temas de actualidad social ocupan gran parte del contenido. Y como mi columna no es diaria –más de uno me repudiaría– no puedo, ni tampoco quiero, hablar de todos y cada uno de los escándalos que revientan nuestra convivencia. Por otro lado, estaría cayendo en una de las principales críticas que hago al sistema informativo actual: nos ahogan con noticias sucesivas y así impiden de manera efectiva el procesado que necesita cada una de ellas. Además, los diarios desgranan suficientemente cada una de las noticias, lo hacen mucho mejor que yo, y no creo que sea necesaria una perspectiva más de los hechos.

            Hablar hoy, casi ya en dos mil diecisiete, del nuevo caso de corrupción es algo que resulta tedioso, por mucho que la descarga de adrenalina aplaque nuestra ira. Quizá incluso la sucesión caótica de noticias está pensada para eso… Esta semana es el hospital de Castellón y el rescate de las autopistas ruinosas del gobierno de Ansar y sus secuaces. Informes económicos realizados un día de farra, supongo. Optimistas de pro en cuanto a los ingresos. Gastos imprevistos. Ya sabemos cómo acaba esto: lo pagaremos entre todos, y pasaremos al siguiente escándalo, al que volveremos a calificar de insoportable. El siguiente insoportable de la lista.

            Cuando tienes una planta y las hojas empiezan a secarse, si la riegas, reverdece con fuerza. Sin embargo, cuando aquellas caen sin haberse secado, están quebradizas, y aunque riegues, nada solucionas, es probable que hayas anegado las raíces, y se hayan podrido. Y la planta entera está condenada. Durante mucho tiempo he estado pensando que nuestro sistema estaba en la primera fase, pero últimamente barrunto que estamos en la segunda. Esto no es un comentario desengañado ni apocalíptico, os lo aseguro, porque no estoy diciendo que la solución no exista. Sin embargo, ésta no consiste en andar tapando vías de agua cada vez más numerosas. Ésa es la especialidad de los políticos, sin olvidar que muchas veces, las vías las han provocado ellos mismos con su actitud irresponsable. No basta con echar algo de agua en la maceta con el abono adecuado. Aquí se ha echado tanta agua y tanto supuesto abono que la planta ha muerto. España,  y también Occidente, necesitan un cambio de paradigma. Lo necesitamos. Si nos negamos, entonces lo sufriremos.

            Vivimos tiempos oscuros, os lo dije hace quince días. Más allá de los ejemplos prácticos con que los medios nos dan nuestra ración diaria de adrenalina apocalíptica en la que nos recreamos, hay una realidad mucho más evidente que nos desgarra desde dentro. La sociedad tal y como está pensada es incapaz de resolver los problemas de la inmensa mayoría de las personas de este planeta, y también de los que pueblan nuestro primer mundo. Porque en realidad, aunque queramos vivir mirando hacia el tendido, Pandora está acechando nuestra propia estructura. De hecho, cada vez hay más personas mirando al tendido, porque cuando no lo hacen, les falta el aire. No hay solución, dicen, y por eso hay que consumir. Y consumirse.

            El alcance del capitalismo ya está más que claro. Es el mejor sistema económico para satisfacer las necesidades materiales de una sociedad. Sólo con solucionar los problemas de desigualdad tan brutales que sufre nuestro país, y también nuestro planeta, tendríamos una sociedad en la que todas las personas tendrían las necesidades básicas cubiertas. Por lo tanto, el problema de la desigualdad debería ser tenido en cuenta. No hablo de que la desigualdad sea mala, pero como en todo, los excesos matan.

            Pero ¿qué solución hay en un primer mundo donde la inmensa mayoría las tiene –o las tenía, antes de la crisis– cubiertas? Lo siento, pero a esta pregunta, el capitalismo y el consumismo que deriva de tal sistema no ofrecen una respuesta. Y lo sabéis todos. Los que me leéis y con quienes os relacionáis. Cualquiera que haya dado un abrazo honesto en algún momento lo sabe. Por tanto, si la solución no está en incrementar el nivel de consumo y riqueza –no estoy en contra de hacerlo, pero no soy tan estúpido de depositar mi destino en ellos–, hay que buscar dónde se encuentra.

            Pero vivimos tiempos oscuros. Los poderes fácticos y sus mafias organizadas nos roban desde las instituciones, desde las empresas y desde los medios de comunicación, y la panacea que nos vendieron a través del sistema económico es únicamente una condición necesaria, pero no suficiente. Y en algunos casos, incluso malsana. El capitalismo ha convertido a las personas en objetos con los que saciar nuestros apetitos egoístas, y la falta de respeto hacia nuestros iguales que esto supone se ha banalizado hasta el extremo de considerarla no ya inhumana, si no irremediable. Y nos ha convertido en los malos de nuestra propia película. Aceptamos que los demás nos cosifiquen y nos consideramos pagados por poder cosificarles a ellos.

            Vivimos tiempos oscuros, y hasta que el individuo no encuentre su dignidad y su valía, así como su lugar en la realidad a la que le arrojaron por algún motivo, la luz no podrá penetrar en las cavernas que habitamos.

 

Alberto Martínez Urueña 14-12-2016