miércoles, 16 de noviembre de 2016

El abismo de la simplificación


            Uno de los principales problemas de los demagogos, es decir, políticos, pero también de muchos de nosotros en ciertas ocasiones son las simplificaciones grotescas que sacamos por la boca para justificar nuestras propias querencias. Y las convertimos en miserias. Hace no demasiado me llegó un mensaje en el que se hacía una burda simplificación del sistema fiscal que, por otro lado agradezco por aquello que os conté una vez sobre la retroalimentación que recibo con mis textos. La cuestión iba de una universitaria rojilla y un padre empresario, sector que respeto, y facha, sector al que ya me cuesta un poco más aceptar. La niña era favorable al reparto de las cargas económicas a través de un sistema fiscal redistributivo, pero cuando su padre le pone un ejemplo sobre redistribuir su nota –era una chica de nueves y dieces– con otra amiga que era un poco bandana y sacaba sólo cincos y seises, ella pone el grito en el cielo, ya que ella se esforzaba y estaba penalizándola frente a otra persona que no lo hacía y no se merecía más nota. El padre, por supuesto, le daba la bienvenida a la derecha.

            La moraleja de este mensaje, además de ser falsa, es una simplificación grotesca que pretende defender una postura que podría ser más o menos legítima de no ser interesada en el peor de los sentidos –todos tenemos derecho a defender nuestros intereses, ojo–. Por supuesto que creo que el esfuerzo tiene que ser premiado, y también aquello que haces ha de ser recompensado de acuerdo al valor que tiene. Si no fuera así, nadie tendría incentivos para esforzarse y tendríamos una sociedad que valoraría más cuestiones prosaicas en lugar de las verdaderamente importantes. Imaginaos por un momento que nuestra sociedad ibérica fuera tan injusta que premiase a través del salario a alguien por el mero hecho de ser guapa, como a las modelos, o a alguien por salir en la televisión diciendo gilipolleces –ya sabéis en quien estoy pensando, ¿verdad?– o por saber jugar muy bien a un deporte. Pueden ser los mejores en su disciplina, pero quizá el valor de lo que hacen sea irrisorio, sobre todo si lo comparamos con la labor que hacen médicos, profesores, científicos y ese largo etcétera cuya dedicación hace este mundo un poco más habitable. Y si alguien me dice que su salario va en función de lo que producen, por ejemplo a través de la publicidad, entraríamos en la valoración que la sociedad hace de tal desempeño. Indicaría que vivimos en una sociedad que le presta más atención a Cristiano Ronaldo que a un cirujano infantil. No creo que nadie en su sano juicio piense que es más importante lo que hace el portugués, aunque estoy dispuesto a aceptar pulpo como animal de compañía.

            Otra cuestión sumamente importante, lectura que el padre de los cojones no hace, tiene que ver con los bienes públicos y la externalización de sus beneficios. Entiendo que al padre le parezca fetén no pagar impuestos porque él se lo ha currado, y eso está muy bien. Tengo amigos empresarios que han apostado su dinero, o incluso su casa y sus bienes, y llegado el caso su salud, para sacar adelante una empresa –nada que ver con entrar a currar pronto y salir tarde, aunque también tiene su gran mérito– y estoy orgulloso de ellos por hacerlo. Pero seguro que estos empresarios estarán conformes con que haya carreteras que lleguen hasta sus fábricas, que las ciudades estén suficientemente controladas para que no saqueen sus tiendas y que sus envíos puedan llegar a su destino en unas condiciones mejores que las diligencias del salvaje Oeste. Más aun, este padre tan sabiondo estará conforme con que haya un orden social aceptable dentro de los mercados en donde tan esforzadamente se ha abierto camino, porque por mucho esfuerzo que ponga, si la ley de la selva impide a sus potenciales clientes llegar hasta el comercio, se come sus productos con patatas. Incluso, si sus productos no son de primerísima necesidad, quizá esté conforme con que el salario medio de los trabajadores no sea el de subsistencia.

            Y claro, puede argumentar que todo esto no tiene nada que ver con el esfuerzo. Que los policías que curren de sol a sol, jugándose el pellejo para que él pueda salir a la calle con su lujoso Mercedes y las bandas callejeras no se lo despiecen se ganan su sueldo bien ganado. Y el que se contente con sacar su trabajo de forma honrada en un horario razonable, que gane la mitad y punto. El problema entonces estaría hasta dónde se puede considerar razonable pedir a los trabajadores un esfuerzo extra y hasta donde se puede empezar a hablar de explotación laboral. Y también hasta dónde se puede considerar razonable dejar en la indigencia al trabajador que no esté dispuesto a dejarse el pellejo trabajando en la fábrica de ese padre tan sabio.

            Como veis, en cuanto empezamos a profundizar un poco en algo que parece sencillo, las complejidades del asunto empiezan a tocarnos la entrepierna. Que la sociedad de consumo de hoy en día esté orientada al titular facilón de la era de las redes sociales no significa que los problemas hayan dejado de tener profundidad. Significa que hay gente dispuesta a dejarse engañar por cuatro frases más contadas, como acaba de suceder en Estados Unidos, la cuna del consumismo. Además, al margen del esfuerzo, no podemos olvidarnos de que con esos impuestos que el padre cabrón quiere dejar de pagar, conseguimos no dejar en la cuneta a muchas personas que, por mucho que se esforzasen, no conseguirían llegar al nivel de rendimiento que ese imbécil pretende. Por ejemplo, discapacitados, enfermos, ancianos… Todos ellos reciben rentas monetarias o especie directamente de ese Estado del Bienestar que los amigos de lo privado quieren gestionar con criterios de eficiencia y economía. La ley del esfuerzo, por lo tanto, está muy bien hasta que deja de estarlo, y esto ocurre cuando simplificamos los problemas, o cuando directamente amenaza con convertirnos en seres desalmados.

 

Alberto Martínez Urueña 16-11-2016

jueves, 10 de noviembre de 2016

No es la incultura, es la mala hostia


            No os lo voy a negar. Lo del tema Trump es una cosa que me pone los pelos de punta. Literalmente. Así como el caso español me ha provocado más cabreo que otra cosa, veo el tema estadounidense con un alcance distinto. Me trae a la memoria el alzamiento democrático de determinados regímenes que se dedicaron a instaurar la barbarie a través de los propios instrumentos del Estado. Sin embargo, la cuestión relevante no es que Donald Trump sea un demente peligroso con un mensaje misógino, xenófobo y repleto de mentiras que no soporta un mínimo análisis. La cuestión está en por qué hay tanta gente que le vota. Y la justificación de la incultura de sus votantes no me parece suficiente, igual que no me lo parece para que haya quien vote al PP, a Lepen, a favor del Brexit o de la extrema derecha, se llame como se llame, en Holanda, Austria, Rumania, Alemania o donde sea. Porque al final todos somos incultos en algo.

            La situación social es de una más que evidente ira del electorado. La peña pide venganza, unos por una cosa y otros por otra, pero todos se encuentran legitimados para pedir la cabeza de alguien. Pero claro, hemos pasado una crisis económica que nadie ha explicado satisfactoriamente, y sospechamos que los propios causantes han salido beneficiados con ella, causantes que si antes nos robaban con disimulo, han pasado a hacerlo con desvergüenza. Mientras, ninguno de nuestros representantes elegidos democráticamente, símbolo de esa libertad occidental con la que nos llenamos la bocaza, nos ha protegido un ápice de los desmanes de las hienas. Es más, la sospecha es que ellos mismos han estado rapiñando las migas que caían de la mesa de los poderosos. Ojo, digo que es la sensación que mucha gente tiene, no digo que nadie sea culpable de nada. De hecho, yo confió plenamente en que los poderes fácticos tutelan y velan por nuestros intereses. Se desvelan por las noches pensando en la mejor manera de contribuir, filantrópicamente hablando, al beneficio social de las masas. Está claro.

            Pero esa gente inculta y desagradecida no lo ve de esta manera. Miran a los poderes financieros e institucionales y les ven conchabados, y entonces claman al cielo para que un rayo destructor les aniquile a todos. Y como el cielo hace tiempo que no sabe, no contesta, nos manda a un delegado llamado señor X que hace suyas las reclamaciones de los desfavorecidos. Eso que llaman populismo los que no son capaces de conectar con el pueblo desde hace años. No digo que no quieran, pero se esfuerzan poco. Al final, la cuestión Donald es muy sencilla: ante el abandono de los líderes políticos –cuando no se han convertido directamente en padrinos–, la gente agarra lo que tiene, o lo que puede. Lo que le da esperanzas, o lo que le promete sangre fresca. Para mí el mensaje está claro, pero mencionarlo parece muy conspiranoico. Si hablas de ello, parece que vas en plan Iker Jimenez, o J. J. Benítez, pero todo resulta más prosaico. El sistema tal y como está concebido no tiende a resolver las desigualdades, sino a todo lo contrario. No hablo de las teorías económicas que discuto con mis amigos economistas, sino el sistema que en la práctica se ha implantado. La teoría económica habla de un equilibrio de poderes entre productores y consumidores, pero el libre mercado que describe sobre el papel no existe en el mundo real. El mundo real es cada vez más complicado, y sobre todo, cada vez más cruel con los débiles, porque gracias al proceso de globalización, les ha convertido en cifras anónimas que introducir en una ecuación que no garantiza su dignidad como personas. Punto.

            En el mundo real, los trabajadores tenemos cada vez menos derechos laborales, tenemos salarios más precarios, tenemos menos negociación colectiva y una menor protección de las instituciones nacionales y supranacionales. A cambio, tenemos cada vez más incertidumbre vital, niveles de estrés insoportables, separación de nuestros núcleos familiares, más extorsión del patrono, más corrupción institucional, progreso tecnológico que expulsa a cada vez más trabajadores del sistema… Nos vemos impotentes y abandonados, y las razones que nos dan se basan en explicaciones ininteligibles que justifican la inevitabilidad del proceso. En realidad, el equilibrio está roto a favor de quienes tienen en la libertad individual y de mercado su sacrosanta religión por encima de la defensa de los propios seres humanos de los que se han olvidado que forman parte. Unido a esta tragedia, los que deberían hacer algo al respecto, en lugar de protegernos, se preguntan por qué la gente les ha dado de lado y tratan de culpabilizarlos, llamándoles populistas y demagocos. Les llaman incultos.

            Acusan a gente como Trump, o a cualquiera que cuestione sus verdades de ser antisistema, pero quizá habría que analizar cuál es ese sistema que en teoría están intentando romper, y cuál ha sido el papel de cada uno para que hayamos llegado a este estado de cosas. Ojo, yo no estoy a favor de la misoginia, ni de la xenofobia, ni de las mentiras sistemáticas ni de la manipulación. De hecho, no considero a Trump un verdadero antisistema, sino un experto circense y sobre todo, un vendedor de primera. No estoy a favor suyo, pero tampoco de todos los crímenes de lesa humanidad que ese supuesto sistema permite o incluso comete. El llamado pacto social sobre el que se levantaba todo el Estado del Bienestar no ha sido quebrantado por los votantes que ahora piden respuestas, sino por los encargados de su gestión y mantenimiento que se han encargado de desmontarlo sistemáticamente, repartiéndose los despojos. En realidad, el problema es que los votantes se han dado cuenta de que ha sido su absoluta dejadez la que ha provocado que ahora el edificio esté en ruinas.

 

Alberto Martínez Urueña 10-11-2016

martes, 8 de noviembre de 2016

De toda la vida


            Se ha hecho así de toda la vida. Una frase como otra cualquiera, no exenta de razones. No en vano, sabe más el diablo por viejo que por diablo, dicen. Y probablemente tengan razón. La difusión del saber como algo estructurado y sistematizado fue uno de los maulas de la clase de nuestra Historia, que cuando pasaban lista, había hecho pellas. Se escondía en monasterios, y en las bibliotecas privadas de algunos nobles y coleccionistas. El saber era para unos pocos privilegiados, como la misa era el latín con el artista dándole la espalda al respetable. Todo un concierto. Se ha hecho así de toda la vida, y gracias a eso, muchos pudieron salir adelante. Pensad por un momento en una madre primeriza en el Medievo. Allí no había matronas ni ginecólogos, ni libros de “Cómo ser la mamá del mes”. No había manual de instrucciones para los trapos que hacían de pañales, ni la forma de curar las dermatitis de los bebes recién nacidos. Por no haber, o no saber, no existía ni la palabra dermatitis. Allí lo que había era una madre o una suegra que había pasado por la movida seis o siete veces, con una tasa de éxito del cincuenta por ciento de media.

            Como con eso, pasaba lo mismo con la agricultura, con la pesca, con la orfebrería o con cualquier otro tipo de conocimiento. Se ha hecho así de toda la vida, y gracias a eso, la sociedad pudo ir prosperando cuando la dejaban, entre crisis alimentarias, crisis pandémicas y crisis bélicas. Después de todas las barbaridades que nos han pasado, o que hemos provocado, parece mentira que el ser humano haya llegado a la luna, pero ahí ondea más de un trapo con colores vistosos. Visto a cada instante, la vida podría parecer terrible, pero era mejor de lo que fue para sus antecesores, y sería peor que para los hombres del mañana. En eso baso mi esperanza, en estos días oscuros en que las noticias que nos arrojan como piedras desde los medios de comunicación, aderezada con música apocalíptica y la voz grave del locutor, están encaminadas, más que a informar, a acojonarnos vivos a todos los bichos pensantes que campamos por La Tierra. La estrategia del miedo, dicen algunos, aunque no hay nada nuevo bajo el sol. Eso también es de toda la vida.

            La experiencia me ha demostrado que un consejo de una persona experimentada –iba a poner persona mayor, pero les hay envilecidos que sólo aportan cápsulas de rencor mal digerido– es de lo más valioso del mundo. Pero sobre todo, me ha demostrado que un buen maestro es el que te da los mapas y la brújula para que tú puedas encontrar tu propio destino. Fuera de estas disquisiciones, como con todo, hay que valorarlo en su justa medida. Excesivo apego por cómo se han hecho siempre las cosas impediría encontrar otros modos más satisfactorios de hacer lo mismo: el progreso no es ni bueno ni malo, depende del uso. Además, hay un axioma inevitable, por mucho que a todos nosotros nos cueste aceptarlo: la realidad es puro cambio, desde lo más prosaico a lo más relevante, y esto no tiene por qué ser malo. Por ejemplo, hoy en día las enfermedades de los niños las resuelven los pediatras. Y para los que duden de su efectividad, les recomiendo un repaso a los datos sobre mortalidad infantil. Algo habrán hecho los investigadores y los médicos. Hoy en día las grandes obras de infraestructuras te permiten llegar a Santander en dos horas. Imaginaos hace tres siglos. El Canal de Castilla, una de las grandes obras de la historia de ingeniería hidráulica, tardó en construirse casi un siglo. Hoy en día, la presa de las tres gargantas se construyó en doce años. Es indudable que somos enanos a lomos de gigantes, pero las técnicas se han ido perfeccionando y los avances tecnológicos son irrefutables. Y sus ventajas. Por otro lado, es evidente que no todo va a parecernos positivo. A mí, hablar de chatear me da pena, porque en tiempos de mi abuelo era salir de casa y departir con los vecinos en el bar de la esquina. Hoy en día, va de Whatsapp y otras redes sociales, pero es que hemos hecho un mundo en donde los amigos del colegio están al otro lado de la ciudad. Lo hemos hecho todos, pero sobre todo los adultos; los niños hacen lo que pueden.

            Volviendo al tema, defender a ultranza que las cosas se han hecho así, de toda la vida, nos puede llevar a otros contrasentidos en cuestiones de “ingeniería social”. De haberse mantenido esa máxima, hoy en día las mujeres estarían mejor en la cocina y serían tuteladas por unos maridos que tendrían derecho a corregir sus malos hábitos. La educación de los hijos, como siempre, se realizaría aplicando mano dura, la letra con sangre entra, y si la niña se quedaba embarazada fuera del matrimonio, la familia podía y debía repudiarla. Por eso, cuando se defienden tradiciones, formas de hacer las cosas, y otros argumentos maximalistas, hay que tener cuidado, no se te abra el suelo que pisas. Creo que el progreso no es ni bueno ni malo: sólo es una manifestación más del cambio, y sólo nuestro apego, nuestra resistencia a ese proceso inevitable, puede convertirlo en algo perjudicial. Como decía el refranero, agua estancada…

 

Alberto Martínez Urueña 8-11-2016

lunes, 31 de octubre de 2016

Sobre tales investiduras

            Creo sinceramente en aquella frase tan manida y tan repetida en multitud de circunstancias que argumenta que son los hechos y no las palabras las que definen a las personas. Si bien en cierto, todos tenemos derecho a cometer errores, por lo que las cosas que nos definen no son los hechos concretos si no nuestras tendencias hacia tal o cual comportamiento o actitud. Los hechos que cometemos, y las tendencias que adoptamos, nuestras querencias, nuestros comportamientos, indican con cierta precisión cuáles son nuestras intenciones. Cuáles son nuestros intereses. Las palabras, que tan útiles nos resultan para comunicarnos, para transmitir ideas, o para que yo pueda escribiros estas líneas, en otras circunstancias sirven de herramientas para otros menesteres, como es la perversión de la dialéctica. Hay infinitos casos que así lo atestiguan. No en vano, todos los ímprobos esfuerzos que realizamos los seres humanos para autoengañarnos son una de las modalidades más extendidas.
            En la esfera privada, cada vaca que suene su esquila. Sin embargo, cuando asistimos a cuestiones de la esfera pública, que nos afectan a todos, no podemos permanecer impasibles. Las organizaciones, compuestas por seres humanos y seres de alguna otra índole, según el caso, también tienen sus tendencias, también tienen sus palabras, sus tergiversaciones y sus incoherencias, y por supuesto, tienen sus intereses. Por sus frutos les conoceréis, decía uno hace algunos años. Y que razón tenía, el sujeto.
            Hace tiempo que defiendo en mis líneas que en esta democracia tan mezquina, inculta, rapaz y cainita que tenemos en nuestras gloriosas Españas, el imperio donde no se ponía el sol, está pervertida, y no desde hace poco. En mi texto anterior hacía una reflexión sobre cómo los españoles nos hemos dejado engañar a lo largo de los siglos por una serie de líderes bochornosos que argumentaban el amor por la patria mientras se embolsaban los dineros llegados de las campañas militares, esquilmando al pueblo que las batallaba. Nada más ruin que mandar a tus peones a morir en Flandes y luego dilapidar las ganancias en confeti, pero eso es lo que hicieron los Austrias y después los Borbones. Ahora toca hablar de quienes nos engañan, y además, viendo que no tiene ningún coste para ellos, cada vez con mayor desvergüenza.
            Las siglas PPSOE os sonarán a todos. La coalición de las fuerzas políticas más representativas de los últimos cuarenta años en nuestro país se lleva sospechando desde que los chavales del 15-M empezaron a dar guerra por las calles y por las plazas de nuestro país. Unas siglas que pretendían ser las garantes de la estabilidad de nuestro sistema político, por encima de los populismos y de las algaradas, para que los mercados no salieran corriendo por la puerta de atrás de nuestra piel de toro.
            Han mareado la perdiz durante los últimos años. Hemos tenido en este tiempo una legislatura absolutamente dictatorial, de las que les gusta a los chavales de derechas, de las de aquí se hace lo que yo digo porque yo lo digo. Hemos tenido una salida de la crisis para las grandes élites, mientras Cáritas, Intermon Oxfam y otras organizaciones se llevan las manos a la cabeza y más de diez millones de personas se las llevan a los bolsillos… para no encontrar más que silencio en ambos casos. Hemos tenido un año de Gobierno interino en el que Mariano y sus adláteres se han negado al control parlamentario, se han negado a negociar nada con nadie, esperando a que las peras maduras cayeran por si solas, conscientes –pero irresponsables- de que la izquierda de este país es capaz de apuñalarse sola, todas las veces que haga falta, y con una enorme sonrisa bobalicona en la cara, reflejo de la supuesta superioridad moral con la que se autoinviste. Hemos tenido todo esto, y ahora las piezas encajan, demostrando que no les queda más remedio que por responsabilidad unirse en un matrimonio antinatura que no tiene el más mínimo sentido. Después de haberse pasado cuarenta años sin ser capaces de articular un Estado Español con una organización territorial coherente, después de no haber sido capaces de cohesionar la Sanidad, la Educación y otras políticas de Estado desde la lógica confrontación de ideas contrapuestas de dos rivales que buscan entenderse. Después de haber estado tocándonos los cojones a dos manos durante todo este tiempo sin solucionar los problemas importantes de esta nación como son la burbuja inmobiliaria –reventó sola-, la violencia entre sexos, la politización de la justicia, así como su modernización, el establecimiento de organismos de control independientes… Un suma y sigue que demuestra que sus actos no fueron gobernarnos, sino marearnos con gilipolleces propias de un patio de colegio para perpetuarse en el poder. Y cuando se les ha visto el plumero, a raíz de la crisis, aldabonazo para muchas personas en este país de incultos y fratricidas, han hecho lo que les quedaba para poder seguir aferrados a los escaños.
            Ojo, esto no es baladí. Los escaños no dan de comer. O no a tanta gente. Si no, que se lo pregunten a la Gürtel, a la Púnica, a los EREs, a la Comunidad Valenciana, a la Perla Negra de Valladolid, y a todos los restos que se reparten a dos manos. Que se lo pregunten a Felipe y su Gas Natural, o a Ansar y su Endesa. Y a todos los amiguetes que colocaron en las demás energéticas, bancos, cajas de ahorro, etcétera, y cuando veáis la próxima factura de la luz, os preguntáis porque tenéis una de las facturas más caras de Europa. Hay, de hecho, en Wikipedia, una entrada que se llama políticos españoles en consejos de administración.
            Así que ahora, cuando la gente me pide que escriba sobre la investidura de Mariano y la abstención orquestada por esa mala directora apellidada Díaz, les diré que todo estaba organizado para que así fuera, que no podía ser de otra manera, y que no deja de ser una nueva maniobra de esos líderes que nos oprimen desde hace siglos para perpetuarse en su trono y en sus despachos. Esos líderes a los que nos vendimos y a los que no cobramos la factura que exige su corrupción y su desvergüenza.


Alberto Martínez Urueña 31-10-2016

miércoles, 26 de octubre de 2016

Tal como somos

            Tal como somos

            No voy a engañar a nadie si digo que la investidura de Mariano Rajoy es algo que me produce algo más que tristeza. Al margen de que no comparta con el PP prácticamente nada, la principal de mis cuestiones discurre hacia qué tipo de país somos. Un país en el que los escándalos de todo tipo de corrupción, nepotismo, despotismo, delincuencia fiscal, arribismos, guerras cainitas, puñaladas bajo capa o al descubierto, desplantes a las Cortes Generales y un largo etcétera, un suma y sigue interminable, no pasa factura. La impunidad es absoluta. Es un escenario en donde se dan cita todas las tragedias griegas, todas las soflamas shakespirianas y, por supuesto, todas las miserias quijotescas. No es que en el resto de países suceda lo contrario, pero el número de fieles votantes al partido, independientemente de los delitos supuestamente cometidos, es porcentualmente más bajo. O eso pensábamos hasta estas últimas rondas electorales en que la aparición de nuevos actores en las tablas pareció dar nuevos aires de renovación a esta farándula. Pero era falso, y la única diferencia actual no viene del comportarse; la única viene de que dos de los principales partidos sí que están salpicados por supuestos actos delictivos, mientras que a los dos nuevos no se les puede encontrar nada jurídicamente punible. Por ahora. Por mucho que nos saquen al millonetis financiero detrás de los de Rivera, o lo de Venezuela, de la que ya no se acuerda nadie. Sin que nadie nos explique además, que habría de delictivo en eso.
            Pero no voy a entrar en lo que todos sabemos. O al menos lo que sabemos los que miramos sin prejuicios partidistas. A mí me da igual lo que le pase a cualquiera de ellos, y no entiendo la defensa feroz, agresiva, casi bélica, con que empeñan su conciencia los que se interponen de escudo humano entre Mariano, Felipe, Ansar, o el que sea, y sus detractores. ¿Qué sentido tiene? ¿La lógica del mal menor? Esa lógica es la del corto plazo que hipoteca el futuro de nuestros hijos.
            Pero, ¿qué sucede en España, que esas cosas no se pagan? Hay quien argumenta que defender a los partidos tradicionales es una postura de responsabilidad, una visión de Estado, ya que, a pesar de todo, son los más preparados para llevar las riendas de nuestro país. Y esa sí que sería una visión triste. Tener que pagar tales peajes para ser gestionados, más o menos, por los que serían los mejores. Estos serían los mejores. Es una visión para largarse de España sin echar la vista atrás ni derramar una lagrimita.
            Y es que hay que tener en cuenta que todo esto no es consecuencia de nuestros políticos. Los políticos de esta piel de toro son consecuencia de los españoles. Y aquí hay culpas para todos. La pista sobre la principal de todas ellas me la dio Arturo Pérez Reverte, que salía el otro día hablando en la televisión. Con su habitual facilidad de palabra no exenta de mordaz elocuencia, indicó que en España los rivales, en las disputas, ya sean dialécticas o de las otras, no se conforman con convencer; aspiran a silenciar como poco, cuando no a aniquilar, a destruir, a condenar al ostracismo y al olvido. Como hacía el faraón Yul Brynner a Charlton Heston en la fantástica película de “Los diez mandamientos”.
            Nuestro problema no está en que corriente económica hemos de aplicar, como siempre he defendido. Es un problema de los políticos a los que premiamos, a los que elegimos, y por los que nos dejamos engañar. El problema de España es esa elegía que muchos hacen de la incultura y la ignorancia, ese desencanto del que nos autodotamos cuando decimos que no merece la pena hacer nada, porque nada va a cambiar. Esa desesperanza histórica, quizá fruto de haber sido la nación más grande del mundo gracias a nuestros líderes a costa de un precio tal que lo perdimos todo siglos más tarde. Porque entendimos que nuestros líderes nos usaron como peones, aunque muchos se nieguen a aceptar esta gran verdad, que dilapidaron el dinero que llegó de las colonias en su propio beneficio, para su gloria como reyes de un imperio donde no se ponía el sol, mientras los españoles no podían alimentarse o vivir dignamente por mucho pecho que sacarán aquellos hijosdalgos que dejó aquella patraña. Leed libros de aquella época. Salen en todos. E igual que hoy en día, eran capaces de matar o dejarse arrancar el pellejo, según tocase, por una entelequia que llenaba los bolsillos a otros mientras que a ellos no les dejaba ni una mísera tumba donde enterrar sus huesos. Las tierras de Flandes o el Canal de la Mancha están repletos de cadáveres orgullosos. Ni siquiera cuando pudimos elegir, elegimos la libertad: nos postramos como ganado ante Fernando VII igual que un siglo más tarde nos postraríamos ante el único dictador europeo que tuvo la suerte de morir en su cama, tranquilo, y al que se le siguen dedicando misas.
            España es un país anómalo en su entorno. Tiene más miedo a bajarse del burro que a que le robe un trilero con traje y corbata. España vive del orgullo que siente por sus colores –el fútbol será el ejemplo perpetuo–, no de la razón que le permita mirar más allá, y cuando ve su orgullo amenazado, saca la espada y con el cuchillo entre los dientes se lanza con fe ciega a romperse la crisma contra sus propios hermanos. España es, en todas sus facetas, como son los españoles.

Alberto Martínez Urueña 26-10-2016

PD.: Escribo este artículo generalizando. Ya sé que no todos somos iguales, no todos somos esa clase de persona despreciable que describo. Pero no haríamos mal en mirar hacia nosotros en lugar de hacía los demás, por si adolecemos de tales miserias.