martes, 4 de octubre de 2016

Mediocres. Parte II



            Todo lo dicho anteriormente sería más que suficiente como argumento, pero entonces nos quedaríamos sin mencionar todo lo sucedido este último año. Final apoteósico de esta obra de teatro, donde los actores se están empleando al máximo. Son ya dos elecciones y cada vez está más cerca otra para las Navidades. Un folletín con Mariano haciendo su particular soliloquio en donde interpreta la democracia y sus reglas de acuerdo a sus propios criterios, en donde se niega a rendir cuentas al Parlamento, pasa del Jefe del Estado primero y después, exige contratos de adhesión a sus rivales naturales. Y sus rivales naturales, múltiples como siempre en nuestra dividida y cainita izquierda, con Pedro a la cabeza, incapaces de articular el más mínimo discurso explicativo de nada, sin más argumentos que las soflamas incendiarias de los mítines electorales en donde los aplausos están estratégicamente dirigidos, con mensajes para burros y analfabetos, sin el más mínimo atisbo de profundidad o matiz, salvo el que les permite partirse la cara entre ellos. Todos ellos por último, derechas e izquierdas sobre el escenario, incapaces de negociar un solo punto de ningún tipo, incapaces incluso de la mínima cortesía que tendrías con tus muy odiados cuñados el día de Nochebuena en casa de los suegros comunes.


            Seamos sinceros, no como ellos, incapaces de hablar claro. Bocas perfumadas por el eufemismo más practicado que no puede ocultar el aliento a podredumbre que revela su naturaleza vampírica. En cualquier sistema mínimamente organizado, jerarquizado y estandarizado, hace tiempo que habrían sido cesados. Habrían buscado a tácticos de los de verdad, esos estadistas capaces de arañar cualquier miguilla de la mesa de las negociaciones y batirse el cobre si hace falta con el mismísimo diablo para luego salir sonriendo en la foto sin torcer un ápice el gesto. Mariano, Pedro y sus adláteres, lo verían todos desde la máquina de las fotocopias, donde estarían a jornada completa bien vigilados para que no se lleven los folios a casa.


            En cuestiones de liderazgos, no hablo de dejarlo todo en manos de pirañas de río, capaces de vender a su madre por incrementar su posición de poder dentro de un accionariado. Dentro de lo público y sus liderazgos, como decía en la primera parte del texto, harían falta otros dos puntos. El segundo –mis amigos neoliberales van a frotarse los ojos, pero cuidado con los matices– consistiría en reducir de manera drástica el tamaño de la Administración Pública, pero no de cualquier manera. Con criterios lógicos, económicos, pero también de justicia. Primero definir claramente los objetivos, y después adecuar los mejores criterios económicos a éstos. No hacen falta muchos: sanidad universal, un mercado laboral dinámico, un tejido industrial diverso y competente, pensiones, educación pública de calidad, investigación, infraestructuras… Eliminar de una vez por todas ese lastre que llevamos a cuestas derivado de un aparato obsoleto que bebe de las fuentes conceptuales del estado moderno tal y como se concibió en el siglo dieciocho: diputaciones, ayuntamientos en pueblos de dieciséis habitantes y, por supuesto, duplicidades autonómicas fruto de un título VIII de la Constitución escrito en una noche de desvaríos legislativos en donde más que la sensatez académica, los que debieron de reinar fueron el alcohol, los ácidos y la esquizofrenia histórica.


            Y el tercer punto sería dotar a esta estructura de liderazgos de unos incentivos eficaces para evitar que los dirigentes caigan en la tentación de estar a otras cosas. Si en las empresas hay bonus por objetivos, igualmente un Consejo de Ministros podría verse remunerado en caso de conseguir determinados hitos, como unos marcadores que indicasen un sistema fiscal racional y sencillo, unos porcentajes de paro y de actividad registrada que no fuesen el hazmerreír de la comunidad internacional y sujetar su actividad al control de unos organismos que fuesen verdaderamente independientes, es decir, que lo fueran y lo parecieran.


            La madurez, en las personas, implica en gran medida bajar los pies a la tierra desde los ideales infantiles y adolescentes y, sin perder la identidad que te hayas currado, ver cuál es la mejor manera de llevarla a la práctica. La forma menos traumática de vivir dentro de una sociedad que en gran medida pena las divergencias y las excentricidades. Una sociedad en donde hay que aprender a moverse. La madurez de los sistemas sociales también viene determinada por una evolución desde ideas diversas que conllevan la síntesis de posibles modelos organizativos hacia la mejor manera para ser llevadas a la práctica. La necesaria existencia de líderes y también de gestores obliga al establecimiento de mecanismos y estructuras que permitan su funcionamiento sin que los ciudadanos acabemos siendo rehenes, como lo estamos siendo hoy en día, de personajes de naturaleza mediocre, incapaces de gestionar y de liderar a una sociedad en su conjunto a través de la negociación y el entendimiento, sin crear bandos irreconciliables y cicatrices fratricidas muy difíciles de cerrar.


 


Alberto Martínez Urueña 1-10-2016

lunes, 3 de octubre de 2016

Mediocres. Parte I


            Si abres la página de San Google e introduces la búsqueda de reino, o reinado, y lo acompañas de mediocres, te encuentras con multitud de páginas, ensayos, comentarios de todo tipo, estudios y otros textos de gran variedad y calidad. Fundamentalmente, esto sirve para entender, a éste que os escribe, que la idea no es novedosa, pero no por ello, es menos válida. La Real Academia de la Lengua define mediocre, en su primera acepción, como de calidad media. Pero lo que pone en la segunda, en la que indica que también se puede utilizar para clasificar algo como de poco mérito, tirando a malo, me viene a pelo para explayarme en las siguientes páginas.

            Al margen de la ideología que cada uno tenga, el pragmatismo es un valor a tener en cuenta. Lo dije en uno de mis pasados textos, y sigo defendiéndolo. No es ningún secreto que, si bien mis intereses personales deberían ir encaminados a que me bajasen los impuestos, prefiero la opción contraria y que los menos favorecidos de la sociedad puedan recibir sus ayudas sociales. Imagino que como todos. Según a quien preguntes, esto puede ser un ejercicio de estupidez o un ejemplo de caridad. A cada uno lo suyo. El problema subsiguiente en este sistema es que la inocencia corre el riesgo de romperse y descubrir, oh tragedia, que eso que te gustaría dedicar a la sanidad, la educación, la investigación y el desarrollo y la construcción y mantenimiento de infraestructuras, se lo llevan crudo los asesores, las duplicidades, los cargos de competencias difusas y los coordinadores-de-nada. Eso, sin entrar en los contratos que se adjudican a la baja y luego sufren extraños e imprevistos sobrecostes que disparan el presupuesto hasta el infinito y más allá, las tarjetas opacas de las cajas de ahorro y un sinfín de actividades propias de la fauna y flora ibéricas más representativas.

            Al margen de las ideologías, decía, está la práctica, o dicho de otra manera, la gestión, y es aquí donde entra directo al corazón, como la daga que Bruto le ensartó a Julio César, el adjetivo calificativo que titula mi escrito. Mediocres. Los dirigentes que están al frente de lo público, aquellos que han sido elegidos por sus partidos políticos, los que han subido a base de colegueos, mamandurrías, chupeteos y toda una larga variedad de epítetos dignos de esos reptadores de la escoria. Los últimos en liza, por no retrotraernos demasiado, han demostrado que, además de obedecer a intereses que nada afectan al bien común y los intereses generales del Estado, han realizado una gestión económica, patrimonial y directiva que habría supuesto la quiebra en bloque de cada una de las secciones en que se dividiese cualquier multinacional, incluida su matriz. De hecho, cuando se les ha dejado al cargo de algo parecido, como es el mencionado caso de las cajas de ahorros, han conseguido no ya solamente llevarlas a la quiebra, extremo admisible en el sistema llamado capitalismo, sino que además lo han ejecutado con desvergüenza, delincuencia y soberbia. Las tres Marías. Las Administraciones Públicas no pueden quebrar, pero lo harían en cualquier otro sistema. Han instaurado, como bien creo que demuestran los hechos, el reinado de los mediocres.

            Por eso, por aquello de ser pragmático, cada vez estoy más convencido de que la Administración española, tal y como funciona –y yo, trabajando donde trabajo, conozco un poco el asunto– está condenada al ostracismo económico. Necesitaría, visto desde esta particular perspectiva, de tres puntos que por desgracia creo imposibles de alcanzar. En primer lugar, y esto lo defenderé donde sea, equiparar el salario del Consejo de Ministros a los salarios que perciben los directores y consejeros delegados de las empresas más punteras de nuestro país. Si nos han de dirigir tiburones amantes de la pasta y el lujo, prefiero que lo hagan los más preparados, los que se partirán los cuernos por llegar a esos cargos y permanecer en ellos. Que el señor Presidente del Gobierno gane 78.966,96 euros, y un Ministro 69.671,76 es un río en donde únicamente van a querer pescar los trileros de baja estofa, los estafadores del tocomocho. Así nos va. Si queremos alguien que sea capaz de hacerlo aceptablemente bien, quizá deberíamos estar dispuestos a fichar jugadores de otras ligas.

            Pero ya no es únicamente la cuestión con respecto a los liderazgos en el Consejo de Ministros, que por supuesto. El espectáculo a que nos tienen acostumbrados los partidos políticos en los últimos tiempos tiene que acabar de una vez por todas. La historia del PP, la de los últimos tiempos desde luego, y la de los dudosos primeros también –Naseiro se libró por uno de esos defectos procedimentales que insultan al sentido común, no por su inocencia– se asemeja peligrosamente a lo que podríamos considerar el guion de una película de cine negro. Dirigentes que se salvan porque no aparecen firmando los papeles, y en su lugar, los lugartenientes pagan el pato con cárcel y paseíllo público ante la atónita y ensayada mirada de sus jefes, que no sabían nada. No me consta, decía Cospe. Y la última de los socialistas es de traca. Acostumbrados a un más-difícil-todavía, como si vivieran acomplejados por la falta de atención mediática, más centrada en los peperos, han preparado una fiesta de traición, sangre e incesto digna de los mejores Borgia. Y es que los dirigentes de ambos partidos son dos personas que serían buenas en otras cosas, pero no tienen carisma, les falta discurso, no generan la más mínima empatía, y el entusiasmo de sus filas hace tiempo que merece una muy inspirada necrológica.

 

Alberto Martínez Urueña 1-10-2016

jueves, 29 de septiembre de 2016

Esa España que tenemos


            Hace unas semanas, o unos meses, uno de mis vecinos me dio la fórmula resumida, la piedra filosofal, la respuesta a nuestras preguntas. Resumió en una sola frase la idiosincrasia española con toda su crudeza. El sujeto me dijo “a mí el cambio climático me viene de perlas, porque así hace bueno y puedo sacar al niño a la calle más tiempo”. Recuerdo que yo le miraba esperando esa sonrisa que me indicase que aquello era una coña, que no podía ser tan imbécil, pero el chico estaba igual de convencido de su comentario como yo de su necedad. Ojo, y esto, hilado con lo de la crítica y las opiniones de las que hablaba en el texto anterior.
            Y el tiempo me ha traído este recuerdo. El español sabe perfectamente, conoce, tiene su propia lógica. No es que el español no tenga criterio, ni que tenga lógica; no es que no sepa lo que le conviene, ni nada parecido. El español ni siquiera es tanto derechas o de izquierdas como nos quieren hacer pensar algunos comentaristas del tiempo, tertulianos para todo, mamandurías del morbo. Es todo mucho más sencillo que lo de hablar de la incultura del destripaterrones que tiene miedo a que los socialistas le quiten el terruño donde se muere de hambre. El español merece todo el respeto del mundo, porque siempre ha elegido con absoluto criterio. De hecho, si eliminásemos las ideologías, tanto los burreras de izquierdas como los cerriles de derechas votarían al mismo partido, no habría bipartidismo, habría una absoluta dictadura monolítica.

            Hay una teoría económica, o más bien una corriente de estudios, que en lugar de hablar de consumos alternativos en un mismo momento –consumo peras o manzanas, o una mezcla de ambas, según nuestros gustos– estudia la elección de consumo entre bienes presentes y bienes futuros. Al margen de que hoy en día los sueldos de miseria no dan para para ahorrar dinero y reservarlo para los tiempos venideros, obviando esta cuestión fundamental, esta perspectiva de estudio es muy interesante, porque de alguna manera nos está describiendo aquella diatriba entre dos refranes: “más vale pájaro en mano que ciento volando” y “pan para hoy y hambre para mañana” –el refranero por sí sólo admite estas contradicciones –. Y la frase de mi vecino, que es la frase del español medio, se decanta siempre por la primera. Uniéndola además íntimamente con lo de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy…”. El español es cortoplacista y sufre de cagarrinas de miedo.

            Esto, de alguna manera, es lógico. A lo largo de los siglos, la miserable condición de los liderazgos españoles ha provocado que las personas más emprendedoras hayan ido saliendo, con más o menos gloria, de lo que hoy es este país tan curioso para el estudio sociológico. Nos hemos quedado los menos emprendedores –os lo dice un funcionario–, los más conservadores, los menos dinámicos, los que prefieren mantener el statu quo establecido porque a ellos les funciona. Da igual que no funcione para los millones que se han ido. Nos quedaremos con nuestras lustrosas pero vacías calles, con nuestras industrias cada vez más pequeñas y menos innovadoras, nuestro turismo y nuestra agricultura, y con nuestro sector de la construcción, nido de corruptores y causa – no única – de nuestros actuales males económicos. Se fueron los mozárabes y judíos, expertos en contabilidad, emprendedores y generadores de economía, y nos quedamos con un clero que sangraba al pueblo a base de diezmos, impuestos y gabelas. Nos gastamos los beneficios de las Américas en guerras que pretendían engrandecer las Españas, y al final perdimos todo: dinero, tierras y, lo más importante, millones de soldados muertos, o mutilados a los que mantener o que malvivieron el resto de sus días. Eso sí, nos quedamos con los causantes, primero con los Austrias y su estupidez endogámica, y después con los Borbones y su oportunismo manifiesto. Hoy en día, nos hemos quedado con los currantes de la construcción y con los funcionarios, con la industria intensiva en mano de obra y con los hoteles y sus camareros – con todos los respetos para todos ellos – y nos hemos cepillado nuevamente a toda una generación de ingenieros, de economistas, de investigadores, de médicos y enfermeros. Y así, suma y sigue. Nos hemos quedado los inmovilistas, los amarrateguis, los que no tenemos iniciativa ni tampoco ideas. Salvando honrosas excepciones.

            Y no es que los que nos hemos quedado seamos los malos. Para nada. Pero cuando en una balanza quitas el peso de uno de los lados, la estructura se vence de manera irremediable. Por eso digo desde hace tiempo que el problema de España no es ni siquiera de ideologías, es más profundo. Del mismo modo que el tejido productivo no está equilibrado y diversificado, con la estructura social pasa lo mismo. Todos aquellos que piensan en el futuro, que quieren ahorrar, que miran a medio y largo plazo –no hay más que ver a cierto sector empresarial, incapaz de entender que una empresa tiene una planificación fundamental a largo plazo, además de la cuenta de resultados y el bono accionarial de cada ejercicio–, que tienen los cojones de apostar por una idea, hace tiempo que emigraron. Se fueron a crear otros países, a crear en ellos otras empresas, a investigar y generar riqueza en otras ciudades, y aquí nos quedamos los que preferimos que no nos quiten nuestro oficio inmediato aunque de ello pudiéramos sacar algo más positivo. Nos quedamos los que preferimos que haga bueno hasta Noviembre para poder salir a terracear, aunque la escasez de agua en ciertas zonas de España sea trágica, y aunque el cambio climático amenace nuestras costas. Nos quedamos los que asistimos atónitos ante el espectáculo político y económico de los últimos tiempos sin que se atisbe una mínima solución. Y yo, como soy de los que me quedé, no tengo ni puta idea de cómo solucionar esto que, a pesar de todo, tanto me gusta y que se llama España.

 

Alberto Martínez Urueña 29-09-2016

 

PD: y esto, esperando a ver qué pasa con ese nido de víboras llamado PSOE y su bochornosa deriva.

martes, 27 de septiembre de 2016

Libertades y opiniones


            Supongo que cuando eres más pequeño, de la tierna infancia o de la terrible adolescencia, la opinión de los demás te importa, en mayor o menor grado. La autoestima de las personas se conforma a través de la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero es inevitable que aquí también entre en juego la imagen que los demás tienen. El paso de los años va moviendo la balanza de un lado para otro, eso también es insoslayable, pero no por el hecho de hacerse uno más viejo se hace más sabio. Y no por el hecho de que te la sude lo que los demás opinen de ti significa que hayas aprendido alguna lección importante. Quizá lo que ha sucedido es que te has maleado, te has ofrecido en holocausto al cinismo que todo lo corroe, como el ácido. Esas frases y esos gestos que todos hemos visto en algunos casos, de suficiencia ante los comentarios y las opiniones ajenas, a veces basadas en prejuicios que únicamente responden a estructuras mentales corroídas, no responden a ningún aprendizaje, únicamente son mecanismos psicológicos para protegerse de algo que puede hacer mucho daño: los juicios que esconden esa irresistible torpeza de pretender opinar sobre todo lo que existe y sucede.


            La opinión es libre, y también es libre la capacidad de expresarla. No caigo en el error fariseo de querer escuchar únicamente aquellos discursos que se amolden a mi particular visión de la vida. Lo que planteo en este texto es la necesidad de formarte una opinión. A mí, no me ofenden los razonamientos bien pertrechados de lógica, por mucho que quizá debajo de esa lógica únicamente haya ponzoña: incluso el Mein Kampf de nuestro querido Adolfito tenía su dialéctica interna, pero la base que lo sustentaba era pura y simple carroña. No me ofenden, pero como ya he dicho en otras ocasiones, no merecen mi respeto. Respetar el holocausto judío como concepto sería algo así como decir: “yo no creo que esté bien, pero si ellos quieren hacerlo…”.


            El hombre tiene la urgente necesidad de posicionarse en todo lo que le rodea, en todo lo que le afecta. Este es un axioma que aceptamos como válido porque está impreso en los códigos sociales de esta sociedad occidental en donde todo ha de ser aquí y ahora. Si no reaccionas ya, puedes perder alguna oportunidad que no se repita. Anuncio de la tele, me gusta o no me gusta; acción de tal o cual persona, está bien o mal; ropa que lleva puesta esa hortera; playa o montaña; Barsa o Madrid; izquierdas o derechas. Vivimos rodeados de etiquetas que te exigen continuo posicionamiento y aceptación por adhesión de todo lo que conlleva.


            Esto, cuando alguien te cuenta un problema, una cuestión que le agobia o lo que le salga del miembro cerebral nos trae una cuestión añadida: en lugar de escuchar atentamente puedes estar buscando una respuesta que no te han pedido antes incluso de que el otro haya terminado de contarte. Es el caso de los críticos, de los aconsejadores, de los sabios de mediopelo capaces de solucionar una ruptura de pareja, un problema laboral e incluso el bloqueo institucional que sufre España. Es el caso de los que miran y ya saben al primer golpe de vista, los que dicen aquello de “dime con quien vas y te diré quién eres”, los de los prejuicios por la vestimenta, por los gustos, por los pequeños vicios y por las querencias puntuales. Y hago toda esta digresión para que cada cual analice su propio comportamiento y delimite en qué grupo de todos ellos puede encontrarse. Porque todos estamos un poco metidos en el ajo.


            Los juicios de valor se llaman así por algo. Las opiniones no son neutras, no vale con hacer puntualizaciones para intentar delimitarlo todo al nivel de precisión de la física y las matemáticas. El “yo en tu caso haría tal o cual cosa” puede ayudar en su justa medida, pero traspasada ésta se convierte en un “eres estúpido que no te das cuentas de lo que ocurre”. Y aunque esto es conocido por todos, cuando planteas la opción de dejar de hacer juicios, de tener que formarte una opinión racional sobre todo lo que esté a tu alcance, la gente te mira como si estuviera viendo un extraterrestre y te dice “¿y entonces qué hago?”


            Joder, pues nada. Punto. Dedícate a observar.


            Pero eso es imposible, claro. Las cosas son buenas o malas, son reprobables o apetecibles, son graciosas o tristes, son aconsejables o despreciables… Y quizá sea cierto, quizá es imposible huir de las catalogaciones, las clasificaciones, las opiniones, las valoraciones… Quizá es imposible dejar que cada uno viva su vida como él quiera, porque, ojo, no vale con decir “que cada cual haga lo que quiera, pero esa chica con el pelo teñido de rojo está ridícula”. Tu reclamado derecho a opinar puede chocar con el derecho que tú mismo has defendido en la primera parte de tu frase. Acordaros de la importancia de la opinión de los demás en la formación de la propia autoestima y el daño que puedes producir con tus comentarios. Aunque te la suden los daños que produzcas.


            Y este texto no deja de ser una contradicción, una crítica a los que critican más de la cuenta. Quizá el misterio pueda residir en el grado, pero también en la intención. En la utilidad de las palabras que vertimos en el éter, que parecen neutras, como las opiniones que contienen, pero que pueden hacer más daño del que el emisor ha calculado. Yo, de momento, voy a poner mi nombre al pie del texto, antes de la fecha. A observar un rato, y punto.

 

Alberto Martínez Urueña 27-09-2016

viernes, 23 de septiembre de 2016

Ideas, tácticas y pragmatismo


            El mundo de las ideas, de las ideologías, de los principios y de las cuestiones morales es de lo más entretenido. Se admite como algo general que para gustos se hicieron los colores, se admite por tanto que hay una esfera de subjetividad dentro de cada persona, algo personal e intransferible que habla de las apetencias e inclinaciones en donde los demás no tenemos nada que decir u opinar. Por ejemplo, es de general aceptación que no se escoge de quien te enamoras.


            No es menos cierto, sin embargo, que, tal y como decían nuestros abuelos, tal pareja no te conviene, no es trigo limpio, no te acerques. Llevaba implícita una línea divisoria entre lo que quieres y la decisión que tomas, voluntariamente, de acercarte o no al objeto de tus deseos. Se sobreentendía una discrepancia que tenía que ver, en estos casos, con la moralidad o con la fuente de disgustos que podría suponer tal acercamiento, y se proponía una especie de prelación entre los deseos, que podrían estar o no equivocados, y la razón pura, esa especie de piedra filosofal misteriosa capaz de desvelar una verdad superior. Esa herramienta que nos separaba del resto de los animales, una herramienta capaz de liberarnos de las cadenas de nuestros instintos. Una completa gilipollez, vamos. No ha habido en la historia de la humanidad mayor fuente de problemas que la supresión mediante la represión autoinfligida de las pulsiones humanas más viscerales. No pasa nada por desear tal o cual cosa, o a tal o cual persona, no hay que criminalizar a nadie por tener los deseos que tenga: éstos pertenecen a un mundo diferente al de la razón.


            Otra cosa son los actos que deriven de las decisiones voluntarias que tomamos en nuestro día a día. Promover mediante actos la defensa y legitimación de ideas como el nazismo llevó a lo que llevó en el siglo veinte, y aquí está el quid de la cuestión, y el motivo por el que, personalmente considero que determinadas ideas no son igual de respetables que otras. Los actos que se derivan de unas o de otras no son iguales. Podemos admitir por tanto que cada uno puede tener las ideas que quiera, ideas que llevadas a cabo serían más o menos cuestionables. En el plano de la moralidad a veces es sencillo sacar conclusiones, pero en política no lo es tanto. En política siempre hay una ponderación entre propiedad privada y servicio público, y entre una gestión orientada a la disminución del tamaño del sector público o un mayor aumento y participación. Esto lleva implícito el concepto que cada persona tiene de la forma en la que ha de configurarse la sociedad. Y aquí cada uno tiene sus querencias, y sus amores, y como las consecuencias no son tan claras como el holocausto judío, y está repleto de multitud de matices, la inclinación hacia un lado u otro no es tan sencilla como pueda parecer. Es complicado matizar, y mucho más explicar esos matices. Por esto, los partidos políticos están tan empeñados en aferrarse como garrapatas perrunas a lo que ellos consideran como su identidad ideológica, y menos en explicar los complicados matices. No comprenden que ya sabemos que la tienen, que cada uno de sus miembros la tendrá con sus matices, y que hoy en día los ciudadanos estamos más interesados en otras cuestiones.


            Y aquí entra el tema de la táctica y del pragmatismo. Defender tus ideas está muy bien, con tus amigos, con tu pareja, en el Congreso de los Diputados si quieres… Pero en esta vida las ideas han de ser útiles para algo más que para aburrir al respetable con ellas. No vale de nada que clames a favor de ser buena persona si luego eres un hijo de la gran puta en tu entorno más próximo, igual que no vale de nada que la izquierda de este país clame por la corrupción de Mariano y sus amiguetes de partida si luego, a la hora de la verdad, son incapaces de sacarle de La Moncloa. Gracias esa falta del más mínimo pragmatismo de la izquierda española, históricamente enamorada de sí misma, practicando un onanismo ideológico que le lleva a considerarse moralmente superior a cuantos le rodean, tenemos este espectáculo de prístina pero hipócrita demostración de valores. Porque aunque Pedro, Pablo, Iñigo, Junqueras, Susana, Felipe y la madre que les parió a todos ellos nos estén dando continuas lecciones de moralidad en sus discursos de mierda, la realidad es que nuevamente nos están dejando abandonados, en manos de quienes nos prefieren callados, sometidos y asintiendo al poder feudal trasmitido de padres a hijos desde tiempos inmemoriales. Hablan de ser buenas personas, pero en realidad están a otra cosa. La táctica que emplean no está orientada a un pragmatismo que sirva para unir de una vez por todas los intereses de quienes estamos hartos de que nos chuleen una tras otra desde Génova, con sus tesoreros, sus cajas B, sus Luis se fuerte y sus Rita eres la mejor. Por mucha ideología que farfullen, nos están dejando en las fauces de las hienas que nos la han metido doblada con leyes mordaza, con recortes en Sanidad y Educación, así como con actuaciones desde el Ministerio del Interior que se aproximan en gran medida a las que se adoptaban en ese tiempo que añoran y que gustarían de haber vivido como sus padres, muchos de ellos poco amantes de la democracia. Muchas gracias a estos partidos de izquierdas, porque podremos seguir sacando pecho por tener estas ideas virginales de libertad, igualdad y fraternidad que seguiremos sin llevar a cabo gracias a su completa y absoluta estupidez. O interés.

 

Alberto Martínez Urueña 23-09-2016

 

 


 

 

Pincha en el siguiente enlace y disfruta de mis textos