martes, 16 de agosto de 2016

Despiadados


            Hay veces en que nos mordemos la lengua y no sabemos por qué. En mitad de una conversación alguien se pone agresivo, emite una supuesta opinión que se convierte en un juicio valorativo sobre tu persona y, aunque sabemos que no hemos de permitir que esas cuestiones nos afecten, es como un raspón de tiza en la superficie de una pizarra. Te chirrían hasta las muelas. En los últimos días he tenido la suerte de poder vivir en primera persona esta circunstancia y, a sabiendas de que de mi respuesta beligerante no iba a sacar nada positivo ni para mí ni para mis interlocutores, cerré la boca. Pero recapacitando sobre ello, he querido explayarme sobre el tema.

            No pretendo caer en el error ignorante del que expone un fallo ajeno y de esta manera lo comete él mismo. Si critico a la gente que se dedica a enjuiciar a quienes les rodean, y yo emito los mismos juicios, estaría cayendo en la misma estupidez. Sin embargo, en aras de evitar sufrimiento, creo necesario hacer los siguientes comentarios.

            Hablo de dos cuestiones en concreto: por un lado, de los males psicosomáticos y las especialidades psiquiátricas, y sobre todo psicológicas; y por otro, de la archiconocida brecha generacional. Con respecto a la primera, resulta de una ignorancia supina atribuir los males de origen desconocido a las dolencias psicológicas de las personas. Y más aún cuando estas dolencias psicológicas se siguen tratando en ciertas bocas negligentes como un mal evitable, algo buscado por personas de voluntad débil, incapaces de sobreponerse a los avatares normales de la vida. En resumen, el que tiene una depresión es por ser un débil de mierda, incapaz de valorar lo bueno que tiene su vida y de dar gracias por vivir en el primer mundo. La depresión es culpa suya, y merece lo que le sucede. Si además, esta persona tiene alguna dolencia física y esto le estropea el estado de ánimo, es aún más mierdecilla, y si esa dolencia es inexplicable –no para la ciencia, sino para el imbécil que la desprecia–, estamos hablando prácticamente de personas ignorantes, merecedoras del mayor desprecio, seguidoras de chamanes, brujos y practicantes de vudú, lectores de horóscopos y seguidores de ciencias ocultas. Por suerte, dentro de que puedan ser ciencias menos exactas que las matemáticas, la psiquiatría y la psicología son dos disciplinas con un sustento suficiente como para ser aceptadas y requeridas por quienes las necesiten, y cada vez menos despreciadas socialmente. Cuestión relacionada, pero diferente, es tener una dolencia física y que esto te pueda afectar al ánimo. Personas que sufren enfermedades poco claras son acusadas de estar somatizando estrés nervioso y otras zarandajas. Yo siempre he dicho que si alguien me clava una punta en la mano, me duele, y si además no me la puedo sacar, acabo mentalmente hecho polvo. El origen de mi estado de ánimo no será por una depresión, sino por un clavo que me atraviesa piel y huesos y que no puedo sacarme. Alguien con esclerosis múltiple puede pasar por estados de ánimo depresivos y si alguien le dice, sin la más mínima piedad o empatía, que eso es lo que le trae la vida, que tiene que aceptarlo, encuadrarlo y seguir viviendo, sus comentarios se pueden convertir en la punta que te atraviesa la otra mano. No ayuda, y además demuestra la escasa sensibilidad, pero también la tremenda ignorancia, del que suelta tal frase.

            Al margen de una verdad que no por evidente, deja de ser menos cierta: los humanos somos una unidad en sí misma. No nos separamos en mente y cuerpo, del mismo modo que no nos separamos en hígado, riñones, corazón o cerebro. Si una de esas partes funciona mal, afecta a la totalidad. Si el riñón no filtra bien, puede producir una insuficiencia renal y el cuerpo se intoxica, y puede morir. De igual modo, si la mente no funciona de una forma beneficiosa para el conjunto, el conjunto que somos, esa unidad humana, se resiente en su totalidad. Y la mente funciona mal en muchas ocasiones. También para los impíos. De hecho, la falta de piedad para con los semejantes es una de las enfermedades mentales más extendidas en Occidente.

            El segundo de los encontronazos que he tenido últimamente ha sido a costa del choque generacional que sufrimos desde que existimos como especie racional. Las generaciones más viejas se quejan de que los más jóvenes no tienen valores, no soportan el sufrimiento, no aceptan la vida como viene… Cada vez veo a más personas de mi generación –treinta y seis tacos a la espalda– criticar a quienes nos suceden por este tipo de defectos, mientras se defienden de las tarascadas militares que a veces nos vienen de los abuelos. Nadie es capaz de ver más allá de su egocentrismo enfermizo. Nuevamente los juicios de valor en los que, curiosamente, el juez siempre sale bien parado, con la razón de su parte. No hay observación, no hay empatía, ni simplemente escuchar a quien te cuenta algo diferente a lo que tú opinas, a otra forma de vivir, de entender la realidad, aunque sólo sea por la diferente experiencia, tanto en vivencias, como en el tiempo que has tenido para acumularlas. Todo es una obsesiva fijación por responder, por reaccionar. Por defender tus tesis acerca de la psicosomatización o acerca de la forma en que una persona ha de afrontar la vida. No hay prisma diferente para una persona de veinte años o para una de ochenta. Siempre está la pretensión de tener razón, no de escuchar y compartir. De aceptar desde las tripas sin necesidad de comprender desde la lógica. O de aceptar la lógica de las tripas.

            Por eso, porque a mí me han aplicado la descarnada injerencia de los juicios despiadados, lucho por no enjuiciar a nadie. Antes bien, quiero romper una lanza en favor de escuchar y no juzgar, de tolerar lo que no comprendo como una posibilidad más, igual de buena, y sobre todo, quiero enarbolar la bandera del absoluto respeto para con los sentimientos de cada persona y la piedad con respecto a quien sufre, independientemente de cual sea el sufrimiento. Incluido el que se pueda estar causando el mismo.

 

Alberto Martínez Urueña 16-08-2016


jueves, 11 de agosto de 2016

Mis razones y mi pragmatismo



            Uno de los motivos por los que no me gusta el liberalismo económico es porque establece dentro de sus principios básicos la pretensión de que las rentas altas, y fundamentalmente las rentas del capital, van a utilizar esas ganancias y sus excedentes en inversión productiva. Básicamente, que los empresarios con dinero van a utilizar sus beneficios para generar más trabajo, más inversión en I+D+i, más empresas y más rentabilidades para los accionistas. Hay unos conceptos en Economía que se llaman tasa de ahorro o de consumo, y la propensión marginal a uno u otro cuando nos dan una nueva unidad de dinero. Qué porcentaje destinamos a una cosa u otra, en definitiva. Los pobres no tienen más remedio que consumir toda su renta, porque no tienen posibles para ahorrarlos. Son los ricos los que, en teoría pueden, y de hecho, lo hacen, ahorrar más porcentaje de su renta disponible, de lo que ganan. Y de acuerdo a una identidad fundamental de la teoría económica, lo que se ahorra es lo que se invierte a través de los agentes que canalizan ese ahorro. Verbigracia, las entidades financieras. Por eso, los neoliberales defienden la bajada impositiva, la no subida de impuestos para los ricos, porque son los que pueden ahorrar y después invertir, y son los propios agentes los que pueden decidir mejor cuáles son las mejores inversiones, cuáles pueden generar más rendimientos y por lo tanto, puestos de trabajo, aumentos salariales para los trabajadores, etcétera. Y así se cierra el círculo mágico.

            Ese comportamiento descrito, ése que en teoría realizan las rentas altas, es una de las descripciones más utópicas e inocentonas que he visto en mi vida. Ojo, exactamente igual de utópica, ni más ni menos, que pretender que el Estado patriarcal, comunista y sabio puede dirigir la economía con eficiencia y eficacia, liberándonos de la corrupción personal de las élites, tomando las decisiones más objetivas y correctas para la colectividad, evitando el menoscabo de los débiles.

            Seamos sinceros. En realidad, esos ricos de la sociedad por supuesto que buscan la mejor rentabilidad para sus ahorros, y el problema es que eso no se consigue invirtiendo mayoritariamente esos ahorros y esos excedentes en las actividades industriales de nuestro país. De ser así, no existiría la elusión y la evasión fiscal. Estas clases sociales invierten sus dineros, por una parte, en activos de alto rendimiento más o menos garantizados que les facilitan los bancos, en renta fija extranjera otra parte, en fondos de inversión como los que maneja Goldman Sachs que pueden invertirlo en investigación farmacéutica en Estados Unidos o en futuros sobre el precio de los biocombustibles para aumentar el precio del grano de trigo, y por tanto de la barra de pan, producida en rincones del mundo como Afganistán. Nada garantiza dos aspectos: que las inversiones sean en nuestro país, o que las inversiones sean medianamente humanas. Por eso, las razones de los neoliberales las comprendo. Sé cómo funcionan los mecanismos de expulsión inversora o crowding out que produce la deuda pública al aumentar los tipos de interés a los que se tienen que financiar las empresas españolas. Pero no comparto la visión que tienen de los supuestos inversores españoles. No, cuando veo como las principales multinacionales, tanto españolas como extranjeras, hacen lo imposible para deslocalizar sus negocios en países como Irlanda para evitar pagar el impuesto de sociedades en España. Hasta aquí, las cosas claras. Por eso, el partido de Rivera no me convence. No creo en su programa económico, por mucho que esté bien estructurado, y por mucho que sea posible que funcionase en España. Pero no quiero pagar el precio que implicaría.

            Ni qué decir tiene que no creo en el programa económico del PP. Al margen de que se sustenta sobre el mantenimiento de las estructuras que han permitido que la corrupción se convierta en un problema institucional de nuestro país, es un programa económico que no tiene ni pies ni cabeza, haciendo mezcolanzas imposibles en las que proponen bajadas de impuestos con aumento del gasto público sin ni siquiera emprender una verdadera reforma fiscal, así como el refuerzo de los mecanismos de control del dinero público, tanto desde el punto de vista de los ingresos como desde el punto de vista del gasto. Esto es una realidad, y cuando acusan a los podemitas de vender humo en economía, les diría que llevamos varios años comiendo humo pepero, y si no nos hemos ido todavía al puto cuerno ha sido porque España es un gran país gracias a las indudables virtudes de sus pisoteados –desde hace siglos– pero también acomplejados ciudadanos.

            Y a pesar de todo, digo que si se tienen, pueden y quieren ponerse de acuerdo para formar gobierno, y nos tenemos que comer otros cuatro años de un presidente que animaba, defendía y jaleaba a su tesorero, y que miraba para otro lado ante las barbaridades que su partido estaba haciendo por toda la geografía española, que lo hagan. En ese caso, la izquierda española debería aprender lo que significa el interés público, el concepto de negociación, y por supuesto, esa asquerosa superioridad moral que se autoatribuyen y que les ha impedido una vez más, después de cientos de años de vergüenza torera, ponerse de acuerdo y expulsar de nuestras instituciones a tanto fascista que todavía se cree que estamos a su servicio, como buen cacique ibérico.

 

Alberto Martínez Urueña 11-08-2016

jueves, 28 de julio de 2016

Las dos mentiras de la economía


            Os voy a contar un secreto. La teoría económica está basada en dos verdades más o menos fundamentales que luego, en la vida real, en primer lugar, no son del todo ciertas, y en segundo, pueden llegar a ser perjudiciales para nosotros, los seres humanos.

            El primero de ellos, esos pilares, nos dice que la gran parte de los seres humanos, entre los que os considero a la mayoría de vosotros, somos más felices si consumimos un poquito de muchas cosas, que si consumimos mucho, pero solo de una o de unas pocas –sin meter en esto, evidentemente, a los productos que cubren las necesidades básicas, como el comer o la cerveza–. Para los algo más entendidos, me refiero a esas cuestiones de la utilidad marginal decreciente, las curvas de indiferencia, las restricciones presupuestarias. Aquello de la microeconomía que nos contaban en la carrera. Quedaba fetén sobre el papel, con aquellas curvas Cobb-Douglas y demás.

            Todo eso es cierto, se cumple si analizamos los datos, o al menos eso parece. Sin embargo, esta verdad axiomática tiene un problema básico: nos limita la posibilidad de explicar las pasiones del ser humano, las vocaciones, las pulsiones que nos llevan a querer de una cosa sin medida, sin freno, sin limitaciones. Nos quita una de las cosas que nos hace ser nosotros mismos, diferentes, con nuestras esquinas sin pulir, nuestras atracciones y deseos. Si damos por cierta esta cuestión, ni tan siquiera nos platearíamos qué es lo que de verdad nos gusta en esta vida, y el hecho de que haya tal cantidad de posibilidades de consumo, y tanto bombardeo incesante de información, no ayuda.

            El segundo de los pilares está relacionado con la búsqueda de nichos de mercado a explotar por parte de las empresas. Y hasta aquí, genial. Los estudios de mercado para poder encontrar esos nichos son auténticos procesos creativos en los que mentes preclaras se esfuerzan por encontrar lo que la gente quiere-pero-no-lo-sabe. Ejemplos paradigmáticos de ello son, en los últimos tiempos, todo lo que tiene que ver con la telefonía móvil y la todopoderosa Internet. La era digital ha llegado para quedarse, y todos los productos que nos ayudan a interaccionar con ella y a utilizarla en nuestro beneficio han surgido de cabezas pensantes que fueron capaces de ir más allá de lo que nadie había llegado. Algo así en plan Star Trek, pero con la creatividad.

            Puede parecer correcto. No en vano, los artículos que se venden son neutros, ni buenos ni malos, todo depende del uso que el respetable haga de ellos. Los teléfonos móviles nos permiten seguir esta desbocada realidad, pero también mantener relación con personas a las que casi no vemos en un largo periodo de tiempo, o para poder estar localizados en caso de necesidad. Sin embargo, serán malos en la medida en que se conviertan en un problema que genere crisis de ansiedad, dependencia y sobreestimulación psíquica a los usuarios que son incapaces de no estar mirando la pantalla cada cinco minutos para actualizar su estado en las redes sociales.

            Sin embargo, en aras de la libertad individual, que es está genial y brilla sobre el oscuro mundo de las conceptualizaciones morales, la venta de muchos de estos productos se hace apelando a nuestros más bajos instintos. Es innegable la pornografización de los mensajes publicitarios, las ideas naif en las que subyacen estilos de vida despreocupados de encefalograma plano y los estándares sobre los que se asienta un estilo de vida que ya no margina, pero que te hace sentir extraterrestre si no comulgas con los prejuicios socialmente aceptados. La televisión propaga todo tipo de información, pero el que se ve los documentales es un raro y un pedante, un snob en toda regla; no así el que utiliza el estrés de la vida como excusa para derretirse el cerebro con el tomate diario de Telecinco. La economía es aséptica, dicen, pero lo que más vende es el morbo, la sangre, el veneno aplicado en pequeñas dosis, y las empresas lo que quieren es aumentar su cuenta de beneficios. No tienen ninguna otra elección.

            La economía es aséptica es cierto. Se compone de matemáticas, largos churros de operaciones econométricas con las que se intenta explicar en mayor o menor medida la realidad. Lo que no se plantean los economistas es hasta qué punto el sujeto y el objeto pueden pasar a trastocarse, a que la causa se convierta en efecto, y que esas teorías económicas dirijan la conciencia de los seres a los que pretenden describir, creando, en lugar de explicar, a ese homo economicus de John Stuart Mill. O describiendo únicamente una parte muy pequeña del hombre, la más oscura y morbosa, olvidándose de lo que puede y debe intentar ser. La economía puede ser aséptica, sí, pero al igual que la energía nuclear, puede tener muchos usos muy diferentes entre sí, y con consecuencias diametralmente opuestas.

            La economía considera las pasiones, las vocaciones, la ética y también la locura creativa como una rara avis alejada de la idea estándar que tiene del hombre. Sin embargo, fueron éstas las que hicieron que Leonardo o Einstein se pasaran la vida investigando, que Galileo o Copérnico miraran al cielo y que cualquiera de nosotros le pueda encontrar un verdadero sentido a este galimatías incomprensible en que a veces se nos convierte vida.

 

Alberto Martínez Urueña 27-07-2016

martes, 5 de julio de 2016

La importancia de la idiosincrasia


            Es una cuestión de una relevancia fundamental, pero que además aquí en España, con esa tendencia tan imbécil de politizar hasta el tiempo razonable que pasar en el retrete, tiene implicaciones notables. Hemos visto como nuestros responsables políticos han hecho una campaña electoral capaz de sonrojarles incluso a ellos –aunque no lo reconozcan en público– en la que no se ha tocado ninguno de los temas relevantes para nuestro futuro. De la cuestión acerca del sistema de pensiones con el que este fin de semana nos han sacudido en toda la testa hablaremos con cuidado. Igualmente, de la cuestión energética y toda la oscuridad transilvana que lo rodea, conectada con la necesidad de evolución tecnológica de mi texto anterior. Hoy empiezo con una historia que me ha sucedido y que me provocó una sincera y profunda necesidad de cometer algún acto del que luego me arrepentiría.

            Por no poner nombres como acostumbro, pues no es misión mía la de juzgar a nadie, mantuve hace unos días una paradigmática conversación con un conocido bien relacionado. Comentamos como iba la vida, la familia, los negocios, esas cosas… Entre esas buenas conexiones que le atribuyo está la de un arquitecto que se mantiene a flote después del boom inmobiliario. Entre otras explicaciones, la bonanza venía de los contratos de obras en cierto sector fundamental de la economía, ya que eran expertos en ese tipo de construcciones –nada en contra– y que además, se solía saber a quién le iba a corresponder cada contrato. Eso último, lo dijo con una sonrisa. Y os juro que tuve que realizar ímprobos esfuerzos para no cagarme en sus muertos.

            Seguidamente, sigo por otra “conversación” vía Facebook con un tipo excelente por cierto, al respecto del fútbol español. Genéricamente, podemos hablar de las deudas que la Agencia Tributaria y la Seguridad Social permiten a los clubes y la manga ancha que aplica a sus trabajadores, los deportistas. En concreto, la conversación versaba sobre la condena europea a determinada entidad por recibir ayudas de Estado ilegales. Y en la conversación se mezclaban los amores por tal club deportivo y cómo, a mi modo de ver, estos clubes –lo hacen todos– se aprovechan de las prístinas emociones que recubren las tripas de los aficionados para obtener estas prebendas. Por supuesto que respeto absolutamente esas emociones y jamás se me ocurriría juzgarlas. Sin embargo, en ciertos casos, estamos llegando al punto de que consideramos denunciable el fraude fiscal, pero no aplicamos esa denuncia con la misma contundencia que lo haríamos de ser, por ejemplo, un político de una formación política con la que no comulgamos. Creo que me explico.

            Un caso paradigmático es el tema de la cultura. Nadie en su sano juicio denuesta la Cultura con mayúsculas, pero sí que se cuestiona que tal o cual acto cultural deba recibir ese apelativo si acaso la orientación ideológica del artista no nos cuadra. Un nuevo ejemplo de cómo la escala de valores puede estar pervertida. En este campo, hay que mencionar la confusión que generan dos conceptos: por un lado el acceso libre a la cultura, y por otro, que ésta sea gratuita, imbricándose de manera ineludible con la cuestión por antonomasia de nuestra era digital, la piratería. Si bien hay que apostar por las fórmulas necesarias para que la cultura, en todas sus manifestaciones, esté al alcance de cualquiera que pretenda disfrutar de ella, no es menos cierto que los artistas también tienen la mala costumbre de alimentarse para vivir, y eso sólo se hace con dinero en la cartera. Por otro lado, la crítica hacia los multimillonarios que han conseguido sobresalir en su campo habla más del crítico que del criticado: no deja de ser un mensaje preñado de envidia. El debate respecto a la piratería se introduce en la segunda cuestión, en la de si la cultura ha de ser gratis, y mi postura está a favor de quien ocupa su tiempo en crear obras de arte que me alimentan el alma. Si le obligo a tener un trabajo de siete a tres, o incluso de los peores que circulan por ahí, probablemente la calidad de su trabajo se resienta, o acabe siendo inexistente.

            Una de las cuestiones acerca de la idiosincrasia ibérica que siempre me ha perturbado es la facilidad que tenemos para creernos con firmes principios y valores honestos que, sin embargo, cuando perjudican a nuestras emociones y querencias, se diluyen como un terroncillo de azúcar. Esto habla de una gran capacidad empática, pero igualmente nos expone a ser víctimas de nosotros mismos, demostrando, de hecho, una habilidad dialéctica reseñable para justificar semejante laxitud de nuestro juicio según el caso. Pienso que para que España pueda llegar a ser un país apto para nuestros hijos, deberíamos vacunarnos de nosotros mismos, en lugar de delegar una y otra vez en los poderes públicos la exigencia de ejemplaridad que muchos no somos capaces de mantener si siquiera en lo más básico. Amen de una terrible prepotencia que, por un lado, nos impide ver nuestras propias miserias, y por otro, nos convierte en los mejores seleccionadores nacionales, médicos de nuestras enfermedades, expertos fiscales y sabiondos de los cojones en cualquier materia que nos pongan por delante, sin que admitamos la más nimia discrepancia por muy razonada que esta sea. En definitiva, gobernadores caprichosos de nuestra propia ínsula de Barataria representada fielmente por nuestras volátiles prioridades, adalides de pacotilla de la cultura que sólo enarbolamos como bandera cuando obedece a nuestros intereses. 

Alberto Martínez Urueña 5-07-2016

viernes, 1 de julio de 2016

La teoría, y España

 
            Los que hemos estudiado economía y además somos un poco frikis a veces analizamos la realidad en base a las teorías macroeconómicas que nos explicaron en la carrera. Aunque sólo sea por mera curiosidad, o quizá en un afán de no perder los conocimientos tan duramente adquiridos durante el periplo universitario. Hay cuestiones relevantes, y más en la época convulsa en la que nos encontramos, de crisis económicas no resueltas satisfactoriamente, de nuevos negros nubarrones sobre el horizonte, y convulsiones sociales a niveles internos e internacionales.

            Para los neófitos en estos temas, que yo diga que el IPC lleva un tiempo bastante largo en tasas negativas, que los tipos de interés reales del Banco Central Europeo están rondando el cero por ciento o que las tasas de crecimiento de las diferentes economías no acaben de despegar, no os dirá gran cosa. De hecho, habrá quien piense que si los precios bajan es bueno, que el coste de pedir un crédito sea irrisorio es mejor y que mientras las tasas de crecimiento sigan positivas, vamos tirando. Sin embargo, esto mantenido en el  tiempo, es algo más peliagudo. Sobre todo por algo llamado rendimientos marginales decrecientes. Dicen que cuanta más riqueza ha generado un país, más pequeña es su tasa de crecimiento, hasta que llega un momento en que deja de crecer. Un estado estacionario. Y las situaciones actuales preocupan a los expertos. Y es que sin crecimiento, la economía no es capaz de absorber mano de obra en un contexto en que el proceso de sustitución de trabajadores por máquinas se está incrementando.

            Los modelos de crecimiento económico, iniciadas grosso modo por un tipo llamado Robert Solow, dicen cómo la mezcla de trabajadores y de máquinas –estoy siendo muy grotesco a conciencia– consigue producir coches, naranjas, turismo… Todo ello medido en euros. Además, introduce una variable fundamental, imprescindible: la tecnología, la forma en que los factores trabajo y capital se relacionan para generar ese valor añadido. Y todo el rollo que os he contado, es precisamente para hablar de ésta, de la tecnología, para dar clara la relevancia que tiene. Y es que cuando se llega a ese punto en donde el crecimiento se estanca, es la única que permite dar un salto cualitativo que permite salvarlo. Eso, o una guerra, y empezar de nuevo desde cero.

            En varios de mis escritos a lo largo de estos años he hablado de esta cuestión desde distintas perspectivas. En resumen, esto es lo de la I+D+i. Hablar sobre la corrupción, sobre el fraude fiscal, sobre los recortes, la austeridad o la deuda y el déficit público es fácil, da mucho juego porque está muy ideologizado, con criterios de titulares rápidos y mensajes para niños. Pero lo del progreso científico es más complicado, por lo evidente, porque no creo que nadie se le ocurra decir que menos progreso es mejor, pero requiere entrar a los detalles, y eso, la era de las redes sociales lo odia profundamente.

            El proceso de creación tecnológica es lo que, en un mundo como el nuestro, occidental y avanzado, consigue que la sociedad vaya evolucionando y continúe el proceso descrito. Y para esto sólo hay un camino unívoco: mejorar los procesos de generación de I+D+i mediante su optimización, por supuesto, pero también incrementar los recursos que la economía destina a ellos, ya sea por la vía de la inversión pública directa, ya sea de manera indirecta a través de incentivos a las empresas para que reinviertan sus beneficios en esa dirección. Un buen amigo me recordaba las aportaciones teóricas de un tipo llamado Romer a este campo.

            Además, inevitablemente unida a la I+D+i, al proceso de creación de tecnología, está la Educación, y aquí el terreno se vuelve más farragoso, más ideologizado, más necesitado de análisis de los detalles. Hay mucho escrito al respecto, os lo aseguro, muy interesante. Hablamos de Educación a todos los niveles, por supuesto, desde la misma guardería. Igual que en el párrafo anterior, se necesita un proceso de articulación lógica del sistema educativo, y para eso no hace falta inventar nada. Los países punteros indican la senda para lograr buenos resultados. Y esto no pasa por el hacinamiento en las aulas, desde luego. Y por supuesto, es fundamental dotar de los recursos necesarios al sistema, así como establecer buenos sistemas de medición de resultados, evaluación y corrección del propio sistema y la creación de incentivos para que el personal docente pueda implementar las mejoras que considere oportunas, dotándoles de la necesaria independencia sin que esto suponga la desestructuración de una unidad en el modelo. No es trabajar más, sino que los docentes puedan trabajar mejor.

            Es evidente que no digo nada que no hayan descrito ya muchos otros, y en la práctica, la inmensa mayoría estará de acuerdo. Pero claro, ahora trasladad esta problemática a nuestro país, a esta idiosincrasia ibérica de caciques y vasallos, de miedos y resistencias, de luchas fratricidas y de líderes irresponsables para quienes la lucha ideológica es más importante que el pragmatismo gestor. Un país de escaso control de los dineros públicos, de justicia politizada y de escándalo tras escándalo de corrupción y de listas de defraudadores a los que no se mete en la cárcel de manera fulminante. Y de ciudadanos que según qué partido comete los delitos y los fraudes, aplica un rasero u otro, en función de qué batalla pretendan ganar. Podemos llegar a la inquietante conclusión de que si no somos capaces de solucionar lo evidente, es imposible afrontar con unas mínimas garantías lo que verdaderamente importa.

 

Alberto Martínez Urueña 1-07-2016