martes, 17 de noviembre de 2015

Un mundo complicado


            En primer lugar, quiero dejar clara una cosa: los ciudadanos, y los Estados, tienen el derecho a protegerse de quienes pretenden atentar contra su vida; y si es necesario y no queda más remedio, matando. Punto. No me considero uno de esos melifluos que rechazan la violencia como si ésta no existiera; antes bien, considero que es una parte inherente al ser humano que hay que aprender a domar, y no es lo mismo: yo admito la posibilidad de su uso, pero siempre debidamente mensurada.

            En segundo lugar, creo que la búsqueda de culpables más allá de los que apretaron el gatillo tiene una gran complejidad; pero además, hacerlo con los ánimos calientes que suceden al atentado denota una gran falta de sentido común. La verdad que se pretende desvelar con tales análisis oculta otras más importantes que subyacen a ésta: si la violencia llama violencia, ¿qué sentido tiene incrementarla con esa verborrea que dice desvelar una realidad ya conocida por todos? En la era de la globalización, la sociedad se preocupa por la facilidad de propagación de una epidemia como el ébola, pero a nadie parece preocuparle la transmisión del virus de la ira. Y a ésta podemos contribuir todos con nuestra actitud beligerante.

            Aun así, es evidentemente ridículo negar la evidencia de que la intervención de los países occidentales durante todo el siglo veinte en las regiones del mundo en donde abundan las materias primas ha provocado que la geoestrategia desarrollada por éstos tenga tus particulares claroscuros. Durante todo este tiempo hemos estado disfrutando de materias primas tales como los hidrocarburos o el coltán a unos precios que nos han permitido un desarrollo dentro de nuestra región geográfica sin parangón en la historia del hombre. Un desarrollo material en múltiples campos de los que nos hemos beneficiado todos y cada uno de nosotros, y vamos a seguir haciéndolo.

            ¿Qué hacemos con esta cuestión? Es complicado, pero me entran ganas de ponerme a disertar sobre la naturaleza de la violencia y su inclusión en la de los seres humanos. Y entonces lo complicaría todo un poco más, y no estoy por labor. Parece gratuito criticar a nuestros dirigentes por las medidas adoptadas a lo largo del siglo veinte, pero somos los ciudadanos los que hemos legitimado esas medidas. Ojo, y aquí no vale argumentar que tú no les has votado nunca. Esto es mucho más complicado.

            La legitimación que les hemos dado viene determinada por la microeconomía, y más concretamente, por las decisiones de consumo individuales –de cada uno de nosotros– limitadas por nuestra restricción presupuestaria. Es muy sencillo alzar bien alto la voz contra las acciones de nuestros gobiernos y sus lobbys en Oriente Próximo en su afán por conseguir el control de los pozos petrolíferos, pero no lo es tanto renunciar a coger el coche cada mañana para ir al trabajo, o para salir de puente o de fin de semana, o para largarte a la playa en las vacaciones de verano. Oigo las voces que me llaman populista, y que argumentan que el petróleo se podría seguir consiguiendo si se hubiera tratado a esos países y a sus ciudadanos con la debida humanidad, y eso es cierto. Pero el barril de petróleo estaría más caro, y llenar el depósito o encender la calefacción en invierno se nos llevaría la mitad de la nómina. La otra mitad se repartiría entre manufacturas básicas y alimentación, y volveríamos a aquella época vintage tan de moda en que el fondo de armario era igual de escaso que las palmeras de la Antártida.

            Si algo me enseñó la economía es que las funciones de consumo grupales que definen a una sociedad se componen de funciones de consumo individuales. El devenir de Occidente ha sido determinado por esas funciones de consumo. Cuando las cadenas de televisión tienen en sus parrillas horarias elementos como el fútbol o el tomate es por la ingente cantidad de personas que demandan esos contenidos, y cuando los dirigentes de nuestros países intervienen geopolíticamente en Irak, lo hacen para satisfacer las demandas de sus ciudadanos de materias primas abundantes y baratas. Y para llenarse los bolsillos, por supuesto, pero esto no exime de responsabilidad al consumidor. Incluso el hecho de que la publicidad no sea una herramienta de información, sino más bien de coacción no sirve para justificarnos en estos tiempos en que todo el mundo tiene acceso a la información, del mismo modo que argumentar que establecer un mundo justo en Siria solucionaría los problemas. Todavía no hemos sido capaces de establecerlo en nuestras ciudades… Por supuesto que estamos en nuestro legítimo derecho a defendernos, y también a consumir lo que queramos consumir, pero quizá todo el precio que debamos pagar no venga incluido en la factura, resumido en euros.

            Por eso, mucho cuidado cuando la hoguera del odio amenace con asaros las entrañas. Es muy legítimo protegerse de quien quiere matarnos, pero hay que saber hasta donde llegar con la violencia, porque ni con ella solucionaremos los problemas que subyacen –una cosa son los síntomas, y otra la enfermedad que los provoca– ni la bacanal de sangre y fuego nos limpiará de la posible responsabilidad que conlleva nuestro modo de vida occidental. El de cada uno de nosotros. 

Alberto Martínez Urueña 17-11-2015

viernes, 13 de noviembre de 2015

Como ranas en el caldero


            Si hay algo por lo que la actualidad me tiene cada vez más cansado, con toda esa sucesión de vertiginosas y catastróficas noticias, es por esa desafortunada conceptualización cinematográfica de buenos contra malos, de amigos y enemigos, de justos contra desalmados. Cada uno de los que hablan o escriben en los medios de comunicación intenta convencerme de la verdad de sus afirmaciones, diametralmente contrapuesta con la verdad del contrario, convertido éste en alguien contra el que debo pelear y aplastar, justificado en tal carnicería por la lógica de su razonamiento infalible. Perdido en el limbo de la contienda bélica, no veo a nadie que intente moverse en los medios, todo son extremos, verdades opuestas incapaces de coexistir en un mismo universo, como si estuviésemos hablando de las nociones físicas de la materia y la antimateria. A cada uno, sus argumentos les parecen matemáticamente demostrables, y precisamente por ello, está justificado todo derroche de violencia.

            Me veo a mí mismo reflejado en esa realidad enfrentada. Soy arrastrado por el torrente desbordado que trae la tormenta perfecta en estos tiempos de exceso de información en la que su gestión se ha convertido en el auténtico problema al que nos enfrentamos. No hay sosiego ni análisis –nada nuevo bajo el sol, por cierto–, y todas las noticias parecen ser titulares de última hora imposibles de soslayar, todas de una importancia vital capaces de remover las entrañas mismas de la tierra. Así, de una en otra, como el mono que salta desde la copa del árbol al de la siguiente, no tengo tiempo de relajar el tono y reflexionar sobre cada una de ellas, la anterior sustituida por la siguiente, devorada en el afán consumista en que se ha convertido la actualidad mediática. De esta manera, con la tensión arterial suficiente para proveer de energía a una ciudad de tamaño medio, voy de noticia en noticia, cada vez más encabronado, hasta que soy incapaz de verme la cara en el espejo y reconocer al chimpancé que pega saltos iracundos al compás que le marca la música que otros tocan.

            Este ambiente es irrespirable. Trincheras en donde el gas mostaza dialéctico amenaza con llevarse por delante cualquier principio que no sea el de la batalla y el del triunfo sin paliativos. La agresividad y el odio se legitiman por sí solos ante la evidente injusticia que la lógica parece demostrar una y otra vez, con pertinaz insistencia. Una sociedad injusta, dicho así, de manera repetitiva como el tableteo de un arma automática, hasta que las calderas explotan en un festival de fuego y de metralla de principios hechos añicos. Toda esta situación se retroalimenta. Observad si no me creéis, en esta época preelectoral, como todos los medios de comunicación, controlados por los diversos intereses que componen el espectro político español, van a ir incrementando la violencia de sus mensajes según nos acercamos a la cita con las urnas.

            En este circo de falso atrezo, cualquier escusa es utilizada para enfrentar, sinónimo de dividir por cierto, a cada uno de los ciudadanos de esta España que parece empeñada en autofagocitarse. Vivimos inconscientes del peligro que subyace a este visceral enfrentamiento, igual que las ranas del caldero, sumergidos en el cálido fluido de nuestras convicciones, sin darnos cuenta de que poco a poco vamos a hervir en él, a convertirnos en un caldo amorfo en donde ya no habrá más ideología que el desastre común, sin que podamos responsabilizarnos más que a nosotros mismos por no saltar a tiempo fuera de la olla. Tenemos en tema independentista, pero si nos fijamos con detalle, hay muchos más ejemplos para avergonzarnos por nuestra ceguera. Bueno, hablo en plural y no es la intención, os lo aseguro. Aquí, que cada cual se aplique el grado de miopía que su conciencia le indique.

            A lo largo de los años he ido creando para mí mismo una serie de automatismos que me ayuden a recordar aquello que considero importante y que en la rapidez del día a día corren el riesgo de difuminárseme. Por ejemplo, procuro cerrar siempre la puerta de casa con las llaves de la mano. Uno de los que olvido con demasiada frecuencia es mi rechazo a cualquier tipo de violencia, salvo a la que conlleve una inevitable defensa y siempre reducida al mínimo imprescindible. Ni que decir tiene que incluyo en este principio la violencia dialéctica bajo la firme convicción de que todo lo que esparcimos a nuestro alrededor acaba germinando de acuerdo a su naturaleza, y prefiero minimizar en lo posible los daños que provoco.

            Por eso, en mi particular y reducida esfera de influencia, cuando me he percatado de la verborrea irresponsable de algunas de mis últimas afirmaciones y éstas han hecho saltar mis alarmas internas, me he puesto freno automáticamente. Caer en la espiral de violencia que propugnan los medios de comunicación me puede convertir en víctima, pero también en cómplice y verdugo; y al margen de la injusticia que pueda ver a mi alrededor, y de que ésta me pida sangre, he de tomar las riendas de mis propios actos para no propagar un cáncer que considero mucho más virulento que una actualidad que antes o después se autoconsumirá en la sucesión de lo inmediato. 

Alberto Martínez Urueña 13-11-2015

lunes, 9 de noviembre de 2015

Venga va... hablemos del tema


            Ya había dejado claro que no pretendía meterme en estas historias, y sobre todo porque, en concreto, no creo en ésta, pero razones en los últimos días me han lanzado a dejar mi opinión al respecto. Así que lo siento por los que hubieran depositado en mí sus esperanzas de indiferencia, pero las circunstancias no me dejan.

            Lo primero de todo, dejar claro que no quiero la independencia de Cataluña, pero tengo mis propios motivos. En primer lugar, estos motivos no tienen nada que ver con amores imperialistas trasnochados, ni con pretender tener la razón y quitársela a otros, ni con imponer a ninguna persona absolutamente nada. Personalmente creo que hay que intentar convencer porque en ciertas cuestiones la imposición no vale para nada más que para darles razones a quienes están como locos por usarla. No en vano, resultas de este ímpetu son la Ley Mordaza, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la Ley de Seguridad Ciudadana y todas esas medidas que ha promulgado el actual Legislativo y que impiden a los ciudadanos manifestarse como les dé la gana. No deja de resultar paradigmático que se solucionaran antes los problemas de los escraches en domicilios de dirigentes políticos que los desahucios –que por cierto, siguen sucediendo en algunas zonas de España– o que las listas de espera en la Sanidad Pública.

            No quiero que Cataluña se independice porque creo que estamos mejor todos juntos, y creo que permanecer en España es bueno para los catalanes. No quiero que haya ningún conato de independencia porque a quien verdaderamente tengo miedo es a todos esos que se consideran defensores de las esencias patrias, ésos que siempre están prestos a matar o morir por una idea –ya sea la idea de España o de Cataluña–, dando rienda suelta a sus problemas mentales, ya sea en una trinchera o en el sótano de una comisaría. Ésos que sólo necesitan una excusa para justificar las lecciones en las cunetas, en las violaciones en grupo o en el adoctrinamiento de los niños. Pero sobre todo, no quiero que se vayan porque sinceramente creo que existe una mayoría de ciudadanos de esta autonomía que quieren seguir siendo parte de nación española, y este último motivo es por el que a mí, personalmente, lo del referéndum en Cataluña no me daría miedo, fuera como fuese su articulación, aunque no creo que solucionase nada.

            Quería dejar claras mis intenciones, porque luego se me acusa de chorradas cuando empiezo a soltar por la húmeda a través de la tecla. Y es que para mí, todo este problema de Cataluña, exacerbado desde el año dos mil diez, es el producto de dos partidos políticos de derecha –con gente de extrema derecha perfectamente integrados en sus filas– queriendo hacer lo que mejor saben: imponer sus caprichos a todo quisque, utilizando las leyes si es preciso, o incluso modificándolas para que sus actuaciones quepan en ese pomposo nombre de Estado de Derecho. Aquí no hay un intento de entenderse, aquí lo que hay es “por mis santos cojones”, explicación última de todas las guerras de todos los tiempos. De millones de muertos. O cientos de millones, no sé.

            Pretender convencer a la minoría de Cataluña que quiere la independencia por encima de cualquier cosa es absurdo, y es algo que hay que asumir y entender. Aceptarlo como se acepta al hijo que se casa con la mujer dictadora o a la hija que se casa con el cafre que no sabe hacer la o con un canuto. Porque no queda otra. Una vez que se entendiera que hay a quien no se puede convencer, habría que dirigirse a los que quieren seguir en España y tratar de negociar una solución que no satisfaría a todos al máximo, pero que nos permitiría convivir unos con otros, igual que lo hacemos con Andalucía o Extremadura. Lo otro sería como un matrimonio en donde los malos tratos se aceptan.

            Quizá contribuya a esta explicación que me doy el hecho de que, como castellano, me toca vivir circunstancias más o menos parecidas a las de los catalanes, pero además sin posibilidad de pataleta pública. Mientras contemplo como los dirigentes de cada una de nuestras regiones castellanoleonesas se parten la cara por tener cuatro aeropuertos tercermundistas, subvenciones para aumentar la población agraria o fondos para industrias poco productivas –salvando la automoción y sectores asociados–, observo con estupor como los últimos tres presidentes del Gobierno se olvidan sistemáticamente de las inversiones prometidas en nuestra región, dejándolas en suspenso, sin que, a parecer, a ninguno de sus votantes les parezca negativo. Vivo en una región dividida por sus líderes, afirmo, porque conozco a gente de muchas de sus capitales de provincia y son gente estupenda, así que el problema no es nuestro.

            Los líderes españoles llevan aprovechándose de nuestra cultura de enfrentamiento desde hace años, y los ciudadanos seguimos detrás de ellos como borregos, asintiendo sin pensarlo demasiado y dispuestos a partirnos la cara por ellos, como lo hicimos por los Austrias, por los Borbones y por Franco, pagando facturas inmensas en términos de sangre y rencores fraternos, mientras ellos se vestían de grana y oro. Precisamente porque no quiero entrar en esta vorágine de estupidez, no quería meterme en estos jardines, porque mi opinión es diferente a la de “o conmigo o contra mí” que tanto les gusta a esos fachas, siempre dispuestos a jugarse nuestra vida y después quedarse ellos con los despojos. 

Alberto Martínez Urueña 9-11-2015

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Excelencia


            No sé si a vosotros os pasa lo mismo, pero cuando escucho a algún iluminado hablar o proponer la evaluación de los profesionales de diferentes ramos del sector público se me ponen los pelos de punta. Al margen de que semejante locomotora se me pueda tirar de frente y sin frenos, me resulta curioso como siempre que se lanzan estos globos sonda se hace contra la profesionalidad de los trabajadores públicos y no contra quienes les dirigen. Por supuesto, estas propuestas suelen salir de las teclas de personajes como Salvador Sostres –buscad por la red las últimas lindezas del interfecto– y alguno de sus acólitos anarcocapitalitas, o bien desde la fábrica de ideas de algún comité político que hayan leído el tema en algún blog desinteresado y lo hayan llevado a su terreno. Éste es el caso que nos ocupa, el de la evaluación del profesorado en nuestro país.

            Dejando de lado que si midiésemos la efectividad y eficacia de nuestros líderes gestores de los últimos tiempos habría que mandarles al paro, sin pensión ni prebendas, o incluso quizá a un recinto dos por dos con barrotes a los lados, cada vez que oigo la palabra evaluación rápidamente me pongo en guardia. Es una de esas propuestas que a cualquiera que la lee a vuela pluma, le parece fetén y reclama su rápida puesta en práctica en la totalidad del territorio español. “¡El que no tenga nada que ocultar, no tiene nada que temer!”, gritarían, afirmando de manera implícita que la excelencia que se pretende lograr en la actividad docente está al alcance de cualquiera de quienes desarrollan tan importante labor. Todo el mundo está a favor de intentar lograr la excelencia, pero nadie recapacita sobre el propio concepto de excelencia. ¿Qué es eso de la excelencia?

            Desde un punto de vista más o menos objetivo, podemos considerar excelente a lo que reúna las mejores y más elevadas características respecto de una determinada cuestión. Por ejemplo, podemos debatir si es mejor Ronaldo o Messi, pero nadie duda

que el juego de ambos se podría definir como excelente. Otra cuestión podría ser si lo que ganan es justo, o si el resto de jugadores ganan o no lo que merecen por no ser capaces de pegar patadas a un balón con la destreza de los dos anteriores.

            Las actividades intelectuales tienden a considerarse diferentes a las físicas, y que alguien no sea capaz de obtener los mejores resultados se achaca a una falta de actitud; sin embargo, podría ser una falta de aptitud, lo cual nos enfrentaría a un debate diferente. Estaríamos hablando de las condiciones de acceso a la labor docente y no a su desarrollo, es decir, a la manera en que se han de seleccionar a las personas a las que queremos encargar la formación académica de las futuras generaciones, repensando estos mecanismos para obtener a las personas que mejor podrían desempeñarlo. Esto nos llevaría a tener que debatir sobre cuáles son los objetivos que ha de perseguir un buen sistema educativo, pero lo dejaremos para otro texto.

            No nos engañemos. Desde tiempos inmemoriales se ha considerado que eso de la docencia lo podía hacer cualquiera, las carreras de educación se han defenestrado y los profesionales se enfrentan, además de al aula, a largas jornadas de trabajo no reglado –en casa, preparando las clases y corrigiendo exámenes–, que no está bien remunerado y al juicio descarnado de una gran parte de la sociedad a la que le corroe la envidia por tener más vacaciones que el resto.

            La Educación y el tratamiento que se le da es uno de los mejores cuantificadores de la escala de valores que tiene una sociedad determinada. Y la escala de valores de una sociedad determinada no deja de ser la suma de valoraciones de todos sus individuos, y ahí cada uno ha de retratarse. Ahora bien, la idea de evaluar a los docentes para forzarles a alcanzar la excelencia y pretender reformar así, de manera significativa, el sistema educativo es un simplismo tan grotesco que sólo puede salir de la mente de un político experto en echar balones fuera y responsabilizar a los demás del fallo de toda una estructura que tiene en sus ideólogos a sus peores enemigos.

            Reformar el sistema educativo es muy sencillo. Basta con establecer los mínimos necesarios para que haya una línea de desarrollo clara en los próximos veinte o treinta años, y el consenso sobre estos mínimos existe en los profesionales vinculados al ramo. Esta época de crisis económica, unida a la reforma dictatorial de un gobierno incapaz de dialogar con nadie, nos ha ofrecido la peor cara de nuestro sistema político, pero la mejor de una comunidad educativa capaz de consensuar esos pocos puntos en común que bastarían para poder seguir construyendo uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad. La evaluación del profesorado podría ser uno de tantos puntos para analizar, premiando a los que sean capaces de meter buenos goles a la ignorancia, pero sin caer en esa versión tan española de vengarnos de quienes no pueden jugar al mismo nivel que los Ronaldos o Messis de la liga educativa. Y sobre todo, habría que empezar a cuidar con mimo los mecanismos de acceso a tan importante labor y pedirnos cuentas a nosotros mismos sobre cuáles son nuestras demandas cuando vamos a las urnas cada cuatro años. 

Alberto Martínez Urueña 4-11-2015

martes, 27 de octubre de 2015

Sabiduría, felicidad y trascendencia


            Había pensado que quizá liarme la manta a la cabeza, ahora que va a llegar el circo de las elecciones, sería lo más adecuado. Ponerme a desparramar lindezas lingüísticas con esta gracia literaria que mamá natura me dio al nacer y que yo me empeñé en desarrollar a base de devorar libros. Intentar ordenar ideas y convencer conciencias, pero creo que una vez más, en época de elecciones, no me cogerán vivo en este delirio. Primero, porque no trabajo en ningún medio de comunicación con dirección editorial, y por lo tanto, hago lo que viene en gana; segundo, porque creo que ninguno de vosotros, queridos lectores, me leéis para que os convenza de nada; y tercero, y en último lugar, porque paso de entrar en el carrusel de información vertiginosa, noticia sobre noticia, que al final deviene en una de las más eficaces herramientas de desinformación. Pensadlo, sino, y tratar de recordar aquellas noticias del año, verbigracia, dos mil trece, a ver qué quedó de aquello. Y si os ponéis cínicos, como a veces por desgracia me pasa a mí, pensad en lo que ocurrió hace un mes, y llorad con amargura. Se lo merece.

            Andaba barruntando hacer una columna tipo síntesis de todas las barbaridades que hemos presenciado en estos últimos cuatro años, perpetradas por el gobierno en el poder, y por ese personaje convertido en su propia caricatura que es el PSOE. También me plantearía qué fue de aquellos tiempos de gloria de UPyD y de IU, e intentaría hallar un rayo de esperanza entre los nuevos partidos, unos con pinta de niños guapos recién planchados y otros con aspecto de vagabundos. O incluso rebuscar a ver qué otras opciones hay, más allá de los medios de comunicación masivos que ya me han demostrado por activa y por pasiva que sus intereses y los míos colisionan de manera sistemática.

            En realidad, hay está el principal de los problemas a los que nos enfrentamos: las credibilidades. Están más deterioradas que el casco del Titanic. Esto, por otro lado, sirve también a la legitimidad de muchos para permanecer en el inmovilismo que asume la incomodidad de que se nos rían a diario. En la jeta. Esa justificación de votar a los mismos porque los otros son peores.

            Con los años voy intentando conciliar dos vertientes que parecen contrapuestas, y que implican el fundamento del que creo debate más importante en la actualidad: ¿nos dirigen o somos dueños de nuestras propias decisiones? Otra forma de analizarlo sería intentar dirimir hasta donde llega la responsabilidad por los actos cometidos. Y, desde el principio, yo no creo que la respuesta sea sencilla, y extrema. Creo, sinceramente, que sólo el que aprende a moverse en los medios, y lejos de las respuestas categóricas y definitivas aparentemente válidas para cualquier situación, es el que se encuentra cerca de alcanzar una cierta maestría.

            Ésta es la eterna diatriba a la que cualquier ser humano con una mínima conciencia se enfrenta antes o después. No en vano, encierra otra pregunta fundamental de nuestra existencia: ¿somos libres o estamos condicionados, o incluso manipulados? Si no estamos exentos de ser condicionados por variables exógenas a nosotros mismos, o incluso si somos manipulables por intereses ajenos y que pueden ser contrapuestos a nuestro propio beneficio, ¿de qué manera afecta esto a nuestra responsabilidad?

            Mi particular punto de vista es que nuestra responsabilidad se imbrica dentro de este esquema en la obligación que tenemos –que deberíamos asumir por nuestro propio bienestar– de intentar vislumbrar la realidad por nuestros propios medios; sin embargo, es un proceso complejo y que no se obtiene en un instante, por lo que seguiremos sometidos a la posibilidad de que nos manejen; si bien es cierto que esta posibilidad podrá disminuir con nuestro esfuerzo.

            ¿Por qué creo esto? Por dos motivos fundamentales. El primero de ellos, porque hay gente que todavía cree que no pasa nada por aprovecharse de los demás en beneficio propio. Hablo tanto del cáncer social que suponen determinados políticos o empresarios– no pongo nombres, por lo de la mordaza–, ejemplo sencillo, como algo mucho más complicado de entender como son las personas con una forma de ser tóxica. Los llamados vampiros emocionales, esas personas que te drenan el estado de ánimo hasta contagiarte con esa forma pesimista de ver la vida.

            El segundo de los motivos, porque desde hace un tiempo intuyo, al margen de las vidas que haya después de ésta, que nuestra principal obligación es aprender a ser felices al tiempo que nos trascendernos a nosotros mismos. Curiosamente, hay quien piensa que estas dos cosas son lo mismo, conexionadas a su vez con otra más: el aprendizaje vital que sólo se logra con esa sabiduría que únicamente se puede adquirir con una buena observación.

            Eso funciona, por cierto, a las duras y a las maduras, tanto cuando el cielo brilla sobre nosotros y todo nos parece idílico como en época de elecciones generales, con su evidente manipulación informativa manejada por personajes muy ignorantes que todavía creen que ganan algo relevante por hacerlo. 

Alberto Martínez Urueña 27-10-2015