martes, 13 de octubre de 2015

Nada nuevo bajo el sol


            Cuando Mariano empezó a coquetear con la idea de ser el primer presidente en aprobar cinco presupuestos generales en una legislatura de cuatro años a más de uno se le erizaron los pelos del lomo y se le pusieron enhiestas las orejas. A mí mismo, reconozco, empezó a gotearme el colmillo, y me senté entre las hierbas, oculto, esperando el mejor momento para atacar a la yugular como corresponde. Es más, cuando con motivo de la aprobación de las cuentas para el año dos mil dieciséis, empezaron a soltar confeti y café para todos, solté una carcajada malévola y me afilé las garras. Mariano, el adalid de la fiabilidad y del país serio, porque ser serio es lo correcto, demostraba una vez más que de casta le viene al galgo, y que un político será político a las crudas y a las maduras.

            Resulta que le han empezado a crecer los enanos. No es la primera vez que le pasa, y dentro de poco habrá comunicados desde la Unión Europea –ya han empezado, de hecho– desmintiendo la falta de confianza que tienen en el Ejecutivo de nuestro querido presidente. No en vano, se ha prodigado tantas veces en bajada de pantacas, que ahora le van a premiar nuevamente con no ser demasiado duros con lo del incumplimiento del déficit. Ojo, esto es personal e intransferible: si España no cumple con el déficit del año dos mil quince –no lo va a hacer, eso ya os lo firmo en Octubre– y no es Mariano nuestro dirigente supremo, se nos va a caer los palos del sombrajo con la que nos va a llover desde Europa. Y si no, tiempo al tiempo.

            Pero lo que nos dicen ahora desde Europa es que los Presupuestos Generales del Estado, es decir, la ley económica más importante del año de la que dependen todas las medidas que va a poder acometer en Gobierno de España a lo largo de toda una anualidad presupuestaria, no son creíbles. Personalmente, pienso que cuando los señores trajeados de la Comisión Europea empezando a escuchar que en España habría elecciones en breve y que las cosas estaban tan justas como dicen las encuestas, les empezaron a temblar tanto las rodillas que se les cayeron los calzoncillos al suelo. El país de la recoña y el regalo, fijo que pensaron. El país de las promesas electorales, de las prebendas y los diezmos, y del recochineo institucional cada cuatro años. El país de los bufones burocráticos, pero también el país de los votantes licenciosos e irresponsables que se llenan la boca de insultos en época de legislatura, llamando ladrón a todo quisque que caiga en un hemiciclo, pero que le ponen en bandeja de plata su patrimonio privado, y también el público, cuando llega el momento del sufragio universal por el que lloraron, sangraron y murieron muchos de nuestros antepasados en aquellas revueltas contra monarcas de antaño y sus adláteres.

            No acaba aquí lo triste del tema. Si sale elegido Mariano, las cosas no cambiarán mucho: seguiremos puteados con la cuestión de la austeridad, la devaluación de salarios y dignidades laborales, las tropelías legislativas como el canon de la justicia y la ley mordaza y aguantando las salidas de tono de sus ministros opusdeicos, nostálgicos del antiguo régimen. Pero agarraos los machos si se nos ocurre elegir de manera incorrecta…

            Os puedo remitir a todo el verano pasado. No os confundáis, en Alemania, Austria, Finlandia, Dinamarca… En esos países de gente seria, alta, rubia y destetada, sólo ven a peña agitanada que vive en el Sur de Europa y a quienes no les gusta trabajar, que chupan de los presupuestos de la Unión –España es uno de los que más ha recibido de los Fondos Europeos– y a los que tienen que tutelar debidamente, con cuerda corta, para que no se salgan de madre y revienten las cuentas. Les da igual Grecia, que Italia, que España. Ellos vienen aquí de vacaciones y ven como nos las gastamos en los chiringuitos, en los bares y en las obras. No hay forma de hacerles entender que currar en una zanja al mediodía, cuando Agosto aprieta en Sevilla, puede ser perjudicial para la salud, y que nosotros no hacemos distinciones entre seres humanos, entre los que pueden morirse allí metidos y los que se merecen un trato más justo. Bueno, de esos también tenemos aquí en nuestra Iberia. Si no, que me expliquen qué hace el aguilucho cada dos por tres paseando por la calle en manifestaciones permitidas por las delegaciones del Gobierno presidido por Mariano. Pero ésa es otra guerra…

            No os confundáis. Si elegimos algo que no sea Mariano, o su copia juvenil y vitalista Rivera –salió de la cantera de la gaviota, igual que Morata de la del Madrid– pueden cantarnos buenas coplas desde Bruselas, aplicando en la letra esa nueva moda del neoterrorismo dialéctico que tanto les pone y que ya se practicaba en ciertos círculos desde hace años. Aquello de “el balón es mío y se juega a lo que yo diga; y si no, puerta”. En mi curso había algún que otro imbécil que lo practicaba antes de que lo inventara el señor Juncker y sus homólogos comisionistas.

            Nada nuevo bajo el sol, que dirían algunos, tanto en los regalos electoralistas, sea quien sea el trilero, como en todos aquellos que demostrarán que siguen siendo buena herramienta, como en las estratagemas postbelicistas de esta Europa tan moderna y tan acostumbrada a la sonrisa de fotomatón y la extorsión vía presupuestaria. 

Alberto Martínez Urueña 13-10-2015

lunes, 5 de octubre de 2015

Todo mentira


            Cuando era algo más joven, no mucho, tenía un abuelo al que tenía un gran cariño, pero le veía como un tipo algo extremista. Sin dudar que así era en algunas cuestiones, el principal de sus problemas era que no sabía hacerse entender con respecto a la experiencia y sabiduría que habían ido dando los más de noventa tacos que tuvo la suerte de cumplir hecho un torete. Verdadero problema, no como el de los neoliberales y sus políticas de mierda austera, esas mentiras recubiertas de papel de celofán brillante para ciegos. Recuerdo perfectamente aquellos mediodías, yo comiendo y él ciscándose con vehemencia en la madre que parió a los periodistas y sus colegas, los políticos –qué mal le habría tratado la mordaza de haber tenido unos años más y la voz un poco más alta–; y cómo resonaba aquella frase que le salía con voz ronca de soldado de la guerra: “¡todo mentira, es todo mentira!”. Porque mi abuelo pasó la guerra, estuvo en Teruel y en alguna otra carnicería, y bien que le jodía que aquel enano cabrón le llevara obligado a matar gente a una guerra que no quería nadie más que los que le sacaron beneficios. Para establecer su cortijo. Casi como ahora, pero con otras tradiciones ibéricas más proclives a soltar el gatillo con alegría. Menos mal que algunas de esas tradiciones tan nuestras las hemos ido dejando por el camino. No todas.

            Ahora, y más en época de elecciones como estamos –precampaña, todo muy pulcro, cuando todavía no vale arramplar con cualquier gilipollez que se te ocurra y faltarle al respeto a los muertos del contrario–, me acuerdo con frecuencia de mi abuelo Isidoro. Esta vez, con algún año más a las espaldas, le habría dado la razón y nos habríamos puesto de hiel y colmillo hasta las orejas, concordando en privado la mejor manera de clasificar a los directores de los medios de comunicación, a los directores de campaña y a los incompetentes que salen en los atriles a vendernos fórmulas magistrales contra la calvicie. Aunque él no las necesitase.

            Es todo mentira, y os lo firmaría en piedra. No haría falta ni vetusto libraco sobre el que poner la mano diestra, bastaría con miraros a la cara y veríais que sé de lo que hablo. Nada de pantallas de plasma ni sonrisas ampulosas. Lo de las catalanas es mentira, lo de la Sanidad y la Educación, mentira. Las vacaciones pagadas de señores ministros, ya sabéis… No es que no sea cierto que nos la estén intentando colar de tacón, es que ya lo han hecho, y algunos ni se enteran. Lo hacen de manera descarada cada día, y los medios de comunicación se encargan de que seas incapaz de centrarte en ninguna de las tropelías que se cometen, bombardeando de manera sistemática nuestra atención, único refugio del intelecto verdadero, con sucesivas cargas de profundidad a modo de “noticia de última hora”. ¿O acaso no sabéis que esos contra los que los medios de comunicación nos advierten son los propios dueños de esos medios de comunicación? Es todo una estrategia medida, de sujetar la correa con la debida fuerza, ni mucho ni muy poco, para que el perro se crea que va por donde él quiere.

            Dentro de unas semanas, no muchas, volveremos a vernos las caras en las urnas. Y toda la sucesión de barbaridades que hemos visto durante los últimos años volverán a caer en el olvido, subsumidos en la mente de los crédulos mediante eslóganes electorales que se volverán verdad a base de repetirlos. Ocuparán el espacio dejado por escándalos y burlas en esta sucesión de información, más propia de las campañas primavera-verano de los centros comerciales en donde someterte a la última moda marcada por el color de un trapito es más importante que entender la mentira que la sustenta. Volveremos a caer en esa burda artimaña en que los peones se creen de un bando u otro, blanco o negro, mientras el rey se carcajea, enrocado con su torre de marfil, sabiendo que al final, la batalla contra el contrario quedará en tablas. Eso sí, con todo el tablero lleno de cadáveres que nunca son el suyo.

            Yo no tengo soluciones para esto, aquí cada cual ha de agarrar el remo de su propia patera y mirar a ver a qué playas le llevan la corriente de su córtex, pero sobre todo de sus tripas. Su propia corriente, y para eso hay que sentarse en silencio, o pasearse por el monte bien callado, atento a los pájaros… Encerrarse con uno mismo en el abismo insondable de su propio ser y escuchar lo que su propia conciencia se muere por decirle, no lo que le introducen por la puerta de atrás el líder de un partido político a través de un cable montado por sus dueños y señores, los capitalistas –los de verdad, los que se mueven cuentas de varios ceros suizos–.

            Como sé que eso es imposible, yo voy a seguir mirando el zoológico como lo haría un experto en biología, analizando el comportamiento de una especie de comportamiento extraño, intentando encontrar las motivaciones que les convierten en suicidas y manteniendo una justa distancia para evitar contaminarme de esas insanas maneras. Acordándome de los consejos de mi abuelo, que le decía entonces al adulto que soy ahora que no me creyera una palabra de las que soltaban por esa boca llena de colmillos venenosos las víboras que pretenden quedarse con nuestro dinero y con nuestras almas. 

Alberto Martínez Urueña 05-10-2015

lunes, 28 de septiembre de 2015

Sentires y banderas


            Pues no sé si os habéis enterado. Ha salido en las noticias, incluso. Lo digo porque algunas veces estas reseñas pasan desapercibidas, no te enteras si no tienes puesta la alarma. Será por eso por lo que yo he oído algo, porque a la hora de la verdad, no me gusta el humo. Pero es cierto, ha sucedido. Ha habido elecciones en Cataluña, las terceras en cinco años, para elegir a los procuradores del Parlamento catalán. Nada de Parlament, señor Arturo, y por tercera vez le ha salido el tiro por la culata. A ver si de ésta, el resto de políticos que le doran la píldora le mandan a tomar baños de barro, y comienzan a hablar de lo que importa.

            En Cataluña hay un gran sentimiento de identidad particular, y eso está perfectamente claro, no hace falta que sigan insistiendo. Pero da la casualidad, por lo que dicen las urnas hoy en día –si admitimos barco, y que esto era para elegir una cosa que no era lo que realmente se elegía– que la mayoría de catalanes no considera esto incompatible con ser parte de algo más grande e inclusivo como es la noción de España. El problema parte, y esto no lo digo solamente yo, de la necesidad de que tienen algunos de clasificar y subrogar unos sentimientos a otros, o incluso de que sean unos contrarios a los siguientes. Para un orgulloso nacionalista español como nuestro presidente y otros muchos que le siguen, ante todo y por encima de todo ha de estar el sentimiento español, y después, a muchas leguas de distancia, lo del catalanismo, que no deja de ser, según ellos, el intento pobre de sobresalir por encima del resto sin méritos aparentes. No es admisible que puedan estar al mismo nivel.

            “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”, “¡Estás conmigo o contra mí!”, “Barsa o Madrid”. Ésta es la visión paradigmática, extremista y sectaria, sin matices, que ve esta gente. Los políticos, digo, y aquéllos a los que les gusta hacer mucho ruido con este tema. Es decir, a su séquito. Yo, personalmente, veo a dos figurantes con ínfulas de señor feudal, rodeados por sus consejeros-sanguijuelas, queriendo quedarse con su cortijo, y mandando a sus huestes de borregos adocenados a luchar una guerra que ellos mismos serían incapaces de evitar, encerrados en sus caprichos excluyentes del resto. Esto es una lucha más por territorios, de las de la Edad Media, con la caballería y la infantería pegando mandobles, y con los pobres analfabetos armados con orcas y azadas gritando por la gloria de dios y de su señor. Una estupidez más.

            Yo no tengo problemas con el sentimiento de saber que soy español. El problema es que si digo esto, se me presupone unas ideas que nada tienen que ver con lo que siento. Yo no creo en el sistema de partidos que hay establecido, ni en la farsa burlesca que es ese Estado de Derecho que han montado con el contubernio de todos los corruptos que campan por estas tierras. No creo en ese rey Borbón que nos ha tocado porque no ha hecho nada por nosotros, y sus antepasados nos dieron bien por el ojete, sobre todo el Fernando VII, que se encargó de amaestrar a los liberales del siglo diecinueve. No creo que haya que defender la fe única que se supone que hay que defender si eres español, y no creo en el poder centralizado desde Madrid. Así que, cuando veo una bandera que defiende estas ideas, me cuesta mucho soltar una lágrima de orgullo patrio. Porque hay mucho bocazas que la ha llenado de conceptos sectarios que nada tienen que ver con haber nacido en España. También me siento, al mismo nivel, castellano, y creo que Valladolid es una ciudad estupenda.

            Por eso, cuando veo a un catalán defendiendo su sentir, y al otro lado a gente que les quiere imponer el suyo, por encima, por el artículo primero, me acuerdo de que yo no voy obligado ni al cielo. Ya, cuando un señor como Morenés habla de las Fuerzas Armadas, y el otro del corralito, y el de más allá echa de menos a Franco, entiendo que a esta gente lo de España les quede bastante lejos. A mí también me pasa. Como cuando me hablan del Borbón, majete, eso sí, pero que no creo que nos haya venido bien a nuestra historia. Ni a nuestros bolsillos –¡bendita mordaza, que me impide pecar!–.

            Claro que el señor Mas y su dialéctica también me deja frío... Eso de la nación catalana, por mucho que se empeñen, sólo queda bien en poesía. Si hablamos de Historia, el problema fue que al verdadero rey, el aragonés, se le subieron a las barbas los mercaderes de un condado del Mediterráneo. Querer emanciparse de España, como ya he dicho, es una cuestión que más bien nos habla de las ganas de un pequeño burgués queriendo quedarse con un terruño en donde hacer y deshacer a su antojo. Y si los que viven en el terruño le quieren hacer el juego, ese problema que tienen.

            Y ya, desde un punto de vista más pragmático, todavía hay quien no se ha enterado de que las fronteras no existen, que sólo son un invento más de unos señores nostálgicos de otros tiempos. O quizá una manera de dividir y gestionar, pero cuando hablamos de lo importante, del comer y de la tranquilidad familiar, el capital hace tiempo que desmontó esa entelequia. No os extrañe esto que digo: puede haber Cataluña independiente o no, Marianos gloriosos o Mases cabezones, pero el señor Ortega, la señora Botín o las Koplowitz, verbigracia, – junto con todos sus adláteres, los políticos corruptos– van a seguir emigrando sus capitales sin perder un minuto de sueño, ni trabas que les pongan, allí donde menos tributen, o al Paraíso Fiscal que se les ponga. Estos sí que tienen meridianamente clara su bandera. 

Alberto Martínez Urueña 28-09-2015

jueves, 17 de septiembre de 2015

Tortura y trascendencia


            Éste es un tema sobre el que quiero hablar desde hace tiempo y me he estado esperando a estas fechas para poder hacerlo a toro pasado. Nunca mejor dicho. Hablo de la tortura, de la bestialidad humana, de la desnaturalización del verdadero sentido de ser parte de esta raza extraña que es el homo sapiens. La capacidad de empatía CONSCIENTE que tenemos para conectar y trascendernos a nosotros mismos. Esto, que es algo muy simple en la palabra, se traduce en algo muy complicado en la práctica, sobre todo en este Occidente pergeñado de individualismo en donde se elevan a los altares la competencia con el otro y la humillación ajena como medida del éxito personal. Trascenderse a sí mismo no implica, como algunos cínicos plantean, negar tu propia esencia como individuo, por supuesto. Para ello, de hecho, hace falta conocer lo que se ES en esencia por un motivo: nos dicen lo que somos por todos los puntos cardinales, nos llega información sobre las características personales que en teoría tenemos o creemos tener, y nos indican cuáles son los parámetros que determinan la personalidad de cada uno; sin embargo, no nos dejan investigarlo a nosotros mismos. Creedme cuando os digo que la mayor parte de esos criterios son falsos e interesados. Creedme cuando os digo que lo que sois –lo que somos– es algo mucho más pequeño y viene determinado por muy pocas medidas, pero de vital importancia cada una de ellas. Y hay que conocerlas.


            Si conociésemos eso que somos, podríamos identificar verdaderamente hasta donde llegamos y hasta donde llega el contrario. Contrario que no es tal, sino acompañante. Se podría aplicar con certeza eso de no invadir el espacio del otro; las opciones y las opiniones se podrían debatir con tranquilidad, porque no determinan lo que somos, sólo son las visiones subjetivas del mundo particular de cada uno; las libertades se podrían encontrar con firmeza, pues la medida de éstas sería un verdadero respeto, lejos de libertinajes, pero también de meapilismos.


            Todo esto es muy utópico, lo sé, y no me voy a extender más sobre ello. El que quiera escuchar, que escuche.


            Sin embargo, tiene mucho que ver con el tema que nos ocupa. La tortura. Hay muchos tipos de tortura, aunque hoy en día están en boga, como siempre, los que los medios de comunicación quieren que nos traguemos. Por la bravas. Es decir, el Toro de la Vega, horrible espectáculo que pone de manifiesto cómo al ser humano le pone matar por diversión; y el tema de Siria, que lleva en liza más de dos años y nos acordamos ahora de ellos, cuando han aparecido los primeros muertos en nuestras costas. Antes, aquella guerra sólo valía como guión para la industria del videojuego. Esto no es demagogia, es una muestra de cómo la industria del entretenimiento ha puesto al mismo nivel en la pirámide de prioridades sociales cuestiones que son incomparables.


            Pero no es ése el único ejemplo que tenemos cerca sobre lo que puede ser una tortura. Nuestras sociedades torturan sistemáticamente, pero los medios de comunicación, participados mayoritariamente por los torturadores y con el beneplácito de ..., no hablan de estos temas por ser considerados incómodos. Como si se tratase de un anuncio de ACNUR a las tres de la tarde, en pleno segundo plato, con un niño rodeado de moscas en el cuerno de África. Es una realidad, pero es incómoda. Indigesta, podría decir alguno de esos políticos metido a gongorista. En esta época de crisis hay cifras que te ponen los pelos de punta en cuanto les pones nombres, apellidos y foto de carné de identidad. Desahucios, paro de larga duración, maltrato laboral, jornadas de doce o catorce horas por salario mínimo de ocho, o de media jornada, contratos basura, tratamientos sanitarios excluidos de la sanidad pública, tasas universitarias... Un, dos, tres, responda otra vez. Y el dato más cruel de todos, del que no se habla en los medios, ni tan siquiera en el que se ha establecido como día mundial, el día diez de septiembre: el de la prevención del suicidio. Es la primera causa de muerte no natural en España, y según la OCDE una de las tres causas principales de muerte entre las personas en edad económicamente más productiva, de 14 a 44 años, y la segunda causa principal entre jóvenes y adolescentes, de 15 a 19 años. El incremento durante la crisis habla por sí solo. Todo esto es tortura.


            Y la tortura habla de la escasa capacidad que tenemos para trascender, y vernos a nosotros mismos y al otro –otra persona, que no contrario– como parte de un todo complejo y que no está completo si no es a través de todas las partes. Habla de la escasa capacidad para compadecer –padecer con– las emociones que a otros les arrasan y en las que les abandonamos. O incluso la escasa capacidad para ver cómo con nuestras acciones provocamos un sufrimiento del que somos incapaces de compadecernos. Trascenderse a uno mismo significa saber quién –o qué– eres y la tremenda importancia y responsabilidad que tienes dentro de un sistema del que sólo eres una pequeña parte. Esto, ojo, no es una utopía. Aquí cada cual sabe dónde está, no mira al resto, y se preocupa de su propio crecimiento para, a través de él y como consecuencia inmediata, hacer crecer ese conjunto, sin pedirle cuentas a nadie.


 

Alberto Martínez Urueña 17-09-2015

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Meridianamente claro


            Hay una cuestión de la que llevo tiempo queriendo hablar y todavía no sé muy bien cómo hacerlo. Aquí hay opiniones encontradas, pero las más de las veces suelen tener que ver más con preferencias que con alguna opinión de argumento sesudo y estudio previo. Me refiero al meridiano horario con que nos regimos en nuestra España.

            Como muchos sabréis, durante la segunda guerra mundial, a cierto personajillo se le ocurrió modificar la hora nacional para que en lugar de coincidir con la de Inglaterra, que es la que nos correspondería de acuerdo a los parámetros solares, casara con la que tenían en Alemania. No voy a entrar en los motivos porque son tan evidentes que si los explicara os trataría de imbéciles, pero, a sabiendas de que puedo equivocarme, debemos de ser de las pocas regiones horarias con esa peculiaridad tan marcada, sobre todo en nuestras latitudes. No es sólo que el meridiano de Greenwich que nos corresponde pase por Castellón, es que la inmensa mayoría del territorio está hacia el Oeste, haciendo que esto se agrave según nos movemos hacia el Atlántico.

            Sé cuales son los razonamientos a favor de este horario. Yo mismo les he defendido durante mucho tiempo y todos tienen que ver con el tiempo de ocio al aire libre. Y no voy a decir que no sean aceptables, sobre todo en este país en donde los horarios laborales hace tiempo que dejaron de ser lógicos. Muchos salís de trabajar más allá de las seis de la tarde, algunos incluso después de las ocho, y reclamáis un espacio temporal para poder disfrutar de la luz del sol una vez que os permiten escapar de la cueva. Sobre todo en verano, con el buen tiempo, y así poder encontrar alguna forma socialmente aceptable de despresurizar la tensión que hoy en día generan los trabajos. Muchas de esas jornadas de ocio que obligadamente comienzan más allá de las siete de la tarde terminan bien entradas las nueve y media o las diez, hora en que se abalanza nuevamente sobre el estado de ánimo la plomiza perspectiva de tener que volver a levantarse al día siguiente a las seis y media de la mañana para sufrir una nueva y draconiana jornada laboral repleta de presiones y de veladas amenazas a cara de perro. La gente necesita de ese tiempo de ocio, eso es indudable. Y cada vez más.

            Sin embargo, de todo esto, no sólo de la cuestión del meridiano, se devienen serios problemas sobre lo más importante que debemos salvaguardar: nuestra salud. En el tema laboral no voy a extenderme porque hay cosas que son evidentes: somos esclavos de los ritmos de la economía actual, tanto por el lado del consumo, como consumidores que somos, como por el lado de la producción, como piezas prescindibles de un engranaje que lo devora todo y a todos. La sacrosanta economía que nos trae los beneficios de la tecnología –indudables, como pueda ser una vivienda con calefacción– también nos cobra sus facturas, y la salud no está exenta de este precio.

            Sin embargo, en el tema de la salud también influye el tema del descanso, y los cada vez más frecuentes estudios científicos hacen profundo hincapié en la relevancia de una buena calidad del sueño. Por lo tanto, y para evitarme discusiones que no llevan a nada –por otro lado muy interesantes y edificantes que he podido tener con algunos de vosotros– os digo de antemano que no son mis palabras, pero estoy de acuerdo casi al cien por cien con ellas. Y digo esto por dos cuestiones primordiales: primero, porque los modelos de ocio más frecuentes a los que nos adherimos suelen suponer una huida hacia delante para evitar los principales problemas que nos asolan; y segundo, porque he tenido la suerte y la desgracia de haberle visto los ojos al lobo con el tema de la salud, y esto es algo que creo que regateamos con demasiada frecuencia.

            Los seres humanos –y los españoles debemos de tener dos almas, porque en esto lo hacemos por duplicado– somos muy ciegos cuando nos plantean las cosas a veinte o treinta años. Si bien no me gusta demasiado la costumbre ancestral de guardar el dinero en el colchón para el-por-si-acaso, tanta visión cortoplacista como supone olvidarte de los riesgos para la salud a largo plazo de determinadas actitudes me parece alargar demasiado la adolescencia. A esto me refiero cuando hablo de los estudios científicos sobre los trastornos del sueño y su relación causal con una gran cantidad de problemas derivados como el insomnio o incluso el cáncer. No se trata sólo de cuánto dormimos, sino también de a qué horas lo hacemos, y en esto sí que incide el meridiano que nos han robado. Cuestión en la que los españolitos vamos de cráneo. No sólo porque con los horarios que he descrito antes nos parece normal acostarnos a las doce de la noche como poco –ojo, serían las diez solares, y es la hora a la que se acuestan más al Norte–, sino que al día siguiente nos levantamos a las seis o seis y media –y esas ya son las cuatro de la mañana centroeuropeas–. Así vamos renqueando cinco días para que al llegar las dos noches del fin de semana, con la escusa que cada cual se aplique, le pegamos un par de tiros a los ciclos circadianos y acabamos de ponernos la puntilla. No lo digo yo, lo dicen los que lo estudian.

            Que cada cual haga lo que quiera, eso de antemano, y no juzgo más que lo que yo hago, pero hay cuestiones de las que me gusta hablar cuando no quiero hablar de lo que ya sabéis. Cuando quiero hablar de lo que importa, de lo que se mueve en la esfera de cada uno. Yo, por mi parte, sólo pongo de manifiesto el problema de los horarios en España. Luego, que cada cual haga lo que pueda. Y, por supuesto, al empresario que os hace estar en la oficina hasta las siete, post merídiem, que le metan en la cárcel y no le dejen dormir durante un par de semanas.


Alberto Martínez Urueña 07-09-2015