lunes, 24 de agosto de 2015

Ideas y personas


            Como hay algunas cuestiones que a mí, personalmente, me tocan bastante la entrepierna, me veo en la necesidad perentoria de darles una respuesta en esta columna que, aunque no llega a demasiada gente, siempre puede quedar un poso de aquiescencia. Cuando se habla de ideologías, sobre todo en este país de gente ilustrada siempre dispuesta a la conversación tranquila y al debate sesudo, hay que tener mucho cuidado en no caer en clichés y estereotipos, así como en opiniones estúpidas y necedad a granel. Aquí hay para todos, ojo, y da igual si eres derechas, de izquierdas, de arribas o de abajos: los salivajos malintencionados te pueden llegar en todo caso sin previo aviso. O incluso soltarles tú, sin previo aviso. No hay mesura ni sosiego; más bien, mucha mala baba y ganas de hacer daño, llevándolo todo al plano personal y a la descalificación virulenta.

            Visto con la óptica del antiguo régimen, se me podría considerar un rojo recalcitrante de los que pretende quitarle lo suyo al rico, vulnerando cualquier principio mínimamente sensato respecto al derecho a la propiedad privada y la libertad de empresa. Un ladrón institucional en potencia dispuesto a esquilmar a cualquiera que destaque dentro del sistema económico, movido por la envidia de quien no es capaz de hacer su propia fortuna. Se me aplicaría, por supuesto, unas buenas dosis de amor por el caos y desorden social en base al libertinaje y odio por las normas que todo buen rojo debe perseguir. Por último, y no menos importante, un absoluto desprecio por cualquier persona que profese un credo religioso, tildando a todos sus miembros de ignorantes y sádicos homicidas perseguidores de la ciencia y el saber, y debería buscar la venganza con todos los medios posibles por cualquier tipo de tropelía sucedida hace quinientos años al otro lado del mundo. A este respecto, evidentemente, tendría que justificar con modos suficientes las benignas vacaciones en Siberia con que Stalin agraciaba a sus opositores, sospechosos o gestitorcidos rusos, declarar convencido sobre las bondades de la reforma educativa china y pontificar sobre las bondades de un sistema bien planificado desde los cimientos como el venezolano.

            Un buen rojo no gana demasiado dinero con su trabajo, no puede además ocupar cargos directivos o de responsabilidad económica, pues estaría jugando a favor de un sistema contra el que está su ideología comunista. Vive en un modesto piso de habitaciones pequeñas en barrios grises y sin ninguna concesión estética que suponga un gasto superfluo. Jamás trabaría amistad con un empresario salvo si es para echarle en cara sus actividades desalmadas, y nunca compraría un producto de fabricación dudosa llegado de Asia: esas justificaciones de generar riqueza y puestos de trabajo en países subdesarrollados no justifican la política imperialista de occidente, amen de la explotación y grave indignidad que supone para aquellos muertos de hambre. No veranea en complejos hoteleros de lujo o en chalets a pie de playa, sólo en apartamentos cutres o en zonas de acampada con los cuartos de baño desportillados. O no veranea, y punto.

            Una vez ejercido mi derecho a la pataleta y al cinismo, os diré una pequeña realidad: creo que la cuenta corriente no determina la ideología que profesas. He conocido gente que no tenía donde caerse muerto y aun así defendía las políticas de bajos impuestos y la destrucción del Estado del Bienestar por el simple hecho de que era católico, y claro, se debía a los partidos de derechas que defienden la cruz de Cristo. También he conocido gente de derechas, conservadora, católica, apostólica y romana, con pasta en el banco que, en secreto, donaba generosas cantidades a organizaciones de ayuda a los más desfavorecidos. Hay rojos que ganan dinero con su trabajo, y bien ganado está, pero al mismo tiempo abogan por un sistema tributario justo donde paguen más los que más tienen –ellos incluidos– y que con esos ingresos se pueda mantener un buen sector público que dote de oportunidades a los hijos de los más desfavorecidos; y hay conservadores que saben que un buen escenario para los negocios es un país con una estabilidad social nacida de un Estado de derecho justo con las desigualdades precisas y necesarias. Incluso hay empresarios que introducen en sus criterios de negocio valores sociales como el apoyo a la conciliación laboral y familiar y no le ponen peros a las mujeres que desean ser madres, que dan trabajo a personas con enfermedades crónicas como la fibromialgia o la esclerosis y que saben que la bondad cristiana que refrendan no se limita a las cuatro paredes de un templo de piedra.

            La realidad ideología es muy compleja, pero la bondad de las personas no depende su espectro político. El intento de conseguir una sociedad óptima para la mayoría es un objetivo que muchos persiguen, cada uno desde su perspectiva, y lo que se discute entre gente de bien es la mejor manera de lograrlo, sin necesidad de insultarse. Yo, por mi parte, como siempre recalco, no tengo problemas con una sociedad donde haya ricos, lo tengo con aquellas donde hay malnutridos, marginados y aplastados por la bota de quien tiene tantos problemas mentales que sólo puede sobrellevarles humillando a cualquier bicho viviente que aparezca en sus cercanías, ya sea un toro de la vega, un inmigrante subsahariano o un parado de larga duración.


Alberto Martínez Urueña 20-08-2015

lunes, 10 de agosto de 2015

Luces y sombras


            ¿Sabéis? Cuando hablo de economía siempre me queda una persistente y perversa duda rondándome las tripas. ¿Qué criterios siguen los procesos económicos que vivimos como agentes participantes de esta sociedad y que pretendo describir y sobre los que pretendo opinar? Es decir, ¿somos ese homo economicus del que habla la escuela neoclásica? Os puedo asegurar que esta diatriba interna es la que se lleva planteando la economía desde hace muchos años, no es nueva ni pretendo atribuírmela.

            Al final, como todo en esta vida, depende del concepto que tengas del ser humano, lo que deviene indefectiblemente en una dialéctica sobre filosofía. Esto es así, por mucho que hoy en día los aparatos internacionales intenten hacernos creer que la economía es una línea recta de una sola dirección y con un solo destino. Es mentira, pero la sociedad occidental ha pasado de creer en hombres que se esfuerzan en cultivar la potencialidad de sus luces a crear hombres que se vanaglorian de sus sombras y que las explotan de acuerdo al principio de que son comunes a todos e inevitables. Tal y como afirmaría un cínico, “si todos los hombres buscan su propio beneficio de manera egoísta, ¿por qué no voy a hacer yo lo mismo?”. El gran logro del capitalismo ha sido convencernos de nuestro egoísmo, justificarlo, o incluso convertirlo en la herramienta a través de la cual la sociedad alcanza sus beneficiosos objetivos.

            La lucha del hombre contra sus demonios ha sido retratada por el arte desde que éste existe, no es nada nuevo, pero hoy en día parece que el diablo ha ganado la partida y el péndulo se inclina peligrosamente hacia un lado, amenazando con hacer colapsar el sistema de la balanza. Y por supuesto que esto tiene que ver con la economía, y con la persistente y perversa duda que me ronda las tripas. Decía la primera modelización de Adam Smith que la búsqueda individual por parte de cada uno de los agentes económicos conducía a una maximización del bien social; sin embargo, ¿es cierto que el egoísmo puede traer un máximo de bienestar para todos? Eso es lo que argumenta el economista clásico, y con sus matizaciones, las posteriores adaptaciones que han ido surgiendo desde esa base. Por otro lado, la otra rama de la economía, que podríamos llamar keynesiana, apuesta por un papel fuerte del Estado, que puede acabar convirtiéndose en una institución que tutela a unos ciudadanos irresponsables necesitados de un guía superior, o visto de otra manera, que busca un bien social superior imponiéndose a los particulares de los individuos.

            ¿La economía sigue criterios económicos, tal y como nos dicen los modelos que articulan y  utilizan las cabezas pensantes para hacer sus predicciones? ¿Es el hombre tan racional como pronostican las matemáticas y los superordenadores que manejan los datos? ¿O seguimos otros criterios diferentes? ¿O los criterios económicos no son tal y como los piensan quienes nos dirigen desde su torre de marfil? ¿La misma torre de marfil es tan aséptica como pretende las letanías que le dan nombre?

            Tenemos multitud de ejemplos según los cuales la racionalidad no es precisamente una de las principales herramientas que utilizamos a la hora de tomar nuestras decisiones. Las grandes pulsiones de la vida, de hecho, dependen de otras cuestiones más prosaicas, y las motivaciones tales como la ira, la venganza, el odio y ese largo etcétera que ya describieran los griegos siguen estando bajo la piel de que nos contiene. Hay quien incluso opina que la razón, aplicada en este campo, no deja de ser la vestimenta que otorgamos a nuestros impulsos para dotarles de justificación. De acuerdo a esa entronización de nuestras sombras de la que hablaba en el segundo párrafo, estamos mucho más expuestos que antes a sus extremos, y en esta era de prepotente modernidad racional, mucho más engañados e indefensos frente a ellas. Toda la vestimenta de silogismos con que engalanamos nuestras decisiones y juicios no son sino fruto de la inseguridad en la que nos vemos sumidos al no entender y aceptar que los conceptos de bueno y malo que pretendemos conseguir dependen de algo tan sencillo como la empatía que nos produce un ser humano y su sufrimiento, el que podemos producir o evitar, sentimiento que sí que es común a todos, y que no depende de razones, que cada cual tiene la suya. Y cada cual sus particulares sombras.

            Por eso, cuando veo a esos señores trajeados que salen en los periódicos que informan sobre las cumbres donde se deciden las cuestiones importantes, y se blindan con razones para hacer tal o cual cosa que vulnera la dignidad del ser humano, me cuestiono si lo que hay por detrás de tales medidas son auténticas razones económicas o hay algo más. Algo que tiene que ver precisamente con esas sombras que por un lado, en este siglo veintiuno, pretendemos ocultar, pero que por otro, entronizamos. ¿Dónde ha quedado la voluntad nefanda de poder, de trofeo, de imposición, de conquista, de éxito, de la que todas las obras clásicas han hablado y han atribuido a los poderosos de todos los tiempos? ¿Dónde ha quedado esa necesidad que siempre han sentido algunos de poner un pie sobre el cuello de otros para demostrarles que pueden hacerles cumplir su voluntad? Pueden recubrir de raciocinio todas las decisiones que adopten, pero una mirada desapasionada y distanciada en su justa medida les pone en evidencia. Y es que, como reza una frase cristiana, el mayor logro del diablo es hacernos creer que no existe, y así las conductas que dañen a nuestros semejantes pueden obtener la justificación que los perpetradores requieren. Y las justificaciones económicas son múltiples. 

Alberto Martínez Urueña 10-08-2015

lunes, 3 de agosto de 2015

Gracias, Mariano


            Una de las cosas que tiene esto de permitirse escribir una columna propia con una mínima regularidad que no siempre cumplo es que acabo escribiendo de lo que buenamente me da la gana, sin preocuparme demasiado de más consejeros editoriales que vosotros mismos, mis lectores. Siempre he procurado tratar todos los temas sensibles con absoluta educación, en aras de no ofender a ninguno de todos aquellos a los que os llegan mis escritos, a sabiendas de que alguna que otra vez ha sido imposible no levantar alguna ampolla, ya fuese con temas de religión, o con temas de ideología. Por suerte, como normalmente hablo de economía, esto no le importa a nadie, a no ser que los políticos europeos mientan, y economía e ideología estén directamente relacionados; pero confío en nuestros líderes y no creo que cometiesen tal dislate.

            Precisamente por eso, porque hablo de lo que quiero, y en los términos que quiero, pero con absoluto respeto –y así no me amordazan–, puedo contaros la historia que sigue, y es que el viernes pasado tuve la suerte de poder salir un poco antes del trabajo. Había acumulado horas el resto de días, y pude recogerme con antelación. La suerte se transformó en premio gordo porque al encender la radio una voz conocida asaltó mis tímpanos y regaló un discurso a mi intelecto de los que dejan huella. Todo motivado por las prisas que le ha entrado al Ejecutivo de aprobar los presupuestos antes de meterse en campaña electoral, porque las tortas vienen gordas. O quizá precisamente porque viene campaña electoral y de esta manera poder hacer más populismo con las cifras, amplia costumbre de quienes denuncian al resto de lo mismo.

            Y es que nuestro querido presidente del Gobierno –hay que medir mucho los párrafos, como en tiempos del NODO– estuvo elocuente ante el micrófono, bien pertrechado de gráficas y datos para poder dar lustre a la ley más importante del año y que, precisamente por eso, han aprobado con carácter extraordinario fuera del plazo habitual, para que nadie pueda meterle mano dentro de unos meses, cuando a lo mejor, y digo sólo a lo mejor, al votante español con el colmillo retorcido se le ocurra pedirles cuentas por las tropelías cometidas. El problema es que hizo una demostración de cómo las cifras, según se lean pueden soportar una realidad o la contraria. Los datos de paro son los más elocuentes de esta verdad axiomática, ya que se atribuyó el mérito del gran descenso de desempleados y le encasquetó al anterior Gobierno el descrédito de tener el mayor aumento al inicio de la crisis. Nada tienen que ver los argumentos de los sabios en materia económica que indican con sus doctos estudios que el origen tiene más que ver con la propia estructura del mercado laboral, y con la estructura de la economía española. De hecho, gracias a la inacción política de los últimos cuarenta años –por poner una cifra– tenemos una economía a la que los inevitables ciclos le afectan en mucha mayor medida que a nuestros vecinos europeos. De esta manera, cuando llega la hecatombe, todas las variables, no sólo el paro, se ven mucho más afectados, y cuando llega la recuperación, las tasas de crecimiento suelen ser superiores. Esto es, en gran medida, debido a la falta de reformas verdaderamente estructurales de nuestro sistema productivo, nada diversificado; a nuestro sistema fiscal, muy poco eficiente; a nuestros mercados internos, divididos por diecisiete comunidades autónomas; y a nuestro mercado laboral, incapaz de crear empleos de calidad. Así, las cifras de desempleo disminuyen, pero la lectura de los datos pormenorizados indican que la calidad es lamentable, que no es que haya más trabajo, sino que el mismo se reparte entre más gente, y que los sueldos resultantes de esta supuesta reforma del mercado laboral no permiten llevar una vida medianamente tranquila a muchos conciudadanos. Y cuando hablo de una vida tranquila, me refiero a no vivir con la espada de Damocles sobre el pescuezo, dispuesta a partirte el espinazo a la mínima vibración que la perturbe.

            Y eso nos lleva a las reformas estructurales de las que hablaba Mariano. Llevamos escuchando desde hace varios años el mantra estúpido de que las crisis suponen una oportunidad para la mejora, lo cual únicamente habla de lo bobas que son las sociedades humanas. Sin entrar en más detalles, os diré que ni los economistas más liberales están de acuerdo con las mínimas reformas que ha llevado a cabo el Gobierno del PP, que para algunos se quedan en un pequeño lavado de cara de lo ya existente y para otros, en una burla al servicio del capitalismo carroñero. Únicamente acudiendo a medios afines al Gobierno podemos encontrar algún discurso bobalicón que ensalza tales medidas, pero sin indicar los motivos y razones de acuerdo a datos contrastados. A estos les vale prosa grandilocuente y afirmaciones sin base científica que las respalde.

            Por lo tanto, muchas gracias Mariano por darme nuevos motivos para poder disertar sobre lo verdaderamente importante en política económica: a saber, datos estadísticos interesadamente leídos y ausencia absoluta de verdaderas medidas que sirvan para crear un verdadero tejido productivo basado en la acumulación de conocimientos y progreso científico. Tendremos que seguir conformándonos con turismo, sol y playa, producción automovilística y sectores estratégicos –la energía y las telecomunicaciones van a ser objeto de estudio próximamente– que ponen en tela de juicio a todos los organismos institucionales que los controlan y velan por una verdadera competencia en sus mercados. 

Alberto Martínez Urueña 03-08-2015

jueves, 2 de julio de 2015

Grecia 2015 (concretando)


            Os aseguro que me resulta muy complicado daros los motivos para mi posición a favor o en contra de aceptar las negociaciones con el artista anteriormente conocido como Troika, nombre terrible que me recuerda al de un perro.

            En primer lugar, hay que ver qué nos ha traído a esta situación. A saber, tenemos un problema bien gordo con la noción de Unión Europea, la globalización y la libre circulación de capitales. No sólo en la cuestión de si estar a favor o en contra de estas ideas más o menos imprecisas, si no con la articulación de las mismas. Seamos francos: la Unión Europea es un mastodonte gigantesco que se mueve a cámara lenta en una realidad, sobre todo económica, que no puede permitirse tales recesos. La integración europea es un sendero de cabras por el que es imposible transitar a una velocidad aceptable que se atasca por los diluvios de intransigencia llovidos desde los parlamentos nacionales. La Unión está muy bien como idea, pero en la práctica provoca serios problemas para los que únicamente se ponen parches.

            Desde las instituciones se habla del descontrol de ciertos países, pero no se entona un solo mea culpa por la ausencia de controles serios y la subsiguiente imposición de sanciones verdaderamente coercitivas –existen, pero nadie las quiere aplicar– que solucionen los desequilibrios con la rapidez que exige esta galopante realidad. Las medias tintas en estos mecanismos han facilitado los problemas a los que hoy se enfrentan determinadas economías. Países que han tenido gobiernos de diferente signo durante estos años, pero que en ningún caso le atrevieron a ponerle la correa al chucho. La Unión Europea, hoy en día, corre los peligros que corre y que escuchamos todos los días en los medios por su escasa seriedad en este tema durante largos años.

            Y tenemos la cuestión griega. Sinceramente, la desconozco, pero las noticias que tengo de ella me suenan demasiado: eso de que si nos pensábamos que las cosas eran gratis, o que si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Para solucionar esta necedad, recomiendo un poco de hemeroteca y Youtube, donde hallamos los mensajes proclamados a los cuatro vientos por las élites institucionales de nuestro país, que eran los que en teoría tenían todos los datos y el conocimiento para interpretarlos. Me encandila sobre todo, por motivos obvios, aquellos discursos de Aznar asegurando que España va bien, creciendo por encima de nuestros socios europeos y generando riqueza –los datos eran, cuando menos, controvertidos–, o aquellos de Rato asegurando que la burbuja inmobiliaria no existe, y que sólo eran mensajes de agoreros –de este señor está todo dicho–. Si de algo se nos puede responsabilizar a los ciudadanos es de creernos los mensajes que lanzaban los que en teoría sabían del tema. A toro pasado, ya sabe si es macho porque se le ven los cojones. Como al asunto, que tiene muchos.

            Resumiendo, veo a unos dirigentes griegos que gestionaron un país de manera nefasta, y seguramente muy interesada, y a unos acreedores que vieron negocio en la desgracia de todo un pueblo y acudieron como hienas. Veo a unas autoridades centroeuropeas capitaneadas por Alemania que no comprenden la mecánica del juego capitalista que ellos mismos defienden –sus bancos apostaron y perdieron–, y que además son incapaces de empatizar con nada más que no sean sus propios intereses, cuando a ellos se les perdonó parte de la deuda que se les impuso por los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Veo a unas instituciones internacionales absolutamente ajenas a los intereses de los ciudadanos, preocupadas únicamente en que las autoridades griegas –las que sean– se olviden de sus promesas electorales y hagan con el dinero que prestan, además de devolverlo religiosamente, lo que ellos dicen. Como anotación a este respecto, que sepáis – porque imagino que la mayoría no se lo ha leído– que Grecia tiene un sector militar superior al recomendado por la OCDE, derivado de las imposiciones de los préstamos recibidos, que obligaban, en lugar de construir un tejido productivo suficiente para relanzar la sociedad, a comprar a sus acreedores lo que ellos dijeran, en este caso, armas.

            En el plano técnico, por tanto, oigo cada vez más voces con gran peso específico en Economía afirmando que Grecia no tiene capacidad para devolver la deuda ilícita que sus incompetentes gobernantes firmaron. Si una empresa que opera en los sacrosantos mercados se viera en esa situación particular, se articularía el procedimiento conocido como suspensión de pagos que, como muchos sabéis, intenta conservar la vida de tal empresa mediante una nueva gestión acompañada por, ojo que aquí está el tema, una quita de la deuda y/o una ampliación de los plazos para devolverla. Y si no se pudiera salvar la empresa se la declararía en quiebra y se procedería a su liquidación. Como hablamos de países, esta última opción no existe, pero esta exposición tan sencilla es algo que los acreedores no parecen comprender.

            Por todo esto, tanto por la cuestión humana, pero también por la técnica, yo votaría en contra de aceptar los tratos que propone esa gente para los que la RAE tiene suficientes definiciones – puta Ley Mordaza… –. La otra opción es una quimera más allá de cualquier razonamiento técnico, pero sobre todo, colisiona directamente con los derechos intrínsecos más básicos del ser humano.


Alberto Martínez Urueña 02-07-2015

martes, 30 de junio de 2015

Grecia 2015


            Cómo para quedarme al margen del tema… Con el tema de la crisis, aquí todo el mundo larga por la húmeda, incluso los que no han visto una gráfica en su vida, como si esto fuera un partido de la roja, así que no voy yo a ser menos. Y es que el tema de Grecia vuelve a merecerlo, como un buen miura en una tarde de Las Ventas.

            Me sé toda la retahíla de excusas que enarbola la peña para condenar al ostracismo a todo el pueblo griego. Que si elegir gobernantes serios, que si se creían que todo ese desenfreno de gasto puede sostenerse, que si la abuela fuma… Ahora todo el mundo ortodoxo ladra contra el Gobierno griego porque dicen que su heterodoxia de izquierdas es un peligro mundial, pero se olvidan de que fueron sus amiguetes liberales y socialdemócratas, unas veces unos, otras veces otros, los que gobernaron el país y lo llevaron a la miseria. Eran ellos los que defendían las bondades de la economía del país, y de cómo todo ese gasto se podía sostener sin problemas, y también recuerdo a esas empresas de calificación crediticia diciendo que la deuda griega merecía una triple A positiva como un solete de grande. Grecia era un país simpático dentro de la vieja Europa en el que todo el mundo confiaba, y sus dirigentes, personajes serios que sabían hacer una lectura correcta de la realidad que manejaban. Ningún organismo internacional levantaba la voz, y sus divisiones de control asentían convencidas del correcto funcionar del sistema. Los bancos europeos –sus dirigentes, que son los que deciden estas cosas– les prestaban los dineros con una magnífica sonrisa profident, orgullosos de su ojo financiero para saber rentabilizar sus inversiones, y exigían un tipo de interés de acuerdo a sus análisis de riesgo, como se ha hecho siempre, y todo de acuerdo a las reglas de la Economía del capital.

            Pero llegó la crisis, y todo cambió de la noche a la mañana. Recuerdo como asistí, atónito igual que otros muchos, aquel quince de septiembre de dos mil ocho, a la quiebra de Lehman Brothers, y de como Luis de Guindos se quedó en el paro. Y el mundo occidental entró en crisis. O más bien en una montaña rusa de crisis sucesivas que todavía hoy persisten en sus efectos. Y Grecia dejó de ser creíble. Resultó que su estructura económica no tenía suficiente capacidad de producción para generar los beneficios requeridos para devolver el dinero prestado. Aquí es donde estamos, y aquí es donde se ha liado parda. Tenemos a todos los actores del guion, cada uno representando su papel y su función. La típica jaula de grillos, pero con traje de Armani.

            ¿Recordáis como se luchaban las guerras en la Edad Media? Había una serie de señores, a cual más burro, que se reunían en fiestas de luces y colores, y que parecían llevarse bien, sin grandes problemas, en lo que se gastaban el dinero que no era suyo en banquetes y cogorzas. Iban a la guerra hombro con hombro y se repartían los despojos, disfrazando las matanzas con soliloquios para analfabetos. Hasta que sus intereses se entrecruzaban y entonces se partían la cara entre ellos por tal o cual territorio sobre el que decían tener derecho, ya fuera éste divino o prosaico. A veces ganaban, y se hacían construir estatuas en bronce con pantalones ajustados de la época, de los de marcar paquete; otras, hincaban rodilla en tierra y salían en cuadros como La rendición de Breda, bien peinados. Al final, parece que la historia se va repitiendo, con distintos campos de batalla, pero con los intereses de siempre: quedarme con lo que considero que es mío, y que tiene el otro. Como sea.

            Todo sigue igual en el frente, de hecho. De los soldados no se acuerda ni la madre que les parió. Aquí, y entonces, siempre la espichan los mismos, los soldados de a pie, los que están difuminados al fondo del cuadro, sujetando su lanza y la del compañero caído, con la suela del zapato llena de sangre anónima. Llena de sangre como la suya, de peña a la que no conocía y con la que se ha partido el alma porque el hijo de puta que sale en el centro del cuadro le dijo que tenía que hacerlo. Por la gloria de las Españas, o de las Europas, o de las economías de libre mercado que salvaguardan la libertad del ser humano para hacer negocio y fortuna dejando su conciencia libre de pecado por los caídos al paso del filo de su espada. Esos soldados somos nosotros, a los que nuestros dirigentes y sus herramientas de poder fáctico envenenan para que nos cisquemos en los muertos de los griegos que vivieron a nuestra costa y nuestro dinero. Para que les demos el poder cada cuatro años, justificado en la protección que nos brindan cual mafiosos, velando por el pueblo pero sin el pueblo, masa ignorante de plebeyos sin cabeza.

            Esa es mi opinión, la que me ha pedido más de uno, y que tengo muy clara en mi cabeza. No pienso levantar una espada en este frente contra gente igual de desprotegida que yo mismo contra los desmanes de los poderosos que, como han hecho desde hace siglos, se reparten el pastel utilizándonos dentro de un tablero de ajedrez en el que no nos consideran más que sus peones. 

Alberto Martínez Urueña 30-06-2015