miércoles, 24 de junio de 2015

Genocidios


            Quizá sea, reconózcolo, porque me gusta bastante tocar las pelotas, aunque entiendo que esto choca con otras ideas que pretendo desperdigar a través de la red y que tienen que ver más con el hermanamiento de los opuestos que con liarte la manta a la cabeza y empezar a repartir collejas. Sin embargo, creo que hay gente a la que hay que dar un par de calambrazos y que, según el voltaje que apliques, quizá consigas que lleguen a romper el techo con la cabeza, el techo de un edificio nacido de la cochambrosa moral publicitada por algunos embebidos en su propia ignorancia.

            Los números todo lo soportan, y por supuesto que saldremos de la crisis, aunque sea en parámetros macroeconómicos, que son los que se la ponen dura a los inversores del IBEX, en base a la probabilidad de jugosos retornos financieros. Por supuesto que no estoy en contra de que se pueda invertir los dinerillos, o dinerazos, y sacar por ello un rendimiento, pero la pretensión de que esto tiene consecuencias neutras para el que pone la plata es demasiado simplista.

            La realidad es compleja. La ciencia social nos ha vendido modelos que tratan de representarla en sus aspectos básicos para intentar comprenderla y hacer inferencias que sirvan a la toma de decisiones en muy diversos campos, entre otros, en el económico. Sin embargo, en la práctica, vivimos en un sistema social en que todo y todos estamos interconectados de una manera más complicada de lo que un modelo sistematizado y matemático es capaz de representar.

            ¿Qué se considera un genocidio? Son palabras mayores, es cierto. Un genocidio es lo de la Segunda Guerra Mundial con los judíos y otras minorías, lo de Stalin y las vacaciones con pensión completa en Siberia, las fiestas de los Jemeres Rojos de Camboya y las limpiezas étnicas de África llevadas a cabo por gobernantes amigos de un Occidente experto en mirar hacia otro lado. También es un genocidio –aunque en estos casos ganaron los “buenos”– el trato dispensado a lo largo de gran parte del siglo veinte a la práctica totalidad de las minorías que intentan sobrevivir con su cultura y sus costumbres en nuestro rutilante mundo de neón. El rato recibido por los negros, los indios tanto del Norte como del Sur de América, los aborígenes australianos…

            En la prensa, hoy en día se utilizan las palabras con demasiada gratuidad. Un genocidio está claro que consiste en la aplicación brutal y sistemática de todo un aparato expresamente ideado para eliminar a una ingente cantidad de personas que comparten alguna característica que resulta incómoda al hijo de puta que la promueve. Los niveles de sufrimiento aplicados en dictaduras como la argentina, la guineana o la saudí nos pueden servir de reconocidos ejemplos.

            Sin embargo, podemos decir que en las últimas décadas de los países occidentales, los derechos humanos –en cuanto a torturas masivas, legislaciones limitadoras del derecho a la vida o a la dignidad humana y otras barbaridades comunes a otras épocas– se han visto salvaguardados dentro de sus territorios. No obstante, cuando hablamos de otros lares, la cosa cambia, y ésta se determina en función de los intereses económicos que predominen, como vemos en las “heroicas liberaciones” que se llevaron a cabo en los países de la primavera árabe, o la dejadez absoluta con respecto a las guerras africanas.

            En nuestros territorios estamos a salvo. El centenar de mujeres muertas al año en nuestro país a manos de sus parejas no puede considerarse un genocidio, porque no alcanza cifras que escalofríen a cualquiera. Ni que decir tiene que las muertes prematuras provocadas por la mala calidad del aire, que el último informe de Ecologías en Acción sitúa en veintisiete mil en nuestro país, no es un genocidio porque no se dirige a un grupúsculo concreto y marginal. Ya no hablemos del número de suicidios provocados por la crisis económica en Europa y América– esa crisis de la que nadie es responsable directo, pero de la que algunos nos responsabilizan a todos – y que también supera los veinte mil: tocamos a repartir entre tantos que no se puede considerar un porcentaje destacado, ni siquiera si considerásemos los efectos sobre la salud a largo plazo provocados por toda la casuística de trastornos, como la depresión o la malnutrición infantil. Así como los centenares de miles de muertos por un tabaco cuyo cultivo se subvenciona por la Unión Europea o la permisividad con el consumo de drogas y alcohol por menores… Todo esto no puede considerarse un genocidio porque, además de no poder coger a un único y concreto hijo de puta y colgarle en plaza pública, no hay una intención flagrante de asesinar a millones de personas por el simple hecho de que molestan.

            Ojo, no hay una intención directa de acabar con ellos, pero molestan, y mucho. Intentar acabar con todas estas lacras supondría un perjuicio evidente para el crecimiento económico mundial. Quizá, gracias a ese sacrosanto crecimiento al que se rinde pleitesía desde todos los altares podamos destinar recursos para solventarlos. Siempre que sea rentable… 

Alberto Martínez Urueña 24-06-2015

jueves, 18 de junio de 2015

Más allá de las urnas (y sus guerras)


            Aquí estoy de nuevo, en el candelero, después de un periodo silencioso a que la falta de tiempo me ha condenado. Silencio que no ha sido compartido por la república independiente de mi cabeza, que está más insurgente que nunca. Supongo que el alzamiento popular que se ha producido contra los caciques y facinerosos que llevan expoliando nuestra tierra desde hace décadas me ha dado alas para pensar que un sistema más depurado y representativo es posible. Ni siquiera entro en que sea un sistema socialmente más justo, porque depende de la voluntad de un pueblo compuesto por más de cuarenta millones de personas, de las cuales están llamadas al voto unos treinta y cinco. La voluntad popular puede elegir un sistema regresivo que prime los intereses individuales sobre los colectivos, pero si es la opción de la mayoría habría que aceptarlo. Siempre que respete los derechos humanos, claro.

            Hay una creciente marea ciudadana que reclama una democracia mejor. Y cuando hablan de mejor, se refieren a una democracia que defienda a sus ciudadanos más débiles de los intereses particulares de unos poderes fácticos incapaces de empatizar con las necesidades básicas que todos tenemos. Empezando por un trato medianamente digno que no menosprecie la valía como ser humano de cada uno de nosotros. Nadie pretende hacerse rico por la cara, o al menos, la inmensa mayoría sólo pretende tener una vida más o menos sencilla, desprovista de preocupaciones exageradas como pueda ser no poder afrontar un gasto inesperado, no poder dar a sus hijos una alimentación decente y una educación legítima o no estar con la espada de Damocles a dos milímetros del cuello cada vez que la economía le de una escusa al jefe para despedir a la mitad de la plantilla. Esta manea ciudadana no reclama hacerse rico por la cara, digo; sólo quiere quitarse de la espalda la suela de tres o cuatro hijos de puta que disfrutan demostrándole a la peña quien es el que manda. No están hablando de expoliar a nadie su fortuna; más bien, reclaman que determinados desalmados no vivan al margen de una sociedad de la que detraen su riqueza sin ningún tipo de compasión, y a la que no quieren aportar más que lo mínimo.

            Luego, al otro lado de esta marea ciudadana están los que pretenden que todo siga igual. Ésos que justifican la pobreza y exigen al pobre que se esfuerce, tratándole de vago y aprovechado. Que los habrá, pero son la minoría, igual que hay ricos, que ya de por sí son minoría, y dentro de esta minoría, sólo son unos pocos a los que me gustaría tener a mano. Esos que todavía piensan en términos de clase social y su correlativa honorabilidad basada en apellidos y supuestas gestas pretéritas que muchas veces sólo indican una dudosa inteligencia para saber a quien arrimarse. Esos que consideran que su modus vivendi es no sólo el correcto, sino el ÚNICO correcto de todos, y que tienen la obligación moral de imponérselo a los equivocados.

            Yo, por encima de todo, quiero una democracia donde los ritmos y los ánimos estén sosegados. Independientemente de mis creencias sociopolíticas y culturales que nunca he escondido, y que considero mucho más cercanas a las creencias que dicen sustentar los conservadores, lo que quiero es eliminar esa agresividad que subyace en los debates enconados de esta sociedad condenada a convivir unos con otros. Más allá de las injusticias sociales crecientes en esa sociedad occidental tan neurótica, me preocupa la facilidad con que se tuercen los gestos, se recurre al insulto y gotean los colmillos. Parece que vivimos con la navaja siempre preparada entre los dientes, dispuesta a utilizarla sin medir con quien o en qué situación, sin recapacitar dos cosas básicas:

            Quizá las disquisiciones por las que estamos dispuestos a partirnos la cara con quien sea son menos importantes que los valores de la paciencia, el debate, el consenso y la capacidad para convivir en un mismo grupo con personas de ideologías diferentes. Parece que nadie está dispuesto a dar su brazo a torcer, añadido todo esto a la aparente necesidad que tienen muchas personas de obligar al resto a comulgar con sus creencias y a obligar por la vía legislativa a adoptar los modos y costumbres que derivan de ellas.

            Más importante que el punto anterior es el siguiente. Por debajo de todas estas cuestiones hay algo más siniestro y escondido, más profundo y que debería preocuparnos. Hablo de la manipulación soterrada y perfectamente dirigida por los grupos de interés que controlan los poderes fácticos para dividirnos en grupos cada vez más pequeños, más enfrentados y por supuesto más desvalidos y al alcance de sus aviesas garras. Nos quieren cabreados y amedrentados unos con otros, idiotizados por un volumen de información ingente y además inservible, bloqueados por la sucesión inasumible de actualidad que muere casi antes de ser contada, incapaces de discernir las consecuencias de cada uno de sus actos. Impasibles ante la miseria que están provocando por todo el globo, ante la globalización de la desgracia, justificando la barbarie a la que nos han insensibilizado de tanto enseñárnosla en telediarios y videojuegos.

 

Alberto Martínez Urueña 18/06/2015

jueves, 21 de mayo de 2015

Manipulados


            Como resulta muy complicado sustraerse a esto de las modas informativas, y últimamente estamos con el tema de las elecciones municipales y autonómicas, vamos a hacer un pequeño esfuerzo y a pensar en otras cuestiones. Hoy estoy con un estado de animo algo distópico, y mi texto, al contrario de lo que suelo pretender cuando me salgo de la insistente actualidad, me noto un poco necrológico.

            No soy amigo de las ideas conspiranoicas –o conspirativas, que es el término correcto, y no esa amalgama de ideas que insultan la semántica–, pero soy mucho menos amigo de obviar las evidencias y los hechos. Ya, si hablamos de que me engañen, me toca mucho más la bisectriz. Al más puro estilo alucinado, o como diría uno de mi generación, al más puro estilo “Matrix”, todos tenemos, en mayor o menor medida, la sensación de que algo no funciona como debería. Miras ahí fuera, a la gente, a la sociedad, y todo te parece que se mueve como en un sueño, y que algo subyace por detrás, algo más oscuro y más frío, como si se tratase de una pantalla de color negro y letras verdes mostrando un código matemático que nada que tiene que ver con la naturaleza humana tal y como las tripas se nos muestran. En gran cantidad de ocasiones, nos sorprendemos a nosotros mismos haciendo algo que no concuerda, o coreando alguna proclama que chirría, o pasando de largo ante algo que debería llamarnos poderosamente la atención y que, sin embargo, no es capaz de conmovernos lo más mínimo. Situaciones que deberían suponer un punto de inflexión en nuestra vida se diluyen en el éter del hacer cotidiano, y el hacer cotidiano, repleto de banalidades que sabemos innecesarias, nos ahoga y no nos deja respirar. No hablo de las contradicciones típicamente humanas y que pergeñan la literatura universal desde los tiempos clásicos; hablo de las incoherencias sustanciales que destruyen nuestra propia esencia y existencia convirtiéndonos en algo muy distinto a lo que nuestro propio ser se esfuerza en mostrarnos.

            Cuando escarbas un poco en la superficie de estas cuestiones se te ponen los pelos de punta. Algo tan sencillo como las técnicas de marketing, o técnicas de venta, en castellano, tienen por objeto crear necesidades donde antes no las había, y en base a esas necesidades, crear un deseo en el potencial consumidor, haciéndole creer que al menos su satisfacción, cuando no su felicidad personal, depende del posicionamiento que adopte con respecto a ese objeto. No estamos hablando únicamente de bienes que puedas comprar, si no de estilos de vida que puedas adoptar o, teniendo en cuenta la época en la que estamos, candidatos a los que puedas votar. En resumen, de una forma clara, objetiva y reconocida a través de eufemismos en los libros de texto más prestigiosos, el mercado está optimizado para manipularnos y vendernos el producto que sea objeto de la campaña de comunicación.

            ¿Motivaciones económicas? Por supuesto que sí. De hecho, el nacimiento y desarrollo de estas técnicas están basados en la optimización de los procesos de producción y venta de todo tipo de productos, desde las cajetillas de tabaco a los juguetes infantiles más prosaicos. Pero no sólo eso. Sería demasiado inocente pensar que una herramienta tan potente se utiliza única y exclusivamente para llenar la cuenta corriente de unos pocos. Sin duda alguna, se han utilizado a lo largo de la práctica totalidad del siglo veinte y lo que llevamos del veintiuno para controlar el comportamiento individual, pero también social, sobre todo en Occidente.

            Dos son los hitos fundamentales: como hemos visto, por un lado, la generación de deseos cada vez más urgentes ha desplazado nuestras prioridades; por otro lado, y unido indefectiblemente al anterior, la desestructuración social, haciendo individuos cada vez más enfrentados unos con otros, más individualistas, egoístas, insolidarios y, sobre todo, solitarios y desprotegidos.

            Toda esta distópica cuestión que para mí, y para otros muchos, es evidente, tiene una infinidad de consecuencias, a cual más atroz. Por ejemplo, la normalización de los usos y costumbres de acuerdo a unos parámetros ha uniformizado artificialmente a los seres humanos, y por lo tanto, tildado de anormal, la diferencia. Esto ha supuesto el surgimiento de cada vez más patologías mentales que en realidad sólo describen comportamientos que se escapan de lo socialmente correcto y dirigido. Esto además, ha generado un conflicto permanente entre los seres humanos que conforman esa sociedad y la sociedad misma que les exige ese comportamiento estandarizado.

            Pero por encima de todo, toda esta secuencia de manipulación planificada ha implicado tal bombardeo exterior de mensajes diciendo cómo se supone que ha de ser cada uno de nosotros que nos ha impedido encontrar la única fuente verdadera de satisfacción personal: conocernos a nosotros mismos en base a lo que nosotros mismos descubrimos que somos a través de la introspección. Hasta el punto de que, hoy en día, la inmensa mayoría de las personas son incapaces de soportar situaciones en que en silencio y la ociosidad –entendida en términos sociales– son la principal causa de angustia de muchas de ellas. Y por desgracia, éste es en único lugar en donde podemos encontrarnos con nosotros mismos, sin nadie que nos facilite la tarea de conocernos.


Alberto Martínez Urueña 21-05-2015

lunes, 27 de abril de 2015

Un poquito de literatura


            Andaba yo dándole vueltas a la peonza sobre qué escribir después de un descanso aseguro que obligado, y no acababa de ponerme de acuerdo. Que si Rato y sus trapicheos mafiosos con las black, el blanqueo de capitales y sus demás historias; que si la Junta de Castilla y León con el tema de las eólicas, el edificio de la ADE y sus conexiones con la Gürtel; que si los ERE de Andalucía y la pertinaz resistencia de Griñán y Chaves de jubilarse de una vez por todas y dejar que la justicia les trate como a los vulgares imputados que deberían ser; que si las estrategias de los medios de comunicación casposos y, sobre todo, interesados según sus inversores, de manipular la opinión pública en favor de sus candidatos, y sobre todo, en contra de todos los demás. En esas estaba, digo, cuando la vida me ha sonreído, me ha dado un regalo de los que merecen la pena mencionar, y ha sido un poco de tiempo para sentarme en una de las butacas de mi salón y abrir un libro.

            Porque no me canso de repetirlo, que hay cosas importantes y otras que no lo son. Y la verdad, los políticos y sus piruetas, por mucho que ocupen portadas y columnas de opinión, es de las segundas; únicamente sirven para tomarse unas cañas y hablar de algo cuando la conversación se pone un poco esquiva. Otra cuestión, por cierto, serían las consecuencias que derivan de todo esto, es una discusión diferente, porque va de principios y dignidades, de un terreno donde esos salteadores de caminos en mala hora decidieron meterse: han demostrado que no son merecedores de nuestra confianza a la hora de salvaguardar los derechos más básicos. Más relevante todavía es la responsabilidad de cada uno de nosotros en las actitudes que adoptamos ante las cuestiones que nos afectan como colectividad. No hablo de intentar cambiar el mundo, sino de intentar que nuestras actuaciones cotidianas sean lo más humanas posible.

            Pero no estábamos con eso, que me pierdo. En primer lugar, porque si se habla de literatura, el resto sobra, salvo que se trate de algún otro tipo de arte capaz de elevar el alma humana a las cotas más altas a las que jamás nadie las elevó antes. Ya, si hablamos de literatura buena –que también la hay mala, por mucho que digan ciertos listillos– es el no-va-más. Comentaba hace unos días con una de vosotras la necesidad que tenemos en este país de analfabetos de una buena educación, a la altura de la Historia en la que nos movemos, con las herramientas y los mecanismos, y la organización, que ya han demostrado hace décadas su buen funcionamiento en aquellos países donde se han implantado y que hoy en día están mucho más adelantados este vulgar reino de Taifas en manos de caciques iletrados. Por supuesto, metodologías muy alejadas de las que aplican en esa nostálgica reforma que nos ha metido entre ceja y ceja el señor Wert, que nos retrotrae a una época de la que hicimos muy bien en salir. Y no hay mejor educación que un buen libro.

            Ya me he explayado otras veces con respecto a los grandes de nuestra castellana literatura, pero he de reconocer que, en otros países, y en otras épocas, también han sabido construir decentemente algún que otro párrafo. No hace falta irse a Shakespeare, a pesar de que el tío era un genio, para corroborar esta afirmación. Atreveos a pasear la mirada por los versos de Cyrano; por las epopeyas de Aquiles, Ulises y compañía; por las increíbles disertaciones de los hermanos Karamázov; y otros muchos para los que no tengo espacio. Las mentes más ilustres de la historia dejaron sus pensamientos escritos sobre el papel para que cada uno de nosotros pudiéramos ilustrarnos con ellos. No es un tema baladí, y de hecho, en esta actualidad tan asfixiante en la que nos han metido esos bastardos que ahora disfrutan de los dividendos que les ha producido esta gran putada económica en la que llevamos más de siete años metidos, es mucho más importante. Los libros nos demuestran que los cambios se pueden producir, que soñar es gratis y que además nos ayuda a ver ese destino al que tenemos que intentar aspirar, tanto individual como colectivo. Leer amplia la mente, ayuda a conseguir una coherencia lógica y genera una empatía instantánea con personas a las que nunca conocerás, algo muy necesario en un mundo en el que el sufrimiento ajeno parece cada vez más el guion de una película que ves en un momento dado y, una vez consumido, ya deja de importar. Un mundo occidental donde los dos mil quinientos muertos –y subiendo– en Nepal, los miles de naufragos en el Mare Nostrum al año, las guerras africanas y sus pandemias de dudosa procedencia nos dejan cada vez más indiferentes.

            La buena literatura nos entrega humanidad sin pedir nada a cambio. O sólo un pequeño desembolso, y un poco de tiempo al día para dedicárselo. Puede ser una poesía Lorca, un texto corto de Murakami –o de mi amigo Julien–, una gorda novela que te transporte a lugares ignotos o un ensayo donde el autor te ofrezca su opinión mediante una depurada dialéctica. Con cualquiera de ellas te acercaras a los seres humanos que te rodean, de cerca en tu casa y en tu barrio, o de lejos. Y sobre todo, te acercarás a ese que se muere por mostrársete, ese que pugna por traspasarte los poros de una piel recauchutada por una sociedad cada vez más cínica.

 

Alberto Martínez Urueña 27-04-2015

miércoles, 25 de marzo de 2015

Belleza


            A pesar de las elecciones andaluzas, del Barça-Madrid, y de otras noticias que me harían saltar de alegría y explayarme a mis anchas porque han perdido el partido los que no querían que ganaran –en el primero podían haber perdido los dos, pero en este país de bellaquería y cainismo es imposible, y en el segundo, igual pero por otros motivos más deportivos–, hoy cambio de tercio porque me da la gana.

            Hoy voy a lo que realmente importa, y dejo de lado los barrizales dialécticos en los que suelo meterme. No voy de izquierdas ni de derechas porque, a pesar de que haya más de un imbécil en ambos bandos, hay verdades que no son de nadie, aunque se las quieran apropiar. Hay cosas –indefinidas, por eso las llamo cosas– que contienen en si mismas los auténticos secretos a descubrir por todo ser que pase por este Universo de caos ordenado donde todo admite más de una respuesta, y al mismo tiempo sólo una.

            ¿Cuánto hace que no os detenéis un instante? ¿Cuánto hace que no cesáis el ritmo endiablado en el que parece inevitable, más que vivir, subsistir? Fijaos la cantidad de veces a lo largo de nuestra vida que abrimos el armario, porque ya no cabe más ropa, para ver de cuáles prendas nos tenemos que desprender para poder dar cabida a las nuevas. ¿Cuánto tiempo hace que no os planteáis esta cuestión con las cosas de las que hablo? Llega el verano, después del invierno, y en las casas-zulo en las que nos toca vivir a los de mi generación, pero también en las anteriores, reordenamos toda esa ropa en función de las prioridades que nos impone el clima. ¿Cuánto hace que no os reconfiguráis el orden de vuestras prioridades? Todas estas cuestiones parece que nos vienen dadas, que no es algo que tengas que replantearte, que funcionan en un modo automático al que nos adaptamos inevitablemente, y es mentira. De las frases más manidas que llevo escuchando desde hace años destacaría aquellas de “ay, si aprendiéramos a…”, “si aprendiéramos la sencillez de los niños…”, “si nos diéramos cuenta de lo que realmente necesitamos…”.

            ¿Cuántas veces habéis renunciado voluntariamente a un deseo o una necesidad antes de tener que sufrir porque la vida te impone su carencia? ¿Cuántas veces os habéis conformado de buen grado a no tener más, de lo que sea? ¿Cuánto hace que no os detenéis un instante?

            Hay cosas que sólo se pueden disfrutar cuando somos capaces de concentrarnos en ellas. No vale escuchar música mientras cocino, o pasear por la naturaleza mientras hablas por teléfono o incluso mientras hablas con una persona que te acompaña en el paseo. ¿Cuántas veces habéis buscado voluntariamente la belleza? Tenemos a nuestro alrededor un sinfín de brillos que, como provocados por una bola de discoteca –la metáfora no es mía, pero es tan buena que no puedo evitar apropiarme de ella–, giran a nuestro alrededor, atrayendo nuestra atención en todas direcciones, en direcciones interesadas para la bola de discoteca. Esas luces estroboscópicas nos perturban el estado de ánimo, nos ponen frenéticos, y vivimos en un estado de alteración continua en el que es imposible elegir dónde fijarnos. ¿Cómo vamos a encontrar nada?

            Nos han dicho miles de veces cómo son las cosas. Cómo han de ser nuestros sentimientos. Cómo se define cada objeto, cada instante de tiempo, cada emoción que nos embarga. Vivimos en un mundo en el que hemos nacido, en el que tenemos que aprender a movernos y en el que necesitamos comunicarnos. Nos dan las herramientas para no perdernos. Y nos perdemos. Nos dan una brújula para ayudarnos a seguir el camino, pero la dirección que marca no nos concuerda. Vivimos ajenos a nosotros mismos.

            Hoy esta de moda el gintonic, hace un tiempo fue el ron. En los años ochenta se llevaba el pelo cardado, en plan Armas de mujer, y después se intentó alisar por todos los medios. Los pantalones que antes llegaban a la cintura, ahora no pueden levantar dos dedos de la cadera, y aquellas amplitudes de pernera pasaron a mejor vida. Todo esto es irrelevante, pero –al margen de los auténticos problemas que causan a más de uno por la necesidad de ir a la moda– denotan cómo los influjos externos nos llevan de un lado para otro. No hay manera de estar tranquilo. Y poder encontrar.

            No me voy a poner pesado con este tema. Sólo es que ha sonado en los cascos una melodía que me he ha emocionado, y he tenido que dejarlo todo para paladear sus notas. Y he pensado en la cantidad de veces que habría podido encontrar algo parecido y ha pasado de largo porque otras cuestiones distrajeron mi atención con absoluta tiranía. Y cómo no creo que esto sea de lo inevitable de la vida, tenía que contároslo, compartirlo con vosotros, porque creo que en esos instantes, cuando la belleza te rodea y se te cuela por cada poro de la piel, es cuando encuentras el verdadero sentido a este viaje el que no queda más remedio que estar en tiempo que corresponda. ¿Cuánto hace que no os detenéis un instante? Hay cosas muy interesantes que pasan desapercibidas, tanto fuera como dentro de nosotros mismos.
 

Alberto Martínez Urueña 24-03-2015