viernes, 20 de marzo de 2015

Para no partirnos la cara. Parte III


            Normalmente, cuando tengo el tema elegido, redactar el texto de la semana es cuestión de poco tiempo, media hora o cuarenta minutos, sin contar las correcciones. Sin embargo, os juro por la gloria de mi teclado que éste es el tercer borrador y ahora mismo no sé si será el último. Porque, para no partirnos la cara, he escrito un par de columnas previas en las que he dejado claro mi respeto por las personas que profesan la fe católica, y también el cierto saber que todavía conservo de la doctrina.

            Plantear mi postura al respecto es más complicado. Y no por falta de claridad, sino porque la crítica es tan amplia que no acierto a empezar por ningún punto y acabo liándome la manta a la cabeza sin darle cierta estructura lógica. Toda la base ideológica del cristianismo tal y como lo montaron en los primeros siglos se basa en un aspecto clave, y es la divinidad de su fundador. Es básico además que los textos seleccionados por los padres de la iglesia han sido inspirados por el Espíritu Santo, por lo que todo lo que contienen se considera inamovible, aunque sí interpretable. Por ellos. Que las interpretaciones hayan variado a lo largo de los siglos no indica nada más que… Bueno, la verdad no sé que indica. Además de los textos seleccionados y recopilados en la Biblia, tenemos las ocasiones en que los sucesivos Papas han hablado ex cátedra –nuevamente la cuestión del Espíritu Santo–, las encíclicas, los estudios teológicos oficiales, las explicaciones filosofales… Qué queréis que os diga, no me he leído más que la primera, y del resto he estudiado a Santo Tomás de Aquino, explicado por un fraile que dio un énfasis especial a esas clases, mientras denostaba a otros como Nietzsche. Que yo recuerde. De todo lo demás, sólo tengo referencias de oídas.

            Lo importante es el mensaje, me dicen familiares y amigos seguidores de la doctrina. El mensaje básico de Jesucristo. Justo lo que la cúpula episcopal –la que ha montado el tinglado y decide por donde va la corriente oficial– no practica. La –grata– sorpresa ante las últimas demostraciones del nuevo papa Francisco no hacen sino demostrar esto. Pero el mensaje de Jesucristo, el de amor, hermandad, paz y concordia es común a otras muchas corrientes ideológicas, desde las filosofías orientales yoguis o budistas a los desbarres que vivieron los jipis en la campa de Woodstock gracias a los alucinógenos. Por lo tanto, ¿qué nos queda?

            Podríamos decir que es una herramienta válida para impregnar la sociedad con estos valores que tanta falta hacen hoy en día. Hasta ahí estaríamos de acuerdo. El problema con esto me viene de una metáfora farmacéutica. Dos medicamentos con el mismo principio activo pueden causar problemas o no, o problemas diferentes, en función del paciente y en función del excipiente que contengan. ¿Veis por donde van los tiros? El excipiente que contiene la iglesia católica, a mí personalmente, me parece sumamente venenoso. En muchas ocasiones, mortal de necesidad. Para el alma.

            No voy a entrar en ciertos ramajes extremistas que tiene este árbol acostumbrado a enraizarse sobre antiguos templos paganos; tampoco voy a entrar a valorar su pasado histórico y las costumbres de celebrar sus autos de fe con grandes barbacoas; voy a dejar al margen la selección de sus supuestas efemérides para que coincidiesen con otras festividades previas y ajenas. En fin, voy a dejar al margen todos los ejemplos manidos pero que sirven para evidenciar una intención más o menos manipuladora en sus costumbres. Ni tan siquiera haría falta mencionar cómo han silenciado los delitos cometidos por sus pastores –al parecer, necesitamos que nos guíen–, o las publicaciones donde  sugieren “Mujer, cásate y sé sumisa”, o esa manía que les ha entrado de que la doctrina ha de ser introducida en los jóvenes a través de una clase que compute en el cálculo de la nota  media necesaria para cursar estudios universitarios. Extraña correlación de ideas, como cuando al niño gordo pero inteligente le bajaban la nota media porque no era capaz de correr los cien metros en un tiempo determinado.

            Dejo que cada cual crea lo que le venga en gana, os lo aseguro. No pido a nadie que comparta mis creencias, de las que a lo mejor algún día os hago participes de manera oficial. Creo que la conciencia es individual y cada uno tiene libertad para orientarla en la dirección que quiera, salvo que lo haga hacia la falta de respeto a otro ser humano. Entonces es cuando me solivianto. Y me resultan tan evidentes los intentos de la iglesia católica, sobre todo de la Conferencia episcopal española, de imponer sus criterios y su modo de vida más allá de los límites que marcan sus seguidores que no me puedo callar. Lo dije cuando estaba Paco Clavel y lo digo ahora que no conozco al nuevo. Evangelicen lo que quieran, lo respeto, pero dejen de una vez en paz a los que queremos liberarnos del yugo opresor de una secta que lleva controlando el cotarro desde que Constantino I inicialmente y Teodosio con posterioridad vieron la utilidad de romper la libertad de culto del Imperio Romano y establecer una oficial, la que más de moda estuviera, y les tocó a ellos.
 

Alberto Martínez Urueña 20-03-2015

jueves, 12 de marzo de 2015

Para no partirnos la cara. Parte II


            He procurado, en el texto del día dos de marzo, mostrar mi más absoluto respeto por las creencias de los seguidores de la doctrina católica, apostólica y romana. Y que sepan, o sepáis, que conozco los argumentos para proclamar la buena noticia de la que hacen gala vuestros textos sagrados. Además, soy firme defensor del debate tranquilo y necesario de las ideas contrapuestas y de la exposición de los principios que cada uno defiende. El problema, como siempre en los asuntos importantes de la vida, está en los detalles, en los límites concretos, porque el paso de debatir exponiendo tranquilamente las ideas de cada uno al intento agresivo de imponer coercitivamente los criterios y principios de una de las partes no suele quedar muy claro. Sobre todo, si hablamos de religión. Mucho más, cuando se trata de las tres religiones monoteístas imperantes, judaísmo, cristianismo e islamismo, cada cual en su contexto histórico y geográfico en que se hayan inmersas, ya que tienen impresa en su historia tales métodos. De todas formas, voy a limitar mi exposición a los aspectos actuales del caso, aceptando que los viejos usos han quedado superados.

            A mí personalmente me parece correcto que cada cual siga el código ético que quiera, siempre que éste no pase por la humillación ajena. Propugno el derecho inherente a cada persona para decidir su modus vivendi, sin que nadie tenga que decirle qué es o no es correcto, y que la colectividad únicamente intervenga en aquellos casos en que alguien quiera poner los cojones encima de la mesa de otros.

            Por eso me ha salido este sarpullido intelectual cuando el día veinticuatro de Febrero del presente año de nuestro Señor salieron publicadas en el Boletín Oficial del Estado afirmaciones tales como que el rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz. Y desde ahí, todas las que queráis. No voy a entrar a analizar el texto completo, porque es demasiado largo y os aburriría. Además, la última vez que lo leí, se me rasgaron las costuras y empecé a sangrar por cada poro de mi existencia terrena. Sí que os diré que, haciéndolo, nos encontramos con un buen ejemplo de afirmaciones sustentadas en el aire más allá de lo que el autor denominaría su propia evidencia. Afirmaciones, por cierto, sin las cuales cualquiera de los argumentos que sostienen y sus conclusiones, se caen por su propio peso, y nos habríamos ahorrado tiempo, costuras y dinero público.

            No tengo nada en contra de quien sostiene tales afirmaciones, creo que ha quedado claro. De hecho, me parece bien que las tenga, a pesar de que no son las mías y de que considero que cercenar de esa manera el potencial de ser humano debería ser considerado uno de los más graves pecados por cualquiera de las religiones que dicen defender la dignidad  de la persona. Lo que me preocupa es que estos párrafos constituyen la base de una asignatura escolar en un estado que proclama su aconfesionalidad en una Constitución que tanto dicen defender los políticos que medran en el banco azul del Congreso. Ojo, y entiendo perfectamente la diferencia entre Estado confesional, aconfesional y laico.

            Me sé de sobra el argumento de la tradición cultural española, y que esta asignatura pretende soslayar sus aspectos, pero esto no es clase de historia. También conozco aquello de que la sociedad está necesitada de valores, y que la religión católica cubre tal necesidad, pero a esto respondo que tales valores no son exclusivos del catolicismo, y que de hecho, son anteriores, en la medida de que ya eran defendidos por culturas precristianas. Se dice lo de que la inmensa mayoría de la población es católica y por tanto tiene sentido su inclusión en las aulas, pero no se dice que la inmensa mayoría de ésta, han hecho de tal doctrina un menú a la carta de la que cojo lo que me conviene y el resto lo desecho.

            Sé que este motivo, el de la mayoría católica, explica que esta religión siga teniendo un aspecto preponderante, o dicho de otra manera, que la Conferencia episcopal siga influyendo en la organización legislativa, económica y moral de nuestra sociedad. Al margen de su capacidad para presionar a los sucesivos gobiernos de nuestra democracia, tal y como lo haría un lobby cualquiera, utilizan toda herramienta a su alcance para seguir introduciendo sus verdades en el acerbo colectivo. Una de las más potentes es la Educación, y esto no es baladí, ya que la capacidad para influenciar a las personas es mayor cuanto menor es la edad con la que cuentan.

            Nada tengo en contra de que cada familia explique a sus hijos lo que quiera. Yo lo haré con las mías. Pero pretender negar la evidencia de que la Iglesia Católica, más que informar y debatir, pretende seguir siendo parte fundamental de la individualidad de cada uno de nosotros, y para ello no conoce más límites que los que no le ha quedado más remedio que aceptar, me parece ridículo. No tengo nada en contra de que se explique religión en los colegios, pero las formas, los contenidos y, sobre todo, las orientaciones no me parecen las más correctas. Si de verdad se acepta que no se pretende adoctrinar a nadie, se deberían explicar el resto de religiones desde una visión lo más objetiva posible y recuperar una asignatura como es Filosofía, lo que supondría aceptar y enseñar la multiplicidad de explicaciones últimas de la existencia humana.

 

Alberto Martínez Urueña 12-03-2015

 

PD.: En todo caso, y después de lo dicho, parafraseo a un buen amigo mío llamado Miguel, que con su jocosa personalidad, después de un debate al respecto de la educación en las aulas, dijo: ¿y qué más da, si al final los chavales van a hacer lo que les salga de los huevos? Lo siento por el catolicismo, pero tiene toda la razón: la evidencia de los hechos demuestra que cada vez tienen menos aceptos, menos sacerdotes y monjas, y que al margen de la decrepitud moral de la sociedad de hoy en día, muchos encuentran esos valores de los que el catolicismo pretende apropiarse por otros caminos en los que no se les exigen tan gravosos peajes como los que desgranó el BOE.

jueves, 5 de marzo de 2015

Para no partirnos la cara. Parte I


            Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado… Marcos, 16:15,16.

            Por si alguien lo ha olvidado, uno de los principales mandatos que realizó Jesucristo a sus discípulos y apóstoles fue el del propagar la Buena Nueva de la que él era su principal emisario. La expansión de la doctrina cristiana, después católica, apostólica y romana encuentra su base en estas frases recogidas en un libro que fue inspirado por obra y gracia del mismo Dios. No es un asunto baladí: esta es una de las principales obligaciones que tiene cualquier persona que profese la fe de Cristo: salvar su alma inmortal y al mismo tiempo hacer todo lo posible por salvar el alma de aquellos que le rodean. Éste es uno de los criterios que se usará para juzgarnos: la cuenta de los que pudimos salvar y no lo hicimos. Y el juicio es inevitable, juicio en el que cada uno recibirá lo que merece: los justos, la salvación eterna; los malvados, la hoguera. Punto.

            Digo todo esto con absoluto respeto hacia quien profesa la fe de Cristo, no es una jocosa manera de empezar un texto ni nada parecido. Tal es lo que indica la doctrina oficial, y si algo se me escapa, lo siento. Hablo desde la perspectiva de quien ha recibido los sacramentos después de la pertinente catequesis –no me libré de ninguna– y ha sido educado en un colegio de Agustinos Recoletos, así que tampoco soy teólogo ni experto. Sin embargo, creo que es una buena explicación de porqué los fieles de la Iglesia Católica se ven en la obligación moral y última de propagar la semilla de su fe entre los que no conocen o no saben. Y para ello, cualquier medio es lícito.

            Y no vale con que la religión se respire de puertas adentro: la responsabilidad social obliga a intentar impregnar los ámbitos públicos con la moral y la ética que se desprenden de sus textos sagrados, así como de los libros derivados, como las encíclicas o estudios teosóficos oficiales. Las costumbres que se respiran a diario son las que refuerzan y extienden, y aunque los conocimientos teóricos son relevantes, lo más importante es el seguimiento práctico de la doctrina.

            Además, en un país eminentemente católico como el nuestro en el que una gran mayoría de la población se confiesa católico, aunque no practicante, la educación cultural exige que una de las tradiciones que explica de donde venimos sea impartida en los colegios del mismo modo que se explica la historia de España. Además, inculcar en los periodos infantiles y adolescentes unos principios y valores tales como los que propugna la Iglesia católica no puede considerarse sino como un contenido que suma y que ayuda a los nuevos miembros de nuestra comunidad.

            Creo que no me olvido de ninguno de los argumentos a favor de que la religión católica, apostólica y romana sea explicada en nuestras aulas –públicas o privadas–, tal y como se exige en el Boletín Oficial del Estado desde el día veinticuatro del mes de febrero del presente año. De hecho, como bien sabéis, no tengo reparos, e incluso agradezco vuestros comentarios si tenéis algún otro argumento –más allá del “porque me sale de los cojones”, que ya me pasó en otra ocasión– a favor de la educación católica en las aulas.

            Ojo, y hablo de la educación católica, no de la educación religiosa, porque si le pusiera este apelativo, la asignatura de la que hablamos limitaría determinados contenidos de ésta y además incluiría otras doctrinas religiosas que aspiran de igual modo al conocimiento y fusión con lo divino.

            Los límites entre conocimiento e información y manipulación y adoctrinamiento son muy difusos en este tema. Más aun cuando estos contenidos se comunican a personas con edades como las que tiene un estudiante de colegio o de instituto. Si materias como la Historia o la Filosofía son susceptibles de cargar los contenidos a favor de una u otra visión, la Religión, en cuanto que pretende explicar el origen último de las cosas, corre mayor riesgo de cruzar esta frontera. Si además el contenido ha de ser estudiado con el rigor de una asignatura que cuenta para la nota final, se le da una relevancia que no puede ser pasada por alto. Más allá de todo esto, si dejas que el curriculum de la asignatura se decida por una Conferencia Episcopal que no censura a sus miembros cuando hacen comentarios en la vía pública que pueden ser consideramos como homófobos o misóginos, se plantea la necesidad de cuestionar los contenidos que salgan de tal cónclave.

            No quiero dejar pasar la ocasión de afirmar nuevamente mi absoluto respeto por quienes profesar la fe católica. En este país donde parece que sobran escusas para partirse la cara a las primeras de cambio, creo que el entendimiento mutuo pasa por la capacidad de ponerse en la posición del otro. Y cuando las posturas parecen diametralmente opuestas, blancas o negras, por la firme determinación de no imponer, sino de proclamar la diversidad de opciones para vivir, siempre que sean respetuosas con el ser humano, y que pueden coexistir en una misma sociedad.


Alberto Martínez Urueña 5-03-2015

jueves, 26 de febrero de 2015

Los nuevos


            Reconozco que algunas veces la retroalimentación con vosotros me deja un poco perplejo, aunque los que nos movemos por determinados foros, sobre todo los que tratan sobre política y economía, estamos acostumbrados a ver cómo las opiniones se pueden sacar de contexto y hacer una buena degollina con el resultado.

            Por todo esto, a veces no queda más remedio que puntualizar determinadas cuestiones. En primer lugar, cuando se habla de economía en los medios de comunicación se me cierran los oídos: es todo una vulgar manipulación de lo que algún experto dijo, retorcido a conciencia para intentar engañar a los posibles votantes. Los políticos y periodistas afines a los partidos ni entienden de economía ni lo pretenden: sus objetivos son otros, más serviles con el poder económico que les mantiene en sus puestos. Prefiero leer a los catedráticos y a los nóbeles que, a pesar de no ponerse de acuerdo, pueden argumentar con toda seriedad sus comentarios y no suelen pretender metérnosla doblada para robarnos las nóminas y entregárselas a sus jefes, los accionistas. Ya si hablamos del matrimonio tácito PPSOE, me pongo enfermo. Se me sube la mala hostia y comienzo a verlo todo de color rojo, me congestiono y el único razonamiento que me sirve es ver lo que han ido haciendo durante todos estos años. Y con eso me vale para mandarles a tomar por el culo.

            Otra cosa distinta es cuando salen a la palestra otros grupos políticos novedosos como el de Rosa Díez, el de Juan López de Uralde y Rosa Martínez, el de Albert Rivera, el Partido X donde milita Falciani, y también, porque está dentro de este grupo, el de Pablo Iglesias.

            Con estos nuevos partidos, antes de ponerme a vociferar en contra suya, intento ir a la fuente de donde sacan sus ideas, me leo sus programas, analizo sus propuestas y entresaco conclusiones. Y por supuesto, no me creo lo que dicen de ellos El País o El Mundo; y ni mucho menos, La Razón, ABC, TV 13, Intereconomía o Telemadrid. Y los medios de comunicación a los que no mencione, no se salvan de esta medida, antes de que nadie pueda argumentar que tengo favoritismos. De hecho, los más representativos llevan toda la legislatura preocupándose de envenenar todo lo que no salga de los partidos tradicionales, dedicándose con pertinaz contumacia en darnos escusas para seguir votando a los mismos caciques que llevan sojuzgando al ciudadano español desde antes de que Cervantes los describiera en su Quijote.

            El tema de PODEMOS es algo que merece una mención aparte por la repercusión mediática que ha alcanzado, por su relevancia en todas las encuestas publicadas y, sobre todo, porque me lo mencionáis tantas veces que ya voy a empezar a pensar que no me leéis nada de lo que escribo.

            De los nuevos partidos surgidos de la crisis –TODOS los que he mencionado, y TAMBIÉN los que me faltan–, lo que me gusta, sobre todo, es que quieren darle una buena patada en el velo del paladar a todos los hijos de puta que nos llevan robando durante estos cuarenta años de democracia. Otros muchos más, durante la época franquista, ya que no podemos olvidar que algunos de los partidos que campan a sus anchas en el hemiciclo tienen sus orígenes en los dirigentes del régimen, son financiados por sus descendientes y por las fortunas que se amasaron gracias al golpe de Estado del treinta y seis y añoran con nostalgia tiempos mejores.

            De los nuevos partidos, me gustan algunas de sus ideas, no todas, pero creo que recuperar la utopía política es un deber obligatorio en este tiempo de pragmatismo mercantil y de sumisión al poder de los mercados. Más allá de esto, soy economista, licenciado por la Universidad de Valladolid y tengo el suficiente capote teórico como para saber, por ejemplo, que una economía como la que dicen los medios de comunicación hostiles que plantea Pablo Iglesias no tiene futuro. Otra cosa distinta es leerte a Vicenç Navarro –su curriculum está en Internet– y el programa económico estructurado que plantea. También puedo leerme el programa económico de Ciudadanos que, independientemente del origen territorial del partido, lo ha hecho un paisano, Luis Garicano, otro con un curriculum sensacional, y no por ello tengo que ser tachado de centralista, conservador o lo que le digan a los de Albert Rivera

            ¿No queréis que hable bien de otros nuevos partidos políticos? En primer lugar, no recuerdo haber hecho o dicho ni una sola proclama a favor de ninguno de ellos en concreto, ni tampoco haber intentado convenceros de que les votéis. En segundo lugar, cuando hago algún tipo de afirmación, ya sea a favor o en contra de algo o alguien, lo argumento, aunque a lo mejor la conclusión devengue en un insulto –justificado según definición de la RAE–. En tercer lugar, argumentar que proponen cosas imposibles es meterlos en el mismo saco que a sociatas y peperos, con la diferencia de que los nuevos todavía no las han incumplido. Y en cuarto lugar, cuando incluyo a alguien en mi lista de contactos, siempre digo que no hay obligación de leerme, que me lo digáis y os saco del reparto, o que me incluyáis en vuestra lista de spam, porque yo en mi columna, como en la vida, hablo de lo que me sale de los huevos.

Alberto Martínez Urueña 26-02-2015

viernes, 13 de febrero de 2015

A carcajadas


            Andaba aquí trajinando con el texto que os iba a mandar esta semana. Algo tranquilo para compensar las rajadas que se me han colado en los últimos tiempos, pero ha sido imposible. He cogido el teclado y casi lo reviento contra la mesa, leyendo las noticias de los últimos días; y con el colmillo revirado que la prosa me ha otorgado, me he tirado a morder con saña, en plan perro viejo y sarnoso. Con más calle de la debida.

            En realidad, la gente que me conocéis desde hace tiempo sabéis que soy un tipo tranquilo que a veces se exalta con ciertos detalles que considera injustos. Normalmente se relacionan con la insana costumbre que tienen ciertos vertederos existenciales con forma humana de querer pisarle el cuello al vecino. Unas veces es para sacarles hasta las muelas sin que rechisten demasiado, en plan monto una crisis económica, reviento las condiciones laborales de los trabajadores y me quedo con todo tipo de beneficios económicos que hayan acumulado con los años. Y les cobro por los sociales. Otras veces, más complicadas de ver pero con iguales efectos para el hígado de quien lo sufre, deriva de la simple necesidad enferma de sacudir hostias para demostrar quién manda aquí, en este patio de vecinas que alguien llamó España. En definitiva, por la mala costumbre que tienen ciertos cabrones de querer demostrar su más absoluta ignorancia al respecto de lo que supone pertenecer a la raza humana.

            Así que me llegan por el aire, en forma de impulsos electromagnéticos, un par de noticias. La primera de ellas, el twitter de la Cospe congraciándose con los enfermos de cáncer en el día Mundial de la enfermedad, y la sabia respuesta (y a lo mejor delictiva, por lo de las nuevas leyes peperas) de cierto anónimo recordándola el cierre de la planta de oncología infantil del hospital de Toledo. Medida que puede ser muy eficiente desde un punto de vista económico, pero para los padres es todo un rejonazo en la nuca. Y antes de que nadie me salte al cuello sobre si es cierto o no lo del cierre, o incluso conveniente para la colectividad manchega, diré que la reacción de estos últimos me ofrece más credibilidad que la ampulosa prepotencia con que los responsables políticos pretendieron salir del paso. Y hasta ahí puedo leer. Por aquello de las leyes.

            Otra de las pomposas gracias con las que han querido engalanarme la semana han sido las declaraciones de la lideresa del PP madrileño. Sí, sí, otra de esas grandes señoras que no saben lo que sucede en su propia casa, como la infanta. En este caso, hablamos de la casa política, con toda la Comunidad Autónoma puesta de largo con la trama Gurtel y ella escaqueándose justo antes de que saltara la liebre. Y dando lecciones a los que se han quedado de cómo hay que hacer las cosas. No es que Mariano me caiga mejor que ella, ojo. También hay que echarle huevos de que te pillen con lo de “Luis, se fuerte”, y no se te tuerza el gesto cuando sales en una pantalla de plasma sin derecho a preguntas para explicar el porqué se te fue el dedo al mandar el mensaje.

            La cuestión. Las declaraciones echando un “poquito” la bronca, así como hace ella, con gracia y salero, a empresas privadas de comunicación por dar cancha a los desarrapados perroflautas de PODEMOS, partido al que acusan de todo lo que pueden en cuanto se descuidan. Entre otras cosas, al margen de llevar el pelo largo, lo hacen por prometer cosas que luego no van a poder cumplir. Yo, cada vez que les oigo con esta carraca, es que me disloco la quinta lumbar a carcajadas. Deporte nacional, lo de incumplir promesas…

            No sé, con el panorama que me ponen sobre el tapete se me quitan las ganas de explicaros historias económicas, como aquella de los bancos que consiguieron que les pagáramos sus deudas a escote. O la de aportar cifras y hechos medianamente objetivos con que respaldar mis afirmaciones. También la de la demostración econométrica derivada de la teoría de los ciclos presupuestarios de cómo unas elecciones a la vista afecta a la planificación de los Presupuestos Generales del Estado. El espectáculo bochornoso que nos ofrece la clase casposa y beligerante de nuestro país hace que cualquier razonamiento sea baldío ante la demostración palmaria y flagrante de que nos toman el pelo y se lo ríen en sus juntas generales. Esa clase política adocenada en sus escaños y representada por ese partido conservador para sus derechos y propiedades y esquilmador de los ajenos –hoy les ha tocado a ellos–, y por una socialdemocracia desfigurada por sus escarceos teoricoprácticos con los poderes fácticos –culo hacia la luna sobre marcha militar–. No me venga nadie, cuando lleguen las elecciones, a contarme sobre el tema del voto útil, los partidos responsables que no hacen aspavientos raros o lo de que es una ínfima minoría los que se ven afectados por los casos de corrupción. Si alguno se salvara de la necesaria quema –metafórica, putas leyes–, no sería de las direcciones de tales familias que, como poco, miraban hacia el tendido cuando llegaban los beneficios de negocios poco controlados y mantenían en el cargo a los matones. No voy a olvidar que las promesas electorales son el aspaviento más usado, caricias electorales que se vuelven tortazos administrativos cuando toca cumplirlos, independientemente de la bocaza que las escupiese. Y ojito con tocarme el voto, porque aunque hay quien me diga que esto no vale de nada, después de tanto tocamiento innoble en las partes bajas, es la única herramienta efectiva y real que me han dejado para decirles que se pueden ir a tomar por el culo. 

Alberto Martínez Urueña 10-02-2015