jueves, 29 de enero de 2015

Retroalimentándome a vuestra salud


            Uno de los aspectos más gratificantes de ponerme delante del teclado y mandar mis pensamientos por el éter electrónico hasta vosotros es la retroalimentación de ideas que a veces se produce. Alguno, de vez en cuando, me envía una respuesta dando su opinión sobre el texto y sobre su contenido, y le da un sentido más amplio a todo esto. Hay quien incluso escribió en algún momento en la página de internet donde están todos mis escritos desde dos mil siete, y así el debate se hace público y todos podemos participar.

            La mayor parte de las veces, trato temas sobre economía y política, eso está claro, igual que mis tendencias ideológicas que nunca he pretendido ocultar. Conversando con una de las nuevas incorporaciones a las listas de correo que utilizo, hizo un comentario pergeñado de interesantes matices, indicando que lo importante ya no es tanto las ideologías como las consideraciones sociales que se tengan. Leía una reflexión parecida en algún medio sobre cómo los nuevos movimientos sociales surgidos a raíz de la crisis, tanto los nuevos partidos como los movimientos ciudadanos, se orientan en un plano transversal en el que tienen cabida distintas concepciones políticas, primando por encima de éstas las nociones de ser humano, con sus consideraciones sobre dignidad y derechos, y de participación colectiva en la sociedad común. Esto, a su vez establece una nueva distinción maniquea entre las élites que han dirigido la sociedad desde su torre de marfil y el pueblo que ha sufrido tal dirección descarnada, independientemente de su tendencia más o menos conservadora o liberal. En resumen, estoy de acuerdo con esta visión que nos permite sublimar las arcaicas estructuras en donde los intereses particulares de tales élites nos introdujeron con su dialéctica perversa y desde donde nos han manipulado durante demasiado tiempo.

            Otra cuestión que quiero responder es mucho más prosaica, y por lo tanto, más interesante. Hace referencia al problema de los desahucios y como éste implica la necesidad de plantear a su vez qué sucede con una empresa privada que ve cómo un dinero prestado no va a ser devuelto. No en vano, la función de un banco es hacer negocio dentro del circuito de intereses económicos privados vulgarmente llamado mercados. En base a esto, presta un dinero y se establece un seguro de garantía en caso de impago, que es la hipoteca.

            Lo que la mayoría de la gente ignora, porque cada uno entiende de lo que maneja, es que en este movimiento existen dos hechos que pueden estar o no conectados. Estos son el negocio jurídico por el que se presta el dinero y el contrato de garantía que supone la hipoteca. Y en nuestro ordenamiento jurídico están separados, por lo que las consecuencias de uno y otro van cada una por su lado. Precisamente, de esta concepción legislativa deriva el disparate de que te quiten la casa pero aun así tengas que seguir pagando la deuda: son dos cuestiones jurídicas independientes. Sin embargo, pesar de las gilipolleces que dicen nuestros legisladores y sus acólitos, los dueños de los bancos, esto no es inevitable. Como todo en Economía. En esta época de ideas únicas.

            Haciendo un interesante ejercicio de comparativa internacional podemos ver cómo economías que no tienen ningún viso de sospecha comunista como pueda ser la estadounidense, en caso de impago, el banco se queda con la casa, pero la deuda queda saldada automáticamente. Esto, evidentemente, puede suponer una perdida comparativa de los bancos frente a los clientes, pero es un sistema que funciona y que no deja tan desamparadas a las víctimas. No tanto como este sistema nuestro, cruel, en donde una persona que vive debajo de un puente puede tener además una deuda con una entidad bancaria que nunca va a poder pagar. Con lo que esto conlleva.

            Pero los bancos reclaman sus derechos como acreedores en base a las nociones de seguridad jurídica en el tráfico mercantil –que da estabilidad a los negocios privados y por tanto a la economía general de un país o de un entorno económico– y de derecho a la propiedad privada. Los becerros de oro de la economía capitalista.

            No pretendo extenderme acerca de las medidas que se articulan en estos otros países en donde el cumplimiento de las condiciones del contrato de garantía salda la deuda sobre la que nace tal derecho. Es decir, la dación en  pago, esa noción que la casposa y retrograda derecha española denuesta porque ha salido de boca de un enemigo sin saber que se aplica en la cuna del liberalismo económico con muy buenos resultados. Las medidas para solventar esta encrucijada están ahí para el que quiera leerlo, y seguro que mejor explicadas de lo que pueda pretender yo aquí. Cuestiones como la separación obligatoria de la banca de inversión respecto de la banca comercial, o la posibilidad de trasladar los riesgos de las operaciones directamente al tipo de interés exigido por la prestación del dinero son debates que todavía están abiertos y son sumamente interesantes.

            La cuestión, en todo caso, que subyace por debajo de toda esta amalgama de ideas, desde mi punto de vista, es la prelación entre dos problemas sustantivos. Y sinceramente, comparar las pérdidas de un banco – sé que esto puede suponer problemas reales para gente real – con las reales y trágicas consecuencias de sacar a un niño de su casa por la fuerza, mandato judicial mediante y con la legitimidad de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, me parece uno de los mayores insultos que se han infligido al ser humano en toda su historia, incluyendo holocaustos, inquisiciones y esclavitudes. No en vano, es otra manera de degradar el incalculable valor de una vida humana a las cuestiones prosaicas de una cuenta de resultados.

 

Alberto Martínez Urueña 29-01-2015

viernes, 23 de enero de 2015

Para empezar bien el año


            Diréis dónde he estado todo este tiempo sin mandar ningún texto de los míos, pero razones poderosas me han tenido ocupado. En primer lugar, que cuando cojo vacaciones laborales también me las tomo de estos temas, para poder desconectar. En segundo lugar, que se me agota la paciencia con determinadas cuestiones, y me resulta muy complicado tratarlas en esta columna sin que se me vayan de las manos y esto se convierta en un gigantesco esputo de veneno literario. Y claro, ese veneno tengo que soltarlo cuanto antes, así que aviso para navegantes, porque esto es un auténtico tsunami de mierda, nada de riqueza literaria en las esquinas: de eso no queda, salvo por accidente, cuando nos adentramos por los suburbios mentales de este menda. El que no quiera verse salpicado, que cierre el correo y siga con sus cosas.

            En esta vida todo está entremezclado, a pesar de que la razón científica desenhebre la madeja de las circunstancias para poder hacer una lectura más o menos sintética de la realidad que nos circunda. El problema es que la realidad es una gran amalgama de circunstancias que se interrelacionan unas con otras, las causas se convierten a su vez en efectos, y estos en causas y muchas veces hace falta una visión de conjunto para que no se nos escapen los detalles. Mezclo churras con merinas, y al final me queda una mezcolanza deslavazada con la que cualquier mentecato puede acusarme cuanto menos de caótico, y siempre de radical demagogo o antisistema. Cojo el atentado de Francia, el precio del petróleo, el Estado Islámico, la venta legal de armas en África, el derrocamiento de líderes a lo largo del globo terráqueo y me quedo tan ancho. Luego, como en aquella película, “Una mente maravillosa”, me dedico a interconectarlo todo con hilillos de color rojo sangre, creando un tupido tapiz en mi mente en el que la sociedad occidental y civilizada en que vivimos tiene de todo menos humanidad, civismo y empatía, y me entran ganas de ciscarme en la madre que parió al que tuvo la idea.

            Todo esto viene a colación por la cada vez más alarmante e increíble insensibilización que los medios de información han conseguido crear en la conciencia colectiva, así como la escasa capacidad para interrelacionar unos hechos con otros para ver las consecuencias últimas de las políticas llevadas a cabo por los gobiernos occidentales y sus implicaciones en la situación geoestratégica global. O algo así.

            Me preocupa sobremanera ver la capacidad que tenemos para vivir de espaldas al tinglado que nos rodea. Esa facilidad para cambiar de canal mental si el que tenemos sintonizado nos ofrece la miseria que hay cada vez más cerca del portal de nuestras casas. Ni qué decir, la capacidad que tenemos para darnos importancia en nuestros tronos de cristal sustentados por el sufrimiento que campa a sus anchas por todo el globo terráqueo.

            Al final, es todo como lo de los mercados y la crisis, y otros ejemplos más en los que la responsabilidad está tan sumamente diluida que la cuota que toca a cada uno es irrisoria, y con eso nos quedamos tan contentos. Se habla, como digo, de los mercados, de la situación geopolítica, del estatus quo imperante… Todo palabrejas raras inventadas por políticos y otros artistas del arte del engaño que nos brindan la oportunidad de mirar a la realidad a base de eufemismos, y así no sobrecogernos hasta la médula con lo que hay ahí fuera.

            La gente muere, es cierto. Pero no es lo mismo morir en una cama de hospital rodeado de los tuyos que en un campo de refugiados comido por las moscas. Ni es lo mismo recibir cristiana sepultura en un cementerio elegante previo embalsamamiento que ver cómo te van cayendo paladas de tierra encima, arrojadas por algún enloquecido de Boko Haran. Cuando veo la absoluta indiferencia de la comunidad internacional al respecto de estos temas os puedo asegurar que se me sale el diablillo que tenemos dentro y me dice cosas al oído que no puedo transcribir con palabras educadas.

            Así que he estado unos días en barbecho, en lo que las Navidades pasaban con su alegría y su jolgorio callejero mientras el diablo seguía haciendo de las suyas por los arrabales de Occidente. Viendo cómo Mariano canta saetas porque las cifras le cuadran mientras sigue siendo legal que los bancos puedan echar a la gente de sus casas o que se permita que un niño no coma tres veces al día. Cómo el odio sigue expandiéndose por todo un Sahel muerto de hambre al que nadie quiere ayudar más que a sacar sus riquezas del subsuelo (y luego robárselas). Cómo la tragedia sigue estando donde siempre, y a la vez más cerca, y cómo crecen las escusas para hacer como que no las vemos.

            Ale, ya avisé al comienzo de que me iba a quedar a gusto en este texto, para empezar el año con fuerzas. Ya habrá tiempo de análisis pormenorizados, de explicarme cuando digo que la economía es la nueva herramienta de los señores feudales para someter al pueblo y de cagarme en los muertos más frescos de nuestros representantes públicos, y también mentar a la madre que parió a todos esos ibéricos porcinos que ya le están buscando la escusa al tema para volver a votar una vez más a los hijos de puta que nos han traído a la mierda de lugar en donde estamos.


Alberto Martínez Urueña 23-01-2015

viernes, 19 de diciembre de 2014

La herramienta


            No creo que nadie en su sano juicio, hoy en día, pueda negar la importancia y el poder de los medios de comunicación, y su relación directa e instrumental con los grandes poderes fácticos y económicos existentes en nuestra sociedad. Las denuncias al respecto de su falta de objetividad son cada vez más frecuentes, así como la dejación de su principal función, la informativa, en pro de una algo más oscura como es el adoctrinamiento. Digo esto a sabiendas de que las generalizaciones burdas como la que acabo de hacer siempre comenten el error de meter a todos en el mismo saco, pero me sirve como introducción a este nuevo paseo por los lóbregos rincones de mi mente. Existen todavía honrosas excepciones de medios, o de periodistas que sobreviven a duras penas en mitad de la vorágine de las grandes corporaciones que, con su músculo financiero, intentan ahogar a las voces que discrepan de su dogma, utilizando para ello todas las herramientas posibles, porque en la guerra todo vale. Se pueden ver desde los ataques más absurdos al mensaje como los más bestias al mensajero, conscientes de que hoy en día, cuenta más la imagen y el cómo, que el contenido concreto de lo que se pretende debatir. En esta sociedad atropellada y estresante en que vale más cantidad que calidad, cuentan más los titulares grandilocuentes y las proclamas apasionadas –sobre todo si confirman nuestras creencias, por absurdas que sean– que el desarrollo de contenidos concretos. En un lugar como el que vivimos en que hay que tener tiempo para todo aunque no se acabe de concretar nada, la táctica que promueva las emociones –cuanto más bajas, mejor– son las que mejores resultados acaban produciendo.

            Los medios de comunicación no están al margen de esto. Desde los que admiten abiertamente sus colores ideológicos hasta los que pretenden ocultarlos detrás de una capa de seriedad bobalicona, todos juegan en un equipo determinado, según la facción de poder que controle los puestos de dirección. Para defender esto se han argumentado todo tipo de explicaciones, otorgando a los periodistas, sobre todo a los que escriben editoriales de opinión, la consideración de expertos del tema sobre el que se hable. Y en ciertas ocasiones esto es cierto: no en vano, la profesión de periodista no excluye su especialización en determinados campos como la política o la economía. Otra cosa distinta son las formas y las intenciones con que se dediquen a juntar palabras en párrafos, del contenido más o menos peyorativo que otorguen a unos u otros, o las informaciones sobre las que pasen de soslayo. En definitiva, de si pretenden construir una verdad que el lector pueda consumir completita, de un bocado, con sus dejes y chascarrillos incluidos, o si por el contrario, pretenden ofrecer una particular visión, otorgando no obstante las herramientas y los inicios para que quien lo lea pueda discurrir por sus propias conclusiones.

            Y todo esto viene a colación por el esfuerzo, cada vez más intenso, de instaurar un pensamiento único social, político y económico por parte de las élites en el que caigan como causas inamovibles lo que sólo son consecuencias de sus tiránicas imposiciones, más o menos veladas. Últimamente, es cierto, realizadas con mayor descaro público, impunidad y desvergüenza, privatizándose para si las virtudes de este sistema económico deshumanizado y socializando las culpas de su actual debacle, materializado en ese mantra kafkiano de “TODOS hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Las variables que se salen de la ecuación preestablecida se eliminan, a pesar de que sean fundamentales para explicar una realidad tozuda que se empeñan en ocultar en esta vertiginosa sucesión de noticias que impide centrarse en ninguna.

            Por último, han conseguido que cualquier noción medianamente positiva en que no salguemos trasquilados sea considerada una utopía ridícula, además de ser tildada de antisistema y denostada como el camino más seguro hacia la debacle. Como si ellos no hubieran conseguido meternos en la que ahora estamos… No hablo del paraíso comunista ni nada parecido, pero las corrientes intelectuales que abogan por un mayor reparto de los beneficios entre los distintos actores participantes de este sistema son automáticamente eliminadas de los medios de comunicación mayoritarios; y si acaso obtienen unos segundos de gloria, son tratadas con prepotencia benévola –como le hacían a Sampedro– o tachadas de imposibles, como las de todos los partidos alternativos que han surgido en los últimos tiempos, de los que PODEMOS sólo es uno de tantos que ha tenido mayores aciertos en su capacidad para llegar a más personas.

            El cuarto poder del estado, como ya fue denominado en el siglo dieciocho, es en realidad la herramienta que utilizan quienes mueven los hilos desde bambalinas para moldear las mentes de una sociedad que, en esta supuesta libertad en que vivimos, es cada vez más ignorante, en una especie de Edad Media moderna en donde la información veraz y la cultura está controlada por cada vez menos manos, lejos del alcance de las masas, a las que únicamente arrojan las migajas que a ellos les interesa.

 

Alberto Martínez Urueña 19-12-2014

jueves, 11 de diciembre de 2014

Bálsamos y ungüentos


            Lo bueno de trabajar en un edificio inteligente es que la temperatura funciona perfectamente a gusto del arquitecto culpable, los grandes ventanales conseguirán aumentar la cuenta corriente de los oftalmólogos y los picaportes de las ventanas son perfectos –e inservibles– detalles ornamentales. Los preciosos jardines son inutilizables, las puertas, sólo de emergencia, y los accesos siguen la misma filosofía que cualquier digna cárcel de máxima seguridad. No en vano, el edificio es inteligente, capaz de crear en su interior una atmósfera perfecta e impecable, aunque nadie sepa responder muy bien para qué forma de vida.

            Un detalle de mención inexcusable son los ascensores, gracias a los cuales acabas aprendiéndote de memoria información concreta a costa de verla repetida durante los siguientes meses. Así, hemos conocido que el elefante es el único mamífero incapaz de saltar o que en la luna no hay sonido perceptible, que Steve McQueen lleva muriéndose tal día como hoy los últimos tres meses y la noticia que hace que hoy me vuelva a acercar a estas líneas con el cuchillo entre los dientes, en plan psicópata. Yo no quería, os lo aseguro, pero el reiterado toque de bisectriz ha conseguido que al final me levante en armas. Se trata, ni más ni menos, de ciertas declaraciones de Fernández-Díaz, supernumerario del Opus Dei, inspector de Trabajo y miembro del Partido Popular. Además, Ministro de Interior por la gloria y gracia del señor Rajoy.

            Al margen de que no comulgo ni los fines de semana ni mucho menos con los dictámenes del ala ultraortodoxa de la iglesia católica –en general cualquier ortodoxia, y más las ultras, me tocan bastante la pituitaria–, tampoco comulgo con la mayoría de las declaraciones que le he oído decir a este personaje de aspecto bonachón y delicadeza jurásica. Y todo viene a cuento de ciertos comentarios al respecto de los asaltos a la valla de Melilla, asegurando que entremedias, se cuelan terroristas y yihadistas.

            Son bien sabidos, o si no aquí estoy yo para recordarlo, los sucesos que se han ido aconteciendo durante la legislatura acerca de las más que dudosas mañas que los altos cargos policiales han obligado a adoptar a las tropas policiales destinadas a la vigilancia de nuestras fronteras –las del Sur, por las del Norte es por donde se están teniendo que ir nuestros muy preparados jóvenes–, como por ejemplo la utilización de pelotas de goma contra aquellos negritos que llegaban nadando a la deriva y de los que se ahogaron unos cuantos. También, la utilización de esas repatriaciones denominadas “en caliente” y prohibidas expresamente por la carta de derechos humanos, declaración universal que a los simpatizantes del fascio y la mano dura siempre les ha trastocado bastante los planes, y de paso la entrepierna.

            Una vez más, la utilización torticera y maquiavélica del miedo al atentado para justificar que paguen justos por pecadores en esta gran mentira del peligro inmigrante y del que vienen a quitarnos el trabajo. Nadie recuerda ya que entre Felipe y Chema poblaron nuestra costa del Sol de inmigrantes predominantemente rusos –eso sí, muy ricos, de los que a ellos les gustan–, dedicados, entre otras cosas, a las nobles artes de la trata de blancas y el tráfico de estupefacientes, así como a facilitar la empleabilidad de los comandos de asalto llegados de Europa del Este que se quedaron en paro después de la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra de los Balcanes, sin olvidarnos de dar salida al stock de viviendas con que sus amiguetes constructores alicataron nuestras playas. Eso, sin contar que hablamos de sembrar el terror, tenemos aquí en España un sector financiero que lo lleva practicando desde hace años, y sobre todo desde el comienzo de la crisis, con aquello del impago de los préstamos hipotecarios, los desmanes crediticios de los directivos de las cajas de ahorros puestos a dedazo por sus señorías o la venta de complicados productos financieros a personas con escasa o nula formación económica. Pero en este país, si mezclas unos temas con otros, te llaman demagogo, así que volveré al tema concreto que nos ocupa.

            Tema que no es el de la inmigración –con ese, me desquitaré cualquier día de estos y pondré a escurrir a todos los que criminalizan por sistema al que tiene los cojones dejar hogar y familia al otro lado del mundo para ganarse la vida–, si no, una vez más, el uso de la generalización y del miedo para establecer políticas coercitivas y pseudofascistas que buscan controlar y manipular a una masa social, la ibérica, con demasiada querencia hacia los discursos que exaltan los ánimos y exacerban los odios, así como a dejarse hacer en nombre de la patria, mientras los supuestamente patrióticos se lo llevan crudo, ya sea en cartillas de racionamiento o en puertas giratorias.

            Porque al final se resume en esto: los políticos buscan la manera cuadrar un círculo muy complicado, que consiste en caernos bien a los villanos y además hacer lo que les ordenan sus jefes, los nuevos señores feudales, para comerse las migajas que se caen de la mesa del poder fáctico. Como buenos perros. Supongo que ésta será su principal virtud, e igual que charlatanes de feria, hacer lo imposible para vendernos el bálsamo de Fierabrás que nos cure de nuestras heridas –sociales–, o al menos las distraiga. 

Alberto Martínez Urueña 10-12-2014

viernes, 5 de diciembre de 2014

De nuevo, siempre, el ingenioso hidalgo


            Hoy voy a hacer mía una noticia, y ciertas declaraciones. Y no porque no pudiera haberlo dicho yo mismo, o cualquiera de vosotros, sino porque creo que hacer de multiplicador de las buenas noticias es más importante si cabe que estar hablando todo el día de las malas. Ya tenemos suficientes cifras económicas en la cabeza, suficientes ejemplos y suficientes sospechas fundadas como para saber que tendríamos que expatriar a todas las cúpulas de las organizaciones representativas de este país y empezar de nuevo.

            Al margen de que la temática o la literatura de Pérez-Reverte puedan gustar más o menos, tenemos ante nuestros ojos a un escritor referente dentro de nuestra cultura más contemporánea, un escritor que ha sabido aunar la buena escritura con ser un superventas, demostrando que sesudas filosofías pueden estar perfectamente encastradas en una narración ágil y entretenida. Pero no pretende esto ser una pasada de mano por el lomo de alguien a quien admiro, sino hacerme eco de su último proyecto: un Quijote para jóvenes.

            Te guste o no te guste, lo hayas leído entero, a trozos o no hayas tenido lo que hay que tener para adentrarse en su océano de luces y sombras y sobre todo de genialidad, estamos hablando de la que puede ser mejor novela jamás escrita, tanto por su temática, como por su estructura, como por su calidad literaria intrínseca. Si es complicada de leer no es por demérito suyo, sino del propio lector, incapaz en su nivel cultural de ascender hasta las cotas exigentes que planteó Cervantes al escribirlo. Si no puedes leerlo, en definitiva, es porque tu cultura no da para más. No obstante, esto no pretende ser insulto; más bien, un acicate: leer el Quijote es como prepararse para correr una maratón, o para subir una montaña, no se puede subir el Everest si antes no te has preparado subiendo otras cimas más accesibles y si no te has aclimatado durante un determinado periodo a esas alturas.

            Reverte ha pretendido acercar esta obra a los adolescentes, suavizando su densidad y su consistencia. Un párrafo de este libro puede ser como un golpe seco de un boxeador profesional, tanto por su complicada configuración como por el mensaje que transmite. Del Quijote aprendí lo que es la idiosincrasia ibérica, ese río de costumbres y formas transmitidas con más fiabilidad que los genes mitocondriales de la madre, definida con tanta precisión como el mazo de un juez dictando sentencia. Leyéndolo asistes a la mejor descripción jamás hecha de los caciques, comendadores, gobernadores y demás mandatarios, así como a las sanguijuelas que medran a su alrededor, que había en aquellos comienzos del siglo diecisiete, cuando Felipe III todavía pretendía ampliar esas Españas donde no se ponía el sol, cuando en teoría todavía conservaban la grandeza de un imperio que era la envidia del resto de Europa. También enseña a esos garrulos pretenciosos pagados de sí mismos a los que la incultura y la grosería se les hace virtudes y para quien el grito y la chabacanería son valores en alza.

            Pero no sólo es una obra para entender al español de todos los tiempos: es una obra universal donde las haya en las que se desgranan las pulsiones y entresijos del alma humana de una forma magistral, tanto en las formas como en el contenido. Es un paseo por el devenir humano, marcado por deseos que no se cumplen, oportunidades que surgen y no se aprovechan, paisajes insospechados que ofrecen opciones, visiones divergentes de mismas realidades… Todo ello desgranado a través de sus personajes, sobre todo los principales, don Quijote y Sancho, sobre los que se han escrito innumerables estudios a lo largo de la historia desde que se escribió este manual para entender al ser humano. Es un compendio de filosofías de las que se entresaca un saber llano y concreto que huye de los finales felices o de las tragedias absolutas y en las que narra una existencia vital plagada de claroscuros e incoherencias, de fracasos y absurdos, y también de pequeños logros a los que toda persona, de una forma u otra, se ha de enfrentar y cuadrar dentro de su devenir de la mejor manera posible.

            Más allá de la defensa que hace Pérez-Reverte del libro, hago yo la mía propia, aunque es tan parecida que me hace sospechar. Me parece innegable la obligatoriedad de lectura de este libro (y tantos otros) en el periodo escolar, independientemente de la rentabilidad que esto pueda suponer para los saberes pragmáticos y económicos con que la sociedad de hoy en día pretende pergeñar la educación de nuestros jóvenes. Entre otras cosas, porque enseña, eleva el espíritu y conmueve las tripas, hace que la cabeza se amueble y la hace crítica ante los embates de tantos intereses que nos pretenden zombis consumistas incapaces de movernos por nuestras propias ideas y convicciones. Aunque quizá por eso, sacaron estos temas, y otros, de los planes de estudios.

            El Quijote hoy en día sería una herramienta para mejorar esta sociedad, y ya sólo por eso, merece nuestro más absoluto respeto. Un libro que nos enseña a soñar como lo hizo su protagonista en pos de lograr las utopías que hacen de la existencia humana un viaje apasionante, independientemente del éxito de nuestras empresas, y que asimismo nos enseña la honestidad y llaneza, la sencillez y aceptación que destila Sancho ante los avatares que, inevitablemente, todos tenemos que soportar en este camino inexplicable que es la vida. 

Alberto Martínez Urueña 5-12-2014