martes, 28 de octubre de 2014

Estaban en su "derecho"


            Como para cerrar la boquita y no decir nada… La verdad es que es ridículo que lo haga, ya que si queréis saber lo que está ocurriendo en este país, que más bien parece lavadora industrial de dinero negro, sólo tenéis que compraros un periódico (a ser posible, que sus directivos no sean descendientes del régimen, por aquello de la salud mental) y echarle unas ojeadas las páginas de actualidad, o nacional, o sucesos, o incluso a lo mejor espectáculos. Las de economía las podéis mirar si lo que queréis es tener algún que otro sobresalto, como en El exorcista.

            Además, ¿para qué negarlo ya? Sabéis perfectamente que cuando a la derecha rancia, casposa, alquilosada y caciquil de este país le llueve granizo, siento un placer especial. No es lo mismo cuando los escándalos salpican a los rojos sociatas de los cojones o a los sindicalistas corruptos y comunistas. A esos, se les sobreentiende que sólo quieren torpedear la línea de flotación de esta grande y libre con sus envidias a los que ganaron su dinero con sangre, sudor y lágrimas, aunque estas fueran de otros. No, en serio, lo que pasa es que cuando te están tocando los cojones día sí, día también con la ejemplaridad, la moralidad y las buenas costumbres de la clase conservadora, mientras que por otro lado se lo están untando en pan con pasas dulces, se te pasan las ganas de ser condescendiente y directamente te alegras cuando les meten en un coche patrulla. No tengo problemas con la gente que es de derechas, pero a ciertos políticos de esa corriente ideológica les tengo bastantes ganas. De hecho, diré que todas estas noticias de corrupción endogámica y estructural no me sorprende absolutamente nada: sólo es la demostración palmaria de lo que llevan haciendo siglos, es decir, aprovecharse del pueblo llano, esquilmándoles el fruto de su trabajo y llenándose las alforjas a su costa en base a no sé qué derechos.

            Esta situación, que por otro lado, se prolonga desde hace varios años con el tema de la Gurtel (ese fantasma que aparece de vez en cuando por la Moncloa, haciendo que Rajoy coja torticulis de tanto mirar para otro lado) pone sobre el tapete el auténtico problema de esta Iberia. En primer lugar, que la gente vota a personajes salidos del Padrino, una y otra vez, a pesar de que las escuchas “ilegales” demuestren que su honorabilidad es tan escasa como el caviar en  los comedores de Cáritas.

            En segundo lugar, que la seriedad institucional alcanza a todos los sectores, no sólo a lo público o a lo privado. Es más, cada vez queda más demostrada la teoría de un tal César Molinas sobre las estructuras creadas por la clase corrupta para detraer las rentas del sistema y hacer a esta sociedad cada vez más pobre. Si nos ponemos a echar cuentas de la cuantía económica que suponen todos los escándalos que salpican la actualidad no salen cifras astronómicas. Eso sí, cuando Montoro haga esas cuñas publicitarias que persiguen al chapuzas que no emite una factura por arreglarte el grifo en casa (ese tipo de fraude sólo llega al 5% del total), toda esta gente le aplaudirá como si se tratase de la última de Almodovar: no en vano, ese IVA que no se recauda es dinero con el que no pueden choricear desde sus despachos oficiales.

            Sinceramente, ya me da igual todo este tema, sólo quería desahogarme un poco y empatizar con todos esos lectores que tengo, librepensadores, a los que esta situación también les ofende la entrepierna. Sobre todo porque, independientemente de la corriente de consolidación fiscal que llega desde Alemania (eufemismo para reducir el sector público a la más exigua de sus expresiones), estos señores son los que nos dicen que no hay dinero para Educación, Sanidad, Dependencia, modernización de la Justicia, aumentos retributivos de los trabajadores públicos (no sólo funcionarios, sino también eventuales y contratados) y un largo etcétera de cuentas en las que nos están chuleando. Además, mintiendo con la más absoluta desvergüenza, porque en llegando las elecciones, están aumentando el gasto público para aumentar el PIB (uno de sus factores de cómputo es, precisamente, el consumo público) acompañado de una rebaja fiscal. Dirán ustedes que dónde está el problema, pero si tenemos en cuenta que la deuda pública está rondando el 100% del PIB, y subiendo, y que la balanza exterior se está deteriorando (eso también es deuda que contraemos), lo que nos están colando es gasto presente a costa de dejar nuestro futuro en manos de los fondos de inversión que compren nuestra deuda. Que como bien es sabido por todos, no se caracterizan precisamente por su alma caritativa y buen quehacer social.

            Así que, sí, independientemente de otras consideraciones que pueda expresar en privado, me alegro de que estén recibiendo estos tortazos, aunque al final se puedan quedar en que el juez acabe en el trullo (o inhabilitado) por meterse donde no le llaman. Porque lo más gordo de todo este tema es que estos señoritos de alcurnia y copete, si acaso tienen conciencia de haber hecho algo malo, se lo disculpan porque en su fuero interno saben que tenían derecho a ello. Y como mucho, les quedará reírse en sus círculos, con su habitual prepotencia, de “lo tonto que fuimos, que nos pillaron”, mientras disfrutan del dinero que consiguieron esconder, más allá del que les encontramos.

 

Alberto Martínez Urueña 28-10-2014

 

            Ah, y por cierto, antes de que concluir, y sabiendo que me excedo del límite de las dos páginas. Ni por asomo me creo eso de que cualquiera en su situación habría hecho lo mismo, esto sólo está reservado a cierta clase de hijos de perra.


martes, 14 de octubre de 2014

Una vía de escape. Parte III


            Todavía recuerdo aquel momento en que subsumido en aquella vorágine de placer sexual y claridad existencial, miré dentro de aquellos ojos que me observaban, mezclando desconcierto y lujuria, y ocultando el Mal dentro de sí. Pude ver perfectamente, detrás de aquellos ojos de oveja libidinosa, el malévolo brillo de las pupilas de un ser pretérito y atemporal, observándome, hablándome, queriendo atrapar mi alma y devorarla.

            Recuerdo vagamente que perdí definitivamente los nervios y descargué toda la rabia que llevaba acumulando durante demasiado tiempo, a través de mi puño cerrado, en plena nariz de aquella mujerzuela. Casi creí morir de placer al sentir –o más bien casi escuchar– como los huesos se le rompían bajo mis nudillos en un crujido seco, y aquello fue el toque de carga para la espiral de violencia que desaté en el asiento trasero de mi coche, incapaz de detenerla hasta que conseguí convencerme de que en el interior de aquel cráneo no se ocultaba ningún demonio. Sin embargo, durante todo el proceso, cada vez llegaron con más fuerza, mezclados con los sonidos inarticulados que salían de aquella puta, siniestros susurros que fueron evolucionando a carcajadas y aplausos. Recuerdo perfectamente el rabioso orgasmo que tuve al verme salpicado por los trozos y fluidos que saltaban de su cabeza, y como las carcajadas del demonio se mezclaron con las mías en un contubernio que me dejó clara una cuestión: aquella labor era encomiable.

            Evidentemente, limpiarlo todo fue complicado. Hemos visto hasta la saciedad como los equipos forenses de la policía son capaces de encontrar rastros del tamaño de una micra con sus aparatos y su tecnología punta, y comprendí que me resultaría más cómodo denunciar el robo, y después quemarlo en algún descampado. Además, sería lo más práctico a la hora de explicar a mi mujer lo que me había sucedido: para ella, había estado reunido con mis colaboradores hasta tarde, y concluir toda aquella historia con un robo vandálico y un incendio. Recuerdo el proceso mental que me llevó a darme cuenta de que no me gusta mentir, pero que tengo perfectamente asumido que para evitar males mayores hay que hacerlo; es más, para llevar a cabo aquella misión, tendría que volver a hacerlo más veces.

            Aquel pensamiento, saber que lo sucedido aquella noche era sólo el comienzo de algo más grande, me turbó y estremeció todas mis entrañas, sacudiéndome por la contradicción que aquello me suponía. Por un lado, mi moral judeocristiana heredada de esta sociedad occidental me hacía sentir una gran repulsa ante la idea de seguir adelante; sin embargo, había algo liberador en todo aquello, un placer que nunca había conseguido alcanzar durante mis años de vida; en ello, había una pulsión irresistible, un acicate que llegaba de algún lugar fuera de mí, de ese diablo escondido en aquellas mujeres que quizá no era tal diablo, sino un guía.

            Durante el juicio me enteré de ciertos detalles truculentos de mis catorce pletóricas actuaciones que ni tan siquiera recordaba. Había partes difusas, nebulosas, de las que sólo me quedaban impresiones y emociones tan profundas que eran más reales que esa vida monótona y adocenada que Occidente pretende vender como Paraíso. Allí sentado, en el banquillo de los acusados, escuchando en mis oídos lo que tenía que responder a cada pregunta de los letrados, me sentí feliz por primera vez en mi vida, verdaderamente feliz al haber encontrado una lógica que diera sentido a mi presencia en este mundo.

            Cuando el mazo del juez golpeó la mesa, dictando la sentencia de muerte, sin embargo, ocurrió algo extraño. Aquella nebulosa en la que había estado sumergido desde mi primera experiencia homicida me abandonó con una última carcajada, y me descubrí vociferando en la sala del juzgado, pidiendo a gritos que volviera, tratando de correr detrás de aquella presencia, sin saber muy bien hacia dónde ir, mientras cuatro agentes de policía se afanaban en sujetarme y llevarme en volandas hacia mi celda, y después hacía el penal en donde ahora escribo estas últimas líneas.

            El capellán me pidió que redactara algo para las familias de las víctimas. Creo que quería que me arrepintiera y suplicara su perdón, pero ¿cómo voy a hacerlo? Antes bien, deberían dejarme verles de cerca para intentar encontrar la explicación de que permitieran que la ponzoña se apoderara de sus seres queridos. Creo que en esos ojos también encontraría aquel brillo, y atando cabos, podría llegar al origen del Mal. Poco a poco, a través de los ojos, si tuviera una nueva oportunidad…

 

NOTA DE PRENSA:

 

            A las doce menos dos minutos de la madrugada del día de autos, se recibió en la penitenciaria del Estado una llamada del Tribunal Supremo anulando la sentencia de muerte y ordenando recluir al encausado en un centro psiquiátrico de máxima seguridad para su tratamiento, al considerársele irresponsable de tales execrables crímenes debido a una más que evidente enfermedad mental.
 
Alberto Martínez Urueña 14-10-2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Una vía de escape. Parte II


            La vida entre rejas tiene una característica primordial y que es el tienes todo el tiempo del mundo para pensar. Alguien tan activo como yo en el exterior, en aquella vida normal, cuando se ve sometido a esta rutina sustituye la actividad física y material por una actividad intelectual desaforada. El pensamiento lineal se sustituye por un razonamiento inconexo repleto de saltos e interrelaciones en los que antes no te habrías detenido, y de esa manera, descubres hechos y circunstancias de los que nunca te habrías percatado. La realidad, en definitiva, cobra nuevas connotaciones, nuevos brillos y explicaciones, y su interpretación se realiza con una lucidez a la que antes no tenías acceso.

            Todo empezó a reventar las costuras de mi estructurada existencia el día que conocí a Violeta. Esa maldita perra lastimera acabó por desquiciarme, y ya todo fue como la catarata de un río caudaloso en el que, pasado un punto límite, ya no hay forma de librarse de la caída. Me explico.

            Fue uno de aquellos días en que sentía como las venas de mi cuello palpitaban bajo la piel de una forma casi dolorosa. Recuerdo los momentos de aquel día como a saltos, de manera inarticulada, entre papeles y hojas Excel, y un torrente de correos electrónicos que solicitaban el porcentaje de trabajo realizado de cada uno de los expedientes. Recuerdo haberme peleado con alguien, y haber dado un buen puñetazo a la puerta del cuarto de baño cuando fui a lavarme la cara para intentar despejarme. Después creo que llamé a mi mujer y le di la excusa de la reunión hasta tarde; y salí de la oficina como un toro de miura. Ya conocía las señales, y sabía que ese día acabaría en el asiento trasero de mi coche con alguno de aquellos súcubos de los arrabales de mi ciudad, entre sudores, fluidos, insultos y frenesí.

            El lugar fue uno de los de siempre, uno de tantos antros de luces sucias, rincones discretos y melaza ocultando un sabor agrio, como de grasa rancia. Nada más entrar, pedí el primer whisky doble y el primer gramo y me fui al cuarto de baño a meterme un par de rayas que me despejaran la cabeza: necesitaba poder pensar con claridad y centrarme en los acontecimientos que me rodearan, o acabaría totalmente desquiciado. El primer trago de aquella bebida me abrasó la garganta, pero me abrazó el alma y me calentó el ánimo, y pude ser capaz de mirar a mi alrededor y empezar a ver los brillos de otras noches asomando con su sonriente picardía entre la mugre traslúcida.

            Entremedias de aquella nube ilegal de tabaco que formaban, entre otros, algunos altos cargos policiales, se acercó aquella mujer de rizos algo ajados, como polvorientos, de maquillaje excesivo, de vestido corto y escotado, rojo e incapaz de ocultar el trasiego de los años en la cintura, y de expertos tacones que, sin embargo, no parecían haber tenido nunca ninguna gracia. A pesar de la poca tirantez en determinados puntos de su cuerpo, todavía conservaba cierto engaste en algunas zonas críticas, y cuando se acercó sonriendo tuve que agradecerle al whisky como había difuminado con su sabio estilismo aquellas arrugas de los ojos.

            Recuerdo que le invité a la primera consumición, acuerdo tácito en aquellos ambientes, pero no sé qué pasó con las siguientes. Recuerdo también una conversación intrascendente de puro trámite, igual que las que mantenía en la oficina cada mañana, pero con un objetivo bien distinto. Objetivo que logré en un lapso de tiempo indeterminado en el que me encontré con aquella fulana a la puerta de mi coche y me despedí de los pantalones.

            Fue en aquel momento, con aquel súcubo montado a horcajadas sobre mis piernas, cuando escuché, entre sus jadeos, la otra voz.

            Recuerdo que en un primer momento pensé que aquel ruido venía de fuera del coche, como si alguien estuviera manteniendo una conversación justo al lado de nuestra puerta, pero claro, aquello no tenía sentido en aquel aparcamiento. Cuando me fije con algo más de atención, me percaté de que aquel sonido surgía de la garganta de aquella mujer, entremezclada con sus gemidos y gruñidos. Con la atención adecuada, era fácil ver que allí había dos registros auditivos completamente distintos. Aquel otro era una especie de gruñido rasposo, como una letanía más grave, subyacente, y parecía estar diciendo algo. Parecía que me estaba diciendo algo directamente a mí; o más bien, parecía que aquella voz pretendía entrar en mí, y apoderarse de mi voluntad de alguna sucia manera.

            Monté en cólera. Una cólera como nunca antes había sentido, un sentimiento que ardía en las entrañas de tal manera que me consumió las entrañas desde dentro con una fuerza absolutamente irresistible. Un volcán arrasador que atravesaba mi cuerpo desde lo más profundo del ser humano desde un punto caliente que surgía de un lugar primigenio y terrible; un sentimiento que casi ni identificaba como mío, sino que más bien me atravesaba, calcinando todo lo superfluo y dejando únicamente lo más fundamental. Abrasado por aquel tsunami incandescente de lava existencial se clarificaron en mis entrañas gran cantidad de cuestiones que antes estaban difusas: la solución quedó perfectamente grabada en cada una de mis células, y todavía persiste, indeleble, mientras escribo estas líneas.

Alberto Martínez Urueña 06-10-2014

viernes, 26 de septiembre de 2014

Una vía de escape. Parte I


            Verme en esta fría celda por un delito que no he cometido quizá no es lo más truculento de mi historia. Condenado a muerte en un juicio en el que el insoportable peso de la maquinaria de justicia, en su afán por satisfacer la sed de venganza de la turba furiosa, actuó sin la más mínima imparcialidad, huyendo de las aparentes evidencias para escarbar cuidadosamente en los hechos y encontrar la realidad subyacente. La frustración que supone semejante vapuleo es tan asfixiante que parece acrecentar el peso de estas paredes frías que me atrapan, poniéndolas en disposición de aplastarme. ¿Qué puede saber el hombre normal sobre la angustia cuando nunca se ha visto sometido a la opresión de tal trance, al linchamiento social y al desprecio de los más cercanos? Si yo pudiera hacerles entender…

            Sólo soy y he sido siempre, hasta el día en que cuatro policías echaron la puerta de mi casa abajo, aterrorizando a mi mujer y a mis hijos, y condenándoles a la vergüenza y el oprobio, un hombre normal, sin más estridencias de las habituales, con una vida sencilla y en muchas circunstancias, bastante monótona. De esa monotonía silenciosa y queda, no como la de los adolescentes que lleva al descontrol de las emociones, a la pulsión de las hormonas y a la búsqueda de novedades. Hablo de la típica monotonía, que por otro lado da seguridad, en que vivimos la mayoría: estudios en el colegio, luego universitarios, una chica guapa y sensata, casa unifamiliar, coche potente, hijos correctamente educados y guapos… Luego está el riesgo de la monotonía de la que has de cuidarte: esa monotonía que llega poco a poco, sin avisar, lenta como el avance de una mancha de aceite, pegajosa como vertido de crudo en pleno océano, tóxica como cualquier veneno de los derivados del petróleo. La ves venir desde lejos, y has de intentar evitar que vaya impregnando todos y cada uno de los aspectos de tu vida.

            Hasta este momento, no me he quejado lo más mínimo, la verdad. En primer lugar, siempre me he considerado un tipo bastante guapo. Metro ochenta y cinco, bastante fornido y con la llamada curva de la felicidad más o menos controlada. Además, sólo hace poco ha sido cuando he empezado a ralear por la cabeza, pero todavía puedo peinarme con la raya a un lado, dejando que sobresalga el tupé. Nunca me han faltado mujeres, soltero o casado, cuando he salido a tomar unas copas con los amigos, o cuando me he dedicado algún solitario por los bares del extrarradio de mi ciudad, en tabernas donde poder tener controlado el tedio del tsunami diario con alguna vía de escape más o menos inocente. No sé si me explico. Todos la necesitamos; es más, nos la merecemos, sobre todo los que cumplimos con nuestros deberes con eficacia y sin protestas, tanto en las obligaciones laborales como en las que la familia impone. Así que tampoco considero un crimen execrable que, esporádicamente, coja el coche y me adentre en la noche más oscura, en garitos donde la luz es discreta, el alcohol bueno y el ambiente liberal.

            Me gusta ver a las mujeres de esos bares, algunas de ellas de pago, y otras que buscan también una compensación, aunque ésta no sea económica. Las veo contonearse mientras se acercan a los hombres de toda índole que van a esos lugares, sugiriendo quizá más de la cuenta, mostrando de una forma más o menos explícita las intenciones que su cuerpo exige. No sé muy bien qué es lo que lleva al ser humano a convertirse en algo así, aunque sé que las excusas son variadas. Algunas me las han contado, pero según empiezan ya voy oliendo ese tufillo a mala justificación que les sirve para descargarse de la culpa que puede suponer su libidinoso comportamiento. Alguien con unos mínimos valores y un cierto juicio tiene claro que para convertirte en eso, hay que caminar por fronteras precarias que es mejor evitar, ya que de hacerlo, el riesgo de cruzarlas y caer al otro lado es evidente, con todo lo que esto conlleva. Esas mujeres han cruzado al otro lado hace ya tiempo, y el camino de vuelta no existe, se lo lleva el viento, borra las huellas para que no lo encuentres, aliado con el mismísimo diablo. Un diablo que se aloja en tus entrañas y las aprieta fuerte para saciar su hambre de pecado.

            Veo como los demás hombres se dejan hacer. Han perdido esa locuaz perspectiva que les permitiría entender con lucidez la naturaleza de sus actos, y como el diablo del que hablaba, ese que las mujeres han dejado acampar en sus genitales, les confunde, arrastrándoles con su ponzoña recubierta de melaza. Una vez que discurren por ese camino, se abre ante ellos un mundo distorsionado donde la realidad está contaminada por las sustancias consumidas y por el chorro de hormonas que confunden su cerebro y sus sentidos, haciéndoles creer en el falso mensaje que ese modo de vida ofrece.

            Es mi vía de escape de esta existencia perfectamente ordenada y clasificada, la compensación por salvaguardar el sistema que hemos construido entre todos. Observarlos en sus madrigueras, contemplaros y, de vez en cuando, poner alguna solución adecuada a este veneno. ¿Cuál es el delito?

Alberto Martínez Urueña 26-09-2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

La cueva. Parte V


            Lunes, 3 de Septiembre, por la tarde.

            Me desperté bañado en sudor. Me duele todo el cuerpo y me ha costado convencer a ese médico que me vigila desde la mesa para que me desate las manos. No le he dicho de qué estoy escribiendo, le he dicho que este es un cuaderno en el que escribo a mis padres y punto. No me ha pedido muchas más explicaciones, creo que tienen miedo a que mi estado mental se deteriore, o algo parecido, y deben tener órdenes de mantenerme estable. Lo que no ha querido contarme es lo que ha pasado mientras he estado inconsciente, ni por qué han tenido que atarme. Él también lleva, por supuesto, ese traje aislante, como en las plagas de enfermedades que he visto en las películas. Sé que no servirá de nada decirle que el peligro no va por ese lado.

            Pero he de apresurarme. Si no recuerdo mal, ya llegan mis últimas horas, quizá minutos, y no puedo desperdiciarlos. Creo que en el último momento logré conservar la cordura, o al menos parte de ella, para poder escribir este relato y advertir a los que me sucederán de los peligros que se desataron cuando la tierra tembló y vomitó de sus entrañas semejante ponzoña.

            Me encontraba solo en mitad de la oscuridad y sin posibilidad de orientarme, así que decidí permanecer quieto. Pasaron unos instantes, no se cuántos, pero me di cuenta de que aquella cueva no estaba del todo a oscuras. Hay un punto en que la claridad puede ser más aterradora que la oscuridad completa, justo cuando comienzan a cobrar materia las inconexas formas que la escasísima luz hace aparecer ante tus ojos, sin acabar de tomar una forma concreta. Entonces, cuando creía alcanzar el máximo terror soportable, vi que aquella claridad venía de una pequeña gruta que había al fondo de aquella cueva, por la que entré apresuradamente por no quedarme a oscuras. Yo solo. Y lo que encontré fue la linterna de Pedro, con los dedos blancos de su mano derecha todavía se aferraban al mango como si se tratase de un salvavidas.

            No sé cómo saqué fuerzas de flaqueza para abrirlos uno por uno, pero necesitaba poder ver por dónde andaba. Y después estuve deambulando por aquellas grutas, intentando encontrar alguna de las marcas que habíamos ido dejando para poder encontrar la salida. Fue una de ellas la que me llevó a la caverna.

            No voy a entrar en detalles pero aquello era enorme: la luz se perdía en las tinieblas antes de tocar las paredes. Allí, en el centro estaban Angel, Felipe y Ramón, y unos restos que debían ser Pedro esparcidos en torno suyo. Estaban atados a unas pilastras de piedra en donde aparecía representada una extraña figura bicéfala sobre una enorme piedra redonda, y ellos les estaban practicando algún tipo de ritual en el que la sangre y la piel parecían ser los ingredientes básicos. Puedo oír, dentro de mi cabeza, perfectamente los gritos y los jadeos, y aquel olor a sudor y esfínteres sueltos, mientras en la piedra se mezclaban uno tras otro todos los fluidos que contiene un cuerpo humano.

            No fue únicamente el espanto absoluto de aquella escena tan brutal: aquello tenía también algo arcano y prohibido, con aquellos cuerpos blanduzcos y gibosos ululando entre las antorchas  mientras cortaban, drenaban y extirpaban. Allí fue cuando empecé a notar cómo los nervios empezaron a fallarme, pues la piedra a la que estaban atados mis amigos empezó a moverse, como si cobrara vida, y aquella forma grotesca pareció mirarme. Allí todo se trastocó en mi cabeza, algo entró en ella y le transfirió ideas, conceptos, recuerdos pretéritos y planificaciones futuras. El tiempo que llevan allí, y lo que planean hacer en adelante. De sus gargantas salió un sonido gutural, y un sinfín de ojillos rojos se giraron hacia mí, cubiertos de babas, sangre y trozos de mis amigos. Salí corriendo, sin control, escuchando unos gritos muy agudos a mis espaldas y un ruido como de carreras. Me perseguían saltando unos sobre otros, con aquellos ojos rojos muy fijos en mi espalda. Creí que el corazón se me pararía al instante, y moriría allí mismo de terror.

            No sé muy bien qué sucedió durante un rato en que corrí por aquellos túneles, pero en uno de los recodos me di de bruces con una de las marcas que había dejado Ángel, y cuando conseguí salir era de día, y me rodearon todos aquellos hombres cubiertos con el traje de aislamiento en el que se veía el logotipo de la policía nacional. Recuerdo vagamente una ambulancia, y también unos gritos guturales, como de una fiera salvaje. Después me desperté en esta cama de hospital, y desde que lo hice, no hago más que recordar lo que vi hace unos días.

            He intentado contar lo que he me ha sucedido allí abajo, pero los ojos de los que escuchan son suficientemente explícitos como para saber el efecto que producen mis palabras. Por eso he decidido guardar silencio y dejar este diario por si puede servir en el futuro… que les quede.

            Sé que ya vienen a por mí, igual que fueron a por Óscar a los dos días de salir de la cueva, y no sé qué me sucederá, aunque tengo una vaga idea. Me escaparía, pero ¿a dónde? Además, estoy atado a esta cama, fruto de un supuesto ataque de locura del que no me acuerdo y de las poco prudentes advertencias sobre lo que se oculta bajo tierra.

            Vienen a por mí, no pueden dejar que su existencia se conozca. Nos temen, pero nos ansían, y su ansia, movida por un odio que escapa a toda comprensión, lleva cocinándose a fuego lento desde que esa cueva quedó sellada hace miríadas de años, condenándoles a la más absoluta de las tinieblas. 

Alberto Martínez Urueña 19-09-2014