viernes, 31 de enero de 2014

Más allá del discurso

 
Pues no, no me había olvidado de mi columna, ni nada parecido. Primero, que he estado liado, actualizando contactos y grupos del correo, así que no eres de los afortunados a los que he olvidado meter en la lista. Quizá eres alguien que no sabías de mí desde hace años, o incluso puedes estar preguntándote por qué te llega este texto. Sólo recordaré la siempre presente opción de borrar el correo y añadir mi dirección a la lista de no deseados. O incluso mandarme una respuesta indicándome que no tienes el más mínimo interés en recibir mis reflexiones. La libertad es un valor escaso, pero en lo que se concierne a mí, imprescindible.
En segundo lugar, porque la actualidad me lo pone muy complicado, y no por defecto de motivos, si no por sobresaturación de ellos. Aquellos que expresan su opinión a diario en columnas de todo tipo tienen barra libre donde elegir, pero los que dejamos pasar una o dos semanas entre comentarios, y no nos fijamos específicamente en cada una de las noticias, la situación que vivimos hace que los análisis se parezcan demasiado unos a otros. Te mueves entre la indignación por el latrocinio de derechos, el cabreo por las estafas monetarias y financieras, y la incredulidad ante las explicaciones públicas que rozan unas veces la desvergüenza y otras directamente la mentira. Visto desde una cierta distancia, compruebas como nuestros dirigentes han pasado de actuar pensando que la gente no se entera –o no se quiere enterar– a directamente emitir discursos carentes de toda lógica y veracidad. Es decir, han pasado de tomarnos por tontos a mentirnos en la cara como si no nos diéramos cuenta.
Con el tiempo y desde esa distancia de la que hablo, me he dado cuenta de que las dos corrientes políticas mayoritarias se diferencian en un punto fundamental, que por otro lado les hace parecer iguales: la parte de la vida conciudadana que pretenden regular. Los llamados conservadores prefieren actuar sobre cuestiones sociales que tienen que ver con la moralidad y la conciencia; al mismo tiempo, ofrecen libertad en el campo de la economía y el dinero, considerando que los mercados se autorregulan por sí mismos. Los considerados progresistas pretenden regular estos últimos, coartando la actuación de los agentes económicos en los mercados de capitales; mientras, abogan por la liberalización del mercado del hacer humano, apelando a la conciencia individual como único mediador entre las personas y sus actos. No es todo tan claro, pero como aproximación al problema, creo que sintetiza bastante bien la cuestión. Ni que decir tiene en dónde se posiciona éste que os escribe: en el punto medio entre ambas partes, pero con unas consideraciones previas.
En primer lugar, creo que la cúspide de cualquier escala de valores debe estar ocupada por el ser humano y aquellos aspectos que van intrínsecos a su persona. Me refiero a la dignidad de ésta por el hecho de existir, a su valor global más allá de la valoración económica –y por tanto, reduccionista– del producto de su trabajo; al derecho a regir su vida de acuerdo a sus propias convicciones siempre que no se altere la primera de estas consideraciones; a no ser voluntariamente manipulado para que confunda lo que es con lo que no es.
La historia del hombre está preñada de ideologías desde que pretendimos organizarnos en sociedades más o menos complejas. Grandes pensadores –que a veces eran grandes hipócritas– elaboraban sesudas composiciones dialécticas para llegar a conclusiones que ratificasen sus creencias, y de esta manera, ordenar la sociedad a imagen y semejanza del ideal que contuviera sus emociones. Cualquiera de ellas vale, en todo caso, para estudiar cómo se realiza un análisis dialéctico y se ordena una composición filosófica compleja; sin embargo, en la mayoría de los casos, no terminan por elevar al ser humano a la categoría máxima, antes bien le someten a una categoría única, cuando la diversidad es su principal característica.
El discurso político está lleno de grandes ideas, pero todas ellas maximalistas que venden sin solución de continuidad en una cuestión bélica de bandos contrapuestos y únicos. En lugar de establecer cuáles son los nexos de unión, se empeñan en explicitar reiteradamente sus diferencias. Y el problema es que les sale rentable gracias a los que creen escuchar y cribar, y sólo corean proclamas.
Me he movido durante mucho tiempo en el detalle del discurso; sin pretender rehuirlo, me doy cuenta de que la realidad ha de observarse también desde la globalidad de la distancia. Constreñidos en el mensaje fácil y reduccionista del corto plazo, junto con aquello de “si no estás conmigo, estás contra mí”,nos movemos en un plano bidimensional que no permite ver la altura de horizontes que deberíamos pretender alcanzar. Hemos de escapar de la visión diminuta y cortoplacista en la que nos han introducido, pretendiendo acaparar nuestra atención, para contemplar una realidad que es mucho más amplia que la belicista en la que vivimos permanentemente agresivos.

Alberto Martínez Urueña 29-01-2014

martes, 14 de enero de 2014

Detesto la violencia


            Detesto la violencia. Cualquier persona que me conozca sabe que, a pesar de las canciones, de los comentarios más o menos mordaces, de los textos que a veces me salen por este teclado, nunca en mi vida la he defendido. Sin embargo, vemos cómo sucede, cómo las noticias nos ofrecen imágenes más o menos lejanas en las que se desarrolla, y he de reconocer que se me parte el alma. Pero me resulta más complicado digerir esa frase que resuena en nuestros oídos de forma constante y diaria en la que se condena toda clase de violencia y en la que se suele apostillar que cualquiera que recurre a tales métodos pierde la razón que tuviera. En parte, reconozco que me cuesta porque de normal sale de sanguijuelas hemicíclicas a las que me cuesta mucho comprender sus motivos vitales: ver salir un diputado con cara de holopléjico emocional dándonos lecciones a los ciudadanos suele resultarme complicado.
            Y estos días, escuchando las noticias, me preguntaba a qué violencia se referían. No sé exactamente si se refieren a la violencia de los países árabes, la de los indígenas americanos o africanos, a la que vemos contra mamá naturaleza, a la que sufren los niños en el colegio, o a la que sucede en lugares más cercanos, dentro de nuestro país. En todos estos lugares, la violencia galopa como el caballo de Atila e incontables personas, una a una consideradas como individuos particulares, sufren sus crueles mordiscos con mayores o menores alaridos, o incluso estertores. Sin embargo, vi que mi cuestión era totalmente baladí, porque la raíz del problema tiene un mismo origen, destinatario y productor, ya sea allende los mares o a la vuelta de la esquina; o de algunas esquinas, que no todos los lugares son lo mismo.
            Violencia es controlar los designios de otros pueblos por intereses nada dudosos: la pasta por la pasta y el poder por el poder – que por desgracia viene a ser lo mismo. Los países árabes, los latinoamericanos, y no digamos ya los africanos, llevan décadas viendo cómo las decisiones de sus destinos se elaboran en hoteles siete estrellas muy lejos de sus calles y de sus familias, mientras ellos quedan al margen de cualquier beneficio y son literalmente expoliados de todas sus inmensas pero escondidas riquezas.
            Violencia es vivir de espaldas al planeta que te da cobijo, considerando que el dueño de la casa tiene derecho a remodelar toda su estructura. Y claro que el dueño tiene ese derecho, pero los individuos que viven en La Tierra sólo estamos de paso, igual que realquilados de habitación sin factura a los que cualquier día mamá naturaleza echa a la calle, y olvidarlo es sumamente violento para el siguiente inquilino.
            Violencia es lo que está sucediendo en nuestro país: por poner un ejemplo cercano, todos los sucesos de Burgos. También lo que está sucediendo con la minería esquilmada por políticos vendidos y empresarios piratas, o la Educación de los futuros adultos de este país dogmatizada por políticos tiranos, o la conciencia individual de las mujeres embarazadas, o la sanidad arrebatada a los que se ven obligados a emigrar de su tierra y de su familia mientras ven cómo salen de las cifras del paro y así se maquilla su tragedia vital. Es violencia defender salarios de subsistencia porque haya alguna lógica económica que preconice mayores beneficios o crecimientos del PIB, y es violencia que los discursos se retuerzan para poder concluir que cuatrocientos euros al mes no destruyen la dignidad de la persona.
            Dirán lo que quieran, pero me parece sumamente violenta aquella frase tan actual hoy en día de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” y que se ha instalado en la política no sólo de nuestro país de cortijo y señorito – realmente nunca la hemos erradicado de nuestro sistema social–, sino en toda esa corriente ideológica europea de pseudoliberalismo que subvenciona económica y legislativamente sin ningún pudor los negocios que les interesa. Esa misma corriente de conservadurismo y dudosa ideología democristiana que cree justo pedir esfuerzos tales como vivir durante varios años con subsidios que no llegan ni para poner la calefacción en invierno. Es violento eso, que los hijos del pueblo pasen frío y hambre en esta todopoderosa Unión Europea que se congratula de sí misma por ser insensible y dura con los que “no se esfuerzan”.
            Por eso, no estoy de acuerdo con ningún tipo de violencia; sin embargo, me viene a la cabeza una imagen: una de esas personas que sufren todo lo anterior, y que yace tirada y exhausta en el suelo de la marginal social. Tiene sobre el cuello la suela del zapato de alguno de estos señoritos de cortijo, y ve su sonrisa de prepotencia mientras le va colando una tras otra todas las injusticias a las que se considera con derecho a colar por ser de tal o cual casta, o tal cuna. El sometido ha estado manifestándole su opinión de forma pacífica, por activa y por pasiva, al respecto de semejante situación; pero del hijoputa que le tiene contra el suelo sólo obtiene bonitas palabras y sonrisas ambiguas. Y declaraciones condenando todo tipo de violencia.
            Así que, aunque no lo defiendo, entiendo que al tipo ése que sufre la suela sobre el cuello, le llegue un momento en que intente levantarse; y a lo mejor para ello, le tiene que retorcer el tobillo al hijoputa con lo que ello conlleva. Ojo, no lo justifico, que nadie entienda mal, pero quizá en el intento de recuperar la dignidad que le han robado con la extrema violencia que se maneja hoy en día, haga perder ligeramente ciertos equilibrios.

Alberto Martínez Urueña 14-01-2014

sábado, 21 de diciembre de 2013

¿Dónde estaban?

            No creo en la violencia, por eso, cuando veo a conciudadanos obligados a recurrir a ella, siento que nuestra tan avanzada sociedad está corrompida desde la misma base. Resulta tan evidente que falla algo que no puedo si no buscar los motivos.
            Creo ser una persona más o menos razonable y no tengo enemigos por clases; de hecho, tengo grandes amigos que delinquen y otros que han de perseguirles desde las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Yo mismo he incumplido alguna vez la ley y no he creído que si un policía me hubiera cazado, él fuera el hijo de puta y yo un incomprendido. Más aún, después de conseguir mi oposición y comprobar que en esta vida de funcionario lo que hacemos es cumplir órdenes más o menos cuestionables.
            Pero estamos continuamente rodeados de ataques y provocaciones, de embestidas  y amenazas cuando menos dialécticas, proferidas de forma sistemática y sin posible censura. Nos expolian para aumentar los beneficios de un 0,001% –quizá sea menor el porcentaje– que controla nuestros designios como sociedad por un lado y como individuo por otro, con la incomprendida justificación de que lo hacen por nuestro bien. Igual que en el Medievo –salvando las evidentes distancias– cuando purificaban las almas en las plazas del pueblo pensando en la vida eterna del quemado; o nos cobran un precio desmedido por los servicios que podemos considerar básicos, igual que antaño cuando exigían a cambio la virginidad de las desposadas. No es una cuestión de comparar aquellas barbaridades con pagar más o menos dinero o con ver como algo que es de la sociedad pasa a manos privadas, pero la indolencia con que se hace puede llegar a cobrar parecidos asombrosos. En resumidas cuentas, no deja de ser la dirección y utilización de seres humanos por otros seres humanos carentes de empatía.
            Hoy en día, en España, sucede de forma continua, y de manera exacta. Antaño, el pueblo llano compuesto por súbditos y villanos, quizá no veía en toda su vida al rey por el que daba la vida –ya que esta le pertenecía– en sus tierras o en sus guerras; únicamente llegaba a verle pasar en algún evento público y quedaba maravillado por sus artísticas gentilezas. A los que conocían muy bien eran a sus tropas regulares encargadas de expropiarles, a los gobernadores que controlaban las regiones y a los perros de caza que les perseguían sin piedad cuando no cumplían. Estos, además, podían conocer alguna parte de sus reales edificios si sus delitos eran lo suficientemente importantes: quizá alguna mazmorra húmeda y llena de ratas, o quizá el patio del cadalso en donde se bailaría al ritmo del viento por última vez.
            En la actualidad, tampoco les conocemos, aunque intuyamos sus cargos; en cambio, sus secuaces aparecen de vez en cuando en público, enseñándonos sus dominios y maravillándonos con sus fastos, haciéndonos creer que están al alcance de nuestros dedos. A los que conocemos muy bien son a sus peleles: los brazos políticos que se encargan de acaparar las instituciones –herramientas creadas por ellos mismos para dar la falsa sensación de plebiscito al villano–, los brazos armados –no las tropas de infantería, sino los generales– a los que no les tiembla el pulso a la hora de enviar ciudadanos a agredir a otros ciudadanos, y los brazos empresariales en donde bregan personajes siniestros como los consejeros delegados de las grandes compañías, perros de presa dispuestos a cualquier cosa con tal de parecer dignos a sus señores y poder comer las migajas que se les caen de la mesa.
            Hoy está pasando todo esto en España, y el problema es que las personas, una a una, están empezando a intuir que las antiguas rebeliones no sirvieron para nada, que sólo fue aquello de “a rey muerto, rey puesto”, y que al ciudadano siempre le tocará pagar la factura de una forma u otra. Perdemos todos los avances logrados en la segunda mitad del pasado siglo a sabiendas de que la justificación es mentira y que sólo sucede que los señores les han dicho a sus perros que ya basta de entregar más a la plebe. Drenan lo poco que teníamos, se lo llevan a sus cortijos y de ahí ya no vuelve a salir, y nosotros somos cada vez más, con cada vez menos. Las pensiones, la sanidad, la educación, los derechos de reunión, manifestación, huelga, el acceso a una vivienda digna, la libertad de expresión, el aborto, los derechos laborales, sociales, a una justicia gratuita, rápida y de calidad… ¿Necesitáis que siga? Todo esto, nos dicen, es porque no hay dinero; sin embargo, sabemos que lo único que sucede es que el dinero se lo ha montado para que nadie lo toque. Lo que pasa es que nuestro Gobierno llegó prometiendo cosas que no iba a cumplir con la auténtica finalidad de construir un sistema social a medida para quienes dictan las órdenes y retrotraernos a esa época en donde la protesta era castigada con la sanción y la cárcel, en donde los ciudadanos buscaban rivales entre sus vecinos y en donde una casta reducida dirigía los designios por nuestro bien mientras ellos se llenaban los bolsillos. Me preguntaba desde hacía años donde había quedado la extrema derecha en España: estaba escondida, esperando la mejor oportunidad para volver a agarrar por los huevos esto que ellos consideran su cortijo.


Alberto Martínez Urueña 21-12-2013

domingo, 1 de diciembre de 2013

Desamparados


            Ciertamente reconozco que leer mis textos sobre actualidad política y sociedad tiene que suponer un ímprobo esfuerzo anímico para evitar caer en la depresión más absoluta. Ya no es sólo la crisis económica que nos machaca de manera sistemática día tras día; se unen una gran cantidad de perrerías de toda índole que parecen querer confirmar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Si tuviera que describir la sensación colectiva que nos envuelve, elegiría el desamparo más absoluto: vivimos en un lugar oscuro y frío al arbitrio de los lobos que rodean nuestro campamento, preparados para dar un nuevo mordisco sin que nadie esté dispuesto a defendernos. Hay quien intenta levantar la voz para decirnos: “¡Defendeos vosotros! No os dejéis maltratar de esa manera”. Pero la realidad parece imponerse una y otra vez, y nos aplasta con la sentencia de que no hay posible actitud que nos salve de los depredadores.
            Ya no es sólo que no haya quien nos proteja de ellos, sino que quienes deberían hacerlo, se han convertido en los matones de discoteca que no nos dejan entrar en su fiesta. Estos, por un lado, tienen un discurso más o menos populista, elaborado mediante argumentos en los que nadie cree porque hemos visto que son insulto continuo; y por otro lado, ya sabemos que bailan un ritmo que ninguno de nosotros ha decidido marcarles. Más aún, somos el llamado factor trabajo, una pieza más del engranaje que utilizan seres que parecen humanos para sus aviesos propósitos; en este juego, quienes deberían protegernos, acaban ofreciéndonos en sacrificio en el altar de la economía capitalista, en donde el panteón existente está repleto de hienas.
            Ocupados en estas cuestiones, a nuestros secuestradores a penas les queda tiempo para gastarlo en problemas que nos acosan y que nada tienen que ver con el sistema económico fraudulento y podrido en el que estamos cautivos. Otros aspectos de la sociedad para los que les necesitamos, a fin de que nos doten de herramientas eficaces de defensa, quedan olvidados y sólo cuando la situación clama venganza ponen cara lánguida y se presentan ellos mismos también como víctimas, cuando son partícipes necesarios por su flagrante pasividad.
            Durante muchos años, y de esto guardo perfecto recuerdo, la sociedad española ha vivido escandalizada al ver cómo los culpables de espantosos delitos quedaban libres, convirtiendo a la Justicia en una meretriz de la que nadie puede fiarse, que promete grandes placeres y que te roba la cartera sin que te des cuenta. Los políticos españoles no han tenido el más mínimo pudor dejando de legislar durante largos años aspectos cruciales para la paz social. No hablo siquiera en la dudosa necesidad de venganza y resarcimiento de las víctimas de actos terribles; les ha quedado demasiado grande poner en funcionamiento algo tan simple como un sistema jurídico con el que los ciudadanos se sientan seguros y al menos sepan las reglas con que jugamos en un Estado de Derecho de un país que se dice primermundista.
            Todos los problemas surgidos con la doctrina Parot son un claro ejemplo de cómo los políticos han sido incapaces de dotarnos de un Código Penal como el que quiere cualquier persona medianamente sensata; en gran parte porque viven aislados de tales demandas, sordos los oídos y acallados los gritos por su propia autocomplacencia. Cuando un tribunal jurídico con la relevancia del de Derechos Humanos sentenció que se vulneraron preceptos fundamentales, nuestros representantes se han saltado cualquier noción de vergüenza torera al incluirse entre las víctimas, lugar que no les corresponde. Además, en un ejercicio de irresponsabilidad absoluta y vergonzosa, han cuestionado tanto la autoridad como el sentido de la sentencia de un tribunal que, insisto, defiende los Derechos Humanos, abriendo la posibilidad de que sentencias posteriores sean igualmente cuestionadas. Los culpables de que veamos salir de la cárcel a personajes de lo más siniestro, sobre los que la inmensa generalidad de la ciudadanía considera que no han cumplido la deuda contraída, son esos que no fueron capaces de dotarnos de un Código Penal a la altura. Por ello, cuando les veo salir en horario de máxima audiencia poniendo cara de pena y relatándonos lo indignados que están, me entra una mala hostia que no os hacéis idea. El esperpento rayó el absurdo cuando algunos de ellos, la mayoría peperos de pro, aparecieron en una manifestación en contra del Tribunal mencionado. Ya después, recapacitando, recordé que a esos señores tan elegantes de cara compungida se la sudan los derechos humanos, y que llevan poniendo trabas a que se investiguen crímenes contra la humanidad desde hace décadas. Me quedaron claras ciertas cosas, como el uso que están haciendo de una herramienta que nadie en su sano juicio democrático comprende como es el indulto gubernamental. Yendo a lo concreto, el silogismo que nos ofrecieron para justificar su presencia en tal manifestación demostró que a esta gente se la trae al pairo buscar un buen motivo para hacerlo, lo que denota la opinión que tienen del vulgo al que dicen representar.
            Así que más les valdría sacarse de la boca tanta palabrería y volver a la cueva a la que pertenecen. Ya sabemos que son unos demagogos y que juegan para los grandes; que en las fiestas que éstos organizan son los bufones y que no se pierden una para ver qué es lo que se cae de las mesas, como los perros de los señores feudales. Yo, por mi parte, concluyo como siempre: sigo buscando la manera de modificar todo esto, pero en lo que lo encuentro, al menos no rendiré mi conciencia y mi voto al brazo político que nos quiere de rodillas y en silencio.


Alberto Martínez Urueña 30-11-2013

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Déjate la piel en el intento


            No puedo evitar mandaros este texto porque, aunque no soy partidario de la urgencia, hay cuestiones que no se pueden dejar pasar. Sobre todo, cuando esas cuestiones afectan a lo más importante que puede haber en este planeta como es la vida humana. Sobre todo, cuando lo escucho en la radio y lo primero que me sale por la boca son espumarajos, siendo yo una persona que tiene al equilibrio por una gran virtud.
            Ha surgido, y ya ha tardado, una nueva controversia con nuestro responsabilísimo Gobierno. Poco a poco va dejando claras sus intenciones de imponer por la fuerza su propio sistema ideológico a pesar de las protestas generalizadas cada vez que se saca de la manga una nueva reforma. Lo estamos viendo con la sanidad, con la educación, con la ley de seguridad ciudadana, la ley del aborto, la de las pensiones, la del mercado laboral, los rescates financieros… ¿Os parecía poco? Bien, porque ahora le ha tocado el tiempo a la política de inmigración.
            Me está costando expresar lo que siento, dándole vueltas para, con una cierta concreción, plasmar lo que me arde por dentro. Caer en la demagogia es demasiado fácil, y con esto, estaría dando posibilidades al enemigo, que en este caso, pretende justificar la mutilación y la agresión física a otros seres humanos. Hablo de enemigos, efectivamente, casi en cualquiera de las acepciones que admite la RAE, porque, aunque haya muchos convecinos que no se hayan enterado todavía, estamos en guerra.
            Hay múltiples guerras, y muchas más que ha habido en la antigüedad. Todas ellas tienen víctimas, normalmente en ambos bandos. No hay casi ninguna guerra buena, y la inocencia o culpabilidad puede desdibujarse con demasiada sencillez, aunque no creo que eso de que en la guerra no hay buenos. Sin embargo, hay una guerra en la que las cosas están más o menos claras, en la que hay buenos y malos, y las víctimas sólo están en una de las facciones: los que van en contra de los seres humanos y los que consideran que la vida humana y su dignidad es intocable. Están los que justifican el daño con criterios (normalmente económicos) más o menos elaborados y los que consideramos que hay daños que no se pueden permitir bajo ningún concepto.
            África, el gran olvidado, está siempre en la picota, y normalmente, sus ciudadanos son las víctimas en cualquier tesitura que se exponga. Son increíblemente ricos en materias primas, y se hace lo imposible para quitárselas; se les venden armas obsoletas y se perpetúan sus guerras para poder dar salida al excedente de aquéllas; se les regatea la ayuda humanitaria hasta el mínimo céntimo y se les deja morir de hambre; se mira hacia otro lado cuando se violan sus derechos, sus propiedades e incluso sus cuerpos, negándose a intervenir siempre que no haya intereses egoístas de por medio. Y cuando intentan salir, o incluso sobrevivir, saliendo de este infierno olvidado y provocado por nuestros gobiernos, se les criminaliza.
            Te encuentras con personas que no quieren formarse una opinión al respecto, y cuando se plantea el problema pasan por encima; a otros, les resulta desagradable que les hables de ello y les parece de mal gusto que salgan imágenes de niños pequeños condenados a la muerte más infame; incluso, te encuentras a quienes les acusan de querer venir a quitarnos lo nuestro. Nosotros les hemos quitado todo, así que, ¿qué otra opción les dejamos? Les pedimos, eso sí, después de todas las tropelías que han sufrido por nuestro afán desmedido de crecimiento económico, después de haber visto sufrir o incluso morir a los suyos, que sean educados y tengan clara su posición en esta sociedad que no es la suya. Que si se quedan aquí, que no molesten. Esto no es demagogia, ésta es la incómoda realidad que nos rodea no demasiado lejos. Tan cerca que están al otro lado de una línea imaginaria, formada no se sabe muy bien cómo ni cuándo, y sobre la que volcamos más esfuerzos para evitar que pasen que para conseguir que coman.
            Ahora, esa línea está en remodelación. Nuestro queridísimo presidente del Gobierno, jefe de un partido político donde se esconde la auténtica extrema derecha de nuestro país desde la muerte de Franco, está sacando a relucir esa corriente ideológica intrínseca de personas absolutamente necias e ignorantes que propugnan soluciones que nunca sirvieron para solucionar problemas que ellos mismos crearon. Que defienden esa idea de prepotencia que nos eleva a nosotros, cáncer del planeta, sobre seres humanos que sólo quieren sobrevivir, casi sin pretender aspirar a una dignidad que nosotros consideramos básica. Y para ello, en esa línea que se inventaron hace tiempo, no sé sabe cómo ni cuándo, colocan cuchillas, y nos intentan hacer creer que sólo causan daños menores y erosiones superficiales.
            No diré nada más, porque es tan evidente el engaño que no hay palabras que se expresen mejor que los hechos. El que tenga dudas, que ponga una de esas cuchillas con el filo hacia el cielo y que luego la pise, o que la agarre con fuerza. Está claro que sólo un gilipollas se acercaría. Eso, o quizá uno de esos desheredados, a los que la motivación que traen no les deja otro remedio, y desesperados, se cuelgan de las vallas a sabiendas de que pueden dejarse la piel (nunca mejor dicho) en el intento.


Alberto Martínez Urueña 27-11-2013