sábado, 21 de diciembre de 2013

¿Dónde estaban?

            No creo en la violencia, por eso, cuando veo a conciudadanos obligados a recurrir a ella, siento que nuestra tan avanzada sociedad está corrompida desde la misma base. Resulta tan evidente que falla algo que no puedo si no buscar los motivos.
            Creo ser una persona más o menos razonable y no tengo enemigos por clases; de hecho, tengo grandes amigos que delinquen y otros que han de perseguirles desde las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Yo mismo he incumplido alguna vez la ley y no he creído que si un policía me hubiera cazado, él fuera el hijo de puta y yo un incomprendido. Más aún, después de conseguir mi oposición y comprobar que en esta vida de funcionario lo que hacemos es cumplir órdenes más o menos cuestionables.
            Pero estamos continuamente rodeados de ataques y provocaciones, de embestidas  y amenazas cuando menos dialécticas, proferidas de forma sistemática y sin posible censura. Nos expolian para aumentar los beneficios de un 0,001% –quizá sea menor el porcentaje– que controla nuestros designios como sociedad por un lado y como individuo por otro, con la incomprendida justificación de que lo hacen por nuestro bien. Igual que en el Medievo –salvando las evidentes distancias– cuando purificaban las almas en las plazas del pueblo pensando en la vida eterna del quemado; o nos cobran un precio desmedido por los servicios que podemos considerar básicos, igual que antaño cuando exigían a cambio la virginidad de las desposadas. No es una cuestión de comparar aquellas barbaridades con pagar más o menos dinero o con ver como algo que es de la sociedad pasa a manos privadas, pero la indolencia con que se hace puede llegar a cobrar parecidos asombrosos. En resumidas cuentas, no deja de ser la dirección y utilización de seres humanos por otros seres humanos carentes de empatía.
            Hoy en día, en España, sucede de forma continua, y de manera exacta. Antaño, el pueblo llano compuesto por súbditos y villanos, quizá no veía en toda su vida al rey por el que daba la vida –ya que esta le pertenecía– en sus tierras o en sus guerras; únicamente llegaba a verle pasar en algún evento público y quedaba maravillado por sus artísticas gentilezas. A los que conocían muy bien eran a sus tropas regulares encargadas de expropiarles, a los gobernadores que controlaban las regiones y a los perros de caza que les perseguían sin piedad cuando no cumplían. Estos, además, podían conocer alguna parte de sus reales edificios si sus delitos eran lo suficientemente importantes: quizá alguna mazmorra húmeda y llena de ratas, o quizá el patio del cadalso en donde se bailaría al ritmo del viento por última vez.
            En la actualidad, tampoco les conocemos, aunque intuyamos sus cargos; en cambio, sus secuaces aparecen de vez en cuando en público, enseñándonos sus dominios y maravillándonos con sus fastos, haciéndonos creer que están al alcance de nuestros dedos. A los que conocemos muy bien son a sus peleles: los brazos políticos que se encargan de acaparar las instituciones –herramientas creadas por ellos mismos para dar la falsa sensación de plebiscito al villano–, los brazos armados –no las tropas de infantería, sino los generales– a los que no les tiembla el pulso a la hora de enviar ciudadanos a agredir a otros ciudadanos, y los brazos empresariales en donde bregan personajes siniestros como los consejeros delegados de las grandes compañías, perros de presa dispuestos a cualquier cosa con tal de parecer dignos a sus señores y poder comer las migajas que se les caen de la mesa.
            Hoy está pasando todo esto en España, y el problema es que las personas, una a una, están empezando a intuir que las antiguas rebeliones no sirvieron para nada, que sólo fue aquello de “a rey muerto, rey puesto”, y que al ciudadano siempre le tocará pagar la factura de una forma u otra. Perdemos todos los avances logrados en la segunda mitad del pasado siglo a sabiendas de que la justificación es mentira y que sólo sucede que los señores les han dicho a sus perros que ya basta de entregar más a la plebe. Drenan lo poco que teníamos, se lo llevan a sus cortijos y de ahí ya no vuelve a salir, y nosotros somos cada vez más, con cada vez menos. Las pensiones, la sanidad, la educación, los derechos de reunión, manifestación, huelga, el acceso a una vivienda digna, la libertad de expresión, el aborto, los derechos laborales, sociales, a una justicia gratuita, rápida y de calidad… ¿Necesitáis que siga? Todo esto, nos dicen, es porque no hay dinero; sin embargo, sabemos que lo único que sucede es que el dinero se lo ha montado para que nadie lo toque. Lo que pasa es que nuestro Gobierno llegó prometiendo cosas que no iba a cumplir con la auténtica finalidad de construir un sistema social a medida para quienes dictan las órdenes y retrotraernos a esa época en donde la protesta era castigada con la sanción y la cárcel, en donde los ciudadanos buscaban rivales entre sus vecinos y en donde una casta reducida dirigía los designios por nuestro bien mientras ellos se llenaban los bolsillos. Me preguntaba desde hacía años donde había quedado la extrema derecha en España: estaba escondida, esperando la mejor oportunidad para volver a agarrar por los huevos esto que ellos consideran su cortijo.


Alberto Martínez Urueña 21-12-2013

domingo, 1 de diciembre de 2013

Desamparados


            Ciertamente reconozco que leer mis textos sobre actualidad política y sociedad tiene que suponer un ímprobo esfuerzo anímico para evitar caer en la depresión más absoluta. Ya no es sólo la crisis económica que nos machaca de manera sistemática día tras día; se unen una gran cantidad de perrerías de toda índole que parecen querer confirmar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Si tuviera que describir la sensación colectiva que nos envuelve, elegiría el desamparo más absoluto: vivimos en un lugar oscuro y frío al arbitrio de los lobos que rodean nuestro campamento, preparados para dar un nuevo mordisco sin que nadie esté dispuesto a defendernos. Hay quien intenta levantar la voz para decirnos: “¡Defendeos vosotros! No os dejéis maltratar de esa manera”. Pero la realidad parece imponerse una y otra vez, y nos aplasta con la sentencia de que no hay posible actitud que nos salve de los depredadores.
            Ya no es sólo que no haya quien nos proteja de ellos, sino que quienes deberían hacerlo, se han convertido en los matones de discoteca que no nos dejan entrar en su fiesta. Estos, por un lado, tienen un discurso más o menos populista, elaborado mediante argumentos en los que nadie cree porque hemos visto que son insulto continuo; y por otro lado, ya sabemos que bailan un ritmo que ninguno de nosotros ha decidido marcarles. Más aún, somos el llamado factor trabajo, una pieza más del engranaje que utilizan seres que parecen humanos para sus aviesos propósitos; en este juego, quienes deberían protegernos, acaban ofreciéndonos en sacrificio en el altar de la economía capitalista, en donde el panteón existente está repleto de hienas.
            Ocupados en estas cuestiones, a nuestros secuestradores a penas les queda tiempo para gastarlo en problemas que nos acosan y que nada tienen que ver con el sistema económico fraudulento y podrido en el que estamos cautivos. Otros aspectos de la sociedad para los que les necesitamos, a fin de que nos doten de herramientas eficaces de defensa, quedan olvidados y sólo cuando la situación clama venganza ponen cara lánguida y se presentan ellos mismos también como víctimas, cuando son partícipes necesarios por su flagrante pasividad.
            Durante muchos años, y de esto guardo perfecto recuerdo, la sociedad española ha vivido escandalizada al ver cómo los culpables de espantosos delitos quedaban libres, convirtiendo a la Justicia en una meretriz de la que nadie puede fiarse, que promete grandes placeres y que te roba la cartera sin que te des cuenta. Los políticos españoles no han tenido el más mínimo pudor dejando de legislar durante largos años aspectos cruciales para la paz social. No hablo siquiera en la dudosa necesidad de venganza y resarcimiento de las víctimas de actos terribles; les ha quedado demasiado grande poner en funcionamiento algo tan simple como un sistema jurídico con el que los ciudadanos se sientan seguros y al menos sepan las reglas con que jugamos en un Estado de Derecho de un país que se dice primermundista.
            Todos los problemas surgidos con la doctrina Parot son un claro ejemplo de cómo los políticos han sido incapaces de dotarnos de un Código Penal como el que quiere cualquier persona medianamente sensata; en gran parte porque viven aislados de tales demandas, sordos los oídos y acallados los gritos por su propia autocomplacencia. Cuando un tribunal jurídico con la relevancia del de Derechos Humanos sentenció que se vulneraron preceptos fundamentales, nuestros representantes se han saltado cualquier noción de vergüenza torera al incluirse entre las víctimas, lugar que no les corresponde. Además, en un ejercicio de irresponsabilidad absoluta y vergonzosa, han cuestionado tanto la autoridad como el sentido de la sentencia de un tribunal que, insisto, defiende los Derechos Humanos, abriendo la posibilidad de que sentencias posteriores sean igualmente cuestionadas. Los culpables de que veamos salir de la cárcel a personajes de lo más siniestro, sobre los que la inmensa generalidad de la ciudadanía considera que no han cumplido la deuda contraída, son esos que no fueron capaces de dotarnos de un Código Penal a la altura. Por ello, cuando les veo salir en horario de máxima audiencia poniendo cara de pena y relatándonos lo indignados que están, me entra una mala hostia que no os hacéis idea. El esperpento rayó el absurdo cuando algunos de ellos, la mayoría peperos de pro, aparecieron en una manifestación en contra del Tribunal mencionado. Ya después, recapacitando, recordé que a esos señores tan elegantes de cara compungida se la sudan los derechos humanos, y que llevan poniendo trabas a que se investiguen crímenes contra la humanidad desde hace décadas. Me quedaron claras ciertas cosas, como el uso que están haciendo de una herramienta que nadie en su sano juicio democrático comprende como es el indulto gubernamental. Yendo a lo concreto, el silogismo que nos ofrecieron para justificar su presencia en tal manifestación demostró que a esta gente se la trae al pairo buscar un buen motivo para hacerlo, lo que denota la opinión que tienen del vulgo al que dicen representar.
            Así que más les valdría sacarse de la boca tanta palabrería y volver a la cueva a la que pertenecen. Ya sabemos que son unos demagogos y que juegan para los grandes; que en las fiestas que éstos organizan son los bufones y que no se pierden una para ver qué es lo que se cae de las mesas, como los perros de los señores feudales. Yo, por mi parte, concluyo como siempre: sigo buscando la manera de modificar todo esto, pero en lo que lo encuentro, al menos no rendiré mi conciencia y mi voto al brazo político que nos quiere de rodillas y en silencio.


Alberto Martínez Urueña 30-11-2013

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Déjate la piel en el intento


            No puedo evitar mandaros este texto porque, aunque no soy partidario de la urgencia, hay cuestiones que no se pueden dejar pasar. Sobre todo, cuando esas cuestiones afectan a lo más importante que puede haber en este planeta como es la vida humana. Sobre todo, cuando lo escucho en la radio y lo primero que me sale por la boca son espumarajos, siendo yo una persona que tiene al equilibrio por una gran virtud.
            Ha surgido, y ya ha tardado, una nueva controversia con nuestro responsabilísimo Gobierno. Poco a poco va dejando claras sus intenciones de imponer por la fuerza su propio sistema ideológico a pesar de las protestas generalizadas cada vez que se saca de la manga una nueva reforma. Lo estamos viendo con la sanidad, con la educación, con la ley de seguridad ciudadana, la ley del aborto, la de las pensiones, la del mercado laboral, los rescates financieros… ¿Os parecía poco? Bien, porque ahora le ha tocado el tiempo a la política de inmigración.
            Me está costando expresar lo que siento, dándole vueltas para, con una cierta concreción, plasmar lo que me arde por dentro. Caer en la demagogia es demasiado fácil, y con esto, estaría dando posibilidades al enemigo, que en este caso, pretende justificar la mutilación y la agresión física a otros seres humanos. Hablo de enemigos, efectivamente, casi en cualquiera de las acepciones que admite la RAE, porque, aunque haya muchos convecinos que no se hayan enterado todavía, estamos en guerra.
            Hay múltiples guerras, y muchas más que ha habido en la antigüedad. Todas ellas tienen víctimas, normalmente en ambos bandos. No hay casi ninguna guerra buena, y la inocencia o culpabilidad puede desdibujarse con demasiada sencillez, aunque no creo que eso de que en la guerra no hay buenos. Sin embargo, hay una guerra en la que las cosas están más o menos claras, en la que hay buenos y malos, y las víctimas sólo están en una de las facciones: los que van en contra de los seres humanos y los que consideran que la vida humana y su dignidad es intocable. Están los que justifican el daño con criterios (normalmente económicos) más o menos elaborados y los que consideramos que hay daños que no se pueden permitir bajo ningún concepto.
            África, el gran olvidado, está siempre en la picota, y normalmente, sus ciudadanos son las víctimas en cualquier tesitura que se exponga. Son increíblemente ricos en materias primas, y se hace lo imposible para quitárselas; se les venden armas obsoletas y se perpetúan sus guerras para poder dar salida al excedente de aquéllas; se les regatea la ayuda humanitaria hasta el mínimo céntimo y se les deja morir de hambre; se mira hacia otro lado cuando se violan sus derechos, sus propiedades e incluso sus cuerpos, negándose a intervenir siempre que no haya intereses egoístas de por medio. Y cuando intentan salir, o incluso sobrevivir, saliendo de este infierno olvidado y provocado por nuestros gobiernos, se les criminaliza.
            Te encuentras con personas que no quieren formarse una opinión al respecto, y cuando se plantea el problema pasan por encima; a otros, les resulta desagradable que les hables de ello y les parece de mal gusto que salgan imágenes de niños pequeños condenados a la muerte más infame; incluso, te encuentras a quienes les acusan de querer venir a quitarnos lo nuestro. Nosotros les hemos quitado todo, así que, ¿qué otra opción les dejamos? Les pedimos, eso sí, después de todas las tropelías que han sufrido por nuestro afán desmedido de crecimiento económico, después de haber visto sufrir o incluso morir a los suyos, que sean educados y tengan clara su posición en esta sociedad que no es la suya. Que si se quedan aquí, que no molesten. Esto no es demagogia, ésta es la incómoda realidad que nos rodea no demasiado lejos. Tan cerca que están al otro lado de una línea imaginaria, formada no se sabe muy bien cómo ni cuándo, y sobre la que volcamos más esfuerzos para evitar que pasen que para conseguir que coman.
            Ahora, esa línea está en remodelación. Nuestro queridísimo presidente del Gobierno, jefe de un partido político donde se esconde la auténtica extrema derecha de nuestro país desde la muerte de Franco, está sacando a relucir esa corriente ideológica intrínseca de personas absolutamente necias e ignorantes que propugnan soluciones que nunca sirvieron para solucionar problemas que ellos mismos crearon. Que defienden esa idea de prepotencia que nos eleva a nosotros, cáncer del planeta, sobre seres humanos que sólo quieren sobrevivir, casi sin pretender aspirar a una dignidad que nosotros consideramos básica. Y para ello, en esa línea que se inventaron hace tiempo, no sé sabe cómo ni cuándo, colocan cuchillas, y nos intentan hacer creer que sólo causan daños menores y erosiones superficiales.
            No diré nada más, porque es tan evidente el engaño que no hay palabras que se expresen mejor que los hechos. El que tenga dudas, que ponga una de esas cuchillas con el filo hacia el cielo y que luego la pise, o que la agarre con fuerza. Está claro que sólo un gilipollas se acercaría. Eso, o quizá uno de esos desheredados, a los que la motivación que traen no les deja otro remedio, y desesperados, se cuelgan de las vallas a sabiendas de que pueden dejarse la piel (nunca mejor dicho) en el intento.


Alberto Martínez Urueña 27-11-2013

domingo, 24 de noviembre de 2013

El corto plazo de las tripas


            Uno de mis momentos de mayor gusto y sosiego a lo largo del día suele ser, independientemente de la hora, escuchar tranquilamente las noticias, sobre todo cuando estoy en la cocina, entretenido con sartenes y cazuelas. Una de las últimas se refería al alcalde de Badalona, cuyo nombre no me sé ni me da la gana buscarlo en Google, y su entrada en los juzgados debido a la genial idea que tuvo en campaña electoral de lanzar panfletos en los que invitaba al pueblo, y también al populacho, a verter todo su odio contra la población de rumanos de su localidad. La entrada del susodicho, al parecer, se convirtió en la llegada victoriosa de Julio César después de reventar a los pueblos bárbaros con sus legiones debido a la algazara con que una masa disforme le recibía y alentaba en su lucha contra la Justicia.
            Vale, ya sé lo que van a argumentar algunos de los que lean el texto, y es que los rumanos a su país. Y cuando les recuerde la chavalería española que se larga a otros países con el tema de la crisis, dirán que estos van con contrato de trabajo. Por último, cuando recuerde que muchos de ellos van a la aventura, se defenderá que ellos saben comportarse, no como ese raro espécimen que campa cada fin de semana por las calles de nuestras ciudades montando gresca. Evidentemente, como sociedad tenemos que encontrar los medios para proteger a cada uno de los individuos que la conforman, pero el paso a la demagogia y después al racismo y a la xenofobia es tan fino que conviene tener claros ciertos extremos.
            Pero la reflexión era más sobre la estampa ofrecida que sobre el fondo del asunto. Al escuchar la noticia y recapacitar sobre ella me di cuenta de que en esa imagen sonora que me describían, plasmaban perfectamente el retrato de lo que sucede en este país que no se deja salvar por nadie. Por un lado, los líderes con capacidad de poder, siempre dispuestos a sacar a pasear el argumento más ladino, y por otro lado, la masa inculta y grosera, siempre dispuesta a tragar cualquier silogismo barato que le sirva de escusa para sacar el psicópata carnicero que lleva en las tripas.
            La responsabilidad de las personalidades con una visibilidad pública es más que evidente. No hay más que observar como los niños y adolescentes, ávidos de ejemplos a los que seguir, imitan en todo tipo de detalles a aquellos que tienen suficiente capacidad mediática. Se reclama, por ejemplo, en deportes de masas o en programas televisivos una ejemplaridad para evitar extender comportamientos incívicos: no hace tanto tiempo, en estadios de fútbol podíamos ver cómo energúmenos con la cara tapada y protegidos detrás de banderas de dudosa procedencia se dedicaban a linchar verbalmente a quien se pusiera a tiro. No hace demasiado tiempo, digo, en esta sociedad tan avanzada.
            Y luego está la contraparte. Esa colectividad que formamos entre todos nosotros, orgullosa de su incultura y de su cainismo más descarnado, siempre dispuesta a exponer suficientes razones para justificar el linchamiento en plaza pública. O lo que es lo mismo, a defender al personaje independientemente de sus actos; es decir, a justificar las mayores (o menores) tropelías en base a las simpatías que despierte el sujeto. No es de extrañar que éstos se esfuercen con tesón en practicar todas las artes necesarias del engaño y la tergiversación, convirtiendo el ejercicio de una actividad como la política en un simple mercantilismo de imagen, cuando deberían esforzarse en llevarlo al altar de la dialéctica y la contraposición de ideas, plaza que le corresponde. Añadido a esto, el pueblo inculto, siempre dispuesto a caer en el adocenamiento y en la incultura de masas que nos ofrecen envasada en guiones perfectamente estudiados y procesados, no está dispuesto a perder el tiempo usando la herramienta de la razón que la naturaleza le otorgó en aras de evitar que le tomen por estúpido. Caemos continuamente en clichés como el que afirma inservible informarse debidamente y formar un criterio propio sólido, aunque siempre flexible y preparado para corregir los errores que contenga.
            Pero lo peor de todo es que siempre estamos dispuestos a buscar o aceptar la excusa para que, con burdas engañifas, nos entresaquen (y nos dejemos entresacar) el carácter latino que tenemos y que nos lleva una y otra vez a la explosión emocional y a la búsqueda de soluciones a cortísimo plazo en lugar de tratar de sobreponernos al mensaje fácil y vacío que nos manipula y nos lleva de la mano al ocio fraternal y la guerrilla de portal y descansillo. En lugar de huir de los mensajes de mitin y cuña publicitaria en las noticias, dejamos que nos toquen el botón de la adrenalina y saltamos furiosos unos contra otros como monos de circo mientras ellos se reparten en pastel, al tiempo que se descojonan de la risa ante el espectáculo de toda una masa estúpida incapaz de ver escuchar las carcajadas por encima de sus propios insultos.
            La noticia me tocó la fibra, os lo aseguro, pero sobre todo por ver que la sociedad evolucionada y primermundista, avanzada y con cultura que dicen que somos acaba convertida en un eslogan y que, a las primeras de cambio, tenemos una gran masa crítica dispuesta a volver a las cavernas intelectuales y convertirse en seres irracionales de los que cualquiera con unos mínimos medios puede aprovecharse. No es que nos hagan, que también: es que nos dejamos.


Alberto Martínez Urueña 24-11-2013

miércoles, 23 de octubre de 2013

Las trampas del futuro


            Quería señalar un par de cosas, en plan aviso para navegantes, porque hay ciertos detalles que se escapan al vulgo; y, del mismo modo que yo agradezco al experto deportivo las indicaciones a la hora de comprarme un calzado adecuado, al respecto de la economía, hay que estar más a escuchar y menos a sazonar la actualidad con frases sacadas del horno de tertulianos que igual valen para un roto que para un descosido.
            Ésa es la primera de las matizaciones que quería plantear, y es que, aquí en España todos somos seleccionadores naciones, expertos en moda, hábiles directores de cine, doctores en medicina, y así hasta el infinito. Nadie admite dos extremos fundamentales. El primero, que de aquello de lo que no entiendes es mejor no hablar demasiado, porque se nota la ignorancia en dos frases mal dichas, y quedas en el más absoluto de los ridículos. Es mucho más inteligente acudir a personas que tengan una fiabilidad por sus méritos objetivos, no a periodistas de los que hablaba antes, y mucho menos, a políticos pertenecientes a partidos políticos de muy dudosos intereses. Porque los expertos, aunque tengan su propia ideología, al menos la mayoría de las veces hacen –me consta–  planteamientos inteligentes y basados en conocimientos contrastables.
            El segundo extremo, es tratar de vislumbrar los condicionamientos que todos llevamos entreverados en lo que nos gusta denominar como ideas propias. No en vano, somos hijos de una familia con sus ideas, acudimos a un determinado colegio, tuvimos unos amigos, nos movemos en ciertos círculos sociales… Negar la influencia que todos esos factores que nos han rodeado tienen sobre nosotros es de simples necios.
            La segunda parte del texto va sobre las pensiones. Pocas cosas hay en el panorama actual tan sujeto a una supuesta objetivación científica cuando en realidad es una conceptualización ideológica y moral. No en vano, hablamos del incierto futuro, y de ése, lo único que sabemos es que todos acabaremos calvos y huesudos, o en su defecto, en una urna. Sí, la construcción del modelo de pensiones en ese santo reino de taifas llamado España –también en todos los demás países de nuestro entorno sociocultural y económico– es una conceptualización ideológica que no está tan sujeta a verdades científicas –como el resto de la Economía– como pretenden hacernos creer.
            Nos han estado hablando durante los últimos años, desde que nuestro querido ZP les metió mano, de que el modelo español es insostenible y que, debido a esto, ha de ser ampliamente reformado. Casualidades de la vida, la reforma que plantean, como está ocurriendo en todas las facetas de la economía actual, obedece a una sistemática y fascista ideología única y (malentendida) liberal construida exclusivamente para que los fondos de inversión globalizados succionen los últimos recursos que queden después de las canalladas bancarias de los últimos años. Y estaréis pensando que este argumento no deja de ser otra conceptualización ideológica como la que estoy criticando: no me queda más remedio que daros la razón, pero matizaré ciertos aspectos.
            Primero, y por encima de todo, en mi conceptualización –que es la de otros muchos, os lo puedo asegurar– existen más realidades que la que yo planteo, y por lo tanto, admito la posibilidad de debatir y después llegar a acuerdos y soluciones compartidas, extremo éste que hoy en día se niega de manera sistemática. Por otro lado, y dirigida esta apreciación muy especialmente a los amantes de la teoría económica como yo –tengo grandes amigos en ese lado–: si en una economía cíclica tomas como datos absolutos sólo los relativos a una parte del ciclo, todas las proyecciones que hagas serán poco fiables.
            Quiero mencionar que nadie ha planteado como posible solución las siguientes medidas (POLÍTICAS): primero, favorecer el mercado laboral de manera consistente –no los equilibrismos de hoy en día–  para aumentar la tasa de empleo; segundo, una educación que forme a las futuras generaciones para potenciar los empleos de alto valor añadido; tercero, una política de natalidad que aumente la tasa de nacimientos y solucione los problemas demográficos; cuarto, una reforma fiscal de la que llevamos hablando los economistas desde hace más de diez años que permita evitar las caídas de recaudación que sufre este país cada vez que la economía se constipa y que dote de fondos suficientes al sistema…
            Estas cuestiones no las digo sólo yo, un pobre licenciado en Economía por una Universidad de segunda en un país de tercera, aunque se me ocurrieran hace tiempo. Son ideas planteadas con absoluta seriedad por catedráticos y doctores de Universidad; si bien es cierto que pueden tener ideología, plantean soluciones alternativas que deberían ser tenidas en cuenta en una planificación tan importante como es el futuro de uno de los colectivos más débiles de una sociedad: nuestros ancianos. No reclamo que se haga lo que yo y aquellos en los que creo decimos, sino que esta manera sistemática de eliminar las ideas contrapuestas sea eliminada –son dignas de más absoluto de los totalitarismos– y que se abra el debate a otras propuestas y alternativas. Quizá el siglo veinte fuera el siglo de las dictaduras personales; quizá el siglo veintiuno sea el siglo de las dictaduras que no se ven, pero que están ahí, eliminando igualmente y de manera sistemática uno de los factores más enriquecedores para ser humano: la posible contraposición de ideas.


Alberto Martínez Urueña 23-10-2013