miércoles, 16 de octubre de 2013

Prejuicios


            Al margen de que tenga una gran cantidad de razonamientos para considerar basura televisiva a los programas llamados reality-shows, esto no implica que sepa y eche un vistazo de vez en cuando a alguno de ellos. Vivo en una sociedad de la imagen y la comunicación de la que creo que debo saber qué es lo que contiene para hacerme una idea más o menos concreta de la realidad que se fabrica en ella. El fenómeno de los realities comenzó hace ya más de una década, y se puede considerar como un espectáculo en el que se genera una verdadera realidad que viven personas de carne y hueso, en contraposición con la ficción que pueden ofrecer series televisivas o películas con un guión preestablecido y que pretende contar una historia concreta. En el caso de los realities, el guión va surgiendo sobre la marcha a medida que los participantes van interaccionando entre ellos. No voy a ser tan ingenuo como para pensar que éstos no están dirigidos de alguna manera: no en vano, el negocio televisión no puede dejar al libre albur todas las cuestiones inesperadas que pueden dar al traste con el programa, aunque sólo fuera condicionando a los participantes para que tengan tal o cual reacción emocional en determinados momentos. El principal problema que tengo con ese tipo de programas, grosso modo, es que ofrecen una realidad que no me interesa lo más mínimo en la que participan personas que no conozco, y por lo tanto, no me sugieren nada. Habrá quien diga que eso mismo ocurre con las películas o con las series de ficción que comentaba antes: quizá tengáis razón, y no he empezado este texto para polemizar sobre cuestiones inherentes a tal debate.
            Hay otros realities que, sin pretender exacerbar de manera más o menos artificial los ánimos de los protagonistas, y por derivación, los de los televidentes, ofrecen de forma documental una realidad concreta. Les hay sobre personas que viajan, otros, sobre personas que viven en culturas diferentes a las suyas… El último del que he visto unos minutos de metraje ha sido el conocido como “Palabra de gitano”. En él, nos ofrecen la perspectiva de este colectivo tan particular ante diversos temas más o menos polémicos, y normalmente conflictivos. Una sociedad como la gitana, que conserva tradiciones culturales que vienen de hace siglos, plantean respuestas a problemas como la homosexualidad, el matrimonio, la relación hombre-mujer, que en un mundo aparentemente avanzado como el nuestro resultan bastante chocantes.
            No voy a plantear aquí una especie de nostalgia con cuestiones de otras épocas que, en determinados foros, siempre se plantean queriendo afirmar que algunos aspectos culturales que hemos dejado atrás deberían ser conservados. El honor, la familia, la fidelidad de la pareja, la responsabilidad con los tuyos, están muy presentes en los grupos de gitanos, y es muy fácil caer en la afirmación de tales ideas fáciles y no escarbar en la superficie para comprender una problemática mucho más profunda. No en vano, estas cuestiones son virtudes loables, pero las consecuencias de no cumplirlas, en ocasiones, distan mucho de conservar el halo de beatitud que pueden tener. La marginación, el oprobio o incluso las consecuencias de castigos físicos en caso de incumplimiento son el reverso tenebroso de divinizar ideas más o menos grandilocuentes y ponerlas por encima del propio ser humano. No en vano, la fidelidad marital es una virtud a tener en cuenta, pero las consecuencias de su infracción en ciertas culturas hacen que alguien pueda morir lapidado.
            Es curioso, viendo ciertas costumbres como la del pañuelo durante las bodas, como, de alguna manera, nos horroriza ver que esas cosas continúen pasando en nuestro país. No estamos hablando de cuestiones tan espantosas como la ablación del clítoris, pero el diferente trato otorgado a la mujer con respecto al hombre estas cuestiones no deja de llamarnos la atención. Son costumbres que, de alguna manera, parece que hemos dejado atrás en nuestro mundo avanzado. O si no, la marginación absoluta que sufren los homosexuales, que dejan de ser considerados por sus amigos y vecinos, y es considerado como una afrenta al honor de la familia. Hace años esto también pasaba en España: los homosexuales eran castigados; los malos tratos a las mujeres, perdonados e incluso justificados; y así un largo etcétera que hace de nuestra historia no tan lejana una zona bastante siniestra que muchos se empeñan en dejar en el olvido. Muchas de estas cuestiones, como siempre, parten de anteponer ideas a personas, y la mayoría, de ver el aspecto externo del problema, la imagen que de ella se tiene, por encima del trasfondo humano que pueda contener, seguramente mucho más rico que los prejuicios que pueden condenar a un ser humano al desprecio. Y pensando en estas cosas, me pregunté a mí mismo, y por eso, quise escribir este texto: “¿cuántos prejuicios más tendremos sobre nuestra estructura mental que condenan a otros seres humanos al desprecio?” No en vano, en nuestra soberbia evolutiva, nos vemos a nosotros mismos libres de pensamiento, y cuando señalamos con el dedo a otras personas por conductas que consideramos reprobables, lo hacemos con la completa seguridad de nuestra censura. Exactamente igual que un gitano exigiendo su derecho a la virginidad de la novia, pudiendo él haber profanado antes la de muchas otras.


Alberto Martínez Urueña 16-10-2013

jueves, 10 de octubre de 2013

Mi otoño


            Hay muchas veces que me pregunto a mí mismo los motivos que me llevan a escribir en esta columna las injusticias y egoísmos que podemos ver a lo largo del día. Sería más sencillo hacer textos sosegados en los que desgranara ideas diferentes, más relacionadas con el ser humano como individuo personal que con la vida que múltiples individuos desarrollan en las distintas agrupaciones a las que pertenecen. De alguna manera, todos nosotros tendemos a intentar dejar salir aquello que nos angustia o nos cabrea, sobre todo cuando nos afecta de alguna manera, ya sea de forma directa o indirecta. No creo que sea únicamente el derecho inalienable que tenemos a la pataleta; siempre he creído que hay aspectos más profundos en la cuestión.
            Así, cuando en un mismo día se solapan la aprobación de una ley como la de Educación con la noticia de que en España hay hoy en día tres millones de personas viviendo con menos de trescientos euros al mes, he de reconocer que me cuesta permanecer ajeno. Podemos incluir el discurso del ministro Montoro asegurando que los salarios en nuestro país no se han visto reducidos, o cualquier otro de cualquier grupo político en el que estéis pensando. Por un lado, tenemos una legislación educativa que adolece del principal aspecto que ha de tener: el consenso; antes bien, ha sido aprobada sin el más mínimo acuerdo, con un marcado acento ideológico, tanto desde un punto de vista político como religioso, que la condena nuevamente a ser revisada al primer vaivén partidista del hemiciclo.
            Como veis, todo son artificios que guardan la subrepticia intención de desviar la atención del gran público hacia pequeñas vergüenzas para que no seamos capaces de ver las grandes. Sobre todo, teniendo en cuenta la atención dispersa, desentrenada y gratuita que normalmente sobrevive en la conciencia de la persona occidental. Hay situaciones tan sumamente graves que no admiten el lapso de tiempo y la paciencia que solicitan nuestros mandatarios que, absortos en su propia realidad, son totalmente incapaces de empatizar con el sufrimiento de varios millones de conciudadanos. Eso, sin contar con que quizá su concepción social pueda ser muy cercana al mundo que pretenden dejarnos a los que venimos detrás de ellos, un mundo donde las premisas básicas consistan en vernos unos a otros como elementos llamados factor trabajo en constante competencia y con la primera obligación de forzarnos al límite para alcanzar la perfección competitiva en nuestro despeño. Un mundo donde el ser humano deje de ser el punto gravitacional sobre el que gire todo el sistema.
            Esto no es demagogia, no es un brindis al sol cuando hablamos de conceptualizaciones sociales. Hay personas que justifican las más perversas desigualdades entre seres humanos; desigualdades humanas devenidas de situaciones de lo más diversas, como puedan ser la educación recibida, las capacidades innatas y cualquier otro motivo que pueda sufragar la factura que han de pagar a su conciencia para justificar el engaño. El engaño de tener mayores o menores merecimientos materiales y emocionales. Hay cosas innegociables, y el que defienda la postura que condena a seres humanos a la subsistencia y a la marginación nunca tendrá la razón que busca con su retorcida lógica. Hay cosas innegociables, repito: no hay ninguna ciencia o racionamiento que pueda poner valoraciones al sufrimiento humano, y el que crea lo contrario es el más malo de la película. El que crea lo contrario es un absoluto ignorante –digo bien, un absoluto ignorante, no me callo–, y esto es algo igualmente innegociable; en esto no estoy dispuesto a admitir la idea del respeto contrario ni a tolerar razonamientos vacíos de humanidad: soy totalmente intolerante con la idea de que penetre en mi ser cualquier noción que defienda que existe algo más importante que el ser humano, uno por uno, persona a persona, se llame como se llame o venga de donde venga. Lo contrario, repito, es ignorancia.
            Y de nuevo, me he visto en la necesidad de escribir una columna social, más allá de las inquietudes personales e internas que me acompañan, y de las que dejo pinceladas de vez en cuando en la red. ¿Qué objetivo puede llevarme a sacar de dentro todo lo que os dejo entrever en estos textos? Sobre todo, teniendo en cuenta de que soy capaz de entender que pertenezco a esta sociedad que tanto critico, y participo de alguna manera del daño que nos rodea, que a veces nos asfixia incluso, y que nos exige pagar un precio en ocasiones bastante más alto del que parece. Sobre todo, teniendo en cuenta que puedo estar tirando piedras sobre mi propio tejado. ¿Qué utilidad tiene dejar que el aire virtual de Internet se pueda llevar las hojas de este otoño en el que parece que permanentemente me hallo? Quizá algún día lo entienda, y a lo mejor dejo de hacerlo. Mientras tanto, seguiré en esta brecha, intentando dar algún sentido a cada frase en donde me deshago.


Alberto Martínez Urueña 10-10-2013

domingo, 6 de octubre de 2013

Cuando se apaga el miedo


            En esta vida, los comentarios generalizadores, aglutinantes y masificadores son absolutamente inservibles. Hay personas que prefieren las clasificaciones y las definiciones simplificadoras para hacer una cuestión más sencilla: la cuestión de opinar y formarse una opinión propia, y guiar tu vida según ese criterio. Por desgracia, hay múltiples intereses dedicados a lanzar proclamas, tratando de vender la suya como la verdadera para que te adhieras a ella como lo hace la cinta de carrocero al cartón. Esta es una dinámica tan extendida y aceptada que incluso se considera mucho más reprobable, más allá de elegir una contraria, obviar todas ellas. No suelen tener una clara aceptación esas personas que esperan, observan y, después, generan un híbrido raro que se parece un poco a lo que piensan todos, pero que tiene bordes y aristas que raspan la sensibilidad de cada uno. Por ejemplo, un personaje adinerado que es altruista, un policía antidisturbios que tiene sentimientos, un votante de derechas que no se pliega a las órdenes de la curia, un rojo casi negro al que no le gusta el descontrol social…
            Nos gustan las definiciones, es así de simple, nos hacen la vida más comprensible y nos ayudan a saber a dónde acercarnos y de lo que huir. Confiamos en ellas porque creemos que nos permiten saber de qué palo va un personaje por los signos externos de su comportamiento y aspecto; porque nos permite estructurar nuestras ideas en base a lo que se supone que implica cada concepto. Nos dan la falsa sensación de que tenemos una base lógica para toda nuestra pirámide de prioridades en la que apoyamos gran parte de nuestra existencia personal y social. De alguna forma, nos evitan la incertidumbre de la vida cotidiana y nos da seguridad. Nos apartan de un sentimiento que no nos gusta nada: el miedo.
            No deja de ser uno de los motores de la conciencia humana, junto con el deseo. El miedo es un latido en el interior de cada uno de nosotros que nos arrastra con una fuerza de la que muchas veces no somos conscientes, y maquillamos actitudes con una lógica en ocasiones dudosa para alejarnos lo más posible de aquello que nos asusta. Lo vemos casi a diario en las personas que nos rodean, a las que sorprendemos con actuaciones desconcertantes por las fobias que se han pegado como una costra supurante a la estructura de su personalidad. Si no fuera por el miedo de ver la enorme cantidad de incoherencias miedosas de las que nos componemos, lo veríamos también en nosotros mismos sólo con observarnos bajo el prisma del mínimo atrevimiento.
            Otras veces, disfrazamos de gustos o querencias la opción que nos aleja del temor a lo desconocido, a lo incoherente, a lo desconcertante. El ser humano necesita poder explicar el mundo que le rodea mediante las herramientas de la dialéctica para superar la continua angustia que de otra manera le bloquearía. O al menos, eso pensamos, o eso llevamos impreso en la conciencia colectiva y en la idiosincrasia que, de una forma u otra, nos introduce la sociedad desde que nacemos.
            Hay personas a las que hablarles de todo esto no tiene ningún sentido. Carecen de la curiosidad necesaria para escudriñar en su interior y descubrir los secretos que todos nosotros portamos. Prefieren un mundo con manual de instrucciones en el que, al comenzar y, después, según vas consiguiendo lograr los distintos hitos marcados, te entregan aquellos paquetes con el contenido predeterminado que se considera necesario para una vida satisfactoria. Quizá parezca que aplico una cierta crítica a esa opción, pero tengo cada vez menos claro la necesidad de sancionar tales actitudes: las opciones de cada persona son propias, al igual que las motivaciones, y cada vez veo con más claridad que lo único importante en esta vida es intentar evitar el sufrimiento, tanto el propio como el ajeno.
            Sin embargo, para otros, en algún momento de su existencia, se enciende un interruptor en el que el miedo al descubrimiento disminuye y, por otro lado, la curiosidad se hace más y más acuciante. Eliges qué convenciones sociales aceptas y cuáles prefieres obviar, y aceptas pagar el precio al respecto. De alguna manera, te apartas de la sociedad en mayor o menor medida, eliges salirte del camino trillado y explorar el prado que discurre a su vereda; poco a poco, quizá encuentras algo novedoso, algo que ilumina el sendero ignoto que se va abriendo a tus pies y, a pesar de que el discurrir por él puede ser solitario y te aleje del sendero conocido, contiene una poesía que llena tus instantes como no lo habían hecho antes los párrafos prosaicos de la planificación social.
            Cada uno encuentra algo para sí y no es necesario entregárselo a las palabras, ni contárselo a cada cuneta del recorrido en donde vas dejando el lastre de otras épocas. Sin embargo, a pesar de lo desconocido, el miedo se va disipando, igual que cuando, de pequeños, vencimos el miedo a la oscuridad. Para encontrar la satisfacción personal sólo hay que olvidarse de todos los miedos innecesarios (y en ocasiones interesados) que la sociedad nos ha ido introduciendo y andar por ese camino por el que, de una forma u otra, una vocecilla interior nos va guiando.


Alberto Martínez Urueña 6-10-2013

sábado, 21 de septiembre de 2013

Uniformidad y deporte


            Acabo de leer una noticia en los medios digitales y he sentido la imperiosa necesidad de sentarme delante del teclado. Esta vez va a ir de deporte, del deporte en España y de cómo se ve que funciona la rueda que lo arrolla todo. La historia mencionada habla de la poca repercusión mediática que han tenido los últimos éxitos deportivos de nuestras selecciones nacionales femeninas, y a ese respecto estoy totalmente de acuerdo con el hecho y con la frustración que puede suponer para ellas.
            Sé cuál es el argumento a favor de que las cosas sigan como hasta ahora, y que tales eventos queden marginados a la mínima expresión de una pequeña columna en un diario, o una de las últimas páginas si se trata de prensa especializada: los medios de comunicación sólo retransmiten aquello que demanda el público y que hace rentable la emisión. No deja de ser un argumento en pro de la profesionalización absoluta del deporte hasta sus máximas consecuencias, y los defensores de las leyes económicas de la oferta y la demanda así lo propugnan. Visto de otra manera, no deja de ser el mismo argumento para que año tras año tengamos estiércol en horario de máxima audiencia con rostros perfectamente conocidos y responsables del adocenamiento nacional.
            Sin embargo, y siguiendo por esos derroteros, no deja de ser igualmente cierto que se usan técnicas de marketing para ampliar mercados, y precisamente por eso, hoy en día, tengo amigos que se gastan más pasta que una titi en cremas y lociones para la jeta. Este hilo argumental lo podemos enmadejar con la repercusión mediática que tiene, en otras zonas del globo, deportes diferentes e igualmente femeninos. Es decir, no hablo más que de aplicar presión para que, además de consumir el deporte que hoy en día se consume, se aumente la oferta hacia otros campos.
            Y esto nos puede llevar a quien considere deportes menores a todos aquellos que no sean fútbol y, residualmente, baloncesto, y en base a tales argumentos, predique la doctrina del pensamiento único deportivo en los grandes medios. Es un razonamiento respetable, y no seré yo quien lo critique, pero con tal silogismo basado en los méritos de lo retransmitido, hemos llegado a una televisión en la que, al parecer, los únicos responsables de los beneficios, y por tanto merecedores de sus frutos, son dos equipos de un único deporte en todo el territorio español.
            Recuerdo aquellas épocas de jornadas de fútbol a las cinco de la tarde, y quizá un partido importante fuera de horario; aquellos carruseles deportivos en los que los locutores se quedaban afónicos durante dos o tres horas de retransmisión, dando gritos cada vez que el pitido que anunciaba algún tanto en algún estadio hacia que te mordieras las uñas por si acaso estaba involucrado tu equipo. Hoy sólo vivimos eso en las últimas jornadas si acaso hay intereses demasiado confrontados.
            Por otro lado, víctimas de toda la vorágine de las técnicas de manipulación que utilizan las organizaciones del ocio, vemos todo el términos de blanco y negro, duales, de enfrentamientos agresivos y cada vez más masificados en los que ser del equipo de tu ciudad no se considera casi ni socialmente lícito. Al igual que caemos presos en los engaños de la publicidad para comprar el móvil último modelo, el coche más rápido y la televisión más grande, nos dejamos retrotraer de nuestros posibles gustos a los ÚNICOS gustos permitidos por la sociedad de la imagen, del éxito y de la competitividad.
            Todo esto, para mí, rompe con cualquier otro razonamiento que no me deje disfrutar de lo minoritario, ya sea deporte femenino o cine asiático. Tenemos una televisión digital con más canales de los que ha habido nunca en nuestro país, pero da la sensación de que cada vez hay menos posibilidades –salvo que pagues el dineral que cuesta la televisión por cable–; exactamente pasa igual con el resto de los aspectos de la vida, en una cultura que rehúye lo diferente y pretende uniformizar los gustos, los deseos y las necesidades, y por tanto a las personas. Ofrecen razonamientos plausibles y perfectamente construidos para justificar sus decisiones y actuaciones apelando a la divina razón, aunque éstas puedan ser humanamente equivocadas; si no estáis de acuerdo conmigo, mirad la situación económica y social y quizá entendáis de lo que hablo: una situación en la que la lógica económica nos obliga a mirar hacia otro lado si vemos sufrimiento, a veces a justificarlo e, incluso en otras ocasiones, a jalearlo como algo positivo.
            Una sociedad que da cabida a toda la tipología humana posible, en donde se admitan y respeten cada una de sus diferencias es, evidentemente, más complicada, pero sin lugar a dudas, mucho más enriquecedora y, sin lugar a dudas, más humana. Esas ideas de uniformidad que propugnan quienes no son capaces de autoafirmarse más que por el beneplácito de la masa sólo son falacias mentales producidas por el miedo.
            Así que por favor: un poquito más de baloncesto femenino en la tele.


Alberto Martínez Urueña 21-09-2013

domingo, 8 de septiembre de 2013

Otra derrota

            Vuelvo de nuevo por estos andurriales tecnológicos con ganas de comentar un poco las últimas jugadas que nos hemos tragado los españoles. El verano ha sido especialmente candente en lo que se refiere a actualidad, y es que nuestros representantes se empeñan una y otra vez en demostrar su incompetencia y su falta de saber estar; y para los que estamos pendientes, mirando sin pudor, se nos hace cuesta arriba ver a personajes tan dudosamente preparados (al margen de la pinta de mafiosos) ocupando tales cargos. Y antes de nada afirmo que ser Registrador de la Propiedad, Abogado del Estado o cualquier otro cargo de demostración memorística no garantiza en modo alguno un simple sentido común necesario cuando hablamos de tanta responsabilidad.
            Lo más inmediato de todo, si queremos hablar de actualidad candente, sería tratar a vuela pluma el asunto de las Olimpiadas. Antes de nada, decir que como buen deportista, no me habría importado que Madrid hubiera sido elegida como sede para el dos mil veinte: las oportunidades de haber podido ver in situ alguna prueba del certamen deportivo más importante era realmente algo realmente goloso. Sin embargo, resulta que a la tercera no ha ido la vencida, y la elegida ha sido la megalópolis más poblada del planeta, es decir, Tokio. Obviedades aparte, hay que decir que ni en una reunión con la difusión de una elección de sede, los españoles hemos podido evitar llamar atención de la mala. Todo se empezó a fraguar cuando los políticos de turno quisieron hacerse la foto en la tribuna, y claro, no se dieron cuenta de que no tiene nada que ver dar un discurso en un polideportivo ante militantes adocenados de tu partido, con aplauso asegurado y baño de masas incluido, que hacerlo ante gente medianamente seria, internacional y con más mundo que un seiscientos. Nuestro orgullo pasaba por saber hacer un Power Point, un video y poco más, porque nuestro presidente del Gobierno no sabe hablar más que en un castellano mal pronunciado y la alcaldesa de Madrid se dejó ella sola en evidencia dando un discurso en un inglis de Lavapiés que abochornaría a todo un rebaño de toros de Osborne. Además, con la dicción especial para niños de tres años y retrasados mentales (con todo el respeto al colectivo de los disminuidos psíquicos), los miembros de COI debían estar pensando que les se había colado en la parranda el doblador de Pocoyó.
            Al margen de estas tesituras, no voy a ser yo quien juzgue si Madrid era la mejor candidatura o no: para eso había jueces con sus propios criterios marcando las normas de elección, normas que realmente nadie conoce y que no están sujetas a parámetros objetivos. Puede parecer justo o no, pero cuando participas en el asunto sabes a qué atenerte. Es como en las elecciones generales, que sabes que te mienten cada vez que salen a la palestra a soltar proclamas que vitorean esos a los que el discursito de la Botella les haya parecido fabuloso (seguramente tenga al profesor de idiomas en casa): pedir explicaciones resulta vano e iluso. Yendo un poco más allá, justo a eso de las diez menos cuatro de la noche hora local, empezaron, algunos, a demostrar el auténtico colmillo ibérico, e iniciaron la búsqueda de responsables, comenzaron a dar explicaciones repletas de subterfugios e intereses velados, a explicar las cosas no en base a que quizá Tokio fuera mejor candidatura, si no en base a la manía que nos tienen en esos mundos de Dios. Es muy probable que eso de la sede sea un politiqueo más, ciertamente, pero los que clamaban al cielo, como nuestro queridísimo y beatísimo señor Wert, se retrataron perfectamente “creyendo el ladrón…” y lanzando balones fuera, en lugar de buscar bajo el refajo la propias vergüenzas, aparte de demostrar tener muy poca elegancia en el perder. Ojo, no todos hicieron eso; es más, los deportistas en general demostraron que saben qué es eso de competir contra otros: la posibilidad de perder siempre está presente.
            Tragedias al margen, ésta no es sino otra ocasión en la que nuestros políticos dan el callo y la talla… que pueden. Llega un momento en el análisis político que los legos podemos realizar en que te planteas si no sería mejor pagarles cuatro o cinco veces más de lo que cobran por cargo. Quizá de esa manera, y digo sólo quizá, podríamos librarnos de toda una casta polvorienta, nefasta y además mediocre que, haciendo lo que se presupone que va a hacer un político (ya sabéis a qué me refiero), es incapaz de gestionar lo obvio. Por un lado, tenemos los evidentes problemas para controlar a esa gentuza, dignos herederos de toda una saga de salteadores de caminos, extorsionistas, caciques, corsarios y demás representantes de la picaresca hispana; ahí habría que exigir organismos independientes encargados de vigilar la gestión pública según criterios económicos, legales y humanos. Pero por otro lado, quizá si pusiéramos sobre la mesa unos salarios acordes con otros países, esos puestos serían codiciados por personajes que pudieran estar más preparados que la gente guapa que ahora tenemos.


Alberto Martínez Urueña 8-09-2013