domingo, 6 de octubre de 2013

Cuando se apaga el miedo


            En esta vida, los comentarios generalizadores, aglutinantes y masificadores son absolutamente inservibles. Hay personas que prefieren las clasificaciones y las definiciones simplificadoras para hacer una cuestión más sencilla: la cuestión de opinar y formarse una opinión propia, y guiar tu vida según ese criterio. Por desgracia, hay múltiples intereses dedicados a lanzar proclamas, tratando de vender la suya como la verdadera para que te adhieras a ella como lo hace la cinta de carrocero al cartón. Esta es una dinámica tan extendida y aceptada que incluso se considera mucho más reprobable, más allá de elegir una contraria, obviar todas ellas. No suelen tener una clara aceptación esas personas que esperan, observan y, después, generan un híbrido raro que se parece un poco a lo que piensan todos, pero que tiene bordes y aristas que raspan la sensibilidad de cada uno. Por ejemplo, un personaje adinerado que es altruista, un policía antidisturbios que tiene sentimientos, un votante de derechas que no se pliega a las órdenes de la curia, un rojo casi negro al que no le gusta el descontrol social…
            Nos gustan las definiciones, es así de simple, nos hacen la vida más comprensible y nos ayudan a saber a dónde acercarnos y de lo que huir. Confiamos en ellas porque creemos que nos permiten saber de qué palo va un personaje por los signos externos de su comportamiento y aspecto; porque nos permite estructurar nuestras ideas en base a lo que se supone que implica cada concepto. Nos dan la falsa sensación de que tenemos una base lógica para toda nuestra pirámide de prioridades en la que apoyamos gran parte de nuestra existencia personal y social. De alguna forma, nos evitan la incertidumbre de la vida cotidiana y nos da seguridad. Nos apartan de un sentimiento que no nos gusta nada: el miedo.
            No deja de ser uno de los motores de la conciencia humana, junto con el deseo. El miedo es un latido en el interior de cada uno de nosotros que nos arrastra con una fuerza de la que muchas veces no somos conscientes, y maquillamos actitudes con una lógica en ocasiones dudosa para alejarnos lo más posible de aquello que nos asusta. Lo vemos casi a diario en las personas que nos rodean, a las que sorprendemos con actuaciones desconcertantes por las fobias que se han pegado como una costra supurante a la estructura de su personalidad. Si no fuera por el miedo de ver la enorme cantidad de incoherencias miedosas de las que nos componemos, lo veríamos también en nosotros mismos sólo con observarnos bajo el prisma del mínimo atrevimiento.
            Otras veces, disfrazamos de gustos o querencias la opción que nos aleja del temor a lo desconocido, a lo incoherente, a lo desconcertante. El ser humano necesita poder explicar el mundo que le rodea mediante las herramientas de la dialéctica para superar la continua angustia que de otra manera le bloquearía. O al menos, eso pensamos, o eso llevamos impreso en la conciencia colectiva y en la idiosincrasia que, de una forma u otra, nos introduce la sociedad desde que nacemos.
            Hay personas a las que hablarles de todo esto no tiene ningún sentido. Carecen de la curiosidad necesaria para escudriñar en su interior y descubrir los secretos que todos nosotros portamos. Prefieren un mundo con manual de instrucciones en el que, al comenzar y, después, según vas consiguiendo lograr los distintos hitos marcados, te entregan aquellos paquetes con el contenido predeterminado que se considera necesario para una vida satisfactoria. Quizá parezca que aplico una cierta crítica a esa opción, pero tengo cada vez menos claro la necesidad de sancionar tales actitudes: las opciones de cada persona son propias, al igual que las motivaciones, y cada vez veo con más claridad que lo único importante en esta vida es intentar evitar el sufrimiento, tanto el propio como el ajeno.
            Sin embargo, para otros, en algún momento de su existencia, se enciende un interruptor en el que el miedo al descubrimiento disminuye y, por otro lado, la curiosidad se hace más y más acuciante. Eliges qué convenciones sociales aceptas y cuáles prefieres obviar, y aceptas pagar el precio al respecto. De alguna manera, te apartas de la sociedad en mayor o menor medida, eliges salirte del camino trillado y explorar el prado que discurre a su vereda; poco a poco, quizá encuentras algo novedoso, algo que ilumina el sendero ignoto que se va abriendo a tus pies y, a pesar de que el discurrir por él puede ser solitario y te aleje del sendero conocido, contiene una poesía que llena tus instantes como no lo habían hecho antes los párrafos prosaicos de la planificación social.
            Cada uno encuentra algo para sí y no es necesario entregárselo a las palabras, ni contárselo a cada cuneta del recorrido en donde vas dejando el lastre de otras épocas. Sin embargo, a pesar de lo desconocido, el miedo se va disipando, igual que cuando, de pequeños, vencimos el miedo a la oscuridad. Para encontrar la satisfacción personal sólo hay que olvidarse de todos los miedos innecesarios (y en ocasiones interesados) que la sociedad nos ha ido introduciendo y andar por ese camino por el que, de una forma u otra, una vocecilla interior nos va guiando.


Alberto Martínez Urueña 6-10-2013

sábado, 21 de septiembre de 2013

Uniformidad y deporte


            Acabo de leer una noticia en los medios digitales y he sentido la imperiosa necesidad de sentarme delante del teclado. Esta vez va a ir de deporte, del deporte en España y de cómo se ve que funciona la rueda que lo arrolla todo. La historia mencionada habla de la poca repercusión mediática que han tenido los últimos éxitos deportivos de nuestras selecciones nacionales femeninas, y a ese respecto estoy totalmente de acuerdo con el hecho y con la frustración que puede suponer para ellas.
            Sé cuál es el argumento a favor de que las cosas sigan como hasta ahora, y que tales eventos queden marginados a la mínima expresión de una pequeña columna en un diario, o una de las últimas páginas si se trata de prensa especializada: los medios de comunicación sólo retransmiten aquello que demanda el público y que hace rentable la emisión. No deja de ser un argumento en pro de la profesionalización absoluta del deporte hasta sus máximas consecuencias, y los defensores de las leyes económicas de la oferta y la demanda así lo propugnan. Visto de otra manera, no deja de ser el mismo argumento para que año tras año tengamos estiércol en horario de máxima audiencia con rostros perfectamente conocidos y responsables del adocenamiento nacional.
            Sin embargo, y siguiendo por esos derroteros, no deja de ser igualmente cierto que se usan técnicas de marketing para ampliar mercados, y precisamente por eso, hoy en día, tengo amigos que se gastan más pasta que una titi en cremas y lociones para la jeta. Este hilo argumental lo podemos enmadejar con la repercusión mediática que tiene, en otras zonas del globo, deportes diferentes e igualmente femeninos. Es decir, no hablo más que de aplicar presión para que, además de consumir el deporte que hoy en día se consume, se aumente la oferta hacia otros campos.
            Y esto nos puede llevar a quien considere deportes menores a todos aquellos que no sean fútbol y, residualmente, baloncesto, y en base a tales argumentos, predique la doctrina del pensamiento único deportivo en los grandes medios. Es un razonamiento respetable, y no seré yo quien lo critique, pero con tal silogismo basado en los méritos de lo retransmitido, hemos llegado a una televisión en la que, al parecer, los únicos responsables de los beneficios, y por tanto merecedores de sus frutos, son dos equipos de un único deporte en todo el territorio español.
            Recuerdo aquellas épocas de jornadas de fútbol a las cinco de la tarde, y quizá un partido importante fuera de horario; aquellos carruseles deportivos en los que los locutores se quedaban afónicos durante dos o tres horas de retransmisión, dando gritos cada vez que el pitido que anunciaba algún tanto en algún estadio hacia que te mordieras las uñas por si acaso estaba involucrado tu equipo. Hoy sólo vivimos eso en las últimas jornadas si acaso hay intereses demasiado confrontados.
            Por otro lado, víctimas de toda la vorágine de las técnicas de manipulación que utilizan las organizaciones del ocio, vemos todo el términos de blanco y negro, duales, de enfrentamientos agresivos y cada vez más masificados en los que ser del equipo de tu ciudad no se considera casi ni socialmente lícito. Al igual que caemos presos en los engaños de la publicidad para comprar el móvil último modelo, el coche más rápido y la televisión más grande, nos dejamos retrotraer de nuestros posibles gustos a los ÚNICOS gustos permitidos por la sociedad de la imagen, del éxito y de la competitividad.
            Todo esto, para mí, rompe con cualquier otro razonamiento que no me deje disfrutar de lo minoritario, ya sea deporte femenino o cine asiático. Tenemos una televisión digital con más canales de los que ha habido nunca en nuestro país, pero da la sensación de que cada vez hay menos posibilidades –salvo que pagues el dineral que cuesta la televisión por cable–; exactamente pasa igual con el resto de los aspectos de la vida, en una cultura que rehúye lo diferente y pretende uniformizar los gustos, los deseos y las necesidades, y por tanto a las personas. Ofrecen razonamientos plausibles y perfectamente construidos para justificar sus decisiones y actuaciones apelando a la divina razón, aunque éstas puedan ser humanamente equivocadas; si no estáis de acuerdo conmigo, mirad la situación económica y social y quizá entendáis de lo que hablo: una situación en la que la lógica económica nos obliga a mirar hacia otro lado si vemos sufrimiento, a veces a justificarlo e, incluso en otras ocasiones, a jalearlo como algo positivo.
            Una sociedad que da cabida a toda la tipología humana posible, en donde se admitan y respeten cada una de sus diferencias es, evidentemente, más complicada, pero sin lugar a dudas, mucho más enriquecedora y, sin lugar a dudas, más humana. Esas ideas de uniformidad que propugnan quienes no son capaces de autoafirmarse más que por el beneplácito de la masa sólo son falacias mentales producidas por el miedo.
            Así que por favor: un poquito más de baloncesto femenino en la tele.


Alberto Martínez Urueña 21-09-2013

domingo, 8 de septiembre de 2013

Otra derrota

            Vuelvo de nuevo por estos andurriales tecnológicos con ganas de comentar un poco las últimas jugadas que nos hemos tragado los españoles. El verano ha sido especialmente candente en lo que se refiere a actualidad, y es que nuestros representantes se empeñan una y otra vez en demostrar su incompetencia y su falta de saber estar; y para los que estamos pendientes, mirando sin pudor, se nos hace cuesta arriba ver a personajes tan dudosamente preparados (al margen de la pinta de mafiosos) ocupando tales cargos. Y antes de nada afirmo que ser Registrador de la Propiedad, Abogado del Estado o cualquier otro cargo de demostración memorística no garantiza en modo alguno un simple sentido común necesario cuando hablamos de tanta responsabilidad.
            Lo más inmediato de todo, si queremos hablar de actualidad candente, sería tratar a vuela pluma el asunto de las Olimpiadas. Antes de nada, decir que como buen deportista, no me habría importado que Madrid hubiera sido elegida como sede para el dos mil veinte: las oportunidades de haber podido ver in situ alguna prueba del certamen deportivo más importante era realmente algo realmente goloso. Sin embargo, resulta que a la tercera no ha ido la vencida, y la elegida ha sido la megalópolis más poblada del planeta, es decir, Tokio. Obviedades aparte, hay que decir que ni en una reunión con la difusión de una elección de sede, los españoles hemos podido evitar llamar atención de la mala. Todo se empezó a fraguar cuando los políticos de turno quisieron hacerse la foto en la tribuna, y claro, no se dieron cuenta de que no tiene nada que ver dar un discurso en un polideportivo ante militantes adocenados de tu partido, con aplauso asegurado y baño de masas incluido, que hacerlo ante gente medianamente seria, internacional y con más mundo que un seiscientos. Nuestro orgullo pasaba por saber hacer un Power Point, un video y poco más, porque nuestro presidente del Gobierno no sabe hablar más que en un castellano mal pronunciado y la alcaldesa de Madrid se dejó ella sola en evidencia dando un discurso en un inglis de Lavapiés que abochornaría a todo un rebaño de toros de Osborne. Además, con la dicción especial para niños de tres años y retrasados mentales (con todo el respeto al colectivo de los disminuidos psíquicos), los miembros de COI debían estar pensando que les se había colado en la parranda el doblador de Pocoyó.
            Al margen de estas tesituras, no voy a ser yo quien juzgue si Madrid era la mejor candidatura o no: para eso había jueces con sus propios criterios marcando las normas de elección, normas que realmente nadie conoce y que no están sujetas a parámetros objetivos. Puede parecer justo o no, pero cuando participas en el asunto sabes a qué atenerte. Es como en las elecciones generales, que sabes que te mienten cada vez que salen a la palestra a soltar proclamas que vitorean esos a los que el discursito de la Botella les haya parecido fabuloso (seguramente tenga al profesor de idiomas en casa): pedir explicaciones resulta vano e iluso. Yendo un poco más allá, justo a eso de las diez menos cuatro de la noche hora local, empezaron, algunos, a demostrar el auténtico colmillo ibérico, e iniciaron la búsqueda de responsables, comenzaron a dar explicaciones repletas de subterfugios e intereses velados, a explicar las cosas no en base a que quizá Tokio fuera mejor candidatura, si no en base a la manía que nos tienen en esos mundos de Dios. Es muy probable que eso de la sede sea un politiqueo más, ciertamente, pero los que clamaban al cielo, como nuestro queridísimo y beatísimo señor Wert, se retrataron perfectamente “creyendo el ladrón…” y lanzando balones fuera, en lugar de buscar bajo el refajo la propias vergüenzas, aparte de demostrar tener muy poca elegancia en el perder. Ojo, no todos hicieron eso; es más, los deportistas en general demostraron que saben qué es eso de competir contra otros: la posibilidad de perder siempre está presente.
            Tragedias al margen, ésta no es sino otra ocasión en la que nuestros políticos dan el callo y la talla… que pueden. Llega un momento en el análisis político que los legos podemos realizar en que te planteas si no sería mejor pagarles cuatro o cinco veces más de lo que cobran por cargo. Quizá de esa manera, y digo sólo quizá, podríamos librarnos de toda una casta polvorienta, nefasta y además mediocre que, haciendo lo que se presupone que va a hacer un político (ya sabéis a qué me refiero), es incapaz de gestionar lo obvio. Por un lado, tenemos los evidentes problemas para controlar a esa gentuza, dignos herederos de toda una saga de salteadores de caminos, extorsionistas, caciques, corsarios y demás representantes de la picaresca hispana; ahí habría que exigir organismos independientes encargados de vigilar la gestión pública según criterios económicos, legales y humanos. Pero por otro lado, quizá si pusiéramos sobre la mesa unos salarios acordes con otros países, esos puestos serían codiciados por personajes que pudieran estar más preparados que la gente guapa que ahora tenemos.


Alberto Martínez Urueña 8-09-2013

martes, 30 de julio de 2013

Ese algo

            Aseguraré antes de nada que no pretendo ser morboso, ni tampoco aprovechar la coyuntura mediática para soltar una parrafada sin aportar gran sustancia a cambio; sin embargo, pretendo referirme a hechos luctuosos que mejor habría sido que no sucedieran. Hablo de dos tragedias cercanas que, teniendo una dimensión diferente, no dejan por ello de ser dos mazazos para quien lo han sufrido: el accidente de tren gallego y la pérdida recurrente y porfiada de montañeros en las cumbres del planeta.
            Es tedioso escuchar, o incluso declamar como un oráculo griego, sobre las miserias humanas y, de paso, los miserables que las comenten. Me canso muy a menudo de salir a la palestra de mi columna para denunciar conductas desalmadas cometidas por coetáneos más o menos cercanos a mi ordenador. Es muy deprimente rebuscar con pertinaz insistencia entre los diferentes blogs temáticos sobre economía esperando ver alguna columna de los doctos que en ellos escriben que aporte algo de luz y de esperanza al respecto de la crisis económica, pero sobre todo moral, en la que vivimos. Y sobre todo me canso de escuchar los cínicos comentarios de quienes se pretenden al margen de la sociedad en la que viven y critican a diestro y siniestro a todo el que se cruce en su camino, como si las miserias que existen a su alrededor no les afectasen. Odio esos comentarios universales sobre la indecencia humana y sus arrabales basados, en la mayoría de las ocasiones, en que quienes les rodean no han cumplido las expectativas que se tenía de ellos, en que no les han favorecido como consideran que deberían haber hecho, o que se han aprovechado de las circunstancias para bregar en su propio favor.
            Evidentemente no voy a negar que una persona puede volverse una criatura muy egoísta. De hecho, en los últimos años de evolución tecnológica que nos permiten comunicarnos con personas al otro lado del mundo, muchos humanos han perdido la conexión con sus semejantes más cercanos. El espejismo de independencia fruto de estos avances han hecho que muchas personas se crean al margen del resto y, en cierta medida, superiores a quienes aceptan la dependencia inevitable del grupo. Eso ha propiciado individuos capaces de traicionar, manipular –aunque ya existieran con carácter previo a lo largo de la historia—que sirven ahora como mal ejemplo para los críticos.
            Entonces, si todo esto es cierto, ¿cómo introducimos en la ecuación planteada lo sucedido en otras ocasiones? Hay veces en que el ser humano se olvida de sí mismo y corre en pos de otros para ayudarles en situaciones extremas. En unos casos, se enfrentan a las temibles fuerzas de la naturaleza, desatadas con toda su potencia, para intentar llegar a un campamento improvisado a más de siete mil metros, en un desesperado intento por salvar a un compañero del que quizá no hayan siquiera oído hablar. O quizá sí, e incluso pueda ser admirado por ellos; pero mirar hacia arriba, ver la ventisca indomeñable y, aun así, agachar la testa y seguir caminando requiere de muchas dosis de humanidad que, con los comentarios que desprecian la naturaleza humana, queda degradada. En otros casos, cuando los azares del destino –aunque los azares sean un maquinista imprudente o unos terroristas enloquecidos— provocan una matanza, hay individuos que arriesgan todo por ayudar a los que se han quedado imposibilitados de ayudarse a sí mismos. Porque estamos hablando de trozos de cuerpos repartidos por el interior de un vagón, o dentro de un autobús accidentado, o un edificio envuelto en humo con serios riesgos de desplomarse sobre sí mismo. No hablo tan solo de bomberos o policías; hablo también de ciudadanos normales y corrientes que en mitad de la noche salen corriendo hacia las vías del tren y, pretendiendo ayudar a sus semejantes, registran de por vida imágenes que les perseguirán incansables.
            Quizá en situaciones de perentoria urgencia sale algo de nuestro interior. Una especie de zarpazo en las tripas que, antes de pretender protegerte a ti mismo, te lleva a correr hacia unas llamas, o a dejar atrás la seguridad de la playa y adentrarte en el océano. Habrá quien diga que ese gesto irracional no significa nada, pero yo creo todo lo contrario. El ser humano es un ente complejo y en muchas ocasiones retorcido por la ingente cantidad de mensajes que ha recibido a lo largo de su vida; está formado por un animal que somos, una mente construida por la sociedad que nos envuelve y “ese algo” —al que no pondré nombre— que todos llevamos dentro y del que han sido consciente múltiples hombres de todas las épocas y de todas las culturas, por lo que negarlo sería de ciegos: no haber vivido, visto o experimentado algo, no significa que no exista. Me arriesgo a afirmar que “ese algo” es el verdadero ser que somos y que, cuando huimos de las trampas de la mente y la razón, sale con toda su potencia y hace que veamos a nuestros semejantes como parte de algo que formamos todos. Como parte de algo que SOMOS todos.
            Y al margen de toque personal que acabo de dejaros, creo que viene bien una voz honesta que mande al banquillo a todas esas aves carroñeras que se dedican a lanzar peroratas hablando de la indecencia del resto si hacer absolutamente nada por nadie y, a la vez, rendir un pequeño homenaje a la inmensa cantidad de personajes anónimos que, con pequeños detalles individuales, hacen de nuestra raza algo digno a lo que pertenecer.


Alberto Martínez Urueña 28-07-2013

domingo, 21 de julio de 2013

Bochorno

            Se contabilizan cada vez más pruebas de que nos encontramos, en este glorioso país, ante una situación tan esperpéntica que me hace pensar si España es un teatro como el de aquella famosa película llamada “El show de Truman”, en el que el protagonista vivía en un mundo prefabricado para ser emitido las veinticuatro horas del día. En este caso, el plato sería esta España; los protagonistas, ignorantes de su condición irreal, todos nosotros, ciudadanos absortos y anonadados ante el espectáculo; los realizadores, una esperpéntica mano negra dispuesta a robar incluso la vida de los figurantes a fin de sacar el máximo rédito.
            Ha llegado un momento en este bien montado entretenimiento en que las responsabilidades penales no valen para nada porque prescriben, se cambian leyes o se hacen amnistías fiscales. Los hechos más relevantes, a mi juicio, no sustentan ya, ni es necesario, ninguna causa legal que sea punible o -quizá sí-, pero son irrelevantes. Cuando personas a las que se supone inteligencia, honorabilidad, saber hacer y gestionar, altruistas con respecto a los intereses generales de los ciudadanos, se dejan envolver en el circo mediático de los últimos meses, están demostrando una incapacidad tan supina que no resultan necesarios códigos escritos para demostrar nada; antes bien, es suficiente el simple sentido común para que quede rotundamente clara la inconveniencia e incapacidad para continuar en ningún cargo. Personas con un mínimo
raciocinio serán capaces de entender que, aunque una enormidad de pruebas circunstanciales como las que desbordan los medios de comunicación no demuestren una culpabilidad a efectos jurídicos, dejan suficientemente clara la culpabilidad, cuando menos, de estupidez manifiesta e incapacidad para puestos de tamaña responsabilidad.
            Todo ello, sin contar la imagen bochornosa que se destila de nuestro país hacia los medios de comunicación extranjeros: tierra de grandes virtudes e igualmente grandes escándalos. Porque quien no sea capaz de entender que este circo vergonzoso es inasumible, deja claro también que la mayoría de edad y el pleno uso de las capacidades humanas no implican irremediablemente un correcto uso de los mismos, ni el merecimiento de determinados derechos públicos como el sufragio. Evidentemente, no abogaré por retirar éstos en ningún caso, ya que la tentación sería demasiado grande para tanto fascista autotildado de demócrata de atar con cuerda corta a la ciudadanía.
            Os aseguro que me faltan las palabras para explicar el asco que me produce todo el asunto Bárcenas. Relaciones probadas de altos cargos, entre ellos el de nuestro Presidente del Gobierno, con alguien de la catadura su extesorero y exgerente implican una incorrección democrática que debería poder ser sancionada de inmediato y sin posibilidad de recurso. Tener que visionar día tras día la película de miedo que nos están ofreciendo sin que exista ningún mecanismo democrático para poder romper una mayoría absoluta envuelta en semejantes despropósitos nos convierte en rehenes a todos nosotros, ciudadanos de una colectividad cada vez más atónita ante la marcha de una situación a la que permanecemos ajenos a su control e influencia, pero de la que sufrimos cada vez más terribles consecuencias.
            Al margen del plano eminentemente humano, que es el fundamental y que queda cada vez más relegado, ya da igual todo lo que no sea un borrón y cuenta nueva en esta democracia española que se preocupa de lo supletorio y se olvida de lo fundamental. Todo son discursos sobre los asuntos que preocupan a personajes que nadan en la abundancia y se permiten el lujo de hablar de problemas que a nadie interesan realmente, obviando la desesperanza, el sufrimiento e incluso -quién lo diría, entrados ya en el siglo veintiuno- el hambre y la malnutrición infantil. Y ahora, cuando les crecen los enanos y se les evidencian las vergüenzas, pretenden usar su demagogia y su pervertida dialéctica para intentar desviar una atención general que cada vez con más persistencia les asaetea con poderosos y fundados motivos, llegando a argumentar que un presidente no puede estar continuamente hablando de tales jácaras, aunque le afecten directa y sustancialmente.
            Así que de tal manera lo digo: ya no tienen crédito en mi particular banco de elecciones, políticos de hoy en día. No habéis sido capaces de ofrecer absolutamente nada bueno a este país; de hecho, lo habéis vendido al capital, os habéis repartido las migajas y, no contentos con ello, humilláis y hundís en la más absoluta de las miserias a muchos de mis conciudadanos. Si despreciamos esos discursos aprendidos y ególatras donde, interlocutores, os gustáis con aplausos de vuestros adláteres y sin derecho a preguntas de los medios, se percibe con claridad que ya no quedan excusas ni justificaciones, ni tampoco retorcidas fórmulas lingüísticas que puedan limpiar vuestro enlodado nombre. No tenéis honor, y habéis dejado patente que tampoco compasión por el débil; así pues, jamás obtendréis de mí más que lo inevitable -el respeto, por supuesto, os queda ya demasiado lejos-. Lo único que os resta por hacer es marcharos. Y los que vengan, que primeramente cambien leyes electorales y de funcionamiento de partidos políticos, o recibirán por mi parte, y por parte de toda persona que así merezca llamarse, el mismo desprecio que sus antecesores.


Alberto Martínez Urueña 21-07-2013