domingo, 21 de julio de 2013

Bochorno

            Se contabilizan cada vez más pruebas de que nos encontramos, en este glorioso país, ante una situación tan esperpéntica que me hace pensar si España es un teatro como el de aquella famosa película llamada “El show de Truman”, en el que el protagonista vivía en un mundo prefabricado para ser emitido las veinticuatro horas del día. En este caso, el plato sería esta España; los protagonistas, ignorantes de su condición irreal, todos nosotros, ciudadanos absortos y anonadados ante el espectáculo; los realizadores, una esperpéntica mano negra dispuesta a robar incluso la vida de los figurantes a fin de sacar el máximo rédito.
            Ha llegado un momento en este bien montado entretenimiento en que las responsabilidades penales no valen para nada porque prescriben, se cambian leyes o se hacen amnistías fiscales. Los hechos más relevantes, a mi juicio, no sustentan ya, ni es necesario, ninguna causa legal que sea punible o -quizá sí-, pero son irrelevantes. Cuando personas a las que se supone inteligencia, honorabilidad, saber hacer y gestionar, altruistas con respecto a los intereses generales de los ciudadanos, se dejan envolver en el circo mediático de los últimos meses, están demostrando una incapacidad tan supina que no resultan necesarios códigos escritos para demostrar nada; antes bien, es suficiente el simple sentido común para que quede rotundamente clara la inconveniencia e incapacidad para continuar en ningún cargo. Personas con un mínimo
raciocinio serán capaces de entender que, aunque una enormidad de pruebas circunstanciales como las que desbordan los medios de comunicación no demuestren una culpabilidad a efectos jurídicos, dejan suficientemente clara la culpabilidad, cuando menos, de estupidez manifiesta e incapacidad para puestos de tamaña responsabilidad.
            Todo ello, sin contar la imagen bochornosa que se destila de nuestro país hacia los medios de comunicación extranjeros: tierra de grandes virtudes e igualmente grandes escándalos. Porque quien no sea capaz de entender que este circo vergonzoso es inasumible, deja claro también que la mayoría de edad y el pleno uso de las capacidades humanas no implican irremediablemente un correcto uso de los mismos, ni el merecimiento de determinados derechos públicos como el sufragio. Evidentemente, no abogaré por retirar éstos en ningún caso, ya que la tentación sería demasiado grande para tanto fascista autotildado de demócrata de atar con cuerda corta a la ciudadanía.
            Os aseguro que me faltan las palabras para explicar el asco que me produce todo el asunto Bárcenas. Relaciones probadas de altos cargos, entre ellos el de nuestro Presidente del Gobierno, con alguien de la catadura su extesorero y exgerente implican una incorrección democrática que debería poder ser sancionada de inmediato y sin posibilidad de recurso. Tener que visionar día tras día la película de miedo que nos están ofreciendo sin que exista ningún mecanismo democrático para poder romper una mayoría absoluta envuelta en semejantes despropósitos nos convierte en rehenes a todos nosotros, ciudadanos de una colectividad cada vez más atónita ante la marcha de una situación a la que permanecemos ajenos a su control e influencia, pero de la que sufrimos cada vez más terribles consecuencias.
            Al margen del plano eminentemente humano, que es el fundamental y que queda cada vez más relegado, ya da igual todo lo que no sea un borrón y cuenta nueva en esta democracia española que se preocupa de lo supletorio y se olvida de lo fundamental. Todo son discursos sobre los asuntos que preocupan a personajes que nadan en la abundancia y se permiten el lujo de hablar de problemas que a nadie interesan realmente, obviando la desesperanza, el sufrimiento e incluso -quién lo diría, entrados ya en el siglo veintiuno- el hambre y la malnutrición infantil. Y ahora, cuando les crecen los enanos y se les evidencian las vergüenzas, pretenden usar su demagogia y su pervertida dialéctica para intentar desviar una atención general que cada vez con más persistencia les asaetea con poderosos y fundados motivos, llegando a argumentar que un presidente no puede estar continuamente hablando de tales jácaras, aunque le afecten directa y sustancialmente.
            Así que de tal manera lo digo: ya no tienen crédito en mi particular banco de elecciones, políticos de hoy en día. No habéis sido capaces de ofrecer absolutamente nada bueno a este país; de hecho, lo habéis vendido al capital, os habéis repartido las migajas y, no contentos con ello, humilláis y hundís en la más absoluta de las miserias a muchos de mis conciudadanos. Si despreciamos esos discursos aprendidos y ególatras donde, interlocutores, os gustáis con aplausos de vuestros adláteres y sin derecho a preguntas de los medios, se percibe con claridad que ya no quedan excusas ni justificaciones, ni tampoco retorcidas fórmulas lingüísticas que puedan limpiar vuestro enlodado nombre. No tenéis honor, y habéis dejado patente que tampoco compasión por el débil; así pues, jamás obtendréis de mí más que lo inevitable -el respeto, por supuesto, os queda ya demasiado lejos-. Lo único que os resta por hacer es marcharos. Y los que vengan, que primeramente cambien leyes electorales y de funcionamiento de partidos políticos, o recibirán por mi parte, y por parte de toda persona que así merezca llamarse, el mismo desprecio que sus antecesores.


Alberto Martínez Urueña 21-07-2013

viernes, 21 de junio de 2013

Educación

            Al respecto del último texto que os he hecho llegar, profundizaré sobre uno de ellos, a mi parecer, el más importante por lo injusto de hacer pagano a quien no tiene culpa de nada y por coartar el futuro de todo nuestro país.
            El intento, una vez más, es demostrar cómo las medidas que se han adoptado en estos últimos años de crisis para lo único que están sirviendo es para arrasar con lo poco dejó que la burbuja inmobiliaria. En concreto, una de las cuestiones más controvertidas es como está afectando a la Educación, la cual, además de estar siendo desmantelada por nuestro querido señor Ministro, está siguiendo derroteros claros y precisos para que el que quiera estudiar reúna el requisito previo de que sus padres sean adinerados capitalistas. Me refiero, evidentemente, a la Educación Pública; la Educación Concertada sufrirá en mayor o menor medida las resoluciones tomadas desde el Gobierno, como por ejemplo la falta de sustitución de bajas laborales hasta los quince días de producirse (imaginaos que, verbigracia, coge la baja el profesor de Matemáticas un mes antes de la Selectividad…), pero otras muchas las podrá ir solventando sobre la marcha como se hizo siempre. Es más evidente aún que las escuelas privadas, que todavía existen aunque no las veáis fácilmente, no sufrirán en modo alguno ese problema. No voy a tocar ni de refilón, porque no merece respuesta, el tema de recortar horas de asignaturas importantes para la formación académica a fin de que entren con calzador las extorsiones de nuestra querida conferencia episcopal.
            Más sangrante resulta el hachazo propinado por nuestro estimado señor Wert en la Enseñanza Superior. En base a la realidad estadística de que en España hay una proporción superior a la europea de universitarios, se propone solucionar ese aparente problema succionando del sistema los recursos para becas y subiendo las tasas universitarias. Es decir, de todas las medidas que se podían adoptar como barrera para limitar en algún modo el acceso a la Universidad, elige aquella que dejará a quienes tengan rentas más bajas sin la posibilidad de cursar esos estudios: toda una demostración de democracia social. Y después del sarcasmo, en mi opinión, creo que cada vez es más complicado defender aquella palabrería barata de que el Partido Popular es el partido de las clases obreras. O quizá sí: quiere garantizar que los obreros de base tengan en sus hijos una adecuada sucesión en sus puestos laborales.
            Se calcula, para los menos avezados en estos temas, que alrededor de treinta mil estudiantes universitarios ya matriculados en sus carreras corren el riesgo de tener que abandonar sus estudios por la imposibilidad de hacer frente a unas matrículas cada vez más caras y con subvenciones geométricamente más exiguas. Dentro de estos treinta mil no se habla para nada de cuáles son los expedientes académicos de ninguno de ellos, lo que me lleva a pensar que ese discurso acerca de la excelencia en la enseñanza, de los mejores preparados y de los alumnos más inteligentes sólo es baba bendita para justificar el atropello.
            Cuando se habla de igualdad de oportunidades, algo que a estos señores opusdéicos, fascistas y defensores a ultranza de las clases sociales y sus fronteras les suena a discurso marxista, hay que pensar en su utilización para quedar bien cuando llegan elecciones. Lo que más me preocupa de todo este asunto es que utilizando la situación de crisis, nos están colando un sistema que, disfrazado de inevitable y unívoco, nada tiene que ver con la crisis ni tampoco con el modelo de Estado que reclama la mayoría de ciudadanos y que defiende la Constitución. Arremetiendo contra todos, según sea el recorte a practicar, han ido culpando uno por otro a todos los estratos sociales y laborales del país de la catástrofe y hundimiento del Titanic español, aprovechando el chocolate del loro y el discurso facilón para ir dando vueltas de tuerca en el garrote vil que tenemos colocados todos y cada uno de nosotros en la nuca.
            La Educación, probablemente el mejor medio para que un país avance social, cultural y económicamente, paga el pato por unos cuantos miserables y cochinos millones de euros. Además de recortar en algo que no sea su propio sillón ministerial, aprovechan para intentar retrotraer este país a la etapa nostálgica que ellos vivieron, de cuarenta y tantos alumnos en clase, asistencia despersonalizada y dejación de los más débiles en la miserable cuenta. Y sobre todo en la que sus estirpes y galones se aseguraban los sillones relevantes de la sociedad en base a unos dudosos estudios sólo al alcance de unos pocos.
            Señor Wert, si hay demasiados universitarios, promueva la I+D+i que se están cargando a la vieja usanza inquisitorial, y de esa manera mataríamos dos pájaros de un tiro: nuestros mejores jóvenes no se largarían espantados a otros países donde se les considera como lo que son y el progreso tecnológico español no se vería retrotraído a los estándares de los años noventa. Pero sobre todo, deje de tratar a la generación más preparada de nuestra democracia como a estúpidos, que ya no cuela.


Alberto Martínez Urueña 21-06-2013

lunes, 17 de junio de 2013

Elección social

            Fue hace varios años ya, cuando la crisis económica que vivimos hoy en día era sólo una mísera quimera que ni tan siquiera se barruntaba, que escribí un artículo sobre los preferibles destinos de la inversión, sobre todo la pública, criticando las políticas que utilizaban el dinero de todos en actuaciones cuya reversión no tenían un impacto apreciable sobre la sociedad en su conjunto, que es la que paga los impuestos. Hoy en día, acuciados por una situación que está dejando a muchas personas tiradas en la cuneta, se antoja más importante si cabe la correcta elección de las prioridades públicas.
            En todas las elecciones que se hacen en la vida hay que tener en cuenta el factor
tiempo. Quiere esto decir que es importante saber cuándo vas a recibir el fruto de tu inversión y la rentabilidad que ésta te va a dar. La primera de estas variables es la más arriesgada a la hora de ser juzgada, sobre todo en una realidad en la que los resultados inmediatos y urgentes priman sobre las promesas a largo plazo. Aquellos encargados de realizar las elecciones tienen un gran incentivo a valorar aquellas medidas en las que la reversión no sea muy apreciable pero sí inmediata; puede esto suponer que al elegir queden menospreciadas ciertas opciones que fueran realmente efectivas en el largo plazo. No en vano, esto ha pasado en nuestro país durante largos años: la burbuja inmobiliaria, no es sino un ejemplo claro de este silogismo que planteo.
            Es realmente importante en la tesitura en la que nos movemos, y aquí engarzo con el texto que recordaba al principio, en el que defendía, no por mí mismo, sino en base a mis estudios de Economía, que las inversiones más rentables son, básicamente, tres: la Investigación y el Desarrollo, las Infraestructuras y la Educación. Estas variables que, erróneamente, tienden a ser consideradas como gasto improductivo, son en el largo plazo las inversiones que tienen una mayor correlación con el crecimiento económico y la satisfacción social. Habrá quien piense que quizá esto me lo estoy inventando, pero hay múltiples estudios, entre otros, alguno que realicé en mi periplo universitario, que demuestran mediante datos irrefutables esta correlación.
            Ahora trasladar estas cuestiones a la realidad que vivimos en España desde hace tantos años, no sólo desde que comenzase la crisis, para ver qué es lo que ha sucedido en nuestra piel de toro. El producto interior bruto de nuestro país se ha ido invirtiendo sistemáticamente en actividades que nada tienen que ver con estas cuestiones, salvando algunos primeros años del socialismo zapateriano en que aumentaron las partidas presupuestarias destinadas a la I+D+i a través de los organismos científicos vinculados al Estado tales como el CSIC, CIEMAT y otros. En todo caso, en la mayoría de años, el porcentaje de nuestra riqueza invertido en estas actividades ha estado sistemáticamente por debajo de los estándares de los países más desarrollados, desoyendo las continuas recomendaciones de organismos sin aparentes tendencias partidarias. En estas recomendaciones queda bastante clara la influencia de estas inversiones con el desarrollo de actividades económicas de alta concentración tecnológica y, por tanto, de alta productividad, unas actividades capaces de hacer de un país un foco relevante en este mundo globalizado.
            Para poder realizar estas actividades de investigación, desarrollo e innovación son necesarias varias generaciones implicadas en el proyecto, y esto únicamente se puede lograr a través de dos vías fundamentales: premiar el esfuerzo investigador de expertos de reconocida valía a través de un reconocimiento social, pero sobre todo, salarial, unido a una formación universitaria y posterior a ésta de gran calidad que nutra todos los organismos encargados de llevar a cabo estas actividades. En nuestro país, lejos de solucionar estos problemas, se ven agravados: por un lado, se establecen cada vez más barreras para el acceso a unos estudios universitarios de calidad, reduciendo al mismo tiempo los fondos destinados a esa educación, y por otro lado, se expulsa de nuestro mercado de trabajo tecnológico a personas sumamente preparadas para realizar estas actividades.
            Por último, como mención, el plano de las Infraestructuras. No es lo mismo, aunque tenga que ver con el cemento y la construcción, burbuja inmobiliaria que Infraestructuras; del mismo modo, no es lo mismo edificios faraónicos destinados a palacios de las artes o de las ciencias, con todos sus gastos de construcción y mantenimiento, que Infraestructuras que sirvan para vertebrar de forma coherente un territorio como la Península Ibérica.
            Todo esto no es fruto de un discurso ideológico, sino de un comentario basado en estudios científicos. Si bien, personas emocionalmente vinculadas a partidos políticos estarán pensando lo contrario, eso no evitará su equívoco, igual que hace quien defenestra una obra de arte porque no la comprende. Una vez tras otra, cualquier análisis que hago de la realidad que nos envuelve me lleva a encontrar, de manera sistemática, responsables de la situación en que nos encontramos, y no son sino los políticos encargados de orientar las elecciones sociales de una comunidad nacional que no se merece a tales ineptos, movidos por intereses que, a los hechos me remito, distan mucho del tan cacareado Interés General.


Alberto Martínez Urueña 16-06-2013

viernes, 31 de mayo de 2013

Más allá de las ideas

            Me planteaba escribir mi artículo desde hace días, y me está resultando muy complicado. Soy una persona enganchada a las noticias, lo reconozco, me gusta saber qué es lo que está ocurriendo en el mundo, ya sea cerca de mi puerta o en Corea. Y es que hay tantas cosas que decir… Reconozco que la globalización de la información consigue abrumarme tantas veces que no tengo capacidad para exponer en dos folios cómo me conmueven las entrañas tantas tragedias que suceden cada día. Sin embargo, no quiero convertir esta columna en un ejercicio de plañidero, y tampoco quiero que sea un lugar ponzoñoso en donde verter todo el veneno que me hacen vomitar las injusticias. Hace años, escribir era más sencillo, porque la actualidad estaba plagada de matices en cada una de las múltiples temáticas que ofrecía; en cambio, gracias a la crisis, hoy todas aquellas cuestiones quedan deslucidas por la inmediatez de la tragedia en donde vidas que antes fueron dignas se ven condenadas a la miseria y la limosna.
            En estas circunstancias tenemos tendencia a buscar responsables de nuestros males, y es algo que, en un Estado de Derecho en el que vivimos, como nos place pensar, resulta casi obligado. Así, nos vemos atrapados en un sumidero sin fondo de reproches de unos a otros, de unas facciones a otras, de unas ideologías a otras, sin darnos cuenta de lo fundamental, y es que no podemos permitir el sufrimiento que nos rodea. Dan igual los motivos, los responsables o las cifras que sustenten teorías: lo único que de verdad debería importar es frenar el río de lágrimas en que se han convertido los ojos de demasiados niños pequeños condenados a ver cómo sus padres son humillados, como son expulsados de sus casas, de la sociedad y de su futuro a una marginalidad creciente que dejará unas cicatrices imposibles de borrar. ¿Qué más da si sus padres vivieron por encima de sus posibilidades o si ese razonamiento es, además de una completa barbaridad, un discurso demagogo e incorrecto? ¿Qué más da si sus padres abandonaron los estudios por un salario fácil y jugoso en la construcción? ¿Qué más da cualquier otra idea que nos introduzcan en la cabeza? Son niños pequeños, ni siquiera preadolescentes condenados al alcoholismo de fin de semana por una sociedad que les abandona en cuanto cumplen los doce años. Son niños de los que, la inmensa mayoría de ellos, todavía no han roto un plato de manera consciente.
            Oímos hablar a los comisarios europeos, entre otros a todo un socialista como el señor Almunia, de medidas de ajuste, de recortes y de aplicaciones de procedimientos de déficit excesivo. Medidas todas ellas seguramente bien razonadas y plagadas de un humanismo pragmático para sentar las bases económicas de nuestras sociedades en un futuro no demasiado lejano. Puede ser cierto que debamos realizar los planes requeridos para que en los próximos treinta o cuarenta años podamos tener una estabilidad económica y social que sustente nuestros proyectos vitales. Puede ser cierta, incluso acertada, la buena intención de nuestros dirigentes. Yo pienso que, en el mejor de los casos, viven aislados del mundo real; en otros supuestos que me planteo, salen peor parados, y eso sin que yo sea ningún amante de las teorías conspiranóicas. No me hace falta más que acudir a teorías económicas de las que algunos de vosotros habéis oído hablar, e incluso otros domináis con destreza, para aplicar en ellas cualquier supuesto en que los intereses de nuestros dirigentes no se dirijan hacia el interés general que dicen proteger para obtener un mundo muy parecido al que hoy tenemos.
            Podemos aceptar, por tanto, la buena fe de quienes sean todos ellos. Pero, entonces, ¿qué hacemos con los niños que están siendo literalmente condenados al ostracismo? ¿Qué significado podemos encontrar a esa solicitud de confianza y tiempo dirigida a padres que ven como sus hijos no pueden comer tres veces al día si no es por la ayuda de otros conciudadanos? Cuando surtan efecto todas las medidas planeadas vivirán sometidos por muchas consecuencias que no podrán solucionarse.
            Os aseguro que hay días en que leo los textos económicos de unos y de otros y trato de orientarme un poco en este océano de noticias y de declaraciones. Trato de encontrar el sentido a este mundo ambiguo en el que partidos que se dicen neoliberales suben los impuestos e intervienen en los mercados, y en el que partidos que se dicen socialdemócratas agachan la cerviz ante los poderes fácticos sin el menor sonrojo. Intento darle forma a todo lo que ocurre, y a veces incluso tengo ideas de qué es lo que considero más o menos acertado en todo este desastre que nos rodea, tratando de huir de ideas y declaraciones demagógicas que sólo desvían la atención de lo importante.
            Sin embargo, otros días pienso en los padres que se han suicidado ante la idea el desahucio, en otros que van todos los días a Cáritas y a la Cruz Roja para poder pagar la factura del gas en invierno o para poder llevar medio kilo de garbanzos a casa, en los que se han tenido que refugiar con sus padres pensionistas, cargados con unas deudas que es fácil que les persigan toda su vida… Y sobre todo, pienso en aquellos que no entienden nada, sólo que un buen día apareció un señor en la puerta con un papel y él tuvo que agarrar el primer juguete que se encontró y salir con lo puesto, expuesto para toda su vida al miedo, a la vergüenza y a la desesperanza.


Alberto Martínez Urueña 30-05-2013

jueves, 9 de mayo de 2013

Huérfano


            Corrían mediados de los ochenta, una época en la que un ciento veintisiete con un aparato de radio de los de entonces recorría las carreteras españolas en una versión totalmente ibérica de lo que esta imagen suponía en aquellos años. En la mayoría de aquellos viajes solían sonar los de antaño: Julio, Perales, Mocedades, alguna de Juan Pardo … También en aquella época se incorporó a la pequeña maleta portacasetes uno de los discos de La guardia, como reducto del modernismo que no acababa de consolidarse. Antes de aquello, en casa, habían llegado ya discos como Descanso dominical, Música es, El hombre del traje gris y algunos otros que sonaban en la radio, en casa de primos mayores o que surgieron sin saber muy bien de dónde.
            Había en esta historia una casa, la de unos amigos de mis padres en donde había una cadena musical, y en cuyos bajos sobresalía un disco de su hijo, amigo también, con cuatro tipos sentados en el suelo mirando a la cámara desde un fondo blanco enigmático. En aquellos momentos, mediados de los ochenta también, no era consciente de lo que tenía en mis manos, pero me enamoré de la primera canción del disco y no hacía más que ponerla, no me cansaba. En casa de mis padres también había una cadena, con aquel adelanto maravilloso que fue el disco compacto. El primer disco de todos, creo recordar, fue el Concierto de Aranjuez, aunque con ese me atreví un poco más adelante. Recuerdo que ponía alguno de aquellos primeros discos y me sentaba en el sofá, maravillado de poder escuchar aquellos sonidos, aquellas personas, aquel arte que se me brindaba a través de un sencillo cableado y unas cajas de madera. Llegaron los Beatles y sus cajas roja y azul, y descubrimos que también había otros dos que eran blanco y negro y que recogían las caras B de muchos de sus sencillos. Quizá entonces en que mis derroteros musicales se encaminaron más hacia la música extranjera.
            Fue a mediados de los años noventa cuando esta historia que os cuento comenzó a cobrar una intensidad y un sentido nuevos, incrementados de una manera exponencial, mágica. Ocurrió en unas navidades: llegaron a mi poder dos recopilatorios que fueron básicos desde entonces, fundamentales. En primer lugar, llegó a mis manos un recopilatorio de un grupo que después reconocí como aquellos cuatro sujetos sentados en el suelo: un doble disco que venía en una cajita de cartón dorado con el símbolo del grupo en la carátula; en segundo lugar, por mediación de aquel amigo, el recopilatorio de otro tipo con vaqueros y chupa de cuero, dado la vuelta y con una guitarra colgando del hombro. A éstos hay que añadir que, cierta noche de verano, rondando aquellos años, tuve la ocasión de escuchar el tema “Telegraph Road”.
            De aquellos discos puedo aseguraros que sólo conocía la canción que escuché de pequeño, “Radio Ga Ga”, y otra que se había puesto de moda gracias a la película Philadelphia. Para todos aquellos que améis la música como puedo hacerlo yo entenderéis que esos años trastocaron algo por dentro de éste que os escribe. Antes de dos años había adquirido todos los discos que hubiera de aquellos genios, y mi vocabulario se engrosó con nombres como Pulse, Rock transgresivo, Waking up the Neighbours y un sinfín de títulos, órdenes de canciones, duraciones y curiosidades.
            Lo vivido en aquellos días descubriendo aquel mundo, empapándome de aquellas letras, respirando aquellas sensaciones, alimentándome de aquellas emociones es algo que no puedo expresar con palabras, pero me gustaría. Porque sería la única manera de hacer entender lo que vino después, del horror que supuso y de los crímenes que cometimos. No quiero entrar en disertaciones sobre la naturaleza del ser humano y sus miserias, ni juzgar y condenar actitudes y sucesos, ya que por un lado, fuimos todos un poco cómplices, pero creo que sobre todo fuimos víctimas. Ni tan siquiera pretendo aseverar que fuera bueno o malo, pero fue, y desde entonces yo me siento algo huérfano y algo traicionado. Llegaron las nuevas tecnologías de la información, las redes de banda ancha y la proliferación de medios de comunicación que transformaron aquellas fábricas de emoción en unos y ceros susceptibles de ser transmitidos a un coste casi nulo, y el valor de todo aquello se trastocó, no sé cómo, de forma trágica.
            No sé si llamarlo pirateo, o simplemente derecho universal de acceso a la información: ése es un tema que trataremos en otra ocasión, y la verdad es que, comparado con lo otro, me importa un ardite. No hablo del precio que deban costar, sino del valor que tiene la concepción, elaboración y transmisión de un trozo de espíritu asido a unas notas musicales. Sólo sé que cuando me costó conseguir aquellos discos, mereció la pena intentarlo y amamantar mi alma con ellos; hoy en día, sin embargo, tengo discografías completas que ni tan siquiera he vuelto a mirar desde que las grabé en un disco compacto. No es nostalgia de un tiempo pasado, os lo aseguro, ni tampoco defenestrar a la tecnología y las grandes utilidades que nos ha conseguido; sin embargo, no puedo evitar reconocer en lo más profundo de mi ser que echo de menos algo de aquel entonces, y ahora, consciente de la pérdida, lo busco, anónimo como un viejo pescador en una playa desierta, en las cada vez más exiguas tiendas de música.

Alberto Martínez Urueña 09-05-2013