viernes, 5 de abril de 2013

Tecnología y nostalgia


            Existe cada vez con más frecuencia, y supongo que tendrá sus motivos, una corriente de sentimientos nostálgicos acerca de cómo era la vida hace treinta o cincuenta años. Nos llegan correos, imagino que a todos, o casi, hablando de cómo pasábamos la infancia llenándonos de mierda hasta las orejas mientras jugábamos en calles llenas de barro, mugre y elementos de alta toxicidad para nuestro organismo. Resulta que la sociedad ha evolucionado hacia un mundo de comodidades que por otro lado no satisface a nadie, o más bien, en el que las supuestas bondades de una tecnología nos han acabado esclavizando y alienando de nuestro propio sentido como seres humanos. Porque va un poco de eso cuando se dice que si los niños crecen enchufados a la consola y al móvil, aislados en su cuarto delante de una pantalla sin salir a jugar al fútbol, o a lo que sea, con sus amigos, y el único contacto que acaban teniendo son partidas interminables de juegos de ordenador conectados por Internet. Incluso, cuando esto no estaba tan en boga (hace cosa de diez años), para poder jugar en red con tus amigos, tenías que irte a una sala de ordenadores donde tuvieras esa posibilidad. Hoy en día con la fibra óptica, la banda ancha, los procesadores de cuatro núcleos y las tarjetas gráficas de varios gigahercios no necesitamos salir a la calle a coger frío, y el fútbol lo jugamos en un campo de hierba electrónica con miles de aficionados coreando nuestro nombre.
            ¿Qué se pensaba la gente qué ocurriría si lo único que ha preocupado al ser humano en los últimos sesenta o setenta años ha sido encontrar una comodidad material cada vez más elevada basada en un consumo totalmente irracional y compulsivo? ¿Acaso imaginaban que mientras los padres se compraban la televisión último modelo, el video VHS (o Beta), el sofá ergonómico con masaje culero, el coche más potente o la casa con mejor calefacción, los hijos se iban a quedar al margen e iban a seguir jugando a las chapas y a las canicas, cogiendo frío en la calle y haciendo cola en los cines para ver las películas cuando las iban a tener a los tres meses en videoclubes, o en el eMule? ¿Qué razonamiento sujeta semejante despropósito, cuando siempre se ha sabido que el ejemplo es la mejor educación que existe? La única diferencia es que la tecnología ha cambiado, y ahora los que se quejan de que los niños tienen la cara cuadrada de pasarse las horas con el mando de la consola, son los que se pasan las horas sentados delante de la televisión viendo series, programas de telebasura y deportes (en lugar de hacer su propio guión vital en los bares del barrio, cotillear en los rellanos y llenar los estadios, comiendo el bocata de tortilla e inventando insultos para el cabrón de negro).
            ¿Acaso la tecnología es mala? El mejor ejemplo para esto es la energía nuclear, que puede ser usada como bomba con la que arrasar ciudades enteras o en aparatos médicos superavanzados para detectar tumores de pocos milímetros en reductos escondidos del organismo. Los carcas se quejan de que los infantes no hacen más que perder el tiempo en lugar de relacionarse, pero eso lo hacen desde la comodidad de su sofá de cuero sintético mientras hacen zapping a través de trescientos canales de los cuales acaban viendo cinco o seis, consultando la ficha de las posibles películas a visionar en su teléfono móvil de última generación y perdiendo un tiempo que nunca regresa.
            La vida nos ha traído un cambio de paradigma en nuestras relaciones, a todos los niveles, y todavía estamos a verlas venir en muchos aspectos. Hoy en día, la tecnología consiste en la creación de productos a cual más novedoso, ver la viabilidad económica mediante un análisis de costes unitarios de fabricación y en la generación de una necesidad en el consumidor que absorba esa producción. Normalmente, productos que nos faciliten la vida, lo cual es lo mismo que decir que nos permitan hacer cada vez más cosas sin necesidad de mover un dedo, con la ley del mínimo esfuerzo.
            Sin embargo, yo tengo mi utopía tecnológica, en la que los nuevos avances sirvieran para unificar varios aspectos de la vida humana que parecen estar reñidos, como son el consumo y eficiencia energéticos, la organización social de nuestras ciudades, los medios de transporte o las relaciones interpersonales a distancia. Hace no muchos días escuchaba en esa maravilla de medio de comunicación que es la radio (ni punto de comparación con la televisión) un coloquio sobre las ciudades inteligentes y me puse a imaginar, también como proyecto para mi libro, cómo podría ser una ciudad inteligente. Haced el esfuerzo y veréis como os vienen rápidamente ideas de cuál sería vuestra urbe.
            Podríamos hablar al respecto horas enteras, pero lo que todos pediríamos sería que esa tecnología que parece denostada pero a la que nadie renuncia nos ayudase a volver a ser los dueños de unas calles fusionadas con la naturaleza, donde respirar no fuera un deporte de riesgo y que nos devolviese un entorno que no nos pareciera tan deshumanizado y tan hostil. En resumen, que nos devolviera lo que siempre hemos sido con lo que hemos llegado a ser.

Alberto Martínez Urueña 5-04-2013

viernes, 15 de marzo de 2013

Cazando avestruces


            ¿Os acordáis ya hace unos meses cuando empezó a tener repercusión mediática aquello de la gente pirada que por perder su casa se estaba empezando a tirar por la ventana, o cualquiera de sus múltiples variantes? Un grupo de cariacontecidos políticos saltaban a las pantallas de la televisión con gesto de Cristo doliente y lágrimas de cocodrilo bramando por la injusticia que se estaba produciendo en nuestro pobre pero orgulloso país, y juraban ante las santas escrituras que no iban a permitir que siguieran sucediendo tales ignominias mientras ellos estuvieran en sus cargos. Pondrían cuerpo y alma para poner solución a un problema que, eh voila, parecía haber llegado por generación espontánea de un día para otro.
            El paso del tiempo ha dejado claro que nada de esto fue cierto, claro, por varias razones. De haber puesto cuerpo y alma, ahora tendríamos el camposanto lleno de carnaza y, como sociedad, nos habríamos quitado de encima mucha sanguijuela que lo único que sabe hacer es boquear como una sardina fuera del agua, sin que su presencia parezca servir para mucho más que para entretener a sus adláteres. Además, de haber hecho algún esfuerzo, quizá se habrían evitado otros desahucios sucesivos, e incluso alguna otra muerte más que, como no pertenecía a ninguno de sus partidos políticos, no ha tenido demasiado peso en sus conciencias y en sus medios afines. No hay que olvidar que aquella muerte que suscitó su reacción afectaba a personas vinculadas a uno de sus partidos.
            Pues todo se quedó como estaba, o al menos eso parecía que iba a suceder, pero los acontecimientos les han ido poniendo en evidencia con una contumacia digna de un fervoroso talibán. Primero fue la iniciativa legislativa ciudadana que, habiendo recogido el número de firmas constitucionalmente establecido, estuvieron a punto de no admitir a trámite. Por supuesto, el ordenamiento jurídico les habilita para ello, pero se debieron de dar cuenta de que quedaba tan feo que al final accedieron a que la ciudadanía metiera las narices en su corralito privado, aunque sólo fuera para maquillar un poco el tema. Incluso establecieron una comisión parlamentaria para tratar la cuestión al que llamaron a consultas a los máximos expertos en este campo para tener una idea lo más precisa del problema y sus aristas. Por supuesto, los máximos (y casi únicos) expertos en este campo que encontraron más a mano eran los honrados directivos de banca que dieron su particular y objetivo punto de vista al respecto, mientras que personajes como los representantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, gentecilla de dudosa catadura, además de sospechosos marxistas, así como señores Jueces y Magistrados, también de dudosa capacidad y formación técnica en el tema, quedaban fuera o ninguneados en horarios poco vistosos y con poca posibilidad de tener alguna relevancia mediática.
            Y pasaron los días.
            Y volvieron a quedar en evidencia. De nuevo, actuando con esa manifiesta y vergonzosa táctica (la del avestruz) de ir dejando pasar el tiempo para ver si así las cosas se resuelven solas, o las resuelve el siguiente que venga y se tenga que comer, irremediablemente, el marronazo, han ido alargando los plazos. Plazos que, mirados en días, o en semanas, a ellos les parecen pocos, pero a cada uno de los desahuciados en ese tiempo les ha debido saber a gloria bendita. Y han sido los responsables de Justicia de la Unión Europea, que de algo sirven, los que han puesto de manifiesto la absoluta indefensión en la que se encuentran los afectados, la absoluta injusticia de un procedimiento que convierte a una de las partes en juguete en manos de la otra, que está perfectamente habilitada para instar un procedimiento judicial (el juez está atado de pies y manos) en el que desposeer a toda una familia de un techo y unas paredes donde guarecerse. Da igual que hubieran realizado tasaciones disparatadas, que sus políticas de riesgo fueran semejantes a las de un politoxicómano o que los contratos encerrasen cláusulas contractuales envidiadas por la Santa Inquisición. Da igual que esos manejos bancarios hayan multiplicado en nuestro país los efectos de una crisis mundial. La teoría es que si ellos caen, nos caemos todos, justificación por la que llevamos varios años entregándoles dinero a fondo perdido para que cuadren unas cuentas que, borrachos de cemento, ellos mismos descuadraron.
            No va a haber nadie que se acuerde de sus muertos a la cara (porque te ponen una querella en cuanto toses aunque apliques estrictamente acepciones de la Real Academia de la Lengua en su definición): ni de los unos que lo permitieron, desde la Comisión europea hasta los gobiernos sucesivos que han saqueado y saquean este país desde La Moncloa, hasta los que lo cometieron, y hablo de todos esos Consejos de Administración que mientras hundían la entidad, ellos se lo llevaban crudo en pensiones de superlujo. Pero en ciertas ocasiones, y ésta es una de ellas, se echan de menos mecanismos, eso sí, muy democráticos, parlamentarios y constitucionales que habilitasen mecanismos para que la ciudadanía pudiera vengarse en plaza pública de todos estos grandísimos hijos de puta.

Alberto Martínez Urueña 15-03-2013

sábado, 9 de marzo de 2013

Matar al mensajero


            Hoy he decidido que voy a hablar de política como a mí me gusta, después de varios textos comedidos. No se me asusten demasiado, porque no va a ser de insultos gratuitos, ni nada parecido. Creo que la categorización y definición de cada punto tratado han de ser ejecutados con la mayor precisión posible, con método quirúrgico debido para no acabar matando moscas a cañonazos.
            Y es que últimamente el desbarre silogístico de la derecha española está resultando, cuando menos, un deporte de riesgo: la hostia que se pueden acabar llevando tiene visos de que se definiría como antológica. Y todo, permítanme la expresión, por la incompetencia de los personajes que los señores que están en la sombra, moviendo los hilos, han puesto para manejar sus intereses públicos. Sí, señores en la sombra, y no estoy hablando de teorías de la conspiración: si Batasuna era el brazo político de los hijos de perra de ETA, si UGT es el sindicato hermanado con el PSOE, entonces el PP, siglas que engloban ideologías en algunos casos enfrentadas como son el partido liberal, el democristiano y el anterior Alianza Popular, es el brazo político del capital económico de este país. Y esto no es ninguna crítica per se: cada uno tiene derecho a constituir un partido de representación pública que defienda sus intereses. Otra cosa distinta es a quién elijas como cabeza visible. Por último, sí, afirmo que son marionetas de un poder mucho más elevado.
            El problema de querer mantenerte como sea en un puesto que no es el tuyo, sin capacidad para ello, es que antes o después se te ve el plumero. Evidentemente, en política, la oratoria y la imagen es fundamental, y ésta es una virtud que en demasiados casos es tan escasa como la vida humana en un cementerio por la noche: si la hay es furtiva y huidiza. Todo el caso Bárcenas está demostrando que esos adláteres de la pasta improvisan peor que un enfermo de Parkinson lo haría con una guitarra y que además mienten de pena, porque a cada declaración que hacen, tenemos la réplica al día siguiente en algún medio de comunicación revelándonos el engaño. O si no, la ilegalidad de lo mencionado, como lo del despido diferido del que nos hablaba Cospe. Joder, es que incluso han conseguido poner de acuerdo a El Mundo y a El País.
            Pero ya, lo que raya el paroxismo es cuando la única defensa es matar al mensajero. Y me explico. Analizar un razonamiento siempre es útil, en más de un sentido: puedes aprender algo, y eso nos hace falta a todos; quizá incluso te des cuenta de equivocaciones pretéritas y puedas rectificar; puedes practicar y de estar manera agilizar el proceso de coger al mentiroso… Hay razonamientos que soportan las pruebas más duras y se demuestran verdaderos, y esto hace que todos estos cantamañanas que no saben hacer la o con un canuto queden en evidencia y comiencen a traicionarles los tics involuntarios. El colmo de tal incompetencia en todo caso es que, cuando resulta que la construcción del mensaje y la veracidad de su contenido son impolutos, recurren a ese reducto mañoso y sórdido de pretender pervertir la honestidad de quien lo emite.
            Todo esto viene a colación, entre otros que también hay, por las declaraciones de ciertos actores de cine en la gala de los Goya. Antes de nada, diré que admito, aunque no comparta, la crítica de que en esa celebración no se debería hablar más que de cine; admito también que haya algunos de ellos que viven de puta madre en otros países pagando menos impuestos; incluso puedo admitir que, a fin de cuentas, las simpatías por las personalidades públicas son particulares de cada uno. Otra cosa, en cambio, es lo que digan de forma, en lugar o con antipatía pasiva incorrectas. Porque puede ser el lugar inapropiado, los que menos ejemplos deban dar o tíos que puedan caer como una bomba termonuclear (a mí no me ocurre, pero conozco a otros que sí), pero si lo que estaban diciendo era cierto, no deja de serlo por ninguna de las condiciones anteriores.
            Otro de los mensajeros cada vez más vilipendiados son los periodistas. Si acaso se les ocurre entrar en ciertos temas, la táctica consistirá es criticarles porque tienen sus seguros médicos, sus dineros en el caso de ser famosos o famosillos, y su orientación ideológica más o menos marcada. Si el periodista en cuestión pretende preguntar, o informar, o expresar una opinión, da igual quién sea, donde lo diga, el dinero que gane o las veces que se meta un dedo en la nariz buscando habas: lo importante será la noticia, el contenido de su disertación y la construcción de su opinión.
            Defender una mentira en base a las características de quien pretende desvelarla puede resultar efectivo en sede judicial en base a una serie de garantías procesales, pero no resiste un análisis realizado con el más sencillo sentido común. De igual manera que personajes de lo más oscuros han quedado absueltos de delitos evidentes, no por ello limpiaron su imagen. Atacar al mensajero, sea quien sea, para justificar una actuación ilegítima, dudosa o manifiestamente injusta únicamente demuestra dos cosas: esta actuación no resistiría el más mínimo análisis y el actuante deja clara su incompetencia.

Alberto Martínez Urueña 9-03-2013

sábado, 2 de marzo de 2013

Datos y posibles implicaciones


            Podría deciros que os aburrierais un rato investigando cómo se determinan ciertas cifras de Contabilidad Nacional, que es un método oficial y uniforme para sintetizar datos económicos, ya sea a nivel de un país o de una región determinada. En todo caso, es utilizada por la Unión Europea para contabilizar datos de sus Estados Miembros, y entre otros, estaríamos hablando del tan conocido por todos Déficit Público, o el PIB o la Renta disponible en cada territorio.
            En los últimos días se han ofrecido ya estos datos por parte del Gobierno español, así como datos de otros organismos como el Fondo Monetario Internacional, la OCDE, la Comisión Europea y otros. En ellos, casi por consenso, echan por tierra las perspectivas nacionales, pasando de un -0,5% de crecimiento que argumenta el Gobierno a un -1,5% de media entre ellos. Incluso algunos analistas estadounidenses hablan de cifras de decrecimiento superiores. De hecho, el único que da un decrecimiento inferior al 1% es el ejecutivo de Mariano Rajoy.
            Por otro lado, tenemos el dato del déficit público, superior al 6,2% al que se habían comprometido a comienzos del año 2012, alcanzando una cifra del 6,7%, no muy superior, es cierto, e inferior al 8% del año 2011 del cual no se responsabilizan, como es obvio. Sin embargo, en el año 2011, para el cálculo de esas cifras, se incluyeron en la partida de gastos las ayudas a la banca, mientras que este año se han sacado del cómputo. Incluyendo estos datos (40.000 millones de euros redondos), estaríamos hablando de un Déficit Público del 9,9%.
            Uno de los datos de los que se ha congratulado Cristóbal Montoro y su equipo ha sido la reducción del Déficit Exterior (lo que debemos menos lo que nos deben), debido a la reducción del consumo interno (eso es mérito suyo, sin duda, pues los españoles cada vez pueden consumir menos) y un aumento de las exportaciones (que no es mérito suyo, salvo si consideramos que la reforma laboral ha abaratado los costes laborales, es decir, nuestro sueldo, y de esta manera hemos ganado en competitividad). Sin embargo, he de decir que, como consecuencia de que la crisis en los países de nuestro entorno, principales destinatarios de nuestras exportaciones, el ritmo de éstas se ha visto sensiblemente reducido.
            Nuevos estudios económicos, considerando nuevos datos, nuevos métodos y nuevas perspectivas acerca de los resultados de la reducción del Gasto Público sobre la Recaudación Pública, sobre el Déficit y sobre el Crecimiento Económico ponen de manifiesto que el discurso predominante entre las élites políticas europeas es, cuando menos erróneo. Para los que sepan algo de Economía, han demostrado que la elasticidad del gasto público con respecto a los ingresos es superior a 1, con lo que una reducción de 1 en el gasto público, supone una disminución de los ingresos en una cuantía superior a esa unidad. Se habla de una elasticidad que ronda el 1,5, y no ese 0,7 del que hablaban para justificar estas medidas.
            Uno de los motivos con que nos han bombardeado durante todo este tiempo ha sido que la sociedad española ha vivido por encima de sus posibilidades durante demasiado tiempo. La deuda pública española antes de la crisis, era más de 20 puntos inferior a la deuda alemana. Esa deuda podría ser una medida de ese “vivir por encima” del que nos acusaban nuestros vecinos del Norte, y quedaría, al menos en entredicho, ese discurso demagógico y falso. A este respecto, como ejemplo, se calcula que en España se han producido unos 400.000 desahucios desde el inicio de la crisis. ¿Cuántas familias tienen una casa en propiedad en este país? Los datos del INE sobre el número de viviendas en España más actualizados son del año 2001, y hablan de un número de viviendas de 20.000.000 redondos. Esto supondría que, si consideramos que TODOS los desahuciados han vivido por encima de sus posibilidades, estaríamos hablando de un 2% de personas. No creo que esto fuera motivo para hacer generalizaciones.
            Todo este ejercicio de síntesis que os expongo es por los siguientes motivos: en primer lugar, somos varios (incluyendo personas con una indudable credibilidad, no como yo) los que pensamos que el Gobierno hace las cuentas con una, cuando menos, excesiva alegría, cuando no manipula las cifras para que beneficien. Me da igual si esto lo han hecho y lo hacen todos: no voy a entrar en el discurso del “y tú más”. Estamos donde estamos y yo hablo del Gobierno que ahora está en La Moncloa.
            En segundo lugar, esa manipulación está hecha por distintos motivos, entre los que se encuentran hacer sentir culpables a los ciudadanos, responsabilizándoles de una situación de la que no tienen ningún delito como sociedad, en cuanto que si hubiera responsables, sería una pequeñísima parte de la ciudadanía que no podría ser extrapolable a la totalidad.
            ¿Qué hay detrás de toda esta situación? ¿Qué se esconde detrás de esta crisis? Qué queréis que os diga, cada vez hay más voces que argumentan motivos que van más allá de la simplista explicación económica, y cada vez hay más motivos para que yo me adhiera a ellas.

Alberto Martínez Urueña 1-03-2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ciudadanos-persona


            ¿Qué nos acongoja a los ciudadanos como personas? Bueno, a cada uno lo suyo, por supuesto. Quizá debería replantear la pregunta al revés, y adoptaría un cariz algo distinto: ¿qué nos acongoja a las personas como ciudadanos? Parece que es distinto, y desde luego, gramaticalmente puedo aseguraros que así es. Sin embargo, esa distinción gramatical es algo que viene a ser bastante triste, pues estaríamos haciendo una especie de subdivisión de un universo en el que cada componente depende de todos los restantes. Estoy hablando del universo que es un ser humano.
            Vivimos en un mundo convulso, eso está claro, un mundo en el que hay demasiados intereses en que esas preguntas nos las hagamos por separado y así disgreguemos lo que somos. Esto trae como consecuencia una pérdida total de rumbo, de nuestro Norte, como una nave antigua en un mar desconocido en mitad de una noche sin poder ver las estrellas. Todo ello unido a la falta de seguridad en nosotros mismos, en lo que somos, por simple desconocimiento, y nos hace presas fáciles de los escualos que acechan en ese océano. Puedo aseguraros sin miedo a equivocarme que esto es así.
            Nos preguntamos continuamente qué podemos hacer en este mundo desastroso que nos está llegando de manera, en apariencia, inevitable. Reducimos las soluciones a las viejas respuestas que durante siglos nos han hecho avanzar, que nos han permitido evitar el aspecto cíclico de las cosechas, que nos han evitado morir de frío en invierno por la mala calidad de nuestras casas y que nos han dado un nivel de conocimientos y de intercomunicación humana más allá de los sueños de quienes iniciaron el camino con el teléfono o con la electricidad. Sin embargo, las viejas respuestas materiales nos llevan continuamente a situaciones paradójicas en el plano personal en las que solucionando un problema, generamos otro diferente; en el que para conseguir un avance, hemos de realizar un retroceso. Un ejemplo paradigmático de esto es pretender humanizar nuestras relaciones sociales en un contexto de competencia creciente en el que cada uno de nosotros somos un contrincante. Necesitamos enfoques nuevos, un salto cualitativo: si hemos avanzado hacia delante en este camino, necesitamos un salto hacia arriba que nos eleve a niveles diferentes de los que aprendimos.
            Muchos de vosotros estaréis a punto de llamarme utópico, soñador, iluso o incluso demasiado crédulo y confiado. Está claro que en el mundo el que vivimos poner tu confianza en la agrupación social es algo ingenuo y tenemos suficientes casos como para saber que todo esto es cierto, es así. Discrepo: yo digo que estamos contaminados seriamente por un veneno llamado cinismo que nos hace asumir la presunta maldad de las personas circundantes como un hecho, antes de ser incluso comprobado, exceptuando, por supuesto, a aquellas personas que te caigan bien.
            Y sin embargo, yo os digo que está sucediendo. Hay algo por detrás de los movimientos de protesta y revolucionarios, puede que conectados con ellos, pero que es algo diferente. Todo este movimiento social ciudadano que protesta y que está tan cabreado siente, por otro lado, una empatía con sus semejantes que está suponiendo un cambio en nuestra sociedad. La indignación por las situaciones sociales sobrevenidas de miseria en nuestro tan orgulloso primer mundo está haciendo brillar la solidaridad con nuestros coetáneos. Si bien no es algo de persona a persona, los bancos de alimentos, por ejemplo, recolectan cada vez más y más ayuda que llega de ciudadanos-persona comprometidos con sus semejantes; incluso empresas movidas por criterios de maximización de beneficios donan parte de sus existencias a estas corporaciones sin ánimo de lucro. ¿Por un motivo de publicidad, de estrategia empresarial? Eso cuéntaselo al hombre de cuarenta años en paro con dos hijos a su cargo y a punto de ser arrojado de su casa a la fría calle. Le dará igual el motivo por el que sus hijos comen ese día.
            Organizaciones no gubernamentales, por no mencionar a Cáritas, y otros acrónimos por todos conocidos, reciben día tras día el apoyo de personas que no buscan más que tener una existencia más humana al tener en cuenta en sus actuaciones a personas que no conocen de nada, pero que lo necesitan. ¿Os preguntáis qué podemos hacer los ciudadanos para cambiar este mundo, o al menos para mejorarlo?
            La conciencia humana es algo inherente a todos, aunque todo el materialismo circundante orientado a satisfacer deseos inmediatos haya provocado que esté adormecida y autojustificada en la apatía. ¿Queremos un mundo mejor? No hace falta subirse a un atril en mitad de un mitin electoral y soltar un elocuente discurso, enfervorizando los ánimos de los participantes como lo haría William Wallace antes de una batalla. Los líderes-gestores son necesarios para una colectividad grande como pueda ser un país, y no hay que desterrar a la política por culpa de políticos que no saben estar a la altura. Pero el camino se inicia dentro de uno mismo, ampliando la conciencia adormecida para ser capaces de discernir ese algo que te está indicando un camino correcto que haría de tu vida algo pleno. Las antiguas respuestas nos dieron instrucciones que nos llevaron a lo que ahora tenemos. Sin embargo, una ciudadanía compuesta de ciudadanos-persona plenos podría suponer ese cambio cualitativo que nuestra conciencia, tanto personal como colectiva, está deseando en su fuero interno. Y la responsabilidad de esa transformación está dentro cada uno de nosotros.

Alberto Martínez Urueña 20-02-2013