sábado, 9 de marzo de 2013

Matar al mensajero


            Hoy he decidido que voy a hablar de política como a mí me gusta, después de varios textos comedidos. No se me asusten demasiado, porque no va a ser de insultos gratuitos, ni nada parecido. Creo que la categorización y definición de cada punto tratado han de ser ejecutados con la mayor precisión posible, con método quirúrgico debido para no acabar matando moscas a cañonazos.
            Y es que últimamente el desbarre silogístico de la derecha española está resultando, cuando menos, un deporte de riesgo: la hostia que se pueden acabar llevando tiene visos de que se definiría como antológica. Y todo, permítanme la expresión, por la incompetencia de los personajes que los señores que están en la sombra, moviendo los hilos, han puesto para manejar sus intereses públicos. Sí, señores en la sombra, y no estoy hablando de teorías de la conspiración: si Batasuna era el brazo político de los hijos de perra de ETA, si UGT es el sindicato hermanado con el PSOE, entonces el PP, siglas que engloban ideologías en algunos casos enfrentadas como son el partido liberal, el democristiano y el anterior Alianza Popular, es el brazo político del capital económico de este país. Y esto no es ninguna crítica per se: cada uno tiene derecho a constituir un partido de representación pública que defienda sus intereses. Otra cosa distinta es a quién elijas como cabeza visible. Por último, sí, afirmo que son marionetas de un poder mucho más elevado.
            El problema de querer mantenerte como sea en un puesto que no es el tuyo, sin capacidad para ello, es que antes o después se te ve el plumero. Evidentemente, en política, la oratoria y la imagen es fundamental, y ésta es una virtud que en demasiados casos es tan escasa como la vida humana en un cementerio por la noche: si la hay es furtiva y huidiza. Todo el caso Bárcenas está demostrando que esos adláteres de la pasta improvisan peor que un enfermo de Parkinson lo haría con una guitarra y que además mienten de pena, porque a cada declaración que hacen, tenemos la réplica al día siguiente en algún medio de comunicación revelándonos el engaño. O si no, la ilegalidad de lo mencionado, como lo del despido diferido del que nos hablaba Cospe. Joder, es que incluso han conseguido poner de acuerdo a El Mundo y a El País.
            Pero ya, lo que raya el paroxismo es cuando la única defensa es matar al mensajero. Y me explico. Analizar un razonamiento siempre es útil, en más de un sentido: puedes aprender algo, y eso nos hace falta a todos; quizá incluso te des cuenta de equivocaciones pretéritas y puedas rectificar; puedes practicar y de estar manera agilizar el proceso de coger al mentiroso… Hay razonamientos que soportan las pruebas más duras y se demuestran verdaderos, y esto hace que todos estos cantamañanas que no saben hacer la o con un canuto queden en evidencia y comiencen a traicionarles los tics involuntarios. El colmo de tal incompetencia en todo caso es que, cuando resulta que la construcción del mensaje y la veracidad de su contenido son impolutos, recurren a ese reducto mañoso y sórdido de pretender pervertir la honestidad de quien lo emite.
            Todo esto viene a colación, entre otros que también hay, por las declaraciones de ciertos actores de cine en la gala de los Goya. Antes de nada, diré que admito, aunque no comparta, la crítica de que en esa celebración no se debería hablar más que de cine; admito también que haya algunos de ellos que viven de puta madre en otros países pagando menos impuestos; incluso puedo admitir que, a fin de cuentas, las simpatías por las personalidades públicas son particulares de cada uno. Otra cosa, en cambio, es lo que digan de forma, en lugar o con antipatía pasiva incorrectas. Porque puede ser el lugar inapropiado, los que menos ejemplos deban dar o tíos que puedan caer como una bomba termonuclear (a mí no me ocurre, pero conozco a otros que sí), pero si lo que estaban diciendo era cierto, no deja de serlo por ninguna de las condiciones anteriores.
            Otro de los mensajeros cada vez más vilipendiados son los periodistas. Si acaso se les ocurre entrar en ciertos temas, la táctica consistirá es criticarles porque tienen sus seguros médicos, sus dineros en el caso de ser famosos o famosillos, y su orientación ideológica más o menos marcada. Si el periodista en cuestión pretende preguntar, o informar, o expresar una opinión, da igual quién sea, donde lo diga, el dinero que gane o las veces que se meta un dedo en la nariz buscando habas: lo importante será la noticia, el contenido de su disertación y la construcción de su opinión.
            Defender una mentira en base a las características de quien pretende desvelarla puede resultar efectivo en sede judicial en base a una serie de garantías procesales, pero no resiste un análisis realizado con el más sencillo sentido común. De igual manera que personajes de lo más oscuros han quedado absueltos de delitos evidentes, no por ello limpiaron su imagen. Atacar al mensajero, sea quien sea, para justificar una actuación ilegítima, dudosa o manifiestamente injusta únicamente demuestra dos cosas: esta actuación no resistiría el más mínimo análisis y el actuante deja clara su incompetencia.

Alberto Martínez Urueña 9-03-2013

sábado, 2 de marzo de 2013

Datos y posibles implicaciones


            Podría deciros que os aburrierais un rato investigando cómo se determinan ciertas cifras de Contabilidad Nacional, que es un método oficial y uniforme para sintetizar datos económicos, ya sea a nivel de un país o de una región determinada. En todo caso, es utilizada por la Unión Europea para contabilizar datos de sus Estados Miembros, y entre otros, estaríamos hablando del tan conocido por todos Déficit Público, o el PIB o la Renta disponible en cada territorio.
            En los últimos días se han ofrecido ya estos datos por parte del Gobierno español, así como datos de otros organismos como el Fondo Monetario Internacional, la OCDE, la Comisión Europea y otros. En ellos, casi por consenso, echan por tierra las perspectivas nacionales, pasando de un -0,5% de crecimiento que argumenta el Gobierno a un -1,5% de media entre ellos. Incluso algunos analistas estadounidenses hablan de cifras de decrecimiento superiores. De hecho, el único que da un decrecimiento inferior al 1% es el ejecutivo de Mariano Rajoy.
            Por otro lado, tenemos el dato del déficit público, superior al 6,2% al que se habían comprometido a comienzos del año 2012, alcanzando una cifra del 6,7%, no muy superior, es cierto, e inferior al 8% del año 2011 del cual no se responsabilizan, como es obvio. Sin embargo, en el año 2011, para el cálculo de esas cifras, se incluyeron en la partida de gastos las ayudas a la banca, mientras que este año se han sacado del cómputo. Incluyendo estos datos (40.000 millones de euros redondos), estaríamos hablando de un Déficit Público del 9,9%.
            Uno de los datos de los que se ha congratulado Cristóbal Montoro y su equipo ha sido la reducción del Déficit Exterior (lo que debemos menos lo que nos deben), debido a la reducción del consumo interno (eso es mérito suyo, sin duda, pues los españoles cada vez pueden consumir menos) y un aumento de las exportaciones (que no es mérito suyo, salvo si consideramos que la reforma laboral ha abaratado los costes laborales, es decir, nuestro sueldo, y de esta manera hemos ganado en competitividad). Sin embargo, he de decir que, como consecuencia de que la crisis en los países de nuestro entorno, principales destinatarios de nuestras exportaciones, el ritmo de éstas se ha visto sensiblemente reducido.
            Nuevos estudios económicos, considerando nuevos datos, nuevos métodos y nuevas perspectivas acerca de los resultados de la reducción del Gasto Público sobre la Recaudación Pública, sobre el Déficit y sobre el Crecimiento Económico ponen de manifiesto que el discurso predominante entre las élites políticas europeas es, cuando menos erróneo. Para los que sepan algo de Economía, han demostrado que la elasticidad del gasto público con respecto a los ingresos es superior a 1, con lo que una reducción de 1 en el gasto público, supone una disminución de los ingresos en una cuantía superior a esa unidad. Se habla de una elasticidad que ronda el 1,5, y no ese 0,7 del que hablaban para justificar estas medidas.
            Uno de los motivos con que nos han bombardeado durante todo este tiempo ha sido que la sociedad española ha vivido por encima de sus posibilidades durante demasiado tiempo. La deuda pública española antes de la crisis, era más de 20 puntos inferior a la deuda alemana. Esa deuda podría ser una medida de ese “vivir por encima” del que nos acusaban nuestros vecinos del Norte, y quedaría, al menos en entredicho, ese discurso demagógico y falso. A este respecto, como ejemplo, se calcula que en España se han producido unos 400.000 desahucios desde el inicio de la crisis. ¿Cuántas familias tienen una casa en propiedad en este país? Los datos del INE sobre el número de viviendas en España más actualizados son del año 2001, y hablan de un número de viviendas de 20.000.000 redondos. Esto supondría que, si consideramos que TODOS los desahuciados han vivido por encima de sus posibilidades, estaríamos hablando de un 2% de personas. No creo que esto fuera motivo para hacer generalizaciones.
            Todo este ejercicio de síntesis que os expongo es por los siguientes motivos: en primer lugar, somos varios (incluyendo personas con una indudable credibilidad, no como yo) los que pensamos que el Gobierno hace las cuentas con una, cuando menos, excesiva alegría, cuando no manipula las cifras para que beneficien. Me da igual si esto lo han hecho y lo hacen todos: no voy a entrar en el discurso del “y tú más”. Estamos donde estamos y yo hablo del Gobierno que ahora está en La Moncloa.
            En segundo lugar, esa manipulación está hecha por distintos motivos, entre los que se encuentran hacer sentir culpables a los ciudadanos, responsabilizándoles de una situación de la que no tienen ningún delito como sociedad, en cuanto que si hubiera responsables, sería una pequeñísima parte de la ciudadanía que no podría ser extrapolable a la totalidad.
            ¿Qué hay detrás de toda esta situación? ¿Qué se esconde detrás de esta crisis? Qué queréis que os diga, cada vez hay más voces que argumentan motivos que van más allá de la simplista explicación económica, y cada vez hay más motivos para que yo me adhiera a ellas.

Alberto Martínez Urueña 1-03-2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ciudadanos-persona


            ¿Qué nos acongoja a los ciudadanos como personas? Bueno, a cada uno lo suyo, por supuesto. Quizá debería replantear la pregunta al revés, y adoptaría un cariz algo distinto: ¿qué nos acongoja a las personas como ciudadanos? Parece que es distinto, y desde luego, gramaticalmente puedo aseguraros que así es. Sin embargo, esa distinción gramatical es algo que viene a ser bastante triste, pues estaríamos haciendo una especie de subdivisión de un universo en el que cada componente depende de todos los restantes. Estoy hablando del universo que es un ser humano.
            Vivimos en un mundo convulso, eso está claro, un mundo en el que hay demasiados intereses en que esas preguntas nos las hagamos por separado y así disgreguemos lo que somos. Esto trae como consecuencia una pérdida total de rumbo, de nuestro Norte, como una nave antigua en un mar desconocido en mitad de una noche sin poder ver las estrellas. Todo ello unido a la falta de seguridad en nosotros mismos, en lo que somos, por simple desconocimiento, y nos hace presas fáciles de los escualos que acechan en ese océano. Puedo aseguraros sin miedo a equivocarme que esto es así.
            Nos preguntamos continuamente qué podemos hacer en este mundo desastroso que nos está llegando de manera, en apariencia, inevitable. Reducimos las soluciones a las viejas respuestas que durante siglos nos han hecho avanzar, que nos han permitido evitar el aspecto cíclico de las cosechas, que nos han evitado morir de frío en invierno por la mala calidad de nuestras casas y que nos han dado un nivel de conocimientos y de intercomunicación humana más allá de los sueños de quienes iniciaron el camino con el teléfono o con la electricidad. Sin embargo, las viejas respuestas materiales nos llevan continuamente a situaciones paradójicas en el plano personal en las que solucionando un problema, generamos otro diferente; en el que para conseguir un avance, hemos de realizar un retroceso. Un ejemplo paradigmático de esto es pretender humanizar nuestras relaciones sociales en un contexto de competencia creciente en el que cada uno de nosotros somos un contrincante. Necesitamos enfoques nuevos, un salto cualitativo: si hemos avanzado hacia delante en este camino, necesitamos un salto hacia arriba que nos eleve a niveles diferentes de los que aprendimos.
            Muchos de vosotros estaréis a punto de llamarme utópico, soñador, iluso o incluso demasiado crédulo y confiado. Está claro que en el mundo el que vivimos poner tu confianza en la agrupación social es algo ingenuo y tenemos suficientes casos como para saber que todo esto es cierto, es así. Discrepo: yo digo que estamos contaminados seriamente por un veneno llamado cinismo que nos hace asumir la presunta maldad de las personas circundantes como un hecho, antes de ser incluso comprobado, exceptuando, por supuesto, a aquellas personas que te caigan bien.
            Y sin embargo, yo os digo que está sucediendo. Hay algo por detrás de los movimientos de protesta y revolucionarios, puede que conectados con ellos, pero que es algo diferente. Todo este movimiento social ciudadano que protesta y que está tan cabreado siente, por otro lado, una empatía con sus semejantes que está suponiendo un cambio en nuestra sociedad. La indignación por las situaciones sociales sobrevenidas de miseria en nuestro tan orgulloso primer mundo está haciendo brillar la solidaridad con nuestros coetáneos. Si bien no es algo de persona a persona, los bancos de alimentos, por ejemplo, recolectan cada vez más y más ayuda que llega de ciudadanos-persona comprometidos con sus semejantes; incluso empresas movidas por criterios de maximización de beneficios donan parte de sus existencias a estas corporaciones sin ánimo de lucro. ¿Por un motivo de publicidad, de estrategia empresarial? Eso cuéntaselo al hombre de cuarenta años en paro con dos hijos a su cargo y a punto de ser arrojado de su casa a la fría calle. Le dará igual el motivo por el que sus hijos comen ese día.
            Organizaciones no gubernamentales, por no mencionar a Cáritas, y otros acrónimos por todos conocidos, reciben día tras día el apoyo de personas que no buscan más que tener una existencia más humana al tener en cuenta en sus actuaciones a personas que no conocen de nada, pero que lo necesitan. ¿Os preguntáis qué podemos hacer los ciudadanos para cambiar este mundo, o al menos para mejorarlo?
            La conciencia humana es algo inherente a todos, aunque todo el materialismo circundante orientado a satisfacer deseos inmediatos haya provocado que esté adormecida y autojustificada en la apatía. ¿Queremos un mundo mejor? No hace falta subirse a un atril en mitad de un mitin electoral y soltar un elocuente discurso, enfervorizando los ánimos de los participantes como lo haría William Wallace antes de una batalla. Los líderes-gestores son necesarios para una colectividad grande como pueda ser un país, y no hay que desterrar a la política por culpa de políticos que no saben estar a la altura. Pero el camino se inicia dentro de uno mismo, ampliando la conciencia adormecida para ser capaces de discernir ese algo que te está indicando un camino correcto que haría de tu vida algo pleno. Las antiguas respuestas nos dieron instrucciones que nos llevaron a lo que ahora tenemos. Sin embargo, una ciudadanía compuesta de ciudadanos-persona plenos podría suponer ese cambio cualitativo que nuestra conciencia, tanto personal como colectiva, está deseando en su fuero interno. Y la responsabilidad de esa transformación está dentro cada uno de nosotros.

Alberto Martínez Urueña 20-02-2013

martes, 19 de febrero de 2013

¿Dónde estamos?


             Han pasado ya más de cuatro años desde que Lehman Brothers iniciara la crisis económica más brutal de los últimos ochenta años (desde la del 29). Que la iniciara públicamente: evidentemente estas cosas se van gestando con el tiempo, con bastante tiempo, no en dos o tres meses. A cada país de este mundo le ha afectado de una forma u otra, en todo caso, desastrosas. Todavía recuerdo aquella época del crecimiento económico, del superávit fiscal, del paro por debajo del nueve por ciento…
            En estos últimos años han sucedido tantos hechos tan extraordinarios que no sabes por dónde empezar a hablar si quieres sacarle algún juguillo al tema. He estado escribiendo al respecto desde antes la quiebra de aquella compañía, y al final se seca la tinta metafórica, y también la de la impresora. Creo que todo este tsunami de sucesos, de informaciones, de rebote ciudadano, cabreo social e indignación monumental al final no deja de ser un hilo ininterrumpido de un guión concebido por una mente malévola, un guión de lo que viene a ser una constante perfectamente identificable: un completo desastre a todos los niveles. ¿Que dónde nos encontramos? Buena pregunta.
            Los ciudadanos hemos visto como nos han ido dando una tras otra puñalada entre la columna vertebral y las escápulas, justo en el lado izquierdo, manejados por entes que desconocemos y que ordenan sin escrúpulos a políticos incapaces de defendernos las medidas a adoptar. Salvando ciertas hienas ideológicas, mediáticas, periodísticas, muy interesadas en mantener este status quo, haciendo un poco de limpieza de cara y dejando el cadáver insepulto, creo que la inmensa mayoría de ciudadanos nos hemos dado cuenta de que nos están tomando el pelo a conciencia. No en vano, los políticos han corrido a hacer reformas en todo tipo de sectores mientras que se resisten, espartanos, a hacer las reformas que realmente necesita este país.
            El problema que hay ya no es de ideología. No es tampoco un problema sobre las medidas económicas (que también, pues nos quieren hacer creer que sólo hay una posibilidad en este campo, mientras que cualquiera con un poquito de lucidez sabe que en eso de la economía se puede elegir entre varias opciones). Todo eso está muy bien y son temas importantes. Sin embargo, el problema que hay en este país es que no hay nadie con la posibilidad y capacidad de organizar toda esta ruina que quiera hacerlo, o que haya querido. ¿O acaso os pensáis que llegamos a esta crisis en las mejores condiciones? No, y el que diga lo contrario que salga de la casa porque no nos sirve. En España llevamos un montón de años con políticos que lo único que hacen es ir matando la araña, dejando pasar las cuestiones importantes esperando a ver si no les pilla a ellos en el ajo y bregar poco a poco para tener un señorío dentro de este reino de taifas. En fin, ese discurso que sabemos todos y que deslegitima de raíz cualquier otro que nos quieran vender ahora: al menos, para mí, ya es demasiado tarde para que se quieran justificar. No quiero entrar ya en los temas más manidos, pero muy clarificadores como por ejemplo los desahucios: demuestran todos ellos que la capacidad de nuestros dirigentes para ponerse en nuestro pellejo es igual que la de una hiena del Serengueti.
            En España tenemos una clase empresarial que cada vez que salen sus máximos representantes parece que ha llegado el circo. En muchos e importantes casos, empresarios de palabra fácil, beneficio inmediato y artes de bucanero somalí, incapaces no ya de tener un mínimo sentido social, si no de entender conceptos como el de empresa en funcionamiento, que si bien para los neófitos en economía no significa nada, para los que nos movemos un poco en el tema, sabemos que los negocios se hacen pensando en que la empresa va a durar un poco más de dos meses, y que quizá hay que sacrificar un poco el beneficio inmediato para favorecer la solidez a largo plazo.
            Y luego en España tenemos una ciudadanía que parece que quiere despertar y no sabe cómo hacerlo. Por un lado, la sensibilidad crece, y por otro lado, en lugar de ciudadanía avanzada somos el vulgo de la Edad Media, inculto, analfabeto y además orgulloso de serlo. Tened clara una cosa: la sociedad sólo cambiará a algo que nos guste un poquito más (no mucho, todavía quedarán muchos sátrapas a los que derrocar) cuando cada uno de nosotros deje de mirar al sujeto que sale en la tele, dispuestos todos a despellejarlo vivo, y nos miremos algo más a nosotros mismos. Que nos miremos no como una agrupación que somos, inevitablemente, sino como individuos que la formamos, y con la inherente responsabilidad de tener una conciencia cada vez más amplia. Vamos, que siempre habrá bastardos de los que protegernos, pero que cada uno de nosotros ha de trabajarse a sí mismos y de esta manera, convertirnos en mejores ladrillos para construir ese edificio que cohabitamos todos juntos. ¿Que dónde estamos? En el momento de hacer esto, en el momento en que cada uno de nosotros ha de transformarse a sí mismo como único medio para que nuestro entorno sea un poco más amable.

Alberto Martínez Urueña 18-02-2013

De película


            Y andaba yo queriendo empezar el año escribiendo sobre las cuestiones importantes de la vida, sobre la evolución personal y las elecciones fundamentales de nuestra existencia… Maldito Bárcenas… “Malditos bastardos”…
            Hasta hace no demasiado tiempo, hasta que Zapatero empezó a sufrir de ceguera económica (no está claro cuando comenzó la enfermedad), coleaban todavía, como áspides de “Cleopatra”, los asuntos aquéllos de los fondos reservados de González, el terrorismo de Estado, las imputaciones de determinados altos cargos… Corrían los primeros noventa y apareció el adalid de la nueva derecha en España bramando como un personaje de “El señor de los Anillos” contra esos sociatas de mierda que se dedicaban a esquilmar el país al modo “Ichi the Killer”, y ofrecía sus servicios a la ciudadanía para hacer de nuestro país, un país como Dios manda. Todo parecía una epopeya como la de aquellos bastardos que se dedicaron a uniformizar España hace siglos, y si ahora no se puede tirar a nadie nacido en nuestra tierra al mar, se quedaron con las ganas.
            Mientras tanto, una alga negra crecía en el seno de aquellos prístinos lagos, bregando y alimentándose entreverado con aquella pureza. Oculta entre ellos, fue aprovechándose y creciendo. Se llamaba Bárcenas. Furtivo entre la luz inmaculada que expelían por los poros aquellos que le rodeaban, consiguió hacer su ilícita fortuna y, desagradecido después de años, señaló con el dedo y con sobres a sus escudos humanos.
            O algo así es lo que pretenden hacernos creer.
            Al mismo tiempo, o un poco más tarde, el señor bajito y con bigote que hablaba como si España fuera suya y que sabía lo que había que hacer en cada situación, ponía de excelentísimo señor Ministro de su Gobierno a un tal Jaime Matas que, inmerso en su desconcierto mental, no recordó que la derecha española no soporta sedicionismos y se transfiguró en Jaume. Más aún, no recordó que la derecha española no se corrompe y, al frente de uno de los reinos de taifas de nuestro país, queridos por los gallegos, vascos y catalanes y mantenidos por los pérfidos acrónimos PPSOE, hizo un elegante ball de bot al estilo “Mensajero del miedo” y para ello le fabricó un traje a medida a su partido insular. Un traje a base de euros de los que seguramente algunos caerían en sus alforjas.
            Esa es, grosso modo, la historia que han contado.
            También existió en tierras de “El Cid” otro excelentísimo señor de irreprochable sonrisa digna de la mejor pasta de dientes. Encaramado en su cordel de popularidad cual folclórica evasora de Hacienda, nos dejó los últimos ramalazos de su luz bucal mientras escuchábamos aquellas grabaciones en las que departía con un señor, o algo que se le parecía, salido de la película de “El enemigo público”, de Cagney. Aquellas hilarantes frases entre amiguísimos, más de la posterior “Un, dos, tres” del mismo actor, no fueron suficientes para “Doce hombres (y mujeres) sin piedad”, pero sí para millones de ciudadanos anonadados ante la contaminación en el hotel donde estaba el jurado.
            Esta fue la película, y así la resumieron.
            No falta, por supuesto, quien no mire de cerca al centro de España. Capital ilógica, nombrada tal en una época en que éstas se colocaban al lado de un río accesible por mar, como pudiera ser Londres o Roma, aquí la metieron enclaustrada en el monasterio formado por el Sistema Central. Y aquí, posteriormente, la metieron en el lodo a costa de tramas Gurtel, o más bien sekspirianas, y adjudicaciones contractuales dignas de “La tómbola”. La niña de la película, cantando lo hacía fetén, pero la letra era una auténtica cloaca de desechos lógicos. No te digo ya cuando al vice de la expresi, ahora presi cual “Julio César” le dio por elevarse a los cielos en un altar de quinientos metros cuadrados en la Costa del Sol que, primero intentaron que no fuera investigado, y después fue obviado como lógico hasta que “El cuarto poder” le metió mano.
            En ellas estamos, a ver qué desenlace grotesco nos deja cual montaña helada (Cold Mountain).
             Como veis, sin necesidad de hablar de economía, nos sale un texto de película; eso sin contar lo que haya oculto, igual que hacían Dustin Hoffman y Robert deNiro en aquella “La cortina de humo”. Porque no olvidéis una cosa importante: si esto es lo que sabemos, ¿qué será lo que nos están ocultando?
            No pretendo hacer un alegato a favor o en contra del Partido Popular. A favor, después de todo lo anterior me parecería igual de grosero que la niña del exorcista orinando delante de los amigos de su madre. En contra, por desgracia, en este país, habría mucho individuo con lo peor de Rain Man y de Darth Vader que me acusaría de ser el Pluto del PSOE. Al final, no es una cuestión de ideologías como en “Rojos”, es que nuestros políticos parecen los protagonistas de “Brother” pretendiendo negociar con Gordon Gekko.
            Ahora, el que quiera que me diga que si los ERE’s de Andalucía. Todo aquel que pretenda defender este guión mediante la contraposición con el otro, demostrará que estamos abocados a teleseries de los del mediodía de fin de semana. Y que es un poco cómplice, por cierto.

Alberto Martínez Urueña 21-01-2013