martes, 18 de diciembre de 2012

Posibilidades


            Cuando empecé la serie de textos que llevan por título La pregunta, pretendía insistir en varias ideas que venían motivadas por una cuestión primordial, y que cada día se repite de manera insistente: ¿qué es lo que podemos hacer, de manera individual, cada uno de nosotros en esta sociedad en la que vivimos?
            Son varias las conversaciones que he podido tener a este respecto en los últimos meses, y entre todas ellas, pude sacar varias conclusiones que me llevaron a considerar un patrón más o menos fijo: todos y cada uno de nosotros mezclamos en las posibles soluciones más o menos utópicas una idea de venganza contra aquellos que consideramos responsables, no ya de la crisis económica que ahora nos ahoga, sino contra los que convierten esta sociedad en un lugar donde prima la dirección de unos pocos movidos por sus intereses egoístas; intereses que, generalmente, suponen que ellos ganen para que nosotros perdamos, ya sea en aspectos monetarios o en otros como puedan ser los derechos sociales.
            Sinceramente, creo que la solución que pretendamos aportar debería estar limpia de valoraciones negativas. No hablo de dejar impunes las injusticias que puedan suceder, pero el sistema actual de condenas y sanciones no está estructurado para que la defensa de la propiedad privada, ya sea un simple piso de cincuenta metros cuadrados y una cuenta corriente exangüe o un palacio de mil quinientos con inversiones financieras de varios millones, sea vulnerada por valoraciones de justicia equitativa que lleve al expolio de los más ricos. Al margen de que el hecho de ser rico no es lo mismo que ser indecentemente rico, y es algo que está sujeto a demasiadas valoraciones.
            Además, el análisis de la Historia nos lleva a darnos cuenta del descrédito que tienen tanto los liderazgos como las revoluciones más o menos violentas. No porque tanto con los primeros como con las segundas no se haya llegado a mejoras sustanciales: no caeré yo en la hipocresía de argumentar que las distintas revoluciones no consiguieron la abolición de la esclavitud, el sufragio universal o el derecho a la libertad de expresión. Tendemos a minusvalorar avances pretéritos porque no nos tocó vivir lo que suponían los estados anteriores, y porque nos dejaron a nosotros papeletas sin vender de esta fiesta; sin embargo, no podemos entender lo que sucedió entonces, sólo disfrutar lo que de ello devino.
            La pretensión del hombre, desde hace mucho tiempo, ha sido transformar el mundo para intentar hacerlo más amable, más humano; sin embargo, da la sensación de que siempre ha habido alguien intentando que esto no sucediera. Una y otra vez nos hemos topado con una muralla de intereses de unos pocos con capacidad para imponerse al resto; unos pocos que, además, han considerado justo la diferente condición que puede suponer su existencia comparada con la de padres en el paro y niños con hambre en casa. Ni que decir también de las circunstancias que se pueden dar en África, a pesar de que para esa clase de personas suponga igual de justo lo anterior.
            Es complicado no querer vengarse de aquellos que limitan nuestro potencial como sociedad para poder alcanzar cotas de bienestar que alcancen a la totalidad de sus miembros. No entro ya en la opresión que puede sufrir un oficinista que tiene a su jefe subido a la espalda, el cual considera que es más justo (y además es su función, y para eso le pagan) llevar al subordinado a límites que rayan el deterioro físico y psíquico en un afán de aumentar la productividad. Hablamos de opresión, en genérico, y después que cada uno se ponga su ejemplo. Es complicado no querer destruir las bases de un sistema económico que no admite que quieras tener un puesto de trabajo más o menos tranquilo, sin grandes aspiraciones laborales, y que cuando no entras por ese estrecho aro, te pone calificativos de vago cuando menos. En fin, es complicado no querer vengarse de quien quiere arrebatarle a nuestro entorno la humanidad que todos necesitamos, cubriéndola con y anteponiendo criterios de economía y eficiencia, cuando todos ellos deberían ser subordinados al primero, al primordial.
            Como siempre, cuando se habla en estos términos, queriendo transformar la realidad hacia una utópica visión que, de alguna manera, todos tenemos, vemos lo inalcanzable del intento. Así pues, la propuesta acaba siendo siempre la misma: intentar mejorar el pequeño entorno en el que te muevas, intentando hacerlo cada vez más habitable y, quizá, indicando con tu ejemplo simplemente la posibilidad de llevarlo a la práctica. La cuestión es que el “hecho inexorable” de que con esto no cambiaremos la gran realidad se impone y nos derriba una y otra vez. Quizá, y digo sólo quizá, deberíamos dejar de intentar cambiar el mundo, y simplemente intentar hacer que nuestro pequeño entorno, hasta donde llegue en cada uno de nosotros, hacerlo un poco más habitable. Quizá, y digo sólo quizá, la solución para este mundo que parece cada vez más corrompido sean los pequeños gestos que tampoco cuesta tanto hacer, como puede ser ceder el paso a una persona mayor, regalar una sonrisa a quien te cede el paso. Y cuando nos topemos con aquel que no corresponde, si no somos capaces de sonreírle igualmente, al menos no revolcar a sus muertos en una montaña de estiércol.

Alberto Martínez Urueña 18-12-2012

viernes, 7 de diciembre de 2012

La pregunta II


            En el texto pasado planteaba dos cuestiones fundamentales: la primera de ellas era la problemática no de responder de manera correcta a las preguntas, normalmente ajenas, sino la importancia de que cada uno de nosotros encontrase las preguntas adecuadas propias; y la segunda, una escueta reflexión sobre el éxito, tanto en el plano individual como colectivo. El mundo y la actualidad que nos ha tocado vivir está destruyendo las antiguas creencias, estructuras doctrinales y formas de organización que sustentaban la sociedad en la que bregamos como podemos o nos dejan. Un ejemplo paradigmático de este proceso es lo que un buen amigo mío ha dado por llamar la caída de los liderazgos. Si observamos por un momento, y esto lo explicaría mejor esta persona, la realidad que se nos ha impuesto con líderes totalmente alejados de nosotros y además con unos comportamientos cuando menos censurables desde un punto de vista ético, sobre todo, en el plano político y económico, nos ha llevado a la desconfianza de cualquier propuesta programática o incluso de cualquier iniciativa, y corremos un riesgo terrible de seguir cavando en esa dirección, yendo de manera irremisible a la desesperanza y al cinismo descreído.
            No voy a hacer ahora un alegato a favor del surgimiento de nuevas ideas en el seno de estas organizaciones, ni tampoco a la movilización grupal ciudadana. No porque esté a favor o en contra de ninguna de ellas. Estas opciones ya están sobre el tapete y no pretendo ocupar su espacio, al margen de que muchas de ellas están sujetas a la interpretación que cada cual quiera darle.
            ¿Qué tiene que ver todo esto con el éxito? Muy sencillo: el éxito marcado y perseguido a lo largo de los tiempos ha sido arrebatar el poder a las pocas manos que hoy en día lo tienen. De hecho, a través de construcciones matemáticas creíbles e investigaciones exhaustivas, hay conclusiones que llevan a decir que la inmensa cantidad de riqueza mundial (se calcula en cincuenta billones europeos de dólares) está controlada por menos de cincuenta corporaciones internacionales. Al frente de ellas, por supuesto, habrá personas. Todos los movimientos sociales y revolucionarios que ha habido a lo largo de la historia han intentado trastocar estas condiciones; sin embargo, los procesos globalizadores de las economías han llevado a concentrar aún más este poder. Ojo, no pretendo restar importancia a las movilizaciones sociales que, en toda esta miríada de años, han ido consiguiendo derechos básicos como el simple derecho a la vida, aboliendo la esclavitud de los códigos legislativos.
            Sin embargo, nos hemos estrellado contra un poder económico en el que, cuando menos, como decía antes, desconfiamos. La economía, no obstante, entendida como gestión de recursos escasos en infinitos posibles usos es un sistema cada vez más implantado, sobre todo, después de colapsos de otros sistemas alternativos como fue el comunismo. ¿Qué es lo que nos queda? Modificar de alguna manera nuestro concepto de éxito. Y me explico.
            Pensad en unas elecciones generales, o también en las elecciones de consumo, en la elección de ropa, de pareja, de modo de vida, de casa, de trabajo… Como veréis, toda nuestra vida está repleta de elecciones, y la mayoría de las veces las realizamos de manera inconsciente, o si se prefiere programada. Todos los sistemas más o menos amplios, más o menos estructurados, se basan inexorablemente en cada una de las elecciones que realiza cada uno de sus miembros, los cuales determinan a su vez la estructura en la que se mueven. El problema que hallamos en este contexto, con la idea de éxito social que tenemos imbuida y que han conseguido establecernos, es que si no vas a conseguir cambiar nada con tu acto individual porque es imposible ir contracorriente, y además muy duro, es absurdo realizarlo y es mejor dejarse llevar. Con este silogismo tan sencillo, luego nos envenenaron, o lo pretendieron, con modos de vida consumistas, con elecciones generales en las que se proclamaba el voto útil, con tener que ser de tal o cual fuerza política, o de tal o cual equipo de fútbol, introduciendo un dualismo muy peligroso. Y esto por la necesidad de éxito (contrapuesto con la idea de fracaso) y relevancia que todos nosotros tenemos.
            Por eso, quiero hacer aquí un llamamiento, pequeño porque llego con estos textos a muy poca gente, a favor de una nueva conciencia. Una nueva conciencia muy sencilla en la que cada uno de nosotros nos guiemos, no por lo que pretendamos conseguir a gran escala, y nos frustremos al no conseguirlo, sino por un criterio propio, quizá distinto del de la mayoría, pero mucho más satisfactorio para su persona. Únicamente necesitamos hacer un pequeño cambio en nuestra manera de entendernos a nosotros y a la relación con nuestro entorno. Únicamente haciendo un pequeño cambio en la forma de entender el éxito, viendo que éste consiste en hacerte las preguntas adecuadas y actuar con una responsabilidad individual, y de esta manera, conseguir ser honestos con nosotros mismos.

Alberto Martínez Urueña 6-12-2012

viernes, 30 de noviembre de 2012

La pregunta


            Vamos a hacer el ímprobo esfuerzo de escribir un texto sin que salten las alarmas. Vamos a intentar hablar de una manera distinta de la propia actualidad, o más bien, darle una vuelta de tuerca y ver todo este complejo en que vivimos desde una perspectiva distinta.
            Para ello, antes de nada, voy a deciros una cosa a la que quiero que estéis muy atentos, porque quizá sea algo que no os han dicho nunca; de hecho, es una paradoja interesante sobre la que os recomiendo que no paséis de largo. ¿Cuál puede ser una de las principales palabras que más daño nos ha hecho, y sigue haciéndonos, desde que la sociedad empieza a imprimir su información en nuestra mente? Pensadlo con cuidado durante unos instantes.
            Mientras tanto, doy un pequeño rodeo para resaltar una cuestión, o más bien, para plantear un par de nuevas cuestiones. De hecho, creo que lo importante de quienes tenemos la inquietud de movilizar no ya las masas, sino la conciencia personal y colectiva de cada uno, incluida la nuestra, no es dar respuestas concretas, sino hacer las preguntas adecuadas. Es más importante, y si lo pensáis os daréis cuenta, encontrar la pregunta adecuada que dar respuestas más o menos acertadas. Todo cambio de perspectiva, ya sea personal o de grupo, pasa por una pregunta, o quizá más acertado, un cuestionamiento. Las preguntas que nos hacemos cada uno de nosotros marcan la pauta que seguiremos cuando consigamos responderla, lo que seremos a partir de ese momento, y seguramente también, qué será lo que consiga llenarnos y hacer de nuestra vida algo más o menos pleno y con destellos de felicidad.
            Ahora os digo: ¿habéis pensado en la pregunta del párrafo anterior? La respuesta a esa palabra es “Éxito”.
            La palabra éxito fuera de contexto tiene múltiples acepciones y connotaciones, y depende sin lugar a dudas del tenor a que se halle sujeta. Sin embargo, en todos ellos, tiene dos puntos comunes: la consecución de un intento o un esfuerzo, y lo que esta consecución nos aporta. Si introducimos la palabra éxito en nuestra estructura social, en cualquier aspecto de ella, además podemos afirmar que viene recubierta de una patina brillante de reconocimiento más o menos amplio de nuestro entorno, ya sea éste nuestra familia, grupo de amigos, trabajo, o en ámbitos más amplios si acaso se trata de una persona con una cierta relevancia mediática. Nosotros mismos tenemos impreso en nuestro acerbo colectivo la idea de tener éxito en la vida: éxito económico, familiar, en nuestro más o menos amplio círculo social… Sabemos cuál es el objetivo, hacia donde mirar sin dudar de qué es lo que debemos hacer para ser felices.
            Esto plantea dos tipos de problemas: el primero, que no todo el mundo conseguirá la marca que se haya fijado; el segundo, que quizá ese éxito que nos han dicho que es el bueno no es lo que realmente nos pueda satisfacer.
            Sobre el éxito se ha escrito mucho y no pretendo actuar de sabio; sólo pretendía poneros en contexto por un motivo: cuando lo relevante es alcanzar el éxito, y por otro lado, la realidad impone que no lo consigamos, nos quedamos vacíos de contenido.
            ¿Qué es lo que resta en esa situación? Habrá quien afirme que la cuestión está en ir aprendiendo a fijar metas que sean asequibles. Otros, quizá nos hablen de la cantidad de fuerza de voluntad y esfuerzo estés dispuesto a ofrecer en la consecución de tal objetivo y de esta manera obtener el éxito. Todas estas afirmaciones, y aquellas otras que me dejo en el teclado, pueden ser más o menos ciertas, y habría que ir viendo de manera individual, la casuística de las situaciones que se planteasen. Esto es válido, además, en el caso de que estemos hablando del éxito personal que nos marquemos, ya sea casarte y tener hijos, ascender en una empresa y conseguir reconocimiento laboral, o medrar en una organización política para conseguir alcanzar puestos de influencia más o menos relevantes, o más o menos interesados.
            Sin embargo, en el mundo en el que nos movemos hoy en día, y cuando hablo de hoy en día, me refiero a la situación económica, social, política, cultural, etcétera, el éxito o consecución del objetivo social que, de una manera más o menos cercana, todos los ciudadanos de nuestro país tenemos, se convierte en el mejor de los casos en algo tremendamente difícil, y la mayoría además, ya le ha puesto la vitola de imposible y utópica. Controlados por las estructuras de poder, tanto económicas como políticas como mediáticas, los ciudadanos asistimos frustrados a una situación en la que nos sentimos manejados y controlados por suprapoderes más allá de nuestra capacidad de influencia. Y todos, o al menos la mayoría que todavía no ha caído en el descreimiento y el cinismo (terribles enemigos individuales que nos pueden condenar al odio y al rencor que únicamente daña a quien lo siente), hemos pensado en algún momento qué es lo que podemos hacer para cambiar o mejorar todo este embrollo.
            Concluyo aquí este texto, y lo continuaré en el próximo. No es afán de dejar las cosas a medias. Pero, como os he dicho antes, hay que buscar las preguntas importantes, no las respuestas. Es inútil empezar la casa por el techo.

Alberto Martínez Urueña 30-11-2012

viernes, 16 de noviembre de 2012

¡Informaos!


            Los últimos años se ha puesto muy caro encontrar un tema para escribir que no tenga que ver con la crisis económica y sus derivados. Sus derivados son esos señores que se sientan en escaños de distinta índole y cuya gestión de lo público es cuando menos dudosa. Además, con todo lo que se ha escrito ya por analistas más o menos reputados, que yo pretenda dar algún punto de vista innovador, se convierte en una tarea simplemente imposible. Por eso, os recomiendo a cada uno de vosotros que os leáis distintas aportaciones que hay en foros si acaso vuestro objetivo es encontrar alguna explicación más o menos razonada de lo que nos está ocurriendo. Sé que entre vosotros se encuentran personas que, más allá de tragarse el adoctrinamiento que ciertos falsos profetas predican en los medios de comunicación, quiere encontrar una perspectiva… llamémosla consistente. Leer sobre Economía, os aseguro que no es ni de raros ni tan complicado, salvando determinadas propuestas que implican un cierto conocimiento de nociones básicas, y tiene la inestimable ventaja de que estructura y razona los posibles puntos fundamentales buscados, más allá de un discurso vago y desordenado.
            También conviene comprobar la posible subjetividad más o menos pronunciada de quien escribe o habla y tamizar la información, desechando a ciertas hienas que aprovechan para, antes que informar y proponer ideas y debates sobre el tema en concreto, soltar peroratas y discursos manchados de ideologías, historicidades más que dudosas y adoctrinamientos sin explicación posible, aderezado por supuesto con insultos de toda condición, demostrando que tenemos un idioma rico en estos epítetos.
            Salvando a estos canallas, a los que no dedico más de cinco minutos, por si acaso se me hincha el hígado, existen en esta lengua y este país foros donde las propuestas y las controversias son educadas y, lo que es más importante para el inquieto lector, razonadas. Al margen del puro interés teórico de la esta lectura, se pueden entresacar, como decía antes, ideas puntuales sobre las causas y las posibles soluciones.
            Curiosamente, en la mayoría de estos escritos, uno de los puntos básicos que se exponen es, como podríamos decir, la idiosincrasia del español, pero con una perspectiva sorprendente. Estos ponentes, ya sean nacionales o foráneos, destacan también la riqueza cultural y vital del español, y la enorme cantidad de oportunidades que ofrece un pueblo y una tierra como la nuestra, con tanta variedad climática, trabajadores y estudiantes preparados y dispuestos y un modo de vida que, en contra de lo que solemos decir de nosotros mismos, y soportado por las cifras, no es tan vagos ni de maleantes como hay quien pretende. Aprendes puntos clave de nuestro sistema social, legal e institucional, sorprendiéndote con datos que ponen en entredicho muchas de las creencias y eslóganes con los que, hábiles tergiversadores de lo manifiesto, concurren a las tribunas y a los púlpitos con la intención de atraer a una masa grosera e inculta, y además orgullosa de serlo.
            Leyendo las ponencias de personas sin ningún vestigio de interés o de aprovechamiento de tal o cual medida, puedes vislumbrar una luz diáfana y clara, cálida, que empequeñece esos brillos fulgurantes y efímeros con que pretenden secuestrar nuestra atención distintas organizaciones con marcados intereses económicos y mediáticos. Ponen de manifiesto también, sin ambages ni medias tintas, las miserias de una raza ibérica, o más bien mediterránea que, construyendo una de las culturas más antiguas del orbe, se ve ahora asaltada por sus propios fantasmas: toda una estructura institucional, legal y administrativa decimonónica, mastodóntica e ineficiente que es perpetuada por aquellos que medran en ella. Es más, con la escusa de principios tales como la eficiencia y la eficacia, desmontan, en lugar de mejorarles, los pilares del Estado del Bienestar con el único fin de evitar su propio holocausto. Los problemas de esta actitud no son ya sólo los daños a nuestra Economía y sociedad, que son muchos, sino el descreimiento que se cierne sobre los liderazgos y la vida pública. Nos llevan a un estado abúlico en el que, como no se puede hacer nada, se perpetúan ellos mismos en los puestos de poder; los únicos, por cierto, desde donde se puede hacer algo de forma común, coordinada y útil para la ciudadanía. Todos los intentos de transformar la sociedad desde dentro son sumamente importantes; vitales, diría yo. Sin embargo, sin la visibilidad de líderes mediáticos preparados y diligentes, las medidas que se deban articular de forma consensuada y creíble, y que sirvan para la totalidad del Estado, son como un taburete con dos patas.
            ¿A dónde voy con todo esto? A que, como decían en Expediente X, la verdad está ahí fuera, está en columnas de personas que están más allá de ideologías y de partidos políticos, que hay ideas diferentes, estructuradas, que no dejan fuera a tal o cual colectivo que parece irse de rositas en esta crisis, y que nos sirven para cobrar las cuentas cuando lleguen elecciones. Los que están destruyendo nuestra sociedad, y por tanto una parte de nosotros mismos, saben todo esto, pero hasta que la sociedad no demuestre, por medio de los medios establecidos, que quiere que se haga caso a los sabios, no habrá más que lloros, injusticia y crujir de dientes.

Alberto Martínez Urueña 16-10-2012

jueves, 8 de noviembre de 2012

La historia de siempre


            Dicen que tengo cierta facilidad para las fechas, así que no me pidáis que os explique por qué me acuerdo de que la primera vez que entré en un local para mayores de dieciséis años fue el trece de octubre de mil novecientos noventa y cuatro. Algunos de vosotros sabéis a qué fecha me refiero. Quince días más tarde, pisé por primera vez la Paco, una discoteca que en aquellos tiempos estaba muy de moda en mi colegio. Ésta es la constante desde antes de aquel entonces y perpetuada hasta ahora entre la juventud. Dolor de cabeza de madres y de padres. De estos últimos no puedo ponerme en su lugar, pues no tengo ningún hijo preadolescente, pero de los primeros, fui uno de ellos y después les he visto por mis bares y sé de lo que hablo. Ni de unos ni de otros pretendo hacer culpables: los primeros, en su afán por hacernos mayores, infringimos las leyes que fueron necesarias para vivir una quimera que en aquel momento nos pareció algo real; de los segundos, como ya he dicho, no diré nada, pero sé que es algo complicado.
            En aquella época, y en las posteriores, recuerdo lo que era un sujeto apoyado en el quicio de la puerta de buen rollo cobrando las trescientas pesetas de la entrada y pasando del DNI. Recuerdo también cuando había rumores de redadas y presencia policial en las inmediaciones, que al sujeto de la puerta se le tornaba el rostro a ceniciento unas veces y a morado otras. De estos últimos también sé de qué va el rollo, porque también me dedique en algún momento a controlar al accesos. Si bien procuraba pasar del tema, no me tembló la voz ni una sola vez al decirle a algún colega que sin el carné no pasaba allí ni dios.
            Y sí, esto va de los sucesos de la noche del día treinta y uno en Madrid, en tal macrosala, con tales organizadores y con tales permisos de apertura. Cada cierto tiempo pasan cosas parecidas; si no es un par de muertos o tres, son intoxicaciones etílicas que ya son rutina en los servicios de urgencias, es algún portero que se le pira la pinza y mata algún chaval, o es que en una redada se encuentran menores donde no deben estar. Es la eterna canción desde que empecé a pisar esas calles, o incluso antes. Por eso, cuando oigo a los medios de comunicación, formados por editores de prensa todos ellos, padres y madres la mayoría, llevarse las manos a la cabeza porque en ese local se había sobrepasado el aforo, había menores dentro, estaba el tema descontrolado con los seguratas pasando del tema, y esas historias, se me tuerce la boca en una sonrisa resabiada que no me gusta un pelo, pero que resulta inevitable.
            Podrán decir que no lo sabían y llevarse las manos a la cabeza como buenos beatones, pero la hipocresía con respecto a las costumbres de los jóvenes españoles y no tan españoles, todo ello regado con datos de iniciación y demás, por las calles de nuestras ciudades es absolutamente vomitiva. Siempre será lo de que el mío no lo hace, son los cuatro de siempre y esas estupideces. Y ojo, no pretendo buscar responsables ni en los padres, que por norma general intentan hacerlo lo mejor que pueden, ni en los chavales que, en un impulso natural y antediluviano, pretenden demostrar que ya son dignos de formar parte de su sociedad y pasar los correspondientes rituales. Antes les llevábamos a matar leones al Atlas, y ahora, salen de copas hasta las tantas. Es una cuestión de valoración social y ejemplos recibidos de sus mayores.
            Pero si hablamos de responsables, ahí sí que guardo yo algunos recuerdos de aquella época. Recuerdo porteros que no pedían carnés de identidad para comprobar la edad de acceso, porteros que si la niña era guapa le ponían alfombra roja y no le cobraban la entrada. Recuerdo a camareros, cuando la edad de entrada eran dieciséis años, pero no se podía servir alcohol de más de dieciocho grados a menores de dieciocho años, eludiendo la responsabilidad de comprobar la edad del que pedía. Todos ellos con el permiso explícito pero no firmado de sus jefes, dueños o arrendatarios del local, de hacer la vista gorda para llenar la caja. También recuerdo a policías inoperantes que hacían acto de presencia una vez cada dos años, en algunos casos, previo aviso (no tengo pruebas, pero lo sé) de la jefatura de policía a los locales pertinentes. Todo el mundo sabía quién pasaba coca y hachís, los locales donde adquirirlos y el precio del gramo. Todos, salvo al parecer los mandatarios de las fuerzas públicas que debían controlar el tema. Y todo ello, permitido por los políticos de turno encargados de hacer las correspondientes leyes y dotar las medidas necesarias para que se cumplan (siempre hay políticos de mierda en estas cosas, y en otras).
            Así que, sí, es una tragedia griega con todas las letras lo del otro día, pero tanta hipocresía y tanta baba bendecida en los altares sociales me pone enfermo. Una imagen de un político diciendo la tontería de que se van a adoptar todas las medidas para evitar que sigan sucediendo estas cosas, hace que me sangre la úlcera. Y medios de comunicación llevándose las manos a la cabeza, hace que quiera armarme hasta los dientes con mi léxico y dejar estos gritos en mi columna. Buenas tardes.

Alberto Martínez Urueña 3-11-2012