jueves, 8 de noviembre de 2012

La historia de siempre


            Dicen que tengo cierta facilidad para las fechas, así que no me pidáis que os explique por qué me acuerdo de que la primera vez que entré en un local para mayores de dieciséis años fue el trece de octubre de mil novecientos noventa y cuatro. Algunos de vosotros sabéis a qué fecha me refiero. Quince días más tarde, pisé por primera vez la Paco, una discoteca que en aquellos tiempos estaba muy de moda en mi colegio. Ésta es la constante desde antes de aquel entonces y perpetuada hasta ahora entre la juventud. Dolor de cabeza de madres y de padres. De estos últimos no puedo ponerme en su lugar, pues no tengo ningún hijo preadolescente, pero de los primeros, fui uno de ellos y después les he visto por mis bares y sé de lo que hablo. Ni de unos ni de otros pretendo hacer culpables: los primeros, en su afán por hacernos mayores, infringimos las leyes que fueron necesarias para vivir una quimera que en aquel momento nos pareció algo real; de los segundos, como ya he dicho, no diré nada, pero sé que es algo complicado.
            En aquella época, y en las posteriores, recuerdo lo que era un sujeto apoyado en el quicio de la puerta de buen rollo cobrando las trescientas pesetas de la entrada y pasando del DNI. Recuerdo también cuando había rumores de redadas y presencia policial en las inmediaciones, que al sujeto de la puerta se le tornaba el rostro a ceniciento unas veces y a morado otras. De estos últimos también sé de qué va el rollo, porque también me dedique en algún momento a controlar al accesos. Si bien procuraba pasar del tema, no me tembló la voz ni una sola vez al decirle a algún colega que sin el carné no pasaba allí ni dios.
            Y sí, esto va de los sucesos de la noche del día treinta y uno en Madrid, en tal macrosala, con tales organizadores y con tales permisos de apertura. Cada cierto tiempo pasan cosas parecidas; si no es un par de muertos o tres, son intoxicaciones etílicas que ya son rutina en los servicios de urgencias, es algún portero que se le pira la pinza y mata algún chaval, o es que en una redada se encuentran menores donde no deben estar. Es la eterna canción desde que empecé a pisar esas calles, o incluso antes. Por eso, cuando oigo a los medios de comunicación, formados por editores de prensa todos ellos, padres y madres la mayoría, llevarse las manos a la cabeza porque en ese local se había sobrepasado el aforo, había menores dentro, estaba el tema descontrolado con los seguratas pasando del tema, y esas historias, se me tuerce la boca en una sonrisa resabiada que no me gusta un pelo, pero que resulta inevitable.
            Podrán decir que no lo sabían y llevarse las manos a la cabeza como buenos beatones, pero la hipocresía con respecto a las costumbres de los jóvenes españoles y no tan españoles, todo ello regado con datos de iniciación y demás, por las calles de nuestras ciudades es absolutamente vomitiva. Siempre será lo de que el mío no lo hace, son los cuatro de siempre y esas estupideces. Y ojo, no pretendo buscar responsables ni en los padres, que por norma general intentan hacerlo lo mejor que pueden, ni en los chavales que, en un impulso natural y antediluviano, pretenden demostrar que ya son dignos de formar parte de su sociedad y pasar los correspondientes rituales. Antes les llevábamos a matar leones al Atlas, y ahora, salen de copas hasta las tantas. Es una cuestión de valoración social y ejemplos recibidos de sus mayores.
            Pero si hablamos de responsables, ahí sí que guardo yo algunos recuerdos de aquella época. Recuerdo porteros que no pedían carnés de identidad para comprobar la edad de acceso, porteros que si la niña era guapa le ponían alfombra roja y no le cobraban la entrada. Recuerdo a camareros, cuando la edad de entrada eran dieciséis años, pero no se podía servir alcohol de más de dieciocho grados a menores de dieciocho años, eludiendo la responsabilidad de comprobar la edad del que pedía. Todos ellos con el permiso explícito pero no firmado de sus jefes, dueños o arrendatarios del local, de hacer la vista gorda para llenar la caja. También recuerdo a policías inoperantes que hacían acto de presencia una vez cada dos años, en algunos casos, previo aviso (no tengo pruebas, pero lo sé) de la jefatura de policía a los locales pertinentes. Todo el mundo sabía quién pasaba coca y hachís, los locales donde adquirirlos y el precio del gramo. Todos, salvo al parecer los mandatarios de las fuerzas públicas que debían controlar el tema. Y todo ello, permitido por los políticos de turno encargados de hacer las correspondientes leyes y dotar las medidas necesarias para que se cumplan (siempre hay políticos de mierda en estas cosas, y en otras).
            Así que, sí, es una tragedia griega con todas las letras lo del otro día, pero tanta hipocresía y tanta baba bendecida en los altares sociales me pone enfermo. Una imagen de un político diciendo la tontería de que se van a adoptar todas las medidas para evitar que sigan sucediendo estas cosas, hace que me sangre la úlcera. Y medios de comunicación llevándose las manos a la cabeza, hace que quiera armarme hasta los dientes con mi léxico y dejar estos gritos en mi columna. Buenas tardes.

Alberto Martínez Urueña 3-11-2012

La simple realidad


            En este texto no me voy a extender demasiado, porque creo que es totalmente innecesario y pretender convencer a nadie sería poco menos que insultarle. Un millón setecientas treinta y siete mil novecientos hogares tienen a todos sus miembros parados. No sé si estas cifras, o no le llegan al Gobierno y sus secuaces del Congreso, o bien simplemente se las pasan por el mismo vértice de la bisectriz que forman sus piernas. Es decir, cualquier tipo de epíteto que utilizan una y otra vez para referirse a estas circunstancias es como si les dieran una tras otra bofetada. Es como llamar petardo de ferias a la bomba de Hiroshima. Es el ejemplo, palmario, clásico y rotundo del significado de eufemismo, mezclado a partes iguales con el sustantivo demagogia. Es, además, una burla y una afrenta, porque además de hablar de pequeños esfuerzos, de presupuestos sociales y esa serie de revoltijos lingüísticos, luego no hacen nada de lo que dicen, y sus actos son diametralmente opuestos a lo que indican sus palabras.
            Los datos de la EPA, cinco millones setecientos setenta y ocho mil cien parados es la mayor afrenta social que se puede concebir en una sociedad como la nuestra, además de la demostración de ser un sistema fracasado. Nos hablan de la maravilla de la transición española, pero esa transición no ha sido capaz, en treinta y tres años de vida de la Constitución de evitar que cada vez que la Economía se constipa, a nosotros nos salgan cifras a modo de tumores sociales. Y esto no es responsabilidad del señor Rajoy, o más bien no sólo de él, sino de todos los presidentes que le han precedido en el cargo. Porque, por primera vez en la historia reciente de nuestro país, además de hacer responsables a los empresarios por cepillarse a una gran cantidad de asalariados, podemos señalar con el dedo a un responsable político elegido por las urnas para gobernar a TODOS los españoles como actor principal en las cifras de desempleo en nuestro país. Llamadlo como queráis, pero el sufrimiento que están provocando a nuestros conciudadanos no puede justificarse bajo ningún concepto con cifras de déficit, o de lo que sea. Al margen de que, como trabajador de un organismo como la Intervención del Estado, nos tenemos que morder la lengua al respecto de que estos recortes criminales y clasistas son los únicos posibles.
            Por concluir rápidamente, sólo otro dato más. El veintiuno coma uno de los españoles vive por debajo del umbral de la pobreza. Eso significa que, cogiendo la media de renta per cápita y dividiéndola entre dos, fijando de esta manera dicho umbral, uno de cada cinco españoles se sitúa por debajo. Hay pocos indicadores estadísticos que puedan reflejar mejor una realidad semejante y una desigualdad entre las distintas capas sociales. Luego llegará algún político de turno y dirá que los problemas que tenemos ya no son de lucha de clases o de distintos estratos sociales. Es como un insulto a la inteligencia.
            No me voy a extender más por hoy, porque creo que no merece la pena. No necesito argumentar a favor o en contra de tal o cual postura política o decisión económica. Hablar de esos índices de pobreza en un país supuestamente avanzado es dejar claro que los parámetros que se utilizan para medir ese avance son absurdos, aparte de inservibles. Hoy en día se mide al país en función de su producción, pero no se tiene en cuenta a cuántas personas se dejan en la cuneta en ese supuesto progreso. Es más, creo que con que cada uno de nosotros hagamos el esfuerzo empático de ponernos en el pellejo de cualquiera de esas familias que tienen que ir cada día a Cáritas para que sus hijos puedan comer caliente, o simplemente puedan comer, es suficiente.

Alberto Martínez Urueña 27-10-2012

Política


            Algunas veces, mientras estoy con una de mis aficiones favoritas, la cocina tanto para realizar como para disfrutar, me gusta tener la radio puesta. Unas veces los programas deportivos,  otras veces las noticias, o bien debates… Se sacan muchas ideas cuando estás realizando algo que te entretiene manualmente mientras recapacitas, y voy tomando nota de las ideas que me vienen en papelitos que guardo en el bolsillo.
            Es indudable que la situación que vivimos es terriblemente compleja, pero sobre todo, terriblemente trágica. No me da la gana utilizar el eufemismo de “desagradable” que escuche hace poco en la radio a cierto mandatario. Desagradable es cuando un filete te queda demasiado hecho, o quizá demasiado salado; sin embargo, cuando no hay filete que poner en la mesa, estamos hablando de tragedia. Creo que éste es un concepto que no deberían olvidar ciertos personajillos que saltan a la palestra desde la cueva en la que se esconden.
            Sin embargo, hace pocos días, un amigo me sugirió una idea sumamente inteligente y atractiva. Está muy de moda hablar y desprestigiar a la Política por culpa de ciertos politicuchos de este país que no saben estar a la altura, y a lo mejor en alguno otro. Pero, ¿os habéis parado a pensar en qué ocurriría si no hubiera políticos, unas Cortes Generales, un Gobierno…?
            En España tenemos la experiencia reciente, y a veces parece que no hemos aprendido demasiado bien. Recuerdo, hace más o menos un año, cuando una gran parte de la ciudadanía clamaba por una mayoría absoluta que permitiese a un partido político tomar grandes decisiones que no se vieran interferidas por los partidos nacionalistas. También existía el argumento de que tal mayoría supondría una mayor fuerza contra los dictados de la Unión Europea, personalizada en Alemania y su canciller Merkel. Esto no deja de ser un giro de tuerca más hacia ciertas ideas que, por experiencia propia sufrida en el siglo veinte son sumamente peligrosas. Ojo, no estoy aquí haciendo un alegato a favor o en contra de una u otra tendencia (eso lo dejo para otro texto y otro momento): precisamente esa experiencia nos indica que, tanto cuando el giro es hacia la extrema derecha personalizada en Hitler, Mussolini y su hermano pequeño Paquito como cuando es hacia la extrema izquierda personalizada en Stalin, Ceausescu o un tal Tito, los resultados son simplemente catastróficos en vidas humanas. En vidas humanas, ojo, tanto en muertos, que es lo más importante, como en marginados, ninguneados, oprimidos, deportados, esclavizados o silenciados.
            Precisamente de aquí radica la importancia de la verdadera política, el sentido fundamental que parecen haber olvidado nuestros representantes y, de alguna manera, nosotros mismos cuando decidimos el sentido de nuestro voto, o el no votar.
            La política tiene varias funciones. Una de ellas es la de gestionar mejor o peor, o con tal o cual orientación ideológica o económica, los fondos que los ciudadanos ponemos en común para dotarnos de un Estado del Bienestar más o menos grande. Esa tarea es de la que normalmente hablamos cuando nos salen espumarajos por la boca al hablar de nuestros dirigentes españoles. Otra función es la de tomar decisiones a la hora de orientar nuestra dirección como nación con un proyecto común, y en esto también fallan clamorosamente. Lo vemos a diario a través del espectáculo esperpéntico en que se convierten las sesiones parlamentarias de control al Gobierno, en los debates sobre el Estado de la Nación y en las ruedas de prensa con que nos deleitan cada día en horario de máxima audiencia. Frases y discursos grandilocuentes, ideas fabulosas, formas más o menos vehementes… Todo muy brillante y al mismo tiempo igualmente estéril.
            Sin embargo, el auténtico sentido de la política debería ser concertar foros de debate en los que los participes tengan un objetivo básico: ponerse de acuerdo en los puntos importantes por la sencilla razón de que han de decidir por todos los ciudadanos, no sólo por unos o por otros. Éste es el sentido y la lógica: aglutinar a los ciudadanos que están representados en los escaños, no sólo a los que tienen mayoría y que éstos puedan aplastar al resto, casi en un ejército de venganza por algo que nadie recuerda de un pasado beligerante entre esas dos Españas de las que da tanto asco hablar.
            La cuestión, por tanto, es intentar que incompetentes, no sólo gestionando fondos públicos, sino gestionando una herramienta tan importante como la Política, no embarren una idea con la que soñaron antes que nosotros muchos más desde hace milenios. Otra cosa distinta será plasmar este honorable intento, pero conviene no olvidar que detrás de esa idea hubo infinidad de personas que lucharon, sangraron e incluso murieron por ella, y gracias a los que hoy en día podemos salir a la calle y expresarnos, las mujeres votar en unas elecciones y yo escribir textos como los que suelo mandaros.

Alberto Martínez Urueña 8-11-2012

miércoles, 3 de octubre de 2012

Enemigos II


            Hace un tiempo, en concreto el quince de Diciembre de dos mil nueve, escribí un artículo titulado “Enemigos”. Planteaba lo complicado que resulta en esta democracia en que vivimos, coaligada con un sistema económico procaz e inhumano que diluye las responsabilidades personales en un plasma amorfo que deviene en un “haz lo que quieras siempre que no conozcas al que estás jodiendo”. Os invito a releerlo cuando queráis en la columna que tengo en Internet, entre otras cosas porque la lógica intrínseca al texto me parece realmente sólida y digna de ser pensada.
            Al margen de publicitarme, cosa que no me importa reconocer, también tengo más cuestiones pendientes al respecto, y que hoy están de máxima actualidad debido a los crecientes desacuerdos sociales y los disturbios que estos han provocado. Inevitables son en este caso, las consiguientes declaraciones de responsables de uno u otro palo, dejando bastante maltrechos a algunos, como por ejemplo la autoproclamación de la delegada del Gobierno como próxima nominada en la esfera política. Argumenta, en pro del orden público, limitar el derecho constitucional de manifestación, alegando las molestias para la vida cotidiana que generan en ciertas ciudades. Todavía hay a quien le cuesta entender que una manifestación que no molesta, así como una huelga que no causa perjuicios no tiene el más mínimo sentido. Mis más fervorosos aplausos a mineros, transportistas o controladores aéreos que han demostrado la efectividad de ciertas protestas en los últimos años.
            La cuestión que me ocupa son las revueltas acaecidas en Madrid estos últimos días de Septiembre. Gracias a Dios, tengo varios amigos a los que aprecio que, o bien forman parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, o de alguna otra Administración, y puedo comprender también su postura. Así mismo, además son funcionetis de estos como yo a los que nos han robado la paga extra con alevosía y mucha desvergüenza, a base de decretazo que prefiere suprimir servicios públicos y no cargos políticos. Ya me explicarán luego qué pretenden gestionar con esos políticos puestos a dedo, cuando el Estado del Bienestar suponga la mitad de lo que se había conseguido. Eso sí, seguro que ellos siempre serán imprescindibles en su puesto.
            En todo caso, las manifestaciones han dejado imágenes para la posteridad en las que unos ciudadanos se enfrentaban contra otros, unos sacudiendo la mayoría de las hostias, por cierto, y no de las de monseñor Varela, si no dirigidas al cuerpo, y no tanto a la dignidad humana. En toda esta escalada de recortes, latrocinios y desmanes, la crispación, o si lo preferís, la mala baba del ciudadano ha ido incrementándose exponencialmente tanto en número de afectados como en la graduación de esa baba. Y claro, de tanto apretar los cojones, al final hay alguno que dice que se le están hinchando más allá de lo que es humanamente soportable. Curiosamente, suelen ser los que ya al inicio de la crisis, salvando excepciones, hacían equilibrismos con la renta mensual, como las capas más bajas de la sociedad, las familias jóvenes con niños a cargo, los pensionistas… De momento, en todo esto de los recortes no he visto a los niños de las juventudes del pepé, todos bien vestidos con su cocodrilo y su melena de maricón a lo Jennifer Aniston (las melenas de mis épocas eran otra cosa, por cierto, y algo más perseguidas por aquellos a los que ahora les parece supercool llevar “greñas”).
            La maniobra política durante toda esta época de zarandeo económico gratuito (nadie lo ha pedido, aunque lo pague) ha sido ir eludiendo las culpas a unos sectores o a otros, con aquello de los que han vivido por encima de sus posibilidades, después los funcionarios que esquilman las arcas públicas, luego unos señores llamados mercados que son buenos si acaso me interesa, el fontanero que dice aquello de “con IVA o sin IVA”… Y la última etapa de todo esto ya la estamos viendo con aquello de que decir “que no nos representan” es similar a lo de Tejero (palabras del niño de Rajoy) y así poner la excusa para hacer que los azules se engrisezcan  peligrosamente. Una jugada más para enfrentar a ciudadanos entre sí, todos ellos más cabreados que un miura en Las Ventas, y ellos seguir saliendo guapos en las fotos de portadas matinales.
            Pues mira, va a ser que aquí hay uno que dice que no. Creo en la política, además de por la propia definición que viene de un vocablo y una costumbre griegos (no todo lo que viene de allí es malo), porque además he visto que hay en sitios donde parece que funciona algo mejor. Me niego a creer que mis vecinos son los responsables de que estemos hasta el cuello, por mucho veneno dialéctico que se gasten en el hemiciclo de San Jerónimo y conchabados unos con otros en el trinque. Quizá sea verdad eso de que no podemos hacer un carajo por cambiar nada, pero al menos yo me quedo más tranquilo cuando les doy un par de latigazos verbales, aunque no les llegue. Desde luego, animo a todos a hacer este mismo ejercicio de catarsis que, ya que no es muy lícito, aparte de higiénico, ir a hacer nuestras necesidades a la puerta del Congreso, por lo menos que nos quede el mentarles a la madre que les parió. Incluso en frases algo escatológicas. Eso sí, desde lejos, para que cuando vuelvan a llover las hostias entre conciudadanos, no pongan de excusa que les tocaron una valla.

Alberto Martínez Urueña 2-10-2012

Por la muestra se conoce el paño


            Ha pasado poco tiempo del último texto, y no es que ahora vaya a recobrar las semanas perdidas, pero tengo algo que deciros, que se me ha ocurrido escuchando las noticias, claro. Con todo esto de la Economía, el procedimiento europeo de déficit excesivo, las primeramente llamadas reformas que por fin se atreven a llamar recortes, incluido el propio gobierno y sin haber visto ni un solo atisbo de auténticas reformas estructurales, podemos estar hablando de este tema todo lo que queramos.
            Hace tiempo que algunas personas, entre las que me incluyo, recordamos que la economía, entre otras, trata de la asignación de recursos escasos que tienen usos alternativos. Es decir, si tienes cuatro cosas para comprar que cuestan doscientos, pero sólo tienes cien, estas condenado a elegir entre las cuatro. Hay una parte de esta ciencia que intenta explicar los mecanismos de tales elecciones, como son las distintas teorías sobre la utilidad o satisfacción que reportan los bienes y cómo deciden los consumidores entre unos y otros. No hace falta ser un premio Nobel para entender que elegiremos aquellos que más nos gusten, que más se ajusten a nuestras preferencias o los que sean afines a nuestros intereses.
            ¿De qué va todo esto? Muy sencillo: de estas dos cuestiones podemos deducir que la economía trata sobre cuáles son las elecciones a realizar, e implícito en esto, es que siempre hay elección. Pretendo, como es obvio, desmontar de un plumazo el falaz argumento que esgrime el Gobierno diciendo que los recortes que están aplicando son los únicos que se pueden realizar. Lo que el Ejecutivo no quiere que se diga es la segunda parte del silogismo, que hay otras opciones; y además que, ante distintas elecciones, elegimos aquellas que se acercan a nuestros intereses afines, a las preferencias que ostentamos, en este caso a las preferencias sociales con que pretendemos (o más bien pretenden) construir nuestra sociedad.
            Por poner un par de ejemplos muy sencillos, de los que casi no se oyen en las noticias, pero que explican en un momentito esto de lo que estoy hablando; y antes de que nadie diga nada, es inevitable que el PP salga en la comparación, porque es el que está aplicando las medidas:
            Al hilo del inicio del curso escolar, se plantearon en Madrid una serie de recortes en profesorado y medios que han supuesto una cuantía de, aproximadamente ochenta millones de euros. Esta cuantía no es demasiado, si se compara con el presupuesto de un Ministerio, pero tiene un gran parecido con las subvenciones que reciben los colegios privados para uniformes de sus alumnos. Se planteó la sustitución, pero el Gobierno de la Comunidad de Madrid la denegó, estableciendo, según lo mencionado, cuál es su preferencia social, o lo que es lo mismo, el tipo de sociedad que prefiere potenciar.
            Por su parte, en otro orden de temas, y al tanto de otras subvenciones en Educación, el Gobierno de España ha reducido las becas a todos los niveles educativos. Al mismo tiempo, hace no demasiados meses, el Tribunal Supremo dictaminó que las subvenciones a colegios que separaban a los niños por sexo eran contrarios a los principios de no discriminación por razón de sexo. Que se quedaban sin dinero, vamos. Le ha faltado tiempo al señor Ignacio Wert para anunciar cambios legislativos para que vuelvan a recibir las subvenciones, igual que antes. Es decir, va a cambiar la ley para que su criterio encaje dentro de nuestro ordenamiento jurídico. Al menos, por un tiempo, por aquello de que a lo mejor alguien se percata de que el Tribunal Supremo está hablando de un precepto constitucional y lo máximo que puede hacer ese señor simpatizante o militante de cierta organización religiosa es dictar una Ley Orgánica, que en el rango legislativo, es inferior a la Constitución (como todo el mundo entenderá).
            A lo que pretendo llegar con todo esto no es a un discurso subjetivo por el que haya quien argumente que mi texto está en contra del Gobierno. Que podría, ojo. Pero lo único que pretendo es establecer una teoría muy simple con dos preceptos básicos: en primer lugar, es mentira que no haya otras posibles medidas que aplicar en un momento en que es necesario reducir el déficit (y esto lo admito por un motivo muy simple: no podemos controlar si nos dejan o no dinero, y al tipo de interés que lo hagan); y en segundo lugar, según el tipo de medidas que está adoptando el Gobierno, podemos determinar el tipo de sociedad que prefiere.
            Ahora, nos quedan dos cuestiones: si estamos de acuerdo con la sociedad que pretenden instaurar como solución para los anteriores desmanes inmobiliarios y otras zarandajas políticas (y sí, aseguro que es un problema político, o más bien de los políticos que hemos tenido), y en caso de que la respuesta sea negativa, qué es lo que podemos hacer nosotros como ciudadanos ante una serie de decisiones contrarias al programa electoral con que concurrieron a las últimas elecciones y que, lo que es más importante, amenazan con socavar nuestra sociedad, condenando a una gran capa de la población a vivir por debajo del umbral de la pobreza y otra serie de cuestiones igualmente desastrosas que convendrá más adelante tratar en profundidad. Ojo, y no estoy pretendiendo orientar el sentido del voto de nadie. Aunque también podría.

Alberto Martínez Urueña 21-09-2012