lunes, 16 de abril de 2012

Rozando el Paraíso

La entrada, iluminada por grandes focos, aparecía repleta de gente, y me introduje como una gota de agua en el seno de un océano, filtrándome entre las distintas capas de personas que habían acudido. La gran cristalera dejaba ver el escenario nocturno de la calle semidesierta, sólo ocupada por aquellos que se acercaban, con paso natural y relajado, sonrientes muchos, deseosos todos. Observando con el disimulo del científico naturalista, caminé pausado un par de minutos desde la puerta de entrada hasta la barra de la cafetería y desde allí, siempre zigzagueando entre los asistentes, hasta la entrada a la sala. Un hombre trajeado de encantadora sonrisa, perfectamente profesional, sin que eso le restase simpatía, me flanqueó el acceso, y con medida parsimonia entre en la parte alta del patio de butacas y observé en derredor mío aquel espacio todavía exangüe. Descendiendo sin querer perderme ni un solo detalle, bajé despacio sobre la alfombra suave de las escaleras hasta la fila correspondiente, al nivel del magnífico piano de cola que relumbraba justo en frente de mi asiento.
Poco a poco, las dos cuencas escaladas fueron llenando su cauce de cuerpos expectantes, y los asientos fueron abatidos hasta su acogedora posición horizontal. Una señorita muy amable, de voz cálida pero rotunda, anunció que la obra estaba a punto de comenzar, y mi espíritu sintió un calambre de emoción que se trasladó por mi cuerpo desde la invisibilidad palpable. Las luces se fueron atenuando poco a poco hasta desaparecer por completo, dejando como deudos exánimes las de emergencia en cada uno de los peldaños, mientras los focos neutros del escenario aumentaban su intensidad, dando protagonismo a los protagonistas, sacando brillos dorados y plateados a los metales, a las bien barnizadas maderas y sacando lustre adicional al escenario.
Una mujer, armada con un potente arsenal en su mano, se puso en pie y marcó a todas aquellas personas conformadas para integrar un todo indisoluble la necesaria marca para que la coordinación fuese milimétrica. Su nombre, concertino, indicaba con perfecta precisión su cometido, y una vez que cada uno de los órganos de aquel cuerpo suprahumano hubo encontrado su tono, se sentó y esperó, como una estatua egregia, la espalda recta y la mente libre.
El director hizo su entrada, con una sonrisa de paz beatífica en su rostro oriental, acompañado por un hombre alto, de mediana edad, ya excedida la experiencia acumulada durante cinco décadas, elegantes y honorables, haciéndose acreedores de un inicial y expectante aplauso, rápido y exigente, necesitado de ser imitado al finalizar el concierto, o incluso superado.
Y comenzó el espectáculo. Que las obras tuvieran un nombre específico podría servir de preámbulo para aumentar el apetito de los presentes, pero cuando comenzó el concierto para piano y las manos de Nicholas Angelich danzaron sobre las teclas de aquel Steinberg el aire que nos contenía comenzó a vibrar y nosotros, como migas de pan en un estanque, nos fuimos diluyendo en las sosegadas aguas de aquellas notas. Nos convertimos en vibración con ellas, y fuimos todos, uno sólo, interpretes y hechizados.
Con un interludio marcado por los aplausos iniciales y las conversaciones intermedias, dimos paso con la misma voz femenina a la segunda parte del concierto. Brahms de nuevo, y su segunda sinfonía, comenzó a surgir de los templados instrumentos, mientras el director marcaba la cadencia y al mismo tiempo se convertía en ella. Pareció que la gestualidad de aquel hombre se convertía en una parte más, la visual, de una partitura compuesta desde el alma de un hombre que pervivía en la música de hace más de cien años, eterno en la ingravidez de la que está compuesta la totalidad del Universo, como si el tiempo, maleable y dúctil, nos hubiera permitido participar de otro tiempo y otra época. O como si el tiempo y las épocas no existiesen cuando una orquesta sinfónica realiza su sortilegio.
El final de aquel hechizo fue casi mágico, un instante de emoción encantada, con el alma queriendo escaparse del pecho en una explosión casi mística, antes del catártico aplauso, eterno y derramado desde el público hasta el escenario, con vítores incluso y muchas personas puestas en pie. Con mis lágrimas pugnando por salir a borbotones desde las ventanas de mi alma al éter brillante que me rodeaba en aquel punto infinitesimalmente inmenso de la nada.
Y pensé para mis adentros, con una pena infinita y agradecido al Universo, en todas aquellas personas que no han disfrutado de algo semejante a lo largo de su vida. Allí, en aquel auditorio, encontré la solución para TODO, vibrando en el aire, cohesionándolo todo en una amalgama heterogénea que se volvía indisoluble y prístina. Con el pecho cercenado por una estocada semejante, sólo pude rendirme y entender como sólo entiende aquello a lo que la razón ni se acerca. Y la vida explotó sin remedio.


Alberto Martínez Urueña 16-04-2012

PD: No puedo evitar despedirme dando las gracias personalmente a una de las personas que, con su inestimable e invaluable arte, hicieron posible aquel momento. Gracias, Laura.

martes, 10 de abril de 2012

Manipulaciones

Hace dos o tres semanas sucedido una de esas cosas que me hacen entonar el alirón del columnista y me siento afortunado de vivir en España, en la antigua Iberia romana, allí donde se dio una de las mayores mezclas de razas por mucho que haya gente que todavía se crea aquello del castellano viejo. No hay nada más gratificante para el escritor de pluma afilada y colmillo lobuno que unas elecciones en dos comunidades autónomas como Asturias y Andalucía, muestra clara del comentario: en lo único que se parecen es en que tienen que soportar a los mismos partidos de baja estofa, de reuniones extraoficiales con empresarios en el coche ministerial y de presidentes autonómicos con actitudes más propias de Curro Jiménez que de alguien con responsabilidad pública.
Un asturiano se parece a un andaluz lo mismo que un noruego a un guineano, salvando el idioma que oficialmente practican, aunque a veces entender a un gaditano sea una aventura inenarrable. Sin embargo, no hay nada más igualador que un rasero a modo de elecciones. Éstas, además, nos enseñan una lección difícilmente olvidable y que comentaba por entonces en una red social: resulta curioso ver como los dos partidos dicen lo mismo (se sienten ganadores), mientras que los medios sociales, según sea su orientación ideológica, ofrecen la noticia con titulares completamente distintos. Es como si hubieran ocurrido dos cosas completamente inconexas.
A este respecto, también me hice una pregunta que dejé colgada en la red, sobre la diferencia entre manipulación y razonamiento. Me explico: ¿cuál es la diferencia entre la manipulación dialéctica, ya sea en un medio de comunicación o en una conversación de garito, y un razonamiento lógico que te lleva a aceptar una opción u otra de las que se puedan plantear en la vida? No es una pregunta malintencionada, ni tampoco tendenciosa. Es una cuestión que me interesa, al margen de por mi columna semanal, también por el interés que estos temas me suscitan y en los que no me gusta la discusión irracional y agresiva, teñida normalmente de insultos gratuitos. Es una cuestión sumamente interesante porque de razonamientos se pueden alcanzar pactos y acuerdos, consensos necesarios en la convivencia; las manipulaciones sirven para engañar a la gente, pero mucho más que eso, para exaltarla y crear una actitud agresiva.
Hay una cuestión fundamental a tener en cuenta en esta tesitura, cuando pretendáis fijaros en lo que defiende vuestro interlocutor. O mucho más interesante, aunque menos practicado: cuando pretendáis fijaros en lo que defendéis vosotros mismos, que no deja de ser la tan platicada y poco practicada autocrítica, reseñada en libros de toda clase y condición, como la biblia o cualquier otro bestseller. La cuestión al respecto hace referencia a otro refranillo castellano y castizo, cierto como la vida misma: “vestir al santo”; básicamente, querer demostrar la (nuestra) conclusión antes de saber si es cierta, y de esta manera, encontrar los razonamientos más variopintos para poder tener la razón sí o sí. Y del auténtico arte de la dialéctica, (partir de supuestos, bases y premisas para después ir sacando conclusiones) ni un solo intento.
Dicen ciertos estudios recientes que las supuestas decisiones que tomamos se adoptan en nuestra mente incluso antes de que las hayamos pensado con el cerebro, y que lo único que hacemos después es justificarnos. Cada vez estoy más de acuerdo con esto, por un simple motivo, y es que nadie se ha preocupado de esta inquietante verdad, sino que, como en muchos aspectos de la vida, actuamos con el piloto automático sin preguntarnos el porqué de nuestros actos automáticos, de nuestros automatismos inconscientemente aprendidos. Es decir, las decisiones que tomamos tienen mucho más de visceral de lo que presuponemos íntimamente y, por supuesto, más aún de lo de lo que estamos dispuestos a reconocer, por miedo a que alguien con un razonamiento lógico nos pueda desmontar nuestras creencias.
Las manipulaciones mediáticas se aprovechan de este mecanismo tan simple como viejo de averiguar qué es lo que las vísceras les están diciendo a los destinatarios de su mensaje para envolverlo con el papel de celofán de las justificaciones pomposas. Si unimos esto a una sociedad cada vez más miedosa, encontramos el porqué de que cada vez hay más buenos y malos, blanco y negro, Madrid y Barça, PP y PSOE, laicismo o religión… No sólo eso: incluso ha llegado un punto en mucha gente en que ya no importa ni el contenido del discurso (se intuye desde el principio que se desmorona como las murallas de Jericó, a toque de música), sino quién lo pronuncia. Casi ni eso: basta con que pertenezca al grupo que, supuestamente, defiende la visceralidad a la que se adhieren las entrañas.
Así, de esta manera, vemos que cada vez nos encontraos con más intentos (y por desgracia, en muchos casos, éxitos) de manipulación, y no sólo en los medios oficiales de comunicación, sino en los grupos de amigos, en las familias, en las parroquias… En el discurso inflamado de un líder marcado por el fervor de quien se le junta, con la amenaza velada de la marginalidad de quien se despega, en un absurdo “Estás conmigo o contra mí”. La única defensa que tenemos está en nosotros mismos, y en nuestra mano está aplicarla. O en alguna otra zona de nuestro cuerpo. De nuestra sagrada individualidad.


Alberto Martínez Urueña 9-04-2012

jueves, 29 de marzo de 2012

Día de luto

Hoy es día veintinueve de Marzo, día de la segunda huelga general de la que tengo conciencia trabajadora, pues las otras me pillaron como estudiante. Hoy hay una huelga general en mi país, y estoy triste.

No tiene nada que ver, aunque a lo mejor alguien haya pensado así al leer el primer párrafo, con colores políticos o con ideas económicas. Mis ideas económicas no están representadas en ninguno de los dos grandes partidos, y mis colores políticos no tienen cabida en esta sociedad, y mucho menos en este Parlamento. Mis verdaderas ideas, quizá algún día las exponga, rayan la sociopatia más extrema.

No, no tiene nada que ver con la política, ni tampoco con unas ideas económicas concretas que pocos defienden. No voy a decir lo que he hecho hoy durante el día, para que nadie se piense ninguna estupidez. Estoy triste porque una vez más, en esta tierra de razas y culturas, hemos dejado clara la absoluta incapacidad para ponernos de acuerdo en algo, cuando ese algo es importante. Somos una sociedad de inmaduros por un lado, porque no somos capaces de renunciar a la agresividad y a la violencia argumental, y no tenemos líderes que pretendan ofrecer nada más que eso. Vivimos continuamente reactivos como niños pequeños sin ser capaces de no utilizar el insulto y el agravio cuando alguien defiende posturas enfrentadas a las nuestras. Somos, por otro lado, una sociedad de individualismos exacerbados, incapaces de ver al distinto como parte de nuestro mismo todo y aceptando únicamente al que piensa igual que nosotros de una forma utilitarista, en la medida en que reafirma nuestro punto de vista. Esta frase es una versión moderada de aquella que decía que somos amigos en lo que no me lleves la contraria, muy vista y practicada en los patios de jardín de infancia.

Además, somos una sociedad de listos, de gente enterada, de tertulianos de pacotilla que generan corrientes de opinión y de conversación acerada en tasca de bar. Todo el mundo es capaz de realizar supuestos análisis sesudos sobre temas de lo más variopintos; así, somos los mejores entrenadores de fútbol y baloncesto, también catedráticos de Historia y por supuesto, importante en este caso, somos catedráticos de Economía e incluso, cuando la conversación sube de tono, doctores Cum Laude por las mejores universidades de planeta.

Pero esta soberbia que demostramos por ese lado nos hace fácilmente manipulables, desvalidos como niños, con proclamas absolutas e incendiarias y además en nuestra grandeza, somos igualmente reacios a observar los detalles. Nos tragamos con patatas los argumentos más inverosímiles con tal de que sean un pobre reflejo de una idea que tenemos en la cabeza y que la mayoría de las veces simplemente es aprendida, pero no razonada. Nadie de este país, salvando excepciones, habrá mirado a ver qué opinión tienen aquellos que saben de derecho laboral, de teoría económica, de mercados financieros… Simplemente escuchamos a ver qué dice Rajoy o Rubalcaba y después lo repetimos como gramófonos anticuados, con un chirrido de fondo fruto de un mecanismo ya demasiado arcaico. Somos, en resumen, orgullosos en las maneras, pero profundamente incultos en los contenidos, y el grado de exigencia que hacemos a nuestros líderes va en consonancia con estas dos características tan suicidas.

Por todo esto estoy triste, porque una vez más queda claro que no somos uno de esos países capaces de superar sus diferencias y construir algo juntos, aceptando toda la diversidad de la que somos partícipes. Entiendo que en un país como Luxemburgo o como Mónaco, esto es más fácil; nosotros tenemos en nuestra idiosincrasia mezcladas las influencias de la mayoría de los pueblos que se nos han acercado, y han sido muchos.

Por eso, hoy no hablo de los señores que se están quedando con todo, no hablo de bancos, ni de políticos o ni de sindicalistas. En esta mierda de sociedad donde la mayoría naufraga aunque lo sepa, y otros intentamos bregar como podemos (y esto sí que es una chulería por mi parte, y una licencia que me tomo, porque ésta es mi columna), hoy no merece la pena intentar convencer a nadie de nada. Tengo además, para la siguiente semana, o para dentro de un par de ellas, una interesante digresión quedé colgada en la red hace unos días, hablando sobre la diferencia entre lo que es una manipulación y lo que es una argumentación. En España, sufrimos cada día la primera; ojo, la sufrimos, pero también la practicamos. Las redes sociales son un instrumento muy interesante para comprobar como hay quien da su opinión sobre un tema y quien insulta a aquellos que piensan diferente.

Hoy estoy triste. España, que podría ser mucho más grande lo que se pensó Paquito con aquella farsa que duró cuarenta años, está siendo pequeña. Y no por el hecho de hacer una huelga general, sino porque siguen existiendo dos Españas y a cada una de ellas le da igual la otra. O peor, quiere anularla, imponiendo su realidad, sin ser capaces de conjugar lo bueno de ambas, engrandeciéndolas con la aceptación del contrario.

Alberto Martínez Urueña 29-03-2012

miércoles, 21 de marzo de 2012

Falacias

Hay veces que cuando escucho el discurso mediático y político que hay en pantalla me quedo bastante sorprendido, cuando no con unas ansias homicidas dignas de Ted Bundy. Y es simplemente porque me siento sumamente ofendido. Soy una persona bastante razonable, y de hecho, bien sabéis que me gusta el debate y contrastar ideas por medio de la dialéctica, arte del que hablan los clásicos como una herramienta válida para encontrar consensos y verdades. Por eso, cada vez que algún político abre la boca, me entran ganas de comer atrocidades dignas de un dictador africano. Sobre todo, porque el personaje tiene la desfachatez de tratarme como a un indigente mental; lo que me preocupa de todo esto, es que haya a quien le satisfagan esos discursos.

Hay una serie de frases manidas e hiperutilizadas sobrevolándonos continuamente como las águilas a su presa, dispuestas a hincar sus garras en nuestros costillares sin piedad ninguna. Por ejemplo, una muy utilizada es la de “Se ha acabado el gasto sin control” en cada una de sus variantes publicadas en los diversos medios de comunicación. Tiene gracia, porque eso lo dicen los que llevan encaramados al poste, cual gallo en el gallinero desde hace ya varios años, casi décadas. Eso significa que, hasta hace bien poco, ellos mismos eran los que se daban a la barra libre de dinero público. Pero esa parte del silogismo se la callan, y otros asienten como necios enamorados.

Otra cuestión nada despreciable es aquella de “Se ha vivido durante muchos años por encima de nuestras posibilidades”. Cada vez que lo escucho, no sé si se refieren a ellos, que ganan más de cien mil euros al año, o a los de mi generación, los de la Ni-Ni: Ni trabajas, Ni cobras (ya sé que yo estoy donde estoy). Es posible, por qué no, que los universitarios de hace diez años sean los responsables últimos de la decisiones adoptadas desde entonces en el marco de una política macroeconómica nacional y que por eso ahora, esa franja de ciudadanos, sufran un casi cincuenta por ciento de paro. Pagan el precio presente por sus decisiones pasadas. Es posible, pero poco probable.

Sí que es cierta la otra de que “¿A quién se le ocurre hipotecarse en una casa por más de trescientos mil euros?”. También los jóvenes de hace cinco y diez años pueden ser esas almas oscuras responsables de que el precio de la vivienda en este país haya experimentado un incremento, algunos años, de un cuarenta por ciento acumulativo año tras año. Deberían haberse quedado todos en casa de sus padres hasta los cuarenta (a algunos no les ha quedado más remedio) a esperar a que bajasen los precios y formar, entre tanto, su familia en la habitación de al lado a la que utilizaron sus propios progenitores. Eso da intimidad que te cagas. La otra opción era comprar casas de los años cuarenta, sin ascensor y con calefacción de carbón, como la que tenían mis abuelos, que es el ejemplo que nos ponen cuando dicen eso de que “Si quieres, puedes”. Otra cosa es que sea denigrante, además de un absurdo evolutivo, retroceder cien años en nuestras pretensiones por la responsabilidad de otros.

Queda genial, sobre todo en este país de grajos, entonar el mea culpa en conversación de tugurio, sobre todo en contraposición con aquellos que parecen agarrados al asiento parlamentario cual percebe gallego a roca de las rías bajas. Sin embargo, cuando comparamos la importancia de unos y de otros, y la posible influencia de sus actuaciones en las cifras macroeconómicas, lo siento, no quiero ser hiriente, pero pintamos lo mismo que un analfabeto del siglo dieciséis en una discusión de física cuántica en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Siento mucho tocaros el orgullo y deciros así, sin ningún pudor, que contáis una mierda en esas cifras, pero así es la vida. Solamente somos (yo incluido, claro) una cosa que los que sí que tienen cierta influencia, llaman factor trabajo, y nos meten en una ecuación para ver cuánto beneficio pueden sacar exprimiéndonos como a bayetas de cocina.

Quizá la explicación a esa tendencia masoquista es doble: primera, una falsa responsabilidad a posteriori que queda genial con un par de cañas de por medio en una conversación envalentonada; y segunda, y más complicada, que supone más fácil echarte la culpa y aceptar la responsabilidad de tus supuestos pecados que rebelarte contra un sistema perverso e injusto, con asimetrías flagrantes de información que engañan de manera sistemática al ciudadano.

Hay una constante a lo largo de toda esta crisis, y es muy sencilla. La mayoría de los mensajes mediáticos y políticos con que nos han estado bombardeando durante estos años son simple y llanamente falsos, independientemente del interlocutor que los haya parido. Hay una responsabilidad de la crisis, y esa está en las altas esferas, de políticos y líderes mediocres y corruptos incapaces de defender al pueblo, y empresarios e inversores desalmados e inmorales incapaces de introducir razonamientos humanos y sociales en sus decisiones. Podéis intentar explicar la película a través de la influencia del espectador que la ve, pero ese razonamiento es sencillamente estúpido. Y si queréis buscar responsables en el pueblo, mirad a ver qué es lo que se elige cada cuatro años: los mismos ladrones con la misma chaqueta.

Alberto Martínez Urueña 21-03-2012

martes, 13 de marzo de 2012

A versus D tercera parte

Tengo un secreto que contaros. Y además, lo hago en base a los comentarios y lo que ha gustado y no de los últimos textos que he lanzado por el océano infinito de Internet, donde navegamos muchas veces sin rumbo, y otras veces en la dirección que a nosotros nos interesa, como por ejemplo cuando leemos únicamente la prensa que juega en nuestro equipo.
A versus D es un intento de síntesis en primer lugar de qué es lo que podemos considerar querer a alguien. Quizá, movido por el respeto en temas tan controvertidos, los textos anteriores me quedaron bastante deslavazados y poco sentidos. Os lo diré de una manera muy sencilla para que todo el mundo lo comprenda: he visto muchas veces a demasiadas personas hablar de amor y de lo que ellos harían al respecto, cuando de lo que estaban hablando era de cosas totalmente distintas, desde el enamoramiento más simple al apego egoísta y la dependencia enfermiza de una personalidad necesitada de esclavitud; de hablar de libertad en el amor mientras se le ponen condiciones. Muchos de esos amores apasionados son simples encoñamientos que, por el hecho de que duran mucho, de que hay sexo apasionado, de que sientes unos celos que te rilas cada vez que habla con otro u otra, ya se suponen amores del copón bendito. Al contrario, cuando hay una pareja que hace cosas cada uno por su lado, que es simpático con otras personas de su distinto sexo hasta límites que socialmente no son aceptados, y otros ejemplos que podríamos poner, siempre sale el listo de turno diciendo que es que no quiere a su pareja porque no la respeta, porque prefiere hacer cosas al margen de aquélla, etcétera, etcétera, etcétera. Somos tan obtusos que no nos damos cuenta de que, cagados de miedo porque nos puedan hacer daño, miramos a ver de qué manera evitamos la hostia y decimos que eso es amor. Y es mentira. ¿No queríamos caña? Pues aquí tenéis de la buena, de la ibérica.
Es realmente sencillo en estas columnas coger a políticos de medio pelo, de los que en este país tenemos a izquierda y derecha como los hitos de una carretera, sucesivos y abundantes, y largar una parrafada llenándoles de lodo. Ahora bien, a vosotros os respeto lo suficiente como para intentar evitar ser hiriente. Sin embargo, pensad una cosa: la mayor parte de las veces que nos liamos la manta a la cabeza con agobios, discusiones bizantinas y otras bobadas, haciendo cálculos y demás zarandajas con respecto a los sentimientos, el resultado es un esperpento digno de una novela de Lovecraft. Además, en este país de pandereta en el que el principal objetivo no es exponer tus ideas y punto, sino intentar grabárselas a fuego al vecino para que piense lo mismo que yo, esta es una actitud que en pareja se da más que los días de sol en Fuerteventura. Y claro, es en virtud de lo mucho que nos queremos, de que las cosas cuadren, de hablar de todo… Me río de todo eso: lo único que estamos haciendo es intentar obligar a esa persona a la que queremos tanto a pensar como nosotros digamos.
Así que sí, A versus D, amor contra desamor, y el que no sea capaz de leer entre líneas en las dos primeras entregas, que sepa que cuando rodea eso que siente de palabrería bonita y de normas prefijadas por una cultura occidental e ibérica como la nuestra, con el cuervo redentor dándonos caña desde el púlpito, le está llenando de porquería. Hace no mucho se entendía que una mujer quería a su marido cuando aceptaba sumisa el tortazo y después se abría de piernas para que el otro se desahogase después de un día de curro. ¿Cuántas barbaridades estaremos cometiendo ahora simplemente porque no somos capaces de ver el miedo que nos atenaza?
No os preocupéis demasiado, no acostumbro a soltar la mano contra los que me leéis, y esto que parece una crítica desaforada sólo es la aportación de una visión que, siendo distinta a la que podáis tener vosotros, sólo pretende generar preguntas, nunca dar una respuesta. En la vida, lo más importante no es preocuparse por conseguir respuestas: esas suelen llegar solas cuando menos te lo esperas, siempre que seas capaz de centrarte un poquito. A mí no me preocupa tanto que los que me rodean piensen de tal o cual manera; de hecho, entre vosotros hay una variedad prototípica de un país como el nuestro. Si acaso, me importa por saber lo que pensáis, nada más. Me preocupa más, en todo caso, romper reglas y barreras mentales que, además de no tener razón de ser, nos cercenan la posibilidad de conocer una realidad más elevada que la nuestra. Un globo atado a una farola puede ver por encima de la gente, pero si se le suelta, podrá sobrevolar los edificios. Ese ha de ser el objetivo, y rehuir los conceptos trillados. Ojo, no hablo de desecharlos como falsos, sino de superarlos por reducidos. No digo, en último término que se esté equivocado; digo que, como en muchas otras facetas de esta vida que nos rodea, tenemos que intentar trascenderla y superar los límites que parece que son la realidad, pero únicamente nos muestran una pequeña parte de la misma.
Aquí lo dejo. Que cada cual opine lo que quiera, y que llegue hasta donde quiera llegar en el viaje. El amor es un sentimiento que no entiende de fronteras, de ninguna frontera; únicamente aquella que nosotros le queramos dar.


Alberto Martínez Urueña 13-03-2012