martes, 13 de marzo de 2012

A versus D tercera parte

Tengo un secreto que contaros. Y además, lo hago en base a los comentarios y lo que ha gustado y no de los últimos textos que he lanzado por el océano infinito de Internet, donde navegamos muchas veces sin rumbo, y otras veces en la dirección que a nosotros nos interesa, como por ejemplo cuando leemos únicamente la prensa que juega en nuestro equipo.
A versus D es un intento de síntesis en primer lugar de qué es lo que podemos considerar querer a alguien. Quizá, movido por el respeto en temas tan controvertidos, los textos anteriores me quedaron bastante deslavazados y poco sentidos. Os lo diré de una manera muy sencilla para que todo el mundo lo comprenda: he visto muchas veces a demasiadas personas hablar de amor y de lo que ellos harían al respecto, cuando de lo que estaban hablando era de cosas totalmente distintas, desde el enamoramiento más simple al apego egoísta y la dependencia enfermiza de una personalidad necesitada de esclavitud; de hablar de libertad en el amor mientras se le ponen condiciones. Muchos de esos amores apasionados son simples encoñamientos que, por el hecho de que duran mucho, de que hay sexo apasionado, de que sientes unos celos que te rilas cada vez que habla con otro u otra, ya se suponen amores del copón bendito. Al contrario, cuando hay una pareja que hace cosas cada uno por su lado, que es simpático con otras personas de su distinto sexo hasta límites que socialmente no son aceptados, y otros ejemplos que podríamos poner, siempre sale el listo de turno diciendo que es que no quiere a su pareja porque no la respeta, porque prefiere hacer cosas al margen de aquélla, etcétera, etcétera, etcétera. Somos tan obtusos que no nos damos cuenta de que, cagados de miedo porque nos puedan hacer daño, miramos a ver de qué manera evitamos la hostia y decimos que eso es amor. Y es mentira. ¿No queríamos caña? Pues aquí tenéis de la buena, de la ibérica.
Es realmente sencillo en estas columnas coger a políticos de medio pelo, de los que en este país tenemos a izquierda y derecha como los hitos de una carretera, sucesivos y abundantes, y largar una parrafada llenándoles de lodo. Ahora bien, a vosotros os respeto lo suficiente como para intentar evitar ser hiriente. Sin embargo, pensad una cosa: la mayor parte de las veces que nos liamos la manta a la cabeza con agobios, discusiones bizantinas y otras bobadas, haciendo cálculos y demás zarandajas con respecto a los sentimientos, el resultado es un esperpento digno de una novela de Lovecraft. Además, en este país de pandereta en el que el principal objetivo no es exponer tus ideas y punto, sino intentar grabárselas a fuego al vecino para que piense lo mismo que yo, esta es una actitud que en pareja se da más que los días de sol en Fuerteventura. Y claro, es en virtud de lo mucho que nos queremos, de que las cosas cuadren, de hablar de todo… Me río de todo eso: lo único que estamos haciendo es intentar obligar a esa persona a la que queremos tanto a pensar como nosotros digamos.
Así que sí, A versus D, amor contra desamor, y el que no sea capaz de leer entre líneas en las dos primeras entregas, que sepa que cuando rodea eso que siente de palabrería bonita y de normas prefijadas por una cultura occidental e ibérica como la nuestra, con el cuervo redentor dándonos caña desde el púlpito, le está llenando de porquería. Hace no mucho se entendía que una mujer quería a su marido cuando aceptaba sumisa el tortazo y después se abría de piernas para que el otro se desahogase después de un día de curro. ¿Cuántas barbaridades estaremos cometiendo ahora simplemente porque no somos capaces de ver el miedo que nos atenaza?
No os preocupéis demasiado, no acostumbro a soltar la mano contra los que me leéis, y esto que parece una crítica desaforada sólo es la aportación de una visión que, siendo distinta a la que podáis tener vosotros, sólo pretende generar preguntas, nunca dar una respuesta. En la vida, lo más importante no es preocuparse por conseguir respuestas: esas suelen llegar solas cuando menos te lo esperas, siempre que seas capaz de centrarte un poquito. A mí no me preocupa tanto que los que me rodean piensen de tal o cual manera; de hecho, entre vosotros hay una variedad prototípica de un país como el nuestro. Si acaso, me importa por saber lo que pensáis, nada más. Me preocupa más, en todo caso, romper reglas y barreras mentales que, además de no tener razón de ser, nos cercenan la posibilidad de conocer una realidad más elevada que la nuestra. Un globo atado a una farola puede ver por encima de la gente, pero si se le suelta, podrá sobrevolar los edificios. Ese ha de ser el objetivo, y rehuir los conceptos trillados. Ojo, no hablo de desecharlos como falsos, sino de superarlos por reducidos. No digo, en último término que se esté equivocado; digo que, como en muchas otras facetas de esta vida que nos rodea, tenemos que intentar trascenderla y superar los límites que parece que son la realidad, pero únicamente nos muestran una pequeña parte de la misma.
Aquí lo dejo. Que cada cual opine lo que quiera, y que llegue hasta donde quiera llegar en el viaje. El amor es un sentimiento que no entiende de fronteras, de ninguna frontera; únicamente aquella que nosotros le queramos dar.


Alberto Martínez Urueña 13-03-2012

miércoles, 7 de marzo de 2012

Permitidme un inciso...

En mitad de la placidez de mis últimos textos, permitidme un inciso, porque se me escapa la hiel entre el colmillo lobuno de mi sonrisa. Si hay algo que me gusta de los políticos de turno, y en particular de cierta ralea de ellos, es la capacidad que tienen de difuminar las culpas de sus actos en una especie de eter impreciso que acaba difuminando cualquier rastro que les pueda afectar a ellos. No les supone el más mínimo problema justificar cualquier tropelía infame en base a la legalidad de sus actos. Lo cual denota dos aspectos básicos: en primer lugar, muchas veces, la ley da ganas de vomitarse por encima, y en segundo, la patente desvergüenza del actor implicado. Mucho más flagrante resulta cuando el legislador, legitimado por unas urnas incapaces de votar en base a algún criterio sensato, cambia las leyes para hacer legal, y por tanto correcto según su criterio, las mayores extravagancias posibles. Casos como los de Berlusconi en Italia, o Hitler en Alemania, demuestran esta práctica.
Suele aderezarse, por supuesto, con la prepotencia que tanto les gusta a sus acólitos y seguidores, que les vitorean como sólo en España sabemos hacerlo. Un breve vistazo por ciertos municipios costeros nos dejan claro como los ciudadanos se dejan las manos aplaudiendo a alcaldes corruptos cuando la madera se les lleva con grilletes en las muñecas. Nos olvidamos además de que a esos señores hubo quien les puso en el cargo, hubo todo un aparato de partido que elaboró listas y colocó caras bonitas en sus escaños de concejales. Se regodean ante los periodistas, y de vez en cuando dejan perlas auténticas en declaraciones dignas de cualquier barrio chabolista, con todo el respeto para los chabolistas. Sin que tenga la más mínima consecuencia, ni a nivel de partido ni a nivel de votantes, maravillados ante el rostro cementero de su candidato.
Tenemos al señor Camps asegurando que lo normal es llevar en la cartera unos tres o cuatro mil machacantes. Al señor Pepiño explicándonos que la práctica habitual de cualquier Ministro o cargo público es tener reuniones con empresarios en la intimidad de su coche oficial. Luego, la consejería de Medio Ambiente de Madrid le echa la culpa a la climatología de su flagrante incumplimiento con respecto a la boina de caca flotante que recubre la ciudad (la climatología no interpone denuncias por vulneración del honor, al menos de momento). Se ve que en el resto de Europa la climatología es más benigna que, concretamente, en el centro de la piel de toro que es y ha sido siempre Iberia. El alcalde de mi ciudad demuestra su arte en darnos publicidad gratuita al criminalizar al indigente y multarle por mendigar en las calles, dictando una ordenanza municipal que se convierte en una extensión de la Ley de Vagos y Maleantes. Desde luego, es chungo tener que soportar que, cuando sales a darte un garbeo por el Paseo de Zorrilla venga un rumano con el acordeón tocando los huevos. Habría que preguntarle al susodicho rumano si no es más chungo vivir en la indigencia, mientras De La Riva se hace pisos ilegales en el edificio de Caja Duero. Ah, por cierto, esto no es partidismo, lo que pasa es que ha dado la casualidad de que esto lo ha hecho un señor que me cae muy mal, a parte de por ser de un partido con el que no comulgo y me parece inhumano, porque su talante es propio de bucaneros y camorristas. Y al que le guste su talante, que se aplique lo de la prepotencia y sus acólitos, y ahí lo dejo. Lo que más me gusta del asunto, en todo caso, es cómo elabora la cuadratura del círculo un tío que, por un lado, amenaza con mil quinientos euros de sanción a un sujeto que no tiene donde caerse muerto y, por otro lado, entra en una iglesia todos los domingos a darse golpes en el pecho con mucha flema encendida. Con todo respeto para los cristianos, incluidos los que le votasteis.
Pero hay para todos, no os preocupéis, porque la anterior Ministra de Economía y Hacienda, pasándose por el forro cualquier decencia habida y por haber, se coloca en una filial de Endesa en Chile. En teoría, hay una ley de incompatibilidades para altos cargos y representantes públicos pero, siguiendo el camino marcado por otras figuras del show público como Zaplana, les da exactamente igual, y quien hizo la ley (nunca mejor dicho en este caso), hizo la trampa. ¿Quién lo permite, por ejemplo, en este caso? El Gobierno de ese señor serio, creíble y confiable, oriundo de Compostela, llamado Rajoy. No pasa nada por ser rivales políticos o tener ideas diametralmente opuestas en cuanto al déficit público, a la gobernanza europea o a los milagros de la Virgen de Lourdes. Hoy te rasco yo a ti, mañana me rascas tú a mí. Da igual que hoy en día estas noticias se sepan, no como antaño en que podían silenciarlo: la desfachatez no está reñida, a ciertas alturas, con sacar pecho con todo orgullo por lo listo que es cada uno de ellos. Así que, como para creerles cuando salen en antena hablando, dando datos y diciendo incongruencias. No pasa nada por decir estupideces: dentro de poco sacarán un Decreto-Ley, que será convalidado en Cortes con el beneplácito de todas las fuerzas vidas, en las que la productividad de sus bochornosas nóminas ganadas por no hacer nada, dependerán de la cantidad de atropellos que sean capaces de hacer y después justificar en un número máximo de palabras, multiplicado todo ello por el número de ciudadanos que sientan su propio sentido común fusilado en una cuneta.


Alberto Martínez Urueña 7-03-2012

martes, 6 de marzo de 2012

A versus D segunda parte

No es algo que la mayoría se haya planteado nunca, es algo que reconozco, y puede que incluso sea mejor así, porque tener que hacerlo supone en todo caso dudas al respecto. Y cuando dudas de ciertos asuntos es porque tienes una especie de astilla removiéndote el alma, clavada con firmeza y que no te deja lugar a nada más que a la angustia por la incertidumbre. Luego, con los años, te das cuenta de que cuando existe una certeza más allá de toda lógica, esta certeza es mucho más real que las propias matemáticas que, aunque no lo parezca, siempre están sujetas a falibilidad. De hecho, como inciso, suponeos lo que era esa ciencia antes de que llegaran esos desarrapados (comentario irónico) que son los árabes y nos trajeran, entre otra gran cantidad de cosas, el número cero. Para alucinar, en serio. Cuando estás inmerso en las dudas, continúo, no sabes si tienes o no tienes esa certeza, es así de simple, aunque no lo parezca.
¿Qué es el amor? Eric Fromm, un autor que recomiendo a cualquiera que pretenda leer algo interesante, lo clasificó hace ya años como un arte, y es una definición de la que nos hemos apropiado una gran cantidad de personas. Esto tiene una serie de connotaciones sumamente importantes, y en el libro de “El arte de amar” queda claro desde el principio. La primera de ellas es la distinción entre, en primer lugar, el sentimiento que puedas sentir y bajo el que quedas sepultado irremediablemente; y la segunda, aquello que haces al respecto de ese sentimiento, es decir, de qué manera vives de manera consciente ese sentimiento y ese lazo irrompible el resto de tu existencia
Del sentimiento tenemos auténticos tratados al respecto, de dos vertientes. Una de ellas, neurofisiológica, que denota aspectos tan interesantes como que los centros cerebrales que se activan al amar son los mismos que con el odio, y que cuando tenemos sexo se iluminan los mismos focos que cuando matamos a otra persona. Muy indicativo, en primer lugar, si hablamos de la intensidad de este tsunami. Otra de esas vertientes es la artística, infinitamente más extensa por su límite temporal, y que también indica un aspecto fundamental: la forma de sentir de los humanos no ha variado en prácticamente ningún aspecto, al menos, desde los primeros escritos, hace ya bastantes siglos. Esto da empaque a una teoría personal y que hemos oído alguna vez todos, y es que ya está todo inventado, o dicho de otra manera, que todo se repite inexorablemente aunque no nos demos cuenta. Y nos da también un aspecto a reflexionar cuando nos pensamos mucho más inteligentes y avanzados que nuestros abuelos (o más allá), puesto que hablamos de aquello que le da sentido a la existencia humana, no de maravillas tecnológicas o de la tarjeta de crédito y la cuenta corriente. Existe, de hecho, la posibilidad de que nuestros antepasados contasen con más y mejores recursos de los que tenemos hoy en día para afrontar los problemas que surgen cuando nos arriesgamos a amar.
Y utilizo este giro gramatical, arriesgarse a, de manera específica, no arbitraria, porque amar también es una decisión, y por tanto un riesgo. Por un lado teníamos el sentimiento, y por otro lado, la decisión consciente y voluntaria de cómo vivirlo. La persona humana, al contrario de la percepción que estúpidamente hemos asumido del pensamiento científico, no es algo que podamos compartimentar en conjuntos estancos: por un lado la lingüística, por otro la física, por otro la sociológica… El ser humano es una globalidad infinita de campos que se interrelacionan entre sí como el agua en vasos comunicantes. Esto es importante porque una persona sin una cierta sabiduría adquirida es incapaz de amar de una forma adulta, a pesar de que veamos continuamente intentos de lo contrario, al igual que vemos intentos de niños de cuarenta tacos de educar a sus hijos de tres. Es literalmente imposible, así como es imposible que una persona netamente inmadura ame de forma evolucionada desde un aspecto personal.
Y es que amar es una decisión consciente y racional además del sentimiento intrínseco y fundamental; y mucho más importante, es algo que se decide. Obviamente, ha de existir el sentimiento, y sin él es absurdo, pero confundir la inexistencia de ese sentimiento con la inmadurez de quien lo siente es un grave error palmario que se comete de forma sistemática a nuestro alrededor.
¿Qué es el amor? Un sentimiento sometido a sus propias reglas por un lado, y por otro lado, una decisión consciente y madura. Esto no es una invención gratuita de un iluminado, sino algo que está ahí, inevitable para todos, desde el principio. Ojo, el hecho de que esto se sepa no implica que se practique. Vivimos en una sociedad que nos presiona de forma continua para ir con el piloto automático en todo, con miles de estímulos por segundo que nos atrapa la atención y no nos deja centrarla, aspecto imprescindible para decidir amar y hacerlo de manera consciente, constante y productiva (con esto y con otras muchas cosas más). Y no hablo sólo del amor de pareja, hablo del amor de padres a hijos, entre amigos y el fraternal. Todo amor tiene un aspecto consciente y volitivo al margen del sentimiento que no ha de darse por sentado que se produce. Así que os animo a todos a sacudiros el polvo de la comodidad y el automatismo, porque la forma más productiva (que de los frutos más sabrosos) y eficaz (en el sentido en que lo definió Siddharta Gautama hace más de mil años) de vivir es la consciente. Y por supuesto, amorosa.


Alberto Martínez Urueña 6-03-2012

miércoles, 29 de febrero de 2012

A versus D primera parte

Antes de comenzar siquiera, ya os aviso de que me voy a meter en un charcal en el que es probable que me ahogue, y no es coña. Además, también os digo que aquí es probable que haya tortazos para todos, aunque en mi descargo diré que el daño que puedan causar no dependerá tanto de mí como de vosotros. Este es un tema en que cada uno tendrá su propia opinión; lo que ya no tengo tan claro es que la gente en general haya recapacitado mucho sobre ello. Por suerte y por desgracia, porque todo en esta vida es así aunque no queramos verlo, me tocó hace un tiempo darle un repaso y sacar algunas conclusiones.
Para poder hablar sobre un tema, lo primero que dicen los expertos que hay que hacer es delimitar el objeto, o aquello sobre lo que pretendemos explayarnos luego. Hay dos posibles orientaciones en una definición, positiva por un lado y negativa por otro, y aprovecharé las dos, con vuestro permiso. Si hablamos de qué es el amor (aprovechad para reíros ahora por la ñoñería de la palabra, que luego ya no se puede) hemos de decir una obviedad: es un sentimiento. Éste tendrá las bases físicas y biológicas que sean y provocarán reacciones en nuestro organismo, pero a cada uno nos las provocan personas distintas en base a condicionantes diversos y, al menos de momento, indeterminados. Pero por encima de todo, es un sentimiento, y como tal, irrefrenable; ojo, puedes hacerle caso o no, pero es irrefrenable, en el sentido de que aunque lo pretendas, no dejarás de sentirlo por propia voluntad. Además de irrefrenable, es algo que te deja completamente desnudo ante quien te lo ha provocado, totalmente expuesto porque atañe los recónditos lugares más escondidos de nuestro ser, ese lugar donde el daño es igualmente irresistible.
Y tenemos lo que no es el amor, y puedo decir que no es nada de lo que le añadimos motivado por el miedo, por el pavor a que ese rincón íntimo resulte dañado. Hablo de aferrarse, de poseer a la persona amada, de coartar la libertad individual… Ese largo etcétera que justificamos de una u otra forma para llevar la razón de lo que pretendemos para protegernos. O si no, esa serie de preguntas tipo test que hacemos a nuestra relación para contrastar el amor que la otra persona siente por nosotros, cuestionando continuamente tal como haríamos en un experimento científico. Ese miedo, que trataré en otro momento, incluso cercena la posibilidad de amar con autenticidad. Ojo, mentes descreídas incluso han llegado a decir que el amor no es si no un torpe recubrimiento del simple impulso reproductivo mezclado con la necesidad de asegurar a la camada mediante un sistema familiar culturalmente establecido. Aquí parto de la base de que existe algo que trasciende al propio individuo y que le hace consciente de la existencia de el otro, que está más allá de sí mismo y al mismo tiempo compartiendo una existencia, un espacio y un tiempo. Con la reduccionista visión egocéntrica que en algunos foros se pretende vender, en la que el ser humano únicamente se mueve por conceptos que giran en torno a uno mismo y niega la posibilidad de la trascendencia de la que hablaré más adelante, la noción del amor se desdibuja en un simple intercambio comercial en que dos personas buscan la autofelicidad en base a un contrato celebrado con otra persona con la que se comparte cierta afinidad. No, yo no hablo de esto; aquí me estoy poniendo romanticón y me refiero a ese amor que, en contra de toda lógica de supervivencia y más allá de la concepción egocéntrica dentro de la evolución del individuo humano, es y ha sido capaz a lo largo de la historia, de dar incluso su propia vida para que subsista la de otro.
Esto me lleva a afirmar que todas las justificaciones de las que hablo, ese reduccionismo del ser humano a una evolución individual en que sólo es capaz de satisfacer sus propios deseos (y si se sacrifica por los demás aún a costa de su propia felicidad es que así es feliz, toda una vuelta de tuerca para así tener razón y punto), son parte de la manifestación de ese miedo que he mencionado. El miedo es un poderoso enemigo, tanto en este tema del que hablo como en cualquier otro; retuerce la realidad a su medida e incapacita a las personas de tal manera que, ese sí, les obliga a ir en contra de lo que realmente deberían hacer o no. La falsa prudencia (hay una que es buena), el reduccionismo egocéntrico, el encadenamiento, la necesidad de seguridad, el aferramiento… Tenemos un sinfín de bonitas palabras con qué rodear al amor para justificar otras cosas que no lo son pero que en base al temor de que ese interior nuestro quede dañado.
Una vez introducido el tema, aplazo para próximas entregas profundizar en esta cuestión que, personalmente, me parece de una vital importancia en la vida de los seres humanos, tocando también el tema del desamor, fundamental cuando hablamos de la implicación de estos sentimientos en la persona. No en vano, la pregunta de para qué estamos aquí el sentido último, viviendo esta existencia que tenemos, es una pregunta que se ha hecho la humanidad entera desde tiempos inmemoriales; y el intento de los últimos años de obviar la trascendentalidad del ser humano a través de un consumo desaforado basado en una idea perversa de que hay que vivir el presente como si el futuro no existiera, lo único que nos está dejando es una sociedad absolutamente vacía de contenido, y una serie de puntos que la componemos totalmente perdidos y sin respuestas ante una realidad que nos confunde, nos deja perplejos y por último nos derriba.


Alberto Martínez Urueña 29-02-2012

viernes, 17 de febrero de 2012

Revolcones

Hay veces que la realidad te coge y te pega un revolcón. Son esas veces en que estás pensando en la inopia y, sin previo aviso, te sacude un puñetazo en las costillas y te quedas sin aliento. Esta semana, en cabeza ajena, dos historias de echarse a temblar.
La primera de ellas, escuchando Radio Nacional, a eso de las cinco y pico de la tarde, en el turno de participación de los oyentes, una llamada. No recuerdo el nombre, y no quiso dar su apellido, cosa perfectamente comprensible, porque en una ciudad no muy grande como era desde la que llamaba el interfecto le conocería demasiada gente. Por resumir, una pareja con un par de sueldos normales se quedaron al comienzo de la crisis los dos en el paro, y progresivamente, sin ingresos. Estuvo hablando cosa de diez o quince minutos, tiempo en el que el presentador no dijo palabra, imagino que sobrecogido como todos los que estábamos escuchando, salvo sociópatas y ratas desalmadas. Sólo dos cosas de sus palabras que no olvidaré, ya que hacían referencia al hijo de tres años que tenían: dijo, con perdón por la palabra (pedía perdón, y casi se me saltan las lágrimas), que su hijo tenía el culito irritado porque no tenían para pañales; la segunda, que con el kilo de arroz, el kilo de macarrones y la botella de aceite de girasol que les daban cada quince días en Cáritas (honrada organización, contrapunto de los cuervos vestidos de morado que viven en palacetes y sufren de obesidad) no daba para que el niño no estuviera malnutrido. La puntilla me la puso, el cabronazo, cuando reconoció, casi a gritos histéricos retransmitidos en frecuencia modulada y estereofónica, que se arrepentía de haber tenido a su hijo. Silencio, por favor, y pensad antes de hablar, porque imaginaos la desesperación de un padre para que diga semejantes palabras. Ahora preguntadle (a mí creo que no hace falta) qué opina cuando Rajoy pide tiempo a los desempleados para que surtan efectos sus medidas.
La otra historia que pone los pelos de punta la he leído en ese periódico de rojos recalcitrantes que es “El país”. Es una noticia más de la sección de sociedad que de la de sucesos, aunque debería estar en la de denuncia social. Se trata del caso de una madre, Maria Luisa, de Huelva para más señas y que la busquéis en San Google, una de esas andaluzas vagas e inoperantes de las que hablaba Duran i Lleida durante las elecciones. La susodicha tuvo la suerte de tener tres hijos, y la desgracia de que los tres nacieran con un gen recesivo que les manifestó a todos y que produce un tipo de cáncer de los que te llevan sí o sí al otro barrio. Y jovencitos. La única solución, como os podéis hacer cargo, era inevitablemente genética, con un índice de probabilidades de conseguir donante tan irrisorio que haría del salario de un trabajador español una fortuna. Entre unas y otras, (podéis leeros la noticia completa en Internet), la tocó irse a Bruselas, Bélgica, donde no hay nadie diciendo que eso de que tener hijos mediante reproducción asistida es pecado y con unos legisladores dispuestos a hacer caso a semejante despropósito. Ya ni te cuento, una vez que se ha legalizado, los trámites burocráticos para conseguir tener hijos con un estudio genético bajo el brazo y que puedan ser donantes apropiados para sus hermanos. Un chiste. La cuestión es que allá se fue, en plan comando, a luchar por la vida de sus hijos hasta las últimas fuerzas que tuviera. ¿Final feliz? Bueno tenía tres hijos, y nacieron otros tres, pero las matemáticas trágicas hicieron que ahora sólo tenga cinco. Las mismas matemáticas que, utilizadas de mejor manera, hacen que las personas que viven casos reales como los anteriores se conviertan en simples cifras y se comparen con otras más grandilocuentes como déficit presupuestario, producto interior bruto, balanza de pagos, prima de riesgo…
Porque dentro de los conceptos semánticos y lingüísticos, que cuando las eminencias públicas los sueltan en antena parecen estar todos al mismito nivel de importancia, me da a mí que hay rangos y categorías. Podemos apoyarnos en las matemáticas, si queréis, para dar empaque a la conversación, y de esa manera, poder ir diciendo de qué manera o de qué otra. Es decir, mientras haya gente que pase hambre, malnutrida y esas cosas tan feas, en esta mierda de país de pandereta, se tendría que arrojar por la borda a cualquier persona que tuviera el sueldo que algunos se ganan. Incluso algunos, mientras a los demás nos les congelan, ellos tienen los cojones de subírselo en votación parlamentaria. Para que luego digan que la democracia es el sistema más justo. Y si tiene mala prensa la votación, se lo enchufan en gastos de viaje y comisiones de dietas. Nos comentan cuestiones como lo de las reformas laborales, se inflan los papos como pavos gordos y lustrosos de Navidad, pero cuando investigas un poco en foros donde escriben catedráticos de distinto corte político, todos están de acuerdo en una cuestión: a ellos, que son los que saben, nadie les pregunta. Y tienen ideas, ojo, no es hablar por hablar. Y ni te cuento cuando se les pilla mintiendo, robando y chupando del tarro: se indignan. Échale cojones.
Por eso ya me da igual todo, puedo decirlo abiertamente. Mientras los problemas de la gente sencilla no se vean resueltos, no volveré a creerme nada de lo que salga en la prensa. Ahí sólo tienen foro los sociópatas y las ratas de las que hablaba antes, y todo lo que dicen no se sostiene en lo que no se cure la irritación que nos corroe a mí y a ciertos conciudadanos, pero sobre todo la del culito del niño de aquel oyente.


Alberto Martínez Urueña 16-02-2012