miércoles, 7 de marzo de 2012

Permitidme un inciso...

En mitad de la placidez de mis últimos textos, permitidme un inciso, porque se me escapa la hiel entre el colmillo lobuno de mi sonrisa. Si hay algo que me gusta de los políticos de turno, y en particular de cierta ralea de ellos, es la capacidad que tienen de difuminar las culpas de sus actos en una especie de eter impreciso que acaba difuminando cualquier rastro que les pueda afectar a ellos. No les supone el más mínimo problema justificar cualquier tropelía infame en base a la legalidad de sus actos. Lo cual denota dos aspectos básicos: en primer lugar, muchas veces, la ley da ganas de vomitarse por encima, y en segundo, la patente desvergüenza del actor implicado. Mucho más flagrante resulta cuando el legislador, legitimado por unas urnas incapaces de votar en base a algún criterio sensato, cambia las leyes para hacer legal, y por tanto correcto según su criterio, las mayores extravagancias posibles. Casos como los de Berlusconi en Italia, o Hitler en Alemania, demuestran esta práctica.
Suele aderezarse, por supuesto, con la prepotencia que tanto les gusta a sus acólitos y seguidores, que les vitorean como sólo en España sabemos hacerlo. Un breve vistazo por ciertos municipios costeros nos dejan claro como los ciudadanos se dejan las manos aplaudiendo a alcaldes corruptos cuando la madera se les lleva con grilletes en las muñecas. Nos olvidamos además de que a esos señores hubo quien les puso en el cargo, hubo todo un aparato de partido que elaboró listas y colocó caras bonitas en sus escaños de concejales. Se regodean ante los periodistas, y de vez en cuando dejan perlas auténticas en declaraciones dignas de cualquier barrio chabolista, con todo el respeto para los chabolistas. Sin que tenga la más mínima consecuencia, ni a nivel de partido ni a nivel de votantes, maravillados ante el rostro cementero de su candidato.
Tenemos al señor Camps asegurando que lo normal es llevar en la cartera unos tres o cuatro mil machacantes. Al señor Pepiño explicándonos que la práctica habitual de cualquier Ministro o cargo público es tener reuniones con empresarios en la intimidad de su coche oficial. Luego, la consejería de Medio Ambiente de Madrid le echa la culpa a la climatología de su flagrante incumplimiento con respecto a la boina de caca flotante que recubre la ciudad (la climatología no interpone denuncias por vulneración del honor, al menos de momento). Se ve que en el resto de Europa la climatología es más benigna que, concretamente, en el centro de la piel de toro que es y ha sido siempre Iberia. El alcalde de mi ciudad demuestra su arte en darnos publicidad gratuita al criminalizar al indigente y multarle por mendigar en las calles, dictando una ordenanza municipal que se convierte en una extensión de la Ley de Vagos y Maleantes. Desde luego, es chungo tener que soportar que, cuando sales a darte un garbeo por el Paseo de Zorrilla venga un rumano con el acordeón tocando los huevos. Habría que preguntarle al susodicho rumano si no es más chungo vivir en la indigencia, mientras De La Riva se hace pisos ilegales en el edificio de Caja Duero. Ah, por cierto, esto no es partidismo, lo que pasa es que ha dado la casualidad de que esto lo ha hecho un señor que me cae muy mal, a parte de por ser de un partido con el que no comulgo y me parece inhumano, porque su talante es propio de bucaneros y camorristas. Y al que le guste su talante, que se aplique lo de la prepotencia y sus acólitos, y ahí lo dejo. Lo que más me gusta del asunto, en todo caso, es cómo elabora la cuadratura del círculo un tío que, por un lado, amenaza con mil quinientos euros de sanción a un sujeto que no tiene donde caerse muerto y, por otro lado, entra en una iglesia todos los domingos a darse golpes en el pecho con mucha flema encendida. Con todo respeto para los cristianos, incluidos los que le votasteis.
Pero hay para todos, no os preocupéis, porque la anterior Ministra de Economía y Hacienda, pasándose por el forro cualquier decencia habida y por haber, se coloca en una filial de Endesa en Chile. En teoría, hay una ley de incompatibilidades para altos cargos y representantes públicos pero, siguiendo el camino marcado por otras figuras del show público como Zaplana, les da exactamente igual, y quien hizo la ley (nunca mejor dicho en este caso), hizo la trampa. ¿Quién lo permite, por ejemplo, en este caso? El Gobierno de ese señor serio, creíble y confiable, oriundo de Compostela, llamado Rajoy. No pasa nada por ser rivales políticos o tener ideas diametralmente opuestas en cuanto al déficit público, a la gobernanza europea o a los milagros de la Virgen de Lourdes. Hoy te rasco yo a ti, mañana me rascas tú a mí. Da igual que hoy en día estas noticias se sepan, no como antaño en que podían silenciarlo: la desfachatez no está reñida, a ciertas alturas, con sacar pecho con todo orgullo por lo listo que es cada uno de ellos. Así que, como para creerles cuando salen en antena hablando, dando datos y diciendo incongruencias. No pasa nada por decir estupideces: dentro de poco sacarán un Decreto-Ley, que será convalidado en Cortes con el beneplácito de todas las fuerzas vidas, en las que la productividad de sus bochornosas nóminas ganadas por no hacer nada, dependerán de la cantidad de atropellos que sean capaces de hacer y después justificar en un número máximo de palabras, multiplicado todo ello por el número de ciudadanos que sientan su propio sentido común fusilado en una cuneta.


Alberto Martínez Urueña 7-03-2012

martes, 6 de marzo de 2012

A versus D segunda parte

No es algo que la mayoría se haya planteado nunca, es algo que reconozco, y puede que incluso sea mejor así, porque tener que hacerlo supone en todo caso dudas al respecto. Y cuando dudas de ciertos asuntos es porque tienes una especie de astilla removiéndote el alma, clavada con firmeza y que no te deja lugar a nada más que a la angustia por la incertidumbre. Luego, con los años, te das cuenta de que cuando existe una certeza más allá de toda lógica, esta certeza es mucho más real que las propias matemáticas que, aunque no lo parezca, siempre están sujetas a falibilidad. De hecho, como inciso, suponeos lo que era esa ciencia antes de que llegaran esos desarrapados (comentario irónico) que son los árabes y nos trajeran, entre otra gran cantidad de cosas, el número cero. Para alucinar, en serio. Cuando estás inmerso en las dudas, continúo, no sabes si tienes o no tienes esa certeza, es así de simple, aunque no lo parezca.
¿Qué es el amor? Eric Fromm, un autor que recomiendo a cualquiera que pretenda leer algo interesante, lo clasificó hace ya años como un arte, y es una definición de la que nos hemos apropiado una gran cantidad de personas. Esto tiene una serie de connotaciones sumamente importantes, y en el libro de “El arte de amar” queda claro desde el principio. La primera de ellas es la distinción entre, en primer lugar, el sentimiento que puedas sentir y bajo el que quedas sepultado irremediablemente; y la segunda, aquello que haces al respecto de ese sentimiento, es decir, de qué manera vives de manera consciente ese sentimiento y ese lazo irrompible el resto de tu existencia
Del sentimiento tenemos auténticos tratados al respecto, de dos vertientes. Una de ellas, neurofisiológica, que denota aspectos tan interesantes como que los centros cerebrales que se activan al amar son los mismos que con el odio, y que cuando tenemos sexo se iluminan los mismos focos que cuando matamos a otra persona. Muy indicativo, en primer lugar, si hablamos de la intensidad de este tsunami. Otra de esas vertientes es la artística, infinitamente más extensa por su límite temporal, y que también indica un aspecto fundamental: la forma de sentir de los humanos no ha variado en prácticamente ningún aspecto, al menos, desde los primeros escritos, hace ya bastantes siglos. Esto da empaque a una teoría personal y que hemos oído alguna vez todos, y es que ya está todo inventado, o dicho de otra manera, que todo se repite inexorablemente aunque no nos demos cuenta. Y nos da también un aspecto a reflexionar cuando nos pensamos mucho más inteligentes y avanzados que nuestros abuelos (o más allá), puesto que hablamos de aquello que le da sentido a la existencia humana, no de maravillas tecnológicas o de la tarjeta de crédito y la cuenta corriente. Existe, de hecho, la posibilidad de que nuestros antepasados contasen con más y mejores recursos de los que tenemos hoy en día para afrontar los problemas que surgen cuando nos arriesgamos a amar.
Y utilizo este giro gramatical, arriesgarse a, de manera específica, no arbitraria, porque amar también es una decisión, y por tanto un riesgo. Por un lado teníamos el sentimiento, y por otro lado, la decisión consciente y voluntaria de cómo vivirlo. La persona humana, al contrario de la percepción que estúpidamente hemos asumido del pensamiento científico, no es algo que podamos compartimentar en conjuntos estancos: por un lado la lingüística, por otro la física, por otro la sociológica… El ser humano es una globalidad infinita de campos que se interrelacionan entre sí como el agua en vasos comunicantes. Esto es importante porque una persona sin una cierta sabiduría adquirida es incapaz de amar de una forma adulta, a pesar de que veamos continuamente intentos de lo contrario, al igual que vemos intentos de niños de cuarenta tacos de educar a sus hijos de tres. Es literalmente imposible, así como es imposible que una persona netamente inmadura ame de forma evolucionada desde un aspecto personal.
Y es que amar es una decisión consciente y racional además del sentimiento intrínseco y fundamental; y mucho más importante, es algo que se decide. Obviamente, ha de existir el sentimiento, y sin él es absurdo, pero confundir la inexistencia de ese sentimiento con la inmadurez de quien lo siente es un grave error palmario que se comete de forma sistemática a nuestro alrededor.
¿Qué es el amor? Un sentimiento sometido a sus propias reglas por un lado, y por otro lado, una decisión consciente y madura. Esto no es una invención gratuita de un iluminado, sino algo que está ahí, inevitable para todos, desde el principio. Ojo, el hecho de que esto se sepa no implica que se practique. Vivimos en una sociedad que nos presiona de forma continua para ir con el piloto automático en todo, con miles de estímulos por segundo que nos atrapa la atención y no nos deja centrarla, aspecto imprescindible para decidir amar y hacerlo de manera consciente, constante y productiva (con esto y con otras muchas cosas más). Y no hablo sólo del amor de pareja, hablo del amor de padres a hijos, entre amigos y el fraternal. Todo amor tiene un aspecto consciente y volitivo al margen del sentimiento que no ha de darse por sentado que se produce. Así que os animo a todos a sacudiros el polvo de la comodidad y el automatismo, porque la forma más productiva (que de los frutos más sabrosos) y eficaz (en el sentido en que lo definió Siddharta Gautama hace más de mil años) de vivir es la consciente. Y por supuesto, amorosa.


Alberto Martínez Urueña 6-03-2012

miércoles, 29 de febrero de 2012

A versus D primera parte

Antes de comenzar siquiera, ya os aviso de que me voy a meter en un charcal en el que es probable que me ahogue, y no es coña. Además, también os digo que aquí es probable que haya tortazos para todos, aunque en mi descargo diré que el daño que puedan causar no dependerá tanto de mí como de vosotros. Este es un tema en que cada uno tendrá su propia opinión; lo que ya no tengo tan claro es que la gente en general haya recapacitado mucho sobre ello. Por suerte y por desgracia, porque todo en esta vida es así aunque no queramos verlo, me tocó hace un tiempo darle un repaso y sacar algunas conclusiones.
Para poder hablar sobre un tema, lo primero que dicen los expertos que hay que hacer es delimitar el objeto, o aquello sobre lo que pretendemos explayarnos luego. Hay dos posibles orientaciones en una definición, positiva por un lado y negativa por otro, y aprovecharé las dos, con vuestro permiso. Si hablamos de qué es el amor (aprovechad para reíros ahora por la ñoñería de la palabra, que luego ya no se puede) hemos de decir una obviedad: es un sentimiento. Éste tendrá las bases físicas y biológicas que sean y provocarán reacciones en nuestro organismo, pero a cada uno nos las provocan personas distintas en base a condicionantes diversos y, al menos de momento, indeterminados. Pero por encima de todo, es un sentimiento, y como tal, irrefrenable; ojo, puedes hacerle caso o no, pero es irrefrenable, en el sentido de que aunque lo pretendas, no dejarás de sentirlo por propia voluntad. Además de irrefrenable, es algo que te deja completamente desnudo ante quien te lo ha provocado, totalmente expuesto porque atañe los recónditos lugares más escondidos de nuestro ser, ese lugar donde el daño es igualmente irresistible.
Y tenemos lo que no es el amor, y puedo decir que no es nada de lo que le añadimos motivado por el miedo, por el pavor a que ese rincón íntimo resulte dañado. Hablo de aferrarse, de poseer a la persona amada, de coartar la libertad individual… Ese largo etcétera que justificamos de una u otra forma para llevar la razón de lo que pretendemos para protegernos. O si no, esa serie de preguntas tipo test que hacemos a nuestra relación para contrastar el amor que la otra persona siente por nosotros, cuestionando continuamente tal como haríamos en un experimento científico. Ese miedo, que trataré en otro momento, incluso cercena la posibilidad de amar con autenticidad. Ojo, mentes descreídas incluso han llegado a decir que el amor no es si no un torpe recubrimiento del simple impulso reproductivo mezclado con la necesidad de asegurar a la camada mediante un sistema familiar culturalmente establecido. Aquí parto de la base de que existe algo que trasciende al propio individuo y que le hace consciente de la existencia de el otro, que está más allá de sí mismo y al mismo tiempo compartiendo una existencia, un espacio y un tiempo. Con la reduccionista visión egocéntrica que en algunos foros se pretende vender, en la que el ser humano únicamente se mueve por conceptos que giran en torno a uno mismo y niega la posibilidad de la trascendencia de la que hablaré más adelante, la noción del amor se desdibuja en un simple intercambio comercial en que dos personas buscan la autofelicidad en base a un contrato celebrado con otra persona con la que se comparte cierta afinidad. No, yo no hablo de esto; aquí me estoy poniendo romanticón y me refiero a ese amor que, en contra de toda lógica de supervivencia y más allá de la concepción egocéntrica dentro de la evolución del individuo humano, es y ha sido capaz a lo largo de la historia, de dar incluso su propia vida para que subsista la de otro.
Esto me lleva a afirmar que todas las justificaciones de las que hablo, ese reduccionismo del ser humano a una evolución individual en que sólo es capaz de satisfacer sus propios deseos (y si se sacrifica por los demás aún a costa de su propia felicidad es que así es feliz, toda una vuelta de tuerca para así tener razón y punto), son parte de la manifestación de ese miedo que he mencionado. El miedo es un poderoso enemigo, tanto en este tema del que hablo como en cualquier otro; retuerce la realidad a su medida e incapacita a las personas de tal manera que, ese sí, les obliga a ir en contra de lo que realmente deberían hacer o no. La falsa prudencia (hay una que es buena), el reduccionismo egocéntrico, el encadenamiento, la necesidad de seguridad, el aferramiento… Tenemos un sinfín de bonitas palabras con qué rodear al amor para justificar otras cosas que no lo son pero que en base al temor de que ese interior nuestro quede dañado.
Una vez introducido el tema, aplazo para próximas entregas profundizar en esta cuestión que, personalmente, me parece de una vital importancia en la vida de los seres humanos, tocando también el tema del desamor, fundamental cuando hablamos de la implicación de estos sentimientos en la persona. No en vano, la pregunta de para qué estamos aquí el sentido último, viviendo esta existencia que tenemos, es una pregunta que se ha hecho la humanidad entera desde tiempos inmemoriales; y el intento de los últimos años de obviar la trascendentalidad del ser humano a través de un consumo desaforado basado en una idea perversa de que hay que vivir el presente como si el futuro no existiera, lo único que nos está dejando es una sociedad absolutamente vacía de contenido, y una serie de puntos que la componemos totalmente perdidos y sin respuestas ante una realidad que nos confunde, nos deja perplejos y por último nos derriba.


Alberto Martínez Urueña 29-02-2012

viernes, 17 de febrero de 2012

Revolcones

Hay veces que la realidad te coge y te pega un revolcón. Son esas veces en que estás pensando en la inopia y, sin previo aviso, te sacude un puñetazo en las costillas y te quedas sin aliento. Esta semana, en cabeza ajena, dos historias de echarse a temblar.
La primera de ellas, escuchando Radio Nacional, a eso de las cinco y pico de la tarde, en el turno de participación de los oyentes, una llamada. No recuerdo el nombre, y no quiso dar su apellido, cosa perfectamente comprensible, porque en una ciudad no muy grande como era desde la que llamaba el interfecto le conocería demasiada gente. Por resumir, una pareja con un par de sueldos normales se quedaron al comienzo de la crisis los dos en el paro, y progresivamente, sin ingresos. Estuvo hablando cosa de diez o quince minutos, tiempo en el que el presentador no dijo palabra, imagino que sobrecogido como todos los que estábamos escuchando, salvo sociópatas y ratas desalmadas. Sólo dos cosas de sus palabras que no olvidaré, ya que hacían referencia al hijo de tres años que tenían: dijo, con perdón por la palabra (pedía perdón, y casi se me saltan las lágrimas), que su hijo tenía el culito irritado porque no tenían para pañales; la segunda, que con el kilo de arroz, el kilo de macarrones y la botella de aceite de girasol que les daban cada quince días en Cáritas (honrada organización, contrapunto de los cuervos vestidos de morado que viven en palacetes y sufren de obesidad) no daba para que el niño no estuviera malnutrido. La puntilla me la puso, el cabronazo, cuando reconoció, casi a gritos histéricos retransmitidos en frecuencia modulada y estereofónica, que se arrepentía de haber tenido a su hijo. Silencio, por favor, y pensad antes de hablar, porque imaginaos la desesperación de un padre para que diga semejantes palabras. Ahora preguntadle (a mí creo que no hace falta) qué opina cuando Rajoy pide tiempo a los desempleados para que surtan efectos sus medidas.
La otra historia que pone los pelos de punta la he leído en ese periódico de rojos recalcitrantes que es “El país”. Es una noticia más de la sección de sociedad que de la de sucesos, aunque debería estar en la de denuncia social. Se trata del caso de una madre, Maria Luisa, de Huelva para más señas y que la busquéis en San Google, una de esas andaluzas vagas e inoperantes de las que hablaba Duran i Lleida durante las elecciones. La susodicha tuvo la suerte de tener tres hijos, y la desgracia de que los tres nacieran con un gen recesivo que les manifestó a todos y que produce un tipo de cáncer de los que te llevan sí o sí al otro barrio. Y jovencitos. La única solución, como os podéis hacer cargo, era inevitablemente genética, con un índice de probabilidades de conseguir donante tan irrisorio que haría del salario de un trabajador español una fortuna. Entre unas y otras, (podéis leeros la noticia completa en Internet), la tocó irse a Bruselas, Bélgica, donde no hay nadie diciendo que eso de que tener hijos mediante reproducción asistida es pecado y con unos legisladores dispuestos a hacer caso a semejante despropósito. Ya ni te cuento, una vez que se ha legalizado, los trámites burocráticos para conseguir tener hijos con un estudio genético bajo el brazo y que puedan ser donantes apropiados para sus hermanos. Un chiste. La cuestión es que allá se fue, en plan comando, a luchar por la vida de sus hijos hasta las últimas fuerzas que tuviera. ¿Final feliz? Bueno tenía tres hijos, y nacieron otros tres, pero las matemáticas trágicas hicieron que ahora sólo tenga cinco. Las mismas matemáticas que, utilizadas de mejor manera, hacen que las personas que viven casos reales como los anteriores se conviertan en simples cifras y se comparen con otras más grandilocuentes como déficit presupuestario, producto interior bruto, balanza de pagos, prima de riesgo…
Porque dentro de los conceptos semánticos y lingüísticos, que cuando las eminencias públicas los sueltan en antena parecen estar todos al mismito nivel de importancia, me da a mí que hay rangos y categorías. Podemos apoyarnos en las matemáticas, si queréis, para dar empaque a la conversación, y de esa manera, poder ir diciendo de qué manera o de qué otra. Es decir, mientras haya gente que pase hambre, malnutrida y esas cosas tan feas, en esta mierda de país de pandereta, se tendría que arrojar por la borda a cualquier persona que tuviera el sueldo que algunos se ganan. Incluso algunos, mientras a los demás nos les congelan, ellos tienen los cojones de subírselo en votación parlamentaria. Para que luego digan que la democracia es el sistema más justo. Y si tiene mala prensa la votación, se lo enchufan en gastos de viaje y comisiones de dietas. Nos comentan cuestiones como lo de las reformas laborales, se inflan los papos como pavos gordos y lustrosos de Navidad, pero cuando investigas un poco en foros donde escriben catedráticos de distinto corte político, todos están de acuerdo en una cuestión: a ellos, que son los que saben, nadie les pregunta. Y tienen ideas, ojo, no es hablar por hablar. Y ni te cuento cuando se les pilla mintiendo, robando y chupando del tarro: se indignan. Échale cojones.
Por eso ya me da igual todo, puedo decirlo abiertamente. Mientras los problemas de la gente sencilla no se vean resueltos, no volveré a creerme nada de lo que salga en la prensa. Ahí sólo tienen foro los sociópatas y las ratas de las que hablaba antes, y todo lo que dicen no se sostiene en lo que no se cure la irritación que nos corroe a mí y a ciertos conciudadanos, pero sobre todo la del culito del niño de aquel oyente.


Alberto Martínez Urueña 16-02-2012

jueves, 26 de enero de 2012

Justa desvergüenza

Pues tenía un texto preparado para largarlo por la red, un texto comedido y muy educado en el que hablaba de la Justicia, con opiniones moderadas y muy equilibrado; sin embargo, no es que me hayan tocado donde no se debe, más bien es que me han pasado un trozo de papel de lija por salva-sea-la-parte y vengo más cabreado que un vaquero con almorranas. Así que, lo siento en el alma por las sensibilidades heridas, pero la desvergüenza que veo clama venganza y necesito sangre fresca para saciar esta ansia, en plan vampiro.
Dirán mis detractores ocasionales que esto sólo es la pataleta de un rojo impenitente, pero si ciertos seres de dudosa calaña tienen derecho a chulearnos como cualquier Capone, yo tengo derecho a acordarme de sus muertos más frescos. En primer lugar diré que una justicia que santifica pasarse por el forro del saco de nueces el más mínimo sentido común es igual de útil que un avispero metido en los calzoncillos. Me parece estupendo la soplada de flauta de garantizar el procedimiento, los derechos de reo, el habeas corpus y cualquier latinajo que se saquen de la manga en plan Tamariz. Todo lo que sea para evitar volver a la Ley de Vagos y Maleantes y los Tribunales de Excepción cuyo único criterio era si le caía en gracia al juez tu cara bonita. Sin embargo, si esto anterior vale para que un abogado sin escrúpulos saque de la cárcel a un asesino de niños, la cosa ya cambia bastante.
Y es que todo esto está empezando a oler exactamente igual que la axila de un reo encadenado al remo de una galera. Las injusticias de todo tipo nos van dando tortazos por la calle mientras escuchamos las risotadas de los maleantes y el chinchín de sus copas brindando con champán francés pagado con dinero público. Mientras, la gente de bien vemos como los recortes de gasto afectan a las nóminas de los de siempre mientras los intereses del capital de las SICAV, auténtico ejemplo de acumulación improductiva, se van de rositas a veranear en las Maldivas.
Ahora, resulta que nos ha fallado a todos el oído, que estamos sordos, ciegos, y además somos gilipollas y carentes de raciocinio. Después de escuchar como planteaban regalos para que no les tocasen los cojones, aunque no les favorecieran, de escuchar como llevaban cuatro o cinco mil euros en la cartera (como tú y como yo), de frases como “amiguito del alma” y que “con el mío te has pasado”… Después de ver como se repartían en bacalao hinchando contratos pagados con nuestros impuestos y marcándose un quid pro quo con negocietes, y un tú me rascas a mí y yo te rasco a ti con los beneficios de sus chorizadas… Después de todo eso y de ver como se marcaban una sobada de huevos ante el Tribunal, ahora nos dicen que todo lo que hemos estado viendo es una ilusión digna de cualquier viaje psicodélico, fruto de algún producto de origen tan dudoso como la carne de un restaurante chino o la moralidad de un político. De igual manera vemos como un señor alto, guapo y deportista, una vez que se juntó como malas compañías, políticos y nobleza (¡nobleza en el siglo veintiuno, señores, y a nadie se le rasgan los puntos!), se convirtió en un ser venenoso y abyecto; también emigrado por la gracia de dios para ser a la vez invisible a la opinión pública y objeto de prescripciones por delitos económicos. Al mismo tiempo, tenemos un hombre juzgado por querer saber qué pasó con los muertos de la guerra civil y quiénes fueron los criminales que se dedicaron a ordenar matanzas. Y no me vale lo de la Ley de Amnistía: esa ley la dictaron los propios criminales o sus descendientes, ahora ocupando escaños en el patio de butacas de las Cortes, demostrando una vez más el rostro cementero de ciertos “caballeros” españoles. Es decir, que nos hinchamos como pavos reales cuando le metemos mano a Pinochet, Videla y sus secuaces, pero si queremos hacer lo mismo en el suelo patrio, somos unos resentidos porque hay cosas que es mejor no meneallo en pro de la reconciliación nacional, incluidos los pazos y propiedades de los descendientes del señor oscuro, adquiridos mediante una dictadura en toda regla, bendecida por la bula papal y el anillo arzobispal. No me da la gana, señores: los delincuentes, como cualquier ladrón, asesino, terrorista o etarra, a la puta cárcel, o al mar con un peso atado a los pies, porque esos calificativos anteriores (salvo el último, claro) les sientan como un traje de Armani a los jerifaltes franquistas.
Y es que podemos discutir, como dice un amigo mío, de lo divino y de lo humano, podemos hablar de si el arbitro pitó o no pitó penalti, o de si la abuela fuma porros gordos como troncos de secuoya; pero no me vengan con justificaciones basadas en errores procedimentales, en interpretaciones legales o en bailes autóctonos de la Australia profunda. Cuando la desvergüenza campa a sus anchas por la tierra es el momento de emigrar, como cuando las ratas escapan de un edificio en llamas. Porque la otra opción que tenemos es deslegitimarles, pero parece que ellos y sus dignidades están vacunados contra esa medida; y además hay demasiada gente que, con tal de no bajarse del burro político, permiten con sus vítores de establo que los que atentan contra el bien común salgan impunes de sus ofensas.


Alberto Martínez Urueña 26-01-2012