lunes, 16 de enero de 2012

La ración justa

Es bien sabido por todos, y yo conozco más de un caso cercano, ese dicho de que casi sería mejor emigrar a otro país, tal y como tenemos el nuestro. Hay personas que lo hacen, emigrantes españoles que se largan a países europeos, a compartir con ellos nuestra alegría de vivir, patente en las ganas de jarana que llevamos allí por donde vamos, por mucho que quizá a ellos no les cuadre demasiado nuestro jolgorio patrio repartido por sus calles. No sé si estarán tan de acuerdo con nuestra inmigración como nosotros nos pensamos…
Pero bueno, no iba de esto, ya dejaremos ese tema para otro momento, aunque sea una buena imagen sintética del país en el que vivimos. De lo que quiero hablar es de por qué hay tanta gente queriendo bajarse del barco; es decir, porque nos da la sensación de que éste se hunde y entonamos un “sálvese quien pueda”.
Los ciudadanos miran a su alrededor y, claro, la indigestión de bilis resulta francamente peligrosa, digna de ingreso hospitalario. Ya desde el principio te tocan donde no se debe, pues si te ingresan, te recuerdan que tu enfermedad le cuesta al erario público unos cuartos inasumibles y te criminalizan. Escuchas con pavor entreverado con los síntomas propios de tu dolencia como te meten en el mismo saco con algún que otro jeta que se aprovecha de la gratuidad del sistema sanitario público; poco a poco, como en una película de miedo, tumbado en tu cama de hospital, ves como se va abriendo la caja de Pandora del copago sanitario (bonito palabro que no entiendes, porque ya la pagas con tus impuestos). Sales del hospital más enfermo de lo que entraste sólo de la mala baba que te dejan, directo a tu mal pagado curro por cuenta ajena.
Allí tienes que soportar a tu jefe que a su vez soporta a otro jefe y así sucesivamente hasta que llegas a un ente llamado capital al que no puedes dar de hostias porque no le has visto la cara en tu vida, esa vida que se te está llevando de la mano al cementerio gracias a conceptos abstractos llamados productividad, competitividad y rendimientos. Son cosas creadas al margen de lo humano, como seres divinos que dominan tus designios; o más bien, como ángeles caídos que vencieron en su lucha celestial contra dios, y ahora se alimentan de las entrañas de los hombres. O ves como el empresario se queja de que no llega a fin de mes y te racanea la nómina, con su declaración de la renta inferior a quince mil euros y su Q7 mal aparcado sobre la acera, con el que va a recoger a los niños al colegio privado, católico y bilingüe (como las víboras); mientras, te las ves y te las deseas para pagar la hipoteca mientras haces equilibrios para llegar a fin de mes, esquivando con piruetas circenses la espada de Damocles del paro que se balancea por encima de tu cabeza como un grajo.
Para intentar desconectar, pones la televisión, y por desgracia, eran las nueve y cinco de la noche y emiten las noticias, en concreto, la crónica política. Ves a señores trajeados con un sueldo estratosférico más dietas y cara compungida decir que el legado que les ha dejado el anterior grupo de sátrapas les obliga a agarrarte de los tobillos y sacudirte boca abajo un poco a ver qué cae y, una vez finalizado, arrancarte los pantalones y sodomizarte con violencia mientras te dicen que éste es el comienzo de los buenos tiempos.
Patidifuso ante la desvergüenza reinante, haces zapping y te encuentras en Cuatro un partido de Copa donde un periodista analfabeto le pega seis palos al diccionario al mismo tiempo que un destripaterrones gana seis mil euros por minuto por una labor social encomiable, a veces al trote cochinero. Notas un espasmo estomacal involuntario cuando enfocan al palco y te encuentras con el rostro redondo y sonriente de dos presidentes con cara de Corleones expertos en sisarle los impuestos a Hacienda, provocando la subida del IVA y del IRPF, e incrementan en igual medida tus ganas de echarte al monte armado con una escopeta de postas.
Horrorizado, y con la úlcera sangrante bailándote una alegre sevillana en lo que se ha llamado de toda la vida boca del estómago, cambias de canal y descubres, oh sorpresa, que Telecinco emite un programa especial de Salvame Deluxe, y que la Esteban, adalid de la cultura hispánica e ibérica, da voces con voz garrula defendiéndose de los feroces ataques que le dirigen Kiko Matamoros y Karmele porque la acusan de aprovechar el tirón de lo de “¡Andreita, cómete el pollo!”. Sé de buena tinta que hay para conciudadanos que éste es el momento en que amartillan el revólver y se acomodan el cañón sobre la oreja derecha, con risotadas histéricas, y lo único que le salva es poder hacer cortes de manga al realizador hijo de puta que le hace un primer plano a JJ Vázquez mientras hace gestos de locaza en la pantalla.
Para rematar la jugada, ya desquiciado por completo, sale un tertuliano engolado al que la falange le queda muy a la izquierda y que gana un sueldo de seis cifras diciéndote que has estado viviendo por encima de tus posibilidades y eres responsable de la crisis económica.
Todo esto, además, aderezado por una masa que jamás se cansa de entrar por un aro que cada vez es más estrecho, y hacerles la ola a todos esos pedazo de cabrones, masa social que traga lo que no está escrito y sigue votando, sobre todo la derecha inmovilista, a los mismos personajes de siempre. ¿De qué os extrañáis entonces? Sólo tenemos la ración justa de lo que nos merecemos.


Alberto Martínez Urueña 16-01-2012

sábado, 14 de enero de 2012

El mayor espectáculo del mundo

Y llegó el año en que se nos acaba todo. Ese dos mil doce fatídico para los agoreros planetarios y los sátrapas del holocausto galáctico. No digo que no vaya a suceder; quién sabe, puede que en día 21 de Diciembre nos encontremos con un planeta colapsado precipitándose como un fórmula uno gravitatorio contra el sol, o tal vez un asteroide del tamaño del peñón de Gibraltar se precipite sobre la ciudad de Nueva York (porque esas cosas, en contra de las leyes de la probabilidad, es bien sabido por el acerbo popular que siempre caen sobre Estados Unidos, y en alguna de sus ciudades superpobladas). Me había tomado un descansito merecido en todos los asuntos, porque no sólo hago esta columna, y ya vuelvo por mis fueros. Como no recibo sueldo monetario (recibo halagos y agradecimientos de mis lectores que siempre son bien acogidos) no sucede nada, pero la verdad es que luego lo echo de menos.

Una de las cosas que notamos con el tema del paso de año es que, entre otras, no sucede nada raro; el reloj de la Puerta del Sol da los cuatro cuartos y las doce campanadas, nos comemos las uvas, y quien más quien menos se toma unas copas de champán o de lo que le admita el cuerpo. Aquí, en nuestro país encantador, como no necesitamos excusas para montar una jarana por todo lo alto, aprovechamos y hacemos de la Nochevieja un día cualquiera, pero llegando a casa un poco más tarde si nos da por salir de bares. Los que no, se quedan en casa y juegan al bingo, al póker, o ven algún popurrí de ésos que nos tiran las cadenas de televisión, dignos de la tradición más casposa de la caja tonta.

Y nos hacemos buenos propósitos. El que se los hace, claro, que con esa frase de que las buenas intenciones hay que tenerlas en mente todos los días, hay quien no se las plantea ni una sola vez al año. Yo tengo mis propias intenciones, claro, y a veces se me olvidan, por desgracia, pero tampoco me flagelo por ello. Hay que entender como son estas cosas. A fin de cuentas, es la misma vida.

La vida es un camino en el que pretender saber mucho desvirtúa por completo el paisaje. Si racionalizas su contenido, te pasarás todo el trayecto de cabreo en cabreo por la inmensa cantidad de situaciones que se escaparán a lo que consideras que es correcto, o que se sale de la estructura que supones cabal y cierta. Si pretendes vivir exclusivamente el presente, te perderás vivir EN el presente, y la diferencia es fundamental para el que quiera verla. La vida es una incoherencia para el ser humano, por lo que el ser humano no deja de ser otra completa incoherencia, y el que se jacte de saber cómo son las personas, las está reduciendo a su reducido campo de visión, parcial de por sí y especialmente reducido en ese caso. Otra cosa distinta es que haya quien te convenga más o menos, o quizá convengas tú, pero eso ya es casuística particular.

¿Que a qué viene esta digresión que me estoy calzando? Tiene que ver con mi objetivo fundamental (tengo otros, pero son de otra manera), que es bastante reducido en apariencia, pero enorme en su intensidad y pretensión. Supongo que me paso de listo y de prepotente, porque al final, será aquello que decían mis padres de que vivía con la cabeza a pájaros. Me gustaría ser un espectador de la vida, y tratar de aprender lo menos posible. Aprender a desaprender en cada momento, mejor dicho. Y diréis que por qué esta estupidez; pero hay un motivo, y es que muchas veces todo lo que aprendemos es lo que nos impide ver las cosas tal y como son. Es decir, lo que aprendemos nos va configurando la realidad que percibimos, y acabamos encorsetándola en aquello que entendemos que ha de ser de tal o cual manera. Y además, lo que veo la mayoría de las veces en que observo con alma de espectador es que suele ser que no es que la vida sea de tal o cual manera, sino que puede ser de las dos, o no ser de ninguna.

En fin, ya lo dejo, que no pretendo rayar a nadie. Lo importante en todo caso, es tener un lugar hacia donde mirar, y luego intentar llegar, a ver qué ocurre. Un objetivo, aunque sea un poco tonto y puede que lo cambies en dos días; quien sabe, a lo mejor en una de esas te topas con algo importante. Y sobre todo, por favor, que nadie vaya de desengañado, porque es el primer camino para negarte la posibilidad de encontrar algo bueno. Es la forma de no volver a ver jamás este mundo en el que vivimos como lo ven los niños, con esperanza. Y sobre todo, es la manera de no verlo tal y como es, totalmente bueno y malo al mismo tiempo, con su caleidoscópica forma de mostrarse, cambiante y permanente a la vez, conteniendo algo bello lo malo y algo malo lo más bello. A fin de cuentas, esta vida es el mayor espectáculo del mundo, el que más merece la pena y lo único que realmente tenemos. O más bien lo único por lo que realmente pasamos. Así como cuando vamos a Roma o a París pretendemos ver todos los monumentos, quizá deberíamos hacer lo mismo con esto, y pasar contemplando, o al menos intentándolo, lo que se nos ofrece por el simple hecho de estar vivos.

Alberto Martínez Urueña 9-01-2012

viernes, 16 de diciembre de 2011

O ignorancia o malevolencia

Llevo un tiempo, como sabéis, que me estoy quitando de ciertas costumbres y tratando de suavizar los comentarios que entresaco en esta columna que intenta tener cierta periodicidad. No me gusta la agresividad, creo que sólo vale para incrementar la parte mala que tiene esta sociedad nuestra y que no aporta gran cosa. Pero claro, llega el señor Rosell y, no es que diga mentiras, algo a lo que ya estamos acostumbrados, es que además son mentiras para que mis conciudadanos se las crean, y se me han hinchado las partes pudendas de tal manera que, del peso, casi no me sujeta la silla.
Le diría a ese señor, al que se le podrían aplicar tales epítetos que sonrojaríamos al mismísimo Satanás bíblico, que cuando haga afirmaciones en medios de comunicación aportase algo más aparte del veneno empresarial y fascista al que nos tiene acostumbrados. Se ve que, en su ignorancia (por no suponer que es un hijo de mujer astuta), utiliza clichés que son falsos para enfervorizar a las masas y desviar el foco de atención a lugares donde a su colectivo no les toque. Pero claro, a mí eso me toca mucho los cojones, sobre todo cuando la única razón esgrimible por parte de este señor para hacer cierto tipo de afirmaciones es demonizar a personas que no tienen la culpa de nada de lo que está sucediendo, con la única aviesa intención de quedarse con nichos de mercado hasta ahora vetados a sus maquiavélicos manejos.
Quería fiarme por una vez de los actores sociales, pero la patronal da bastante más asco que el burdel más sucio de un puerto birmano. Y me explico razonadamente, cosa que aquel señor es total y absolutamente incapaz, por evidente deficiencia intelectual o por una bajeza moral a la altura sólo de bucaneros de su estirpe. Que elija lo que quiera.
En primer lugar, los españoles que han vivido por encima de sus posibilidades no son economistas. Son personas que acuden a un banco y piden un crédito que se les concede en base a un estudio hecho por el primero; si el estudio está mal hecho, no es culpa de los funcionarios, lo primero, ni culpa del señor que pide el préstamo y además pierde su casa. Es culpa de los empresarios del sector financiero.
En segundo lugar, si existen funcionarios que están mano sobre mano durante largas temporadas no es porque no haya posibilidad de que hagan algo, es porque sus jefes no les organizan las tareas de manera adecuada. No conozco casi ningún funcionario que no realice su trabajo, y la mayoría de las veces al día. Ante la posibilidad de hacer la barbaridad de despedirles (si queréis saber por qué es una barbaridad os lo explico en otro texto) habría que exigir a los poderes públicos (políticos) que gestionaran los recursos que tienen de una manera adecuada.
En tercer lugar, le comentaría a este señor de aspecto distinguido y alma ennegrecida que los culpables del déficit público que hay en nuestra sociedad son todos esos amigos suyos a los que defiende como si fueran santos varones. Salvando la parte honrada, que la hay, tenemos una gran cantidad de empresas que, en lugar de reinvertir sus beneficios en actividad productiva se dedican a repartir dividendos; en lugar de contribuir al buen funcionamiento del Estado, que somos todos, defraudan el dinero de los españoles a través de dos mecanismos fundamentales, como son la evasión y elusión fiscal y la deslocalización de beneficios. Mirando al cielo con aire nostálgico, me acuerdo de la tan hablada productividad, y se me sale un esputo de bilis negra al recordar como la inversión empresarial en I+D en España es ridícula, los horarios dignos de cualquier explotación algodonera de la Virginia dieciochesca y los salarios y el reparto del valor añadido digno de un galeón pirata, condenando a la subsistencia al trabajador esforzado. Por el contrario, cada vez que veo la nómina, como la de cualquier asalariado, no veo ningún tipo de fraude, ni en la de mis conocidos explotados por empresas desalmadas, ni en los que curran en buenas condiciones, ni en los privilegiados funcionarios públicos, que jamás aspirarán a un salario como el que se puede obtener, con la misma calificación laboral en una empresa del ramo. Basta ya de mentiras, de comentarios infundados y sin aportar datos. Basta de veneno.
Así que a ese Rosell, que al final ya no sé cómo nombrarle para evitar que se me salten las costuras mientras mantengo el tipo, le cogería de las solapas, en plan Curro Jiménez y le escupiría en su ingrato rostro todas estas verdades de las que se olvida, y le recordaría todas y cada una de las mentiras que ha vertido. Porque no me sienta mal que algún hijo de puta (alguno, sin poner nombre) se dedique a soltar jilipolleces en los medios; a fin de cuentas, esa es la libertad de cada uno en un país civilizado. Sin embargo, me jode ya bastante más que ese tipo de cosas queden impunes y nadie con suficiente voz le diga a este señor, en primer lugar, que se calle la boca, en segundo que deje de soltar mentiras, y en tercero que se dedique a gobernar su casa y no se meta en donde no le corresponde, que suficiente mierda tienen sus acólitos como para meterse con otros grupos sociales que ninguna responsabilidad tenemos en la situación que nos ha tocado vivir.

Alberto Martínez Urueña 16-12-2011

PD: Con todo esto, os envío un enlace y un archivo adjunto, los cuales os recomiendo leer, al respecto en primer lugar del tema funcionarios, y en segundo lugar, al respecto de los recortes de gasto. Este último tema lo trataré en otro momento, pero creo que estaremos todos de acuerdo que recortar en ciertos temas es de desalmados en su más literal sentido.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2011/12/15/actualidad/1323955647_707788.html

viernes, 2 de diciembre de 2011

Basado en hechos reales

Poneos en situación, porque la historia no tiene desperdicio. Domingo por la mañana, pasando por la mitad de uno de esos días castellanos fríos y con niebla en que tienes la oportunidad de darte un paseo corto, de esos que curten y curan el jamón, el chorizo y a la gente que se presta al paseo matutino. Entras a comprar el pan en una tienda que de por sí es interesante, y en lo que el encargado te atiende, entra un conocido, empresario para más señas, al que saludas de buenas formas, con afabilidad y algo de gracia. En lo que discurren los pocos minutos que estas esperando, el tío del local le hace un poco la pelota a tu conocido, con esas formas retorcidas de adulador de escaparate, de preguntarle qué quiere directamente y saltarse a los que estábamos delante mientras le gotea la baba de lustrador arrastrado.
Hasta ahí, todo más o menos previsible, teniendo en cuenta el aspecto viperino del interfecto. Hete aquí, que cuando se está yendo mi conocido, el tendero gilipollas se me inclina y me dice, con sonrisa tornada a la de prepotente conocedor de grandezas sociales, mezclada con otra de estupor maravillado ante lo extraordinario: “¡qué curioso, un empresario que compra El País”. Se me revolvieron las tripas, puedo afirmaros.
Para el que no lo sepa, por si acaso, El País es un periódico de tirada nacional perteneciente al Grupo PRYSA, de centro izquierda, o más o menos así se autoidentifica, con el que éste que os escribe no tiene ningún interés económico (ya lo supondríais, imagino). La cuestión al respecto es que se me debió quedar la misma cara que las vacas viendo pasar el tren. Me apresuré a comentarle que conocía al tal empresario, y también a la familia, no fuera a darse vida en meter alguna cuña más de semejante calibre y se me torciese definitivamente el día con necesaria salida de tono.
Ya sabía que el hombre, en su más absoluto derecho político y mental, tenía elegida como opción política al PP, gracias a algún comentario a favor del barbas, respetable en todo caso. Lo que todavía no tenía claro era si pertenecía a la parte que opta por una opción y punto, totalmente respetable y defendible, o a la parte cerril que todavía ve la realidad en términos de buenos y malos, negro y blanco, Barça y Madrid, Montesco y Capuleto o Villagarrulo de arriba y Villagarrulo de abajo. La magistral intervención ante la compra del señor empresario dejó suficientemente clara su ideología, o más bien su particular abrevadero.
Cuando en ciertas ocasiones me explayo sobre ideas y exposiciones teóricas o prácticas, lo hago sabiendo que la vida tiene más realidades que la que yo experimento, y lo hago con total conocimiento de causa ante la posibilidad de estar equivocado, o incluso ante la posible existencia de varias formas de afrontar un mismo problema. No podemos negar que, en una realidad cambiante y que fluye, pueda haber varios posibles caminos ante una disyuntiva, y también varias posibles respuestas para una misma cuestión. No comparto la forma de entender la sociedad y la economía que tiene la corriente conservadora y neoliberal (curiosa mezcla de palabras que sólo casan cuando se habla de política); quizá me alineo más con la socialdemocracia o los partidos demócratas (como si la democracia sólo pudiera enarbolarla la parte socialista). Cada corriente parte de una serie de premisas, en particular una fundamental y es la forma en que ve al hombre y sus circunstancias. Yo, en esa disyuntiva, prefiero intentar hacer una mezcla que englobe las virtudes de cada visión, aunque supongo que eso es imposible en una sociedad donde el esfuerzo de autoafirmación se basa en definirse marcando las diferencias con el opuesto.
No tengo nada inicialmente en contra de la ideología conocida como centro derecha. Me parece que, teniendo en cuenta el final del párrafo anterior, es preferible que existan dos contrapartes que equilibren la balanza en la necesaria alternancia de partidos. Sin embargo, no sé si ocurrirá en otros países, pero en España sí, hay una especie de sombra en cada uno de los extremos que envenena con su demencial sectarismo. Son grupos que sólo encuentran satisfacción social generando animadversión y odio basado en clichés arcaicos y deslavazados, en lugar de intercambio enriquecedor de ideas entre las distintas partes que componen una sociedad marcada por la pluralidad. Y esta circunstancia, en un país como el nuestro, en donde la inquina con el vecino de escalera es más importante que el bienestar de toda la comunidad del edificio, resalta como un chaleco fluorescente en mitad de una autovía. Además, contamos en nuestro haber con la mayor cantidad de sensibilidades identitarias por metro cuadrado, haciendo sospechosamente válido aquel anuncio de una marca de muebles que daba la bienvenida a la república independiente de cada casa.
España es un país con su propia idiosincrasia, con sus claros y sus oscuros. Uno de esos oscuros queda muy bien reflejado en el tío de la tienda de mi barrio, majete, con su sonrisa tornadiza y su fascismo mental bien incrustado. Una de esas personas instaladas en el menosprecio y el rencor a lo contrario para quien mantener su razón extremista es más importante que el respeto a la idea divergente. En política, al margen de ideologías, sólo hay dos caminos: el obtuso de la idea única o el de la concordia y el respeto que entiende que hay que construir una sociedad donde quepan la inmensa mayoría de las ideas. Y eso no tendría porqué ser patrimonio de ninguna, sino el orgullo de todas.


Alberto Martínez Urueña 2-12-2011

lunes, 28 de noviembre de 2011

Una idea muy sencilla

¿Quién no se ha sentido alguna vez como atrapado? ¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de que las cosas no van como deberían? ¿No se os ha pasado alguna vez por la cabeza que el tiempo se escapa malgastado y no debería?

Hablamos muchas veces de lo mal que gira el mundo, de que el rumbo que lleva esta sociedad sólo nos conduce directamente hacia el iceberg de la desgracia. ¿Quién se sabe a salvo de esos días que acabas reventado, pero te da la sensación de que no has hecho realmente nada?

Tanto la insatisfacción personal como la insatisfacción social parecen estar alcanzando día tras día un punto crítico en el que parece que se va tocando fondo. ¿O acaso nadie ha escuchado esos conceptos como los de crisis de valores, sociedad de consumo que no satisface u otras ideas paralelas con las que, de alguna forma, antes o después nos identificamos? ¿Quién no se ha reído en círculos sociales y con cierta ironía, cuando no cinismo, del vacío existencial de nuestra sociedad, y sin embargo, en la soledad del estar-consigo-mismo, se siente completamente aniquilado por esa sensación? Probar, si no me creéis, a estar simplemente con vosotros mismos, sin hacer nada. Es decir, aplicad por unos momentos esa frase que de vez en cuando decimos, como por ejemplo en los funerales, de qué lástima que no nos demos cuenta de lo que es importante y lo que no. ¿Qué es lo que nos impide hacer lo que sabemos que es importante? ¿Qué es lo que nos aleja de eso que, internamente, deseamos? El que no sepa de lo que hablo, que deje de leer: este texto no es para él.

Resulta curioso ver cómo este tipo de testimonios se repiten en tanta gente cuando, en ciertas situaciones, alguien se sincera, por los motivos que sean. Yo no soy psicólogo, no tengo un lugar donde acuden personas en situaciones críticas de su vida, o simplemente buscando un consejo de alguien con una experiencia más amplia. Merecen mi respeto tanto las personas que tratan a los pacientes que acuden a sus consultas, como también, en no menor medida, el otro grupo que se atreve a reconocer la necesidad de ayuda. Una ayuda que, como digo, quizá sea puntual, o quizá debido a algún caso clínico.

No es mi caso, pero a veces alguien saca un tema de conversación y tiene que ver directa o indirectamente con esto que os comento.

A veces pienso que las sociedades siguen un camino prefijado, como si lo que está sucediendo fuese inevitable. ¿Por qué digo esto? La crítica perpetua a nuestra sociedad de consumo, en muchas ocasiones vertida en vaso grande por éste que os escribe en su columna, puede dibujar un panorama desangelado para el porvenir de la humanidad. Un camino de vacío en el que nos convirtamos en fantasmas que caminen por aceras solitarias en mitad de la multitud; o peor, aislados en sistemas de redes cibernéticas donde las relaciones humanas se limiten a contactos eléctricos entre personas convertidas en terminales de computación.

Hoy, sin embargo, quiero aportar una visión distinta. Imaginad por un momento que si hoy en día estamos como estamos, no es porque la sociedad vaya de mal en peor. Que no fuese porque exista una contraprestación por los avances materiales que hemos alcanzado. En la actualidad, es obvio que vivimos mucho mejor que hace cien años en los aspectos más básicos como pueda ser la alimentación, la seguridad personal y ciudadana, las habituales comodidades y medios de comunicación… Me niego a pensar que estos avances convierten al hombre en un autómata.

Lo que sí que veo es que tener todos esos problemas resueltos ha supuesto una auténtica revolución en Occidente. Por primera vez, la sociedad mayoritaria (dejo al margen el problema real y trágico de la exclusión social de muchas minorías) tiene las necesidades básicas cubiertas y por lo tanto su atención ya no tiene que estar permanentemente dirigida hacia esas cuestiones. Esto ha dejado a mucha gente desconcertada, perpleja, sin saber hacia dónde dirigir sus esfuerzos, y la sociedad y la cultura no ha sabido ofrecer, de momento, una solución práctica a estas cuestiones.

Pero, si el hombre supo resolver, a lo largo de muchos siglos, el problema de subsistencia de la población mayoritaria, ¿por qué no va a ser capaz de resolver el problema de la subsistencia existencial? Es más, una vez resuelto el problema de la subsistencia existencial de la que hablo, ¿por qué no va a continuar en ese camino en una evolución humana como nunca se haya visto? Y me permito añadir, sin atisbo de ser utópico, que esto ya está sucediendo.

El único enemigo del hombre es su propio miedo.

Alberto Martínez Urueña 28-11-2011