lunes, 21 de noviembre de 2011

Especial elecciones III

Pues se acabó la fiesta electoral. Si tuviera que hacer algún tipo de recomendación inicial, sería sobre todo, como indico siempre, que os leyerais al menos un par de columnas editoriales o tres, de distinta ideología, para poder contrastar ideas y no ceñirnos únicamente a las nuestras. Es un sano ejercicio de selección informativa y deviene en un no menos provechoso ejercicio de criba. No digo que cada uno tenga que formarse su propia idea, porque eso lo harán aquellos que estén interesados, y los que prefieran tragar sin digerir la opinión de otros no les hará cambiar en nada mi consejo. Lo que recomiendo, sobre todo, es ampliar un poco la mira, sólo por mera responsabilidad política, usando esta palabra en más helénico sentido, a pesar de que lo griego esté últimamente bastante depreciado.

Nos deja, como ya sabéis todos, un panorama cuanto menos, novedoso, dentro de lo que es la corrala de la carrera de San Jerónimo. No por el hecho de tener un partido nacional con una importante mayoría absoluta, sino por otros dos aspectos: la crónica de una muerte anunciada socialista, y la amplitud de partidos (hasta trece) que han obtenido representación parlamentaria. Esto último me llena de enorme satisfacción, sin que el hecho de que los partidos regionalistas (me niego a usar ese término autoacuñado de “nacionalistas”, porque no representan a ninguna nación, al menos reconocida) empañen lo más mínimo este sentimiento. Quizá una situación con una mayoría simple habría dado algo más de interés a los posibles pactos, viendo si los partidos nacionales se hubieran puesto de acuerdo de una vez por todas, o habrían seguido pactando como hicieron en el pasado con esos señores de CIU y del PNV (o incluso, imaginaos, AMAIUR). Pero habrá que apañarse con lo que tenemos.

El panorama que se presenta, a pesar de que no era el que evidentemente a mí me apetecería (ojo, tampoco me habría satisfecho un gobierno socialista tal y como estaba planteado), otorga no obstante muchas posibilidades reales, al menos desde el punto de vista práctico. Un gobierno nacional en mayoría absoluta permitirá, por un lado, un gobierno más estable, algo que en gran medida muchos espectros de la sociedad deseaba en su fuero interno; por otro lado, podrá dejar o no a las claras cuáles son las intenciones y rostros auténticos de una derecha supuestamente centrista en España, dicho esto sin el más leve atisbo de cinismo. El barbas siempre ha tratado de enviar un mensaje de seriedad y moderación, así como de gobierno de Estado para todos los ciudadanos, y todavía conservo la esperanza de que lo intente.

Por encima de todo, además, esta mayoría absoluta servirá para que el Partido Popular pueda afrontar, al margen de la crisis (espero que no se limiten exclusivamente a eso), todos esos problemas estructurales de los que llevo oyendo hablar desde hace mucho tiempo. Son esos problemas auténticos, desde mi punto de vista, de los que no se habla prácticamente nunca, y si acaso se hace en alguna campaña electoral, o en algún momento, así como de refilón, luego se condenan al olvido más bajuno. Son esos problemas que nos hacen estar muy por detrás de ese puesto que pretendemos tener entre los países avanzados y que ninguno de nuestros dirigentes han sabido resolver en ya demasiado años. A saber, grosso modo, y lo dejo para profundizar más en otros textos posteriores:

En primer lugar, el problema de la estructura administrativa del Estado; es decir, el problema nacionalista. Es sabido por todos que la incapacidad por parte, en primer lugar, del constituyente, y después de los que han estado chupando de lo constituido de cerrar de una vez por todas el modelo de Estado, es decir lo de las competencias de las autonomías. A ver qué hace esta mayoría absoluta con lo del tema del pacto fiscal, pero no sólo eso, sino también con las competencias en Sanidad y Educación.

En segundo lugar, la ya demasiado manida cuestión con respecto a la Ley Electoral General que hace que un partido con más de un millón de votos en el Estado Español, que es para lo que hemos votado, no tenga grupo parlamentario y un grupo regionalista sí lo tenga, con una cuarta parte de electores. Y no me vale de nada lo de las circunscripciones provinciales: si ese es el problema, se cambia y punto.

En tercer lugar, de lo que yo no me canso de hablar, que es el fraude fiscal. Quizá podamos discutir más o menos al respecto de la reducción del gasto público, pero es incuestionable que resulta igualmente insostenible un fraude fiscal de más del veintitrés por ciento en este país. Veremos si este gobierno, que presume de seriedad, intenta al menos solucionarlo. Espero que sí.

En cuarto lugar, la necesaria reconversión industrial que necesita desde hace muchos decenios este país, que dejó a medio hacer un señor bajito con bigote, porque excesivo bienestar hace que la gente tenga tiempo para formar sus propias ideas.

En quinto lugar, la necesaria y esperpénticamente manoseada reforma fiscal (distinto del tema del fraude, completamente distinto) de la que llevo oyendo hablar desde hace más de diez años.

Estos problemas, y otros que se podrían desglosar, y habría que hacerlo, tienen distintas soluciones quizá, en función de la ideología que pretenda ponerles coto, pero por encima de esto, son ejemplos de cuestiones irresolutas en los más de treinta años de democracia, y de predominantes gobiernos PPSOE, como ahora se llama a esta coalición de demagogos. No nos olvidemos que el problema acuciante es salir de la crisis y empezar a crear empleo, pero si se descuidan los fundamentos del sistema que se tambalean, es decir, esas cuestiones estructurales, nos volveremos a ver en situaciones parecidas de tragedias familiares por el paro cada vez que la economía nacional o mundial agarre el más mínimo resfriado. En todo caso, iremos viendo, dejemos pasar unos meses y que el tiempo, único juez para todo y para todos, nos vaya desvelando qué es lo que ocurre. Sólo me gustaría, en estos momentos, apelar a la memoria que deberemos conservar dentro de un tiempo, para ver si realmente se cumplen las verdaderas obligaciones acuciantes que demanda nuestro país. Y antes de que se me acuse de utópico diré dos últimas cosas: hay lugares que funcionan mejor que España; y si no exigimos a nuestros gobernantes, no esperemos que ocurran milagros.

Alberto Martínez Urueña 21-11-2011

sábado, 19 de noviembre de 2011

Porque hay cosas que lo merecen

Quizá me enfrento a uno de los textos más complicados de mi vida, pero lo afronto con toda humildad, os lo puedo asegurar. Podría coger las elecciones que van a celebrarse este mismo domingo y empezar a daros razones más que suficientes para no votar ni al PSOE ni mucho menos al PP; el primero, traidor de sus ideas y cobarde; el segundo, como meter a la zorra en el gallinero. Treinta años de democracia si descontamos aquel gobierno de Adolfo Suárez en los que ninguno de los dirigentes que han osado hacerse cargo del poder han cogido este toro ibérico resabiado y con el cuerno torcido. No le han cogido por los cuernos, como correspondería a un dirigente honesto, honrado y valiente, para aprovechar y potenciar las múltiples cualidades de un pueblo como el nuestro; no le han cogido tampoco para ir limando esas asperezas de pueblo picaresco y cainita, dispuesto a ramonear unos céntimos en beneficio personal que sumados uno a uno supone la ruina de toda una colectividad. Podría ponerme a soltar espumarajos que no descarto tirar por este desagüe en cualquier momento, desagüe que a veces es la red por la que mandamos ora nuestras ideas, ora nuestras miserias. A veces también simples chistes, ojo, muy necesarios…

Pero hay ocasiones, después de darle muchas vueltas a las bobadas que nos asaltan por la espalda, en que la vida llega, pega un puñetazo en la mesa (o incluso una bofetada a mano abierta) y deja las cosas claras, diciendo quién manda aquí. Hay revolcones auténticos, de los que dejan cicatrices que no se borran y que te indican por las bravas qué es lo que merece la pena ser meditado o incluso vivido y cuáles son esos otros asuntos que no visten nada. La lástima es que no nos demos cuenta más a menudo, que muchas veces sea necesario que nos caiga encima la tormenta perfecta y que no sea una de esas situaciones que interiorizas y lo aprendes para los restos, y así vivas teniendo presente qué es lo importante y qué lo superfluo.

Es una de esas situaciones que hemos vivido de cerca en algún momento de nuestra vida, en la que se dicen muchas frases hechas, todas ellas ciertas y algo deslucidas por el uso, pero por otro lado imprescindibles. Quizá sea imposible ponerse en la piel de quien está sufriendo en primera persona, pero ver a alguien a quien aprecias realmente sumido en la tristeza, y conmoverte por ello, es una manera muy noble de acompañarle.

Hablo de esas ocasiones en que tenemos tiempo de recapacitar y enfrentarnos con lo inevitable de nuestra existencia, esas situaciones en que nos sentimos terriblemente pequeños e indefensos y no podemos hacer nada para evitarlo. Ese tiempo en que nos sabemos como una simple hoja de árbol mecida en la brisa más suave o en el huracán más violento, sin poder controlar lo más mínimo las inclemencias. Luego, cuando pasan los días y los meses, esa sensación es aniquilada por nuestra prepotencia estúpida de creernos casi dioses y también sustituida por distracciones que nos hacen eludir el enfrentamiento y la humilde derrota con la realidad. Fiamos demasiado a espejismos excesivamente frívolos.

Ojo, tampoco hay que quedarse estancado y no superar las tragedias, ni mucho menos revolcarte por vocación propia entre el estiércol, que también les hay: eso es mucho peor, y estamos en esta vida para vivirla y aprovecharla; sin embargo, confundimos demasiadas veces aprovechar la vida con desperdiciarla en chorradas sin sentido. Pero bueno, como un solo momento intenso y verdadero ya le daría sentido a haber pasado por esta existencia, siempre nos queda hasta el último suspiro para poder aprovecharla.

Así que en mitad de elecciones y crisis, este escritor se pone trascendental, pero es que no me quedaba más remedio. Sólo para honrar la memoria de una persona que no conocí; sin embargo, tuve la suerte de conocer a su hija, una mujer estupenda y a la que además considero una buena amiga. No me voy a poner más sentimental de lo debido, porque los sentimientos tumultuosos les corresponden a los que están en el centro del vórtice. Sí he de decir que yo, y otros muchos a los que también tengo la suerte de conocer, igualmente nos entristecieron por nuestra amiga.

No quiero decir nada más al respecto, porque parecería que me aprovecho de la desgracia ajena para dar un discurso de los míos. No era la intención. Sólo que, en mitad de unas elecciones, cuando podría estar dándoos razones suficientes para no votar a quienes no han sabido gobernar estos últimos treinta años, he preferido hablaros de la vida auténtica, de una de sus facetas, porque los gobiernos vienen y van, pero la vida es más importante y hay quien no sabe qué hacer con ella. Con un texto como éste, que casi nadie va a leer, no voy a cambiar nada en este país, pero con un texto como éste, si acaso hiciera recapacitar a una sola persona, cambiaría todo un mundo.

Descanse en paz una mujer que se lo merece seguro y gracias a su hija por haberme dado una nueva clase de lo que es el humilde coraje.

Alberto Martínez Urueña 19-11-2011

domingo, 6 de noviembre de 2011

Algo cotidiano

Una de cal y otra de arena. Es el consejo que me ha dado mi madre para muchas cuestiones en la vida, y que después gente inteligente me ha repetido de formas distintas, con sus matices. El viernes pasado estuve con un amigo irlandés que, de manera similar a mí, necesitamos la escritura de una forma que queda más allá de la razón, aunque a veces intentemos darle un vestido de silogismos que explique no se sabe qué o de qué manera. Estuvimos hablando un poco de música, un poco de literatura, otro poco de política… Me ha comentado después que me tomo las cosas de una forma bastante pasional, y supongo que tiene razón, que a veces me dejo llevar por las emociones y hay algo que se encrespa en mi interior. Supongo que será un poco por la edad y otro poco por la forma de ser: a pesar de que los años y la experiencia me han hecho pausar un poco el comportamiento, todavía me otorgo la licencia de poder encenderme cuando el tema de conversación, el juego o la actividad pueden ofrecerme ese incendio que parece que sufro. Es un incendio controlado la mayoría de las veces, aunque he de reconocer que, como a todos, ha habido alguna vez que se me ha escapado de las manos.

Me recomendaba mi amigo que escribiese cuentos algo más realistas. Imaginaos la situación, porque supongo que a cada uno nos podría sugerir algo distinto: un bar de Valladolid, o de donde fuera, con un ambiente cálido, de luz algo más suave de lo normal, el local con un piano bajo las escaleras que descienden desde la calle, un contrabajo en la pared, la barra de madera y fotografías de gente antigua por los muros de colores turquesa. La música lo suficientemente suave como para permitir conversar, pero lo suficientemente elevada como para aceptar que se sentase a la mesa, los cuatro entorno a unas cañas (cuatro porque estaba también otra persona), con un ritmo de jazz o de blues (nunca he sabido ver la diferencia) haciendo ese particular runrún en los oídos. Algo realista y que sin embargo me sabía de una forma casi de ciencia ficción.

Me preguntaba por mi música de rap, los motivos, las maneras… La respuesta es tan sencilla como sencilla la forma en que empecé a hacerlo: simplemente porque es otra forma de dejar salir mi mundo interior que pugna por materializarse de alguna forma. Igual que estos textos que os mando, o los libros que intento llevar a cabo. Claro que me enciendo al hablar de eso, o de política, o de literatura, porque la pasión se desborda. Dice que he de cuidar las conversaciones de mis escritos, y una persona como yo que, como sabéis los que me conocéis, soy capaz de estar hablando durante horas sin parar del tema que sea, sin embargo me resulta imposible contar en un papel un diálogo entre dos personajes que no me resulte demasiado artificial.

Es realismo en un texto, una conversación en un bar y, sin embargo, esos momentos tienen algo de magia, para mí es inevitable, y necesito mil metáforas para expresar el duende misterioso que había allí, flotando entre las palabras que reflejaban mi pasión. Mi amigo, he de decir, me escuchó con mucho interés, y he de agradecérselo, porque en ciertas ocasiones, me da la sensación de que hablo demasiado.

Misterio de las situaciones cotidianas. No puedo evitarlo, igual que en este momento en que estoy delante del teclado y estas frases van surgiendo. No sé si es que lo cotidiano para mí no existe y cada segundo que paso en esta vida es algo especial, y por eso me da la sensación de que algún brujo me otorgó el don y la maldición de verlo todo con un brillo maravilloso, incluso cuando llegan mal dadas.

Igual que al día siguiente, algo cotidiano, un viaje a tierras salmantinas, con mi mujer, la otra persona del día anterior en el bar. Allí nos esperaban tres amigos dispuestos a una buena tarde, comenzando por un buen restaurante con un chuletón de los que pueden hacer morir por el atracón, buenos ibéricos como corresponde a esa tierra, y mejores vinos. Algo cotidiano, o quizá no, pero desde luego, en cada momento me dio la sensación de ser el protagonista (o quizá un personaje secundario en la película de cada uno de los otros cuatro) en una película que habría de llevarse todos los Oscar. Más aún cuando en el bar al que entramos por la tarde a cepillarnos un par de pelotazos de gran factura, nos vimos en un apartado, a la luz tenue de una vela, donde parecíamos el cónclave druida de una época arcaica y misteriosa donde los hechizos eran posibles y las criaturas míticas campaban a sus anchas por la tierra.

¿Algo cotidiano? No sé si soy capaz de contar algo así sin envolverlo con mi particular visión del mundo en donde las cosas buenas están mezcladas con las malas y puedes elegir en cual fijarte. Incluso habiendo empezado la campaña electoral y pudiendo comenzar a hacer campaña anti barbas y otras comadrejas, hoy os escribo lo que he hecho este fin de semana, como algo experimental, y también porque podría haber sido de otra manera, pero fue como fue, y desde luego ha sido estupendo. Un nuevo alegato de que siempre hay una buena excusa para hacer de un par de situaciones cotidianas algo que realmente parezca sacado de una buena novela.

Alberto Martínez Urueña 6-11-2011

lunes, 31 de octubre de 2011

Especial Elecciones II

Cuenta la historia que los señores feudales eran los encargados de recaudar los impuestos cuando a algún iluminado se le ocurría que había que embarcarse en alguna guerra estúpida y disponer tanto del dinero del pueblo como de sus vidas. Como meros heraldos, bajaban a la aldea y con muy buenas maneras le explicaban a la gente que tenía que soltar la tela por la gloria de su religión, de su nación, de su rey, etcétera (por Dios, la Patria y el Rey). Como la peña solía estar hasta el arco del triunfo de la sangría, si hubieran podido negarse, lo habrían hecho, pero entonces soltaban a los perros y no dejaban títere con cabeza, así que pagaban. No les haría gracia ni que con su dinero se embarcasen en chorradas que sólo servían para ensalzar a la madre que parió a la patria mientras ellos no tenían que comer, y tampoco les debía de hacer mucha que en el camino entre su bolsa y las tropas reales se aplicara el filtro del señor, que debía tener suficiente para estar todo el santo día rascándose salva sea la parte, justificándose a sí mismo en la necesidad de su sabia organización y dirección del feudo.
Ahora cambiad señores feudales por políticos, reyezuelos por dueños del capital y a los súbditos les vais poniendo nombres y apellidos de los que conozcáis por ahí. Sale un retrato clavado a la sociedad actual si obviamos las metáforas. Tened clara una cosa: en teoría los políticos deberían servir para defender los intereses de los ciudadanos de los desmanes de las aves de rapiña que quieren quedarse con todo, en lugar de ser los mensajeros que nos justifiquen con buenas razones el porqué nuestros impuestos van a parar de una forma u otra cada vez en mayor cuantía a las arcas privadas de los señores del dinero a través de recapitalizaciones, privatizaciones y bajada de pantalones, cuando deberían estar reinvertidos en más y mejores servicios públicos, en solucionar el paro de la manera que fuera, en poner coto a las hienas… Ya sabéis de lo que hablo. Esos fedatarios del capital en teoría deberían ser los que nos protegieran de la insaciable avidez de los lobos, pero nos ponen entre sus fauces sin pestañear siquiera, justificándose en que es inevitable y no hay quien pueda con ellos.
Hago mío un razonamiento que escuché al señor Ibarra (no es amigo mío, ni nada) el otro día en un programa de radio, y además me gustó porque aportó eso que tanto deberíamos exigir: datos concretos. El PIB griego es de unos doscientos treinta y cinco mil millones de euros; el PIB mundial es de unos sesenta billones. Más o menos, pero las cifras grandes están en países con una estadística fiable. Es decir, un país que representa el cero coma tres por ciento redondo de la economía mundial es el responsable de la mayor crisis de deuda pública que ha sufrido nuestra sociedad. ¿Ahora que hacemos? ¿Tiramos cohetes y hacemos la ola a nuestros dirigentes?
Así que ahora estamos de campaña electoral, o de precampaña, que es ese periodo en que realmente están en campaña y no lo reconocen. Un periodo en el que no se dice nada realmente interesante, sólo proclamas con las que es imposible estar en desacuerdo, o programas electorales difusos con promesas de dudoso cumplimiento posterior. Es como si alguno promete acabar con el hambre en el mundo: no creo que nadie le dijera que se ha vuelto loco. El problema es que no nos diría cómo, y cuando no lo hiciera, le echaría la culpa a alguien que no se sabe quien es, como los mercados: el arte de la disolución de las responsabilidades.
Hace unos meses, Obama, flamante premio Nobel de la Paz que vende armas y mantiene abierto un campo de concentración, dijo que todo esto no va de ideologías, y estoy totalmente de acuerdo con él. Ya basta de mentiras y de eufemismos, basta de buscarle ecuaciones a la realidad que expliquen como funciona nuestra realidad socioeconómica, basta de palabras rimbombantes y de frases perfectamente construidas, basta de silogismos en soliloquios parlamentarios. Basta también de discusiones ciudadanas de si el PP hace o va a hacer, de si el PSOE ha hecho o no ha dejado de hacer, basta de vestir el santo en función de lo que se quiere explicar, basta de hacer la ola al medio de comunicación que defiende mis ideas aunque éstas sean objetivamente indefendibles desde un punto de vista humano. ¿Os pensáis alguno que de vosotros pertenecéis a una nueva clase de ricos? Simplemente sois de los menos pobres, pero cada vez lo sois más, con horarios laborales que no se controlan, salarios reales (corregido el efecto de los precios) en caída libre y derechos sociales cada vez más exangües, aunque puedas pagar un seguro médico y un colegio concertado. Que no seas de los que no llegan a fin de mes no te hace ser de los que mandan: quizá sí hace que pertenezcas al club de los más engañados.
Datos: el mayor fraude fiscal se produce en las grandes empresas que, por un lado se benefician de exenciones y deducciones fiscales pensadas para otras cosas y, por otro lado, tienen la estructura suficiente para deslocalizar y evadir impuestos.
Datos: las grandes fortunas del capital han visto reducido en los últimos doce años un diez por ciento el tipo impositivo que efectivamente pagan mientras que a los demás nos han subido los impuestos.
Datos: nos dicen que no hay dinero para nuestro Estado del Bienestar. Si os digo que los dos anteriores párrafos sumados nos han llevado a esto, ¿cuánta rabia sois capaces de digerir antes de pensar en teas encendidas, grupos nocturnos o linchamientos oficiales en las plazas mayores de nuestras ciudades? Esa es la auténtica realidad de nuestro país; quizá en otros países tengan otra, pero esa es la nuestra, la autóctona, como la de cajas dirigidas por políticos repartiendo dinero a constructoras cuando la burbuja inmobiliaria ya había explotado o políticos otorgándose pensiones vitalicias.
¿Todavía pensáis que alguno de ellos ha gobernado para nosotros? Los grandes partidos son los más interesados en ocultar la auténtica realidad y cuando asuntos como los que he planteado anteriormente salen a la luz, los incluyen en sus discursos y dicen que lo solucionarán cuando estén el poder. Ya en las anteriores elecciones saltó a la palestra la cuestión de la Ley Electoral , pero seguimos con la misma, como si no hubiera pasado absolutamente nada. ¿De verdad os fiáis de ellos?
No vale lo de que votar otra cosa es tirar el voto la basura. Lo que es tirar el voto a la basura es aceptar la hipocresía como un mal menor, la corrupción como una pequeña mancha y la demagogia como un eufemismo carente de contenido. El ciudadano, como persona individual, es responsable único de lo que hace con su voto, de momento es lo que hemos conseguido después de siglos de lucha. Habrá quien diga que es un engaño más, y puede que así sea, pero en ambos casos, tanto si vale, como si es una cortina de humo, lo que es absurdo es votar al menos malo.

Alberto Martínez Urueña 31-10-2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

El horror de la violencia

Llevo varios días intentando escribir acerca de un tema que me ha preocupado bastante, que no tiene nada que ver con la crisis económica (sorprendidos nos hallamos), y todo ello haciéndolo desde un punto de vista que no esté plagado de nubarrones tan negros como los que por fin se ciernen sobre la Península. Me enteré el otro día en la radio, posiblemente el mejor medio de comunicación, por encima de la televisión, en una entrevista que le hicieron a cierto guionista de cine llamado Christian Molina al respecto de una película llamada “De mayor quiero ser soldado”. En esta entrevista aportaba eso que tanto reclamo yo en los debates sobre política: datos concretos. Pero éstos me pusieron los pelos de punta, como “El exorcista”.

Cuarenta mil por un lado y doscientos mil por otro. He profundizado un poco en Internet, esa herramienta tan útil y peligrosa al mismo tiempo, y he encontrado más reseñas al respecto, lo que le va dando una cierta veracidad. Ojo, no soy de los que piensa que por mucho que se repita una mentira, se vuelve verdad, pero tampoco desechemos una idea, a pesar de que no sea del todo exacta. Así que ésos son los datos, y hacen referencia, atentos, el primero al número de asesinatos y el segundo al de actos violentos que habrá presenciado un joven de dieciocho años a lo largo de su corta vida. Podéis empezar a temblar y os aseguro que tengo un borrador de este texto en el que doy rienda suelta al sentimiento que me provoca semejante barbarie; sin embargo, como he hecho firme propósito de controlarme dejaré tranquilos ciertos muertos.

En todo caso, ya por sí solas, estas cifras darían para hacer toda una digresión de varias páginas. Obviamente, cuando las resaltan, hacen referencia, entre otras, a escenas vividas en videojuegos cada vez más hiperrealistas, lo que nos lleva a que resulta igualmente incontestable que mostrar la muerte, y cuanto más cruenta mejor, resulta sumamente lucrativo. Voy a hacer en primer lugar la aportación positiva que me he comprometido a dejar de vez en cuando en esta columna de opinión: estos datos, de primeras, muestran que en Occidente hace mucho tiempo que no tenemos que vivir cierto tipo de barbaries en primera persona, lo cual puede ser nuestro mayor logro, librándonos de muertos y agonizantes soltando sangre por las aceras, casas derruidas y calles desiertas. Y sobre todo, hace mucho tiempo que no sentimos ese miedo que tiene que ser literalmente espantoso de no saber si vas a sobrevivir al siguiente ataque.

Sin embargo, lo siento, no puedo permanecer impasible ante aquellas cifras, que me sobrevuelan la cabeza desde ese día en que llegaron a mí como buitres negros de Monfragüe. Y sobre sus consecuencias. La primera de todas, y la más triste, es la banalización del sufrimiento y la tragedia, y la insensibilización que conlleva. Además de la polarización que se está produciendo en nuestra sociedad entre ricos y pobres debido a la crisis económica (en todas sucede, porque hay quien saca beneficios) vemos como mientras que crecen el número de cooperantes, también crece la impasibilidad general. Convivimos de tal manera con la violencia que ni nos damos cuenta, y de esta manera, en los últimos años hemos asistido a un crecimiento del porcentaje de jóvenes que justifican el uso de aquélla en determinadas circunstancias. Y cada vez es más normal encabronarnos en el coche, en la calle, en las discusiones… Pero lo peor es que cada vez nos parece humano, inevitable, justificable, razonable… Hemos estado tres o cuatro días disfrutando en primera persona del linchamiento de un auténtico bastardo, asesino de masas, pero que no por eso se merecía que le hicieran las perrerías que le hicieron. Y desde luego, nosotros no nos merecíamos que nos lo disparasen a bocajarro en cada uno de los telediarios de ese fatídico día y posteriores. Un asesinato más a la cuenta, un nuevo acto violento. Así es muy complicado que la contraparte se haga hueco en nuestra conciencia.

¿Un texto demasiado suave, demasiado templado? Pero, ¿qué coherencia tendría haber hecho un manifiesto antiviolencia si aquí me pongo a desbarrar como un extremista religioso? ¿Queréis carnaza? Lo siento, pero me estoy quitando. Es muy fácil leer un texto mío en el que preparo una carnicería y no dejo títere con cabeza, pero después cerráis el correo y os dedicáis a vuestras cosas; a mí, en cambio, el esfuerzo de hacer un manifiesto casi neonazi me supone primero encabronarme a muerte y después llevarlo al texto. Pero lo peor viene después: habiendo pasado por lo que os digo, me toca desencabronarme, volver a la realidad mixta, a la de las personas que ni son ángeles ni son demonios, a la realidad compleja e incoherente que es la humana. Me toca volver a hacer el ímprobo esfuerzo de volver a ver la belleza entre la basura en la que me he fijado para describirla; y además corro el riesgo de que, de tanto fijarme en la miseria, sólo sea capaz de verla a ella. Así que, si queréis ver miseria humana, poneos Intereconomía y descubriréis el concepto real de la ponzoña. Y es que el camino hacia la perspectiva negativa de esta vida es facilísimo, pero ya me he cansado de recorrerlo. Ya tengo mi ración de muertos y también mis propios demonios que prefiero dejar enterrados.


Alberto Martínez Urueña 26-10-2011