miércoles, 26 de octubre de 2011

El horror de la violencia

Llevo varios días intentando escribir acerca de un tema que me ha preocupado bastante, que no tiene nada que ver con la crisis económica (sorprendidos nos hallamos), y todo ello haciéndolo desde un punto de vista que no esté plagado de nubarrones tan negros como los que por fin se ciernen sobre la Península. Me enteré el otro día en la radio, posiblemente el mejor medio de comunicación, por encima de la televisión, en una entrevista que le hicieron a cierto guionista de cine llamado Christian Molina al respecto de una película llamada “De mayor quiero ser soldado”. En esta entrevista aportaba eso que tanto reclamo yo en los debates sobre política: datos concretos. Pero éstos me pusieron los pelos de punta, como “El exorcista”.

Cuarenta mil por un lado y doscientos mil por otro. He profundizado un poco en Internet, esa herramienta tan útil y peligrosa al mismo tiempo, y he encontrado más reseñas al respecto, lo que le va dando una cierta veracidad. Ojo, no soy de los que piensa que por mucho que se repita una mentira, se vuelve verdad, pero tampoco desechemos una idea, a pesar de que no sea del todo exacta. Así que ésos son los datos, y hacen referencia, atentos, el primero al número de asesinatos y el segundo al de actos violentos que habrá presenciado un joven de dieciocho años a lo largo de su corta vida. Podéis empezar a temblar y os aseguro que tengo un borrador de este texto en el que doy rienda suelta al sentimiento que me provoca semejante barbarie; sin embargo, como he hecho firme propósito de controlarme dejaré tranquilos ciertos muertos.

En todo caso, ya por sí solas, estas cifras darían para hacer toda una digresión de varias páginas. Obviamente, cuando las resaltan, hacen referencia, entre otras, a escenas vividas en videojuegos cada vez más hiperrealistas, lo que nos lleva a que resulta igualmente incontestable que mostrar la muerte, y cuanto más cruenta mejor, resulta sumamente lucrativo. Voy a hacer en primer lugar la aportación positiva que me he comprometido a dejar de vez en cuando en esta columna de opinión: estos datos, de primeras, muestran que en Occidente hace mucho tiempo que no tenemos que vivir cierto tipo de barbaries en primera persona, lo cual puede ser nuestro mayor logro, librándonos de muertos y agonizantes soltando sangre por las aceras, casas derruidas y calles desiertas. Y sobre todo, hace mucho tiempo que no sentimos ese miedo que tiene que ser literalmente espantoso de no saber si vas a sobrevivir al siguiente ataque.

Sin embargo, lo siento, no puedo permanecer impasible ante aquellas cifras, que me sobrevuelan la cabeza desde ese día en que llegaron a mí como buitres negros de Monfragüe. Y sobre sus consecuencias. La primera de todas, y la más triste, es la banalización del sufrimiento y la tragedia, y la insensibilización que conlleva. Además de la polarización que se está produciendo en nuestra sociedad entre ricos y pobres debido a la crisis económica (en todas sucede, porque hay quien saca beneficios) vemos como mientras que crecen el número de cooperantes, también crece la impasibilidad general. Convivimos de tal manera con la violencia que ni nos damos cuenta, y de esta manera, en los últimos años hemos asistido a un crecimiento del porcentaje de jóvenes que justifican el uso de aquélla en determinadas circunstancias. Y cada vez es más normal encabronarnos en el coche, en la calle, en las discusiones… Pero lo peor es que cada vez nos parece humano, inevitable, justificable, razonable… Hemos estado tres o cuatro días disfrutando en primera persona del linchamiento de un auténtico bastardo, asesino de masas, pero que no por eso se merecía que le hicieran las perrerías que le hicieron. Y desde luego, nosotros no nos merecíamos que nos lo disparasen a bocajarro en cada uno de los telediarios de ese fatídico día y posteriores. Un asesinato más a la cuenta, un nuevo acto violento. Así es muy complicado que la contraparte se haga hueco en nuestra conciencia.

¿Un texto demasiado suave, demasiado templado? Pero, ¿qué coherencia tendría haber hecho un manifiesto antiviolencia si aquí me pongo a desbarrar como un extremista religioso? ¿Queréis carnaza? Lo siento, pero me estoy quitando. Es muy fácil leer un texto mío en el que preparo una carnicería y no dejo títere con cabeza, pero después cerráis el correo y os dedicáis a vuestras cosas; a mí, en cambio, el esfuerzo de hacer un manifiesto casi neonazi me supone primero encabronarme a muerte y después llevarlo al texto. Pero lo peor viene después: habiendo pasado por lo que os digo, me toca desencabronarme, volver a la realidad mixta, a la de las personas que ni son ángeles ni son demonios, a la realidad compleja e incoherente que es la humana. Me toca volver a hacer el ímprobo esfuerzo de volver a ver la belleza entre la basura en la que me he fijado para describirla; y además corro el riesgo de que, de tanto fijarme en la miseria, sólo sea capaz de verla a ella. Así que, si queréis ver miseria humana, poneos Intereconomía y descubriréis el concepto real de la ponzoña. Y es que el camino hacia la perspectiva negativa de esta vida es facilísimo, pero ya me he cansado de recorrerlo. Ya tengo mi ración de muertos y también mis propios demonios que prefiero dejar enterrados.


Alberto Martínez Urueña 26-10-2011

miércoles, 19 de octubre de 2011

¡¡¡Debátanme!!!

Este fin de semana comentaban en una comida familiar personas que me conocen desde hace bastante tiempo y bastante bien que mis textos últimamente estaban siendo algo más positivos, más alegres. Me alegro de que se note la intención y os prometo que seguiré así.
Tarea complicada por otro lado si nos proponemos poner el ojo en la actualidad que nos ataca una y otra vez con múltiples frentes abiertos. Ya era hora, por otro lado, poder hablar de algun otro asunto más que de Economía, que ya me estaba saturando bastante, como al resto supongo. Pues nada, que para el que no lo sepa, estamos de precampaña electoral, una de las épocas del año que más me apasiona, por lo esperpénticamente divertido que resulta poner las noticias. No voy a empezar a insultar a diestro y siniestro porque me estoy quitando, en periodo de abstinencia como un Camarón cualquiera. Es más interesante ponerle un toque algo descreído y bastante cómico, como hacía Gila, demostrando por otra parte la gran inteligencia que se necesita para ser humorista.
Pero al margen de la debacle, hoy estamos de enhorabuena, y por eso he dejado el texto que ya tenía en el horno para otro momento, porque se han puesto de acuerdo nuestros maravillosos candidatos y nos han obsequiado, como buenos soberanos absolutos, con la posibilidad de verles en la pantalla en uno de esos debates que se están poniendo de moda. Bueno, realmente se han puesto de acuerdo dos de ellos, los que se llevarán del electorado, por este orden, los insultos y los votos; el resto está en empezando a correr riesgo de desaparecer, como el lince ibérico, por falta de cuidados inteligentes y adecuados a su hábitat.
Además, me parto por la mitad en grotesca pose ante el nuevo “más increíble todavía” que nos están preparando para el día siete de Noviembre. Tendremos la ocasión de asistir a la refundación del diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua, que como todo el mundo sabe está en manos de personajes que nada saben de los usos y costumbres de nuestro idioma. Si se les ocurre buscar, por una de esas casualidades de la vida, el significado más corriente aceptado de la palabra “debatir” se encontrarán de todo menos la presentación del último show “Rajoy vs Rubalcaba” con que pretender deleitarnos en horario de máxima audiencia y pactados hasta en las comas. Ya sabemos cómo va esto: se han preparado una serie de discursos ideológicos perfectamente estructurados, escritos y revisados por unos cuantos colaboradores anónimos para que entren como hilo por ojal de botón, finamente dicho, en los cinco minutos de cortesía que tendrá cada uno de ellos para hablar sin decir nada con una sonrisa de postín desde la tribuna de temas que nos importan a todos menos a ellos. Ni una sola pregunta, faltaría más, del supuesto moderador de la jarana que se van a montar en la Academia de la Televisión, canapés incluidos para el antes y el después, como en el sexo sucio en lavabo de garito.
Lo más divertido de todo asunto, además, serán dos cosas. De tal programa al que en otro tiempo se le apellidaría “amañado” y hoy se le considera “sano ejercicio de democracia” tendremos que aguantar al día siguiente a los medios de comunicación de su corte haciendo la confección periodística para justificar el porqué ha ganado su candidato. Lo que no sabremos muy bien es qué se puede ganar en semejante burla, como no sean un par de yoyas bien dadas por las mamas por andar haciendo el gili en público, algo malamente visto entre nuestros mayores.
La segunda cosa, y algo más seria quizá, es que teniendo en cuenta el espectáculo que nos están dando digno de cualquier edición de Gran Hermano, volveremos una vez más a tener unas esperpénticas (perdón por la reiteración de la palabra) Cortes Generales en las que los dos partidos mayoritarios serán al mismo tiempo los que más insultos reciben al cabo del año. Y todo por la dudosa escusa de “es que si no, ¿a quién votas?”, argumento válidamente esgrimido cuando al reo le hacían elegir entre bayoneta o pistola, pero que en estos casos queda bastante feo.
Así que nada, nada. Yo no me hago mala sangre porque la inmensa mayoría vote a los dos partidos más odiados del mundo, o al menos que se les acercan, descontando a Mobutu y compañía, claro. Tampoco por quienes se vayan a dejar engañar; es decir, no ir al fondo del discurso (quizá no existe), si no las formas revestidas con herramientas de marketing de ventas (sinónimo de engaño). Ni mucho menos con los que voten al menos malo, aspecto cíclico cual marea marítima y síntoma de irresponsabilidad democrática. A fin de cuentas hace tiempo que me quedó claro que en un país como éste, siempre a contrario del resto y con eso de las dos Españas flotando en el ambiente, las cosas serias siempre se consideraron que eran las que sacaba la prensa rosa, o que salían en los campos de futbol.


Alberto Martínez Urueña 17-10-2011

Especial Elecciones I

Ante todo, pediros disculpas porque hoy me he extendido más de lo normal, pero no he podido sintetizar más las ideas sin dejarme lo importante. Aun así, lo merece, os lo aseguro. Hace ya mucho tiempo que quiero escribir sobre este tema, y además hacerlo con un rigor que no sé si seré capaz de aportarle. No en vano, no soy historiador, y hablo más como pequeño culturillas que como un docto en la materia: no puedo entrar por tanto en los pormenores del asunto, pero creo que la idea queda bastante clara.
Me he planteado muchas veces ciertas cuestiones al respecto de la idiosincrasia española, tan propia nuestra, tan llamativa y al mismo tiempo inexplicable. Esas cosas de las que hablamos en el bar con los amigos con mucho énfasis en el tono y cerveza en el estómago, tratando de arreglar el mundo. Hace tiempo que lo he dicho con el tema de la crisis, pero no le había entrado de lleno; es decir, la diferencia que se aprecia en muchos aspectos entre España y los países que nos rodean. Creo sinceramente que hay dos puntos fundamentales que nos hacen estar como estamos. ¿Que cómo estamos? A modo de resumen: tenemos la derecha más clerical, inmovilista, con discursos carcas, miedosa y fascista de toda la derecha europea. Ojo, hablo de supuesta derecha moderada, no de esos gamberroides neonazis que de vez en cuando salen en países tan admirados como Suiza, Austria, Dinamarca y alguno más. Por otro lado, tenemos una izquierda cobarde, incapaz de defender sus ideas, fraccionada y dividida por rencillas ancestrales, confundida por la economía (economía al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía) e incapaz de estructurar y de transmitir un discurso público que no soliviante a la inmensa mayoría de socialistas y comunistas que hay en esta tierra. Como veis, hay para todos, y todo esto aliñado por un país que hasta hace bien poquito era incapaz de mover el culo desde el sofá y Gran Hermano para pelear por sus derechos, antes encabronado porque su equipo no gane la Copa de Europa que porque le deba al Estado (es decir, a sus ciudadanos, que somos todos) la friolera de más de trescientos millones de euros, y por supuesto, donde cualquier pelagatos sin criterio ha de tener una opinión igualmente válida que la de un catedrático y la Esteban sea un personaje con más foro que José Luis Sampedro (el que no lo conozca que se dé cien latigazos ahora mismo y busque algún video suyo en Internet).
Pero yendo al grano, si somos al mismo tiempo víctimas y verdugos, también hemos tenido algo de mala suerte, o como queráis llamarlo. Hemos tenido en nuestro alero muchos grandes prohombres, pero han sido sistemáticamente sometidos por el poder absoluto de reyes y sus acólitos nobles, por una cúpula clerical que ha rayado el totalitarismo mezclado con lo más maléfico que ha campado por la tierra y por un sistema económico donde ha primado (y sigue primando) el pirateo más bajuno, mezclado todo ello en un sistema demoníaco que odiaba a cualquier persona que pudiera cuestionar el status quo. Bueno, un sistema al que podríamos ponerle varios nombres propios con sus apellidos que, amorrados al grifo del poder, no fueron capaces de elevarse sobre su propia miseria y entender ideas superiores, mientras que quizá en otros sitios sí.
Ahí quería yo llegar. Mientras que en Europa, comenzando por los hijos de la Gran Bretaña y seguidos por los messieus, se liaban la manta a la cabeza y se cepillaban a sus tiranos particulares, conocidos como soberanos, aquí, Fernando VII jugaba con el Parlamento de Cádiz y ponía de moda una costumbre que con el tiempo se ha ido arraigando entre la clase dirigente de nuestro país, eso de “Donde dije digo, digo Diego”. Nos tocó comernos con patatas a uno de los mayores hijos del reino que parió nuestra gran nación, y después a su hija, una de las camas más democráticas que jamás hubo en España, que se dedicó a parir hijos que morían o salían con dudosa inteligencia, como se puede comprobar en distintas ramas de su prole, gracias a esa maldita costumbre de no mezclar la sangre para que fuese más pura que la de nadie, como los Austrias y su Carlos II, “el hechizado”, dejando claras ciertas cuestiones sobre el mestizaje o la pureza de la raza, también conocida como endogamia. Qué eufemísticos eran entonces…
Luego, ya sabéis, en el siglo veinte, mientras en el resto del mundo de nuestro entorno celebraban la victoria contra uno de los mayores hijos de puta de la historia (aquí lo pongo), a nosotros se nos atragantaban las patatas gracias a un gallego poco gracioso y bajito, bastante acomplejado y sin un huevo que no soportaba dimes ni diretes, lo que supuso un nuevo atraso, y un nuevo ir contracorriente.
Ahora diréis que nos estamos recolocando un poco, pero es mentira. Además del retraso cultural que hemos de agradecer, además de a nuestra farándula, a esos personajes antes mencionados, volvemos a ir contracorriente, y seguimos creyéndonos los más listos. Porque resulta que la crisis es culpa de Zapatero. Y aunque no le podemos negar al chico la inmensa demostración de ineptitud demostrada (no se sabe muy bien y nadie lo dice en qué ni de qué manera, pero demostrada) no todo es como parece. Si esto es así, no me explico porque en el resto del mundo están tan jodidos como nos cuentan los telediarios. Por otro lado, hay quien tiene la manía de aseverar que todo esto es culpa de los rojos y sociatas de turno, que la cagan según entran. Mon dieu, que diría Sarkosy, no le quitemos méritos a su gobierno de derechas, ni a su homónimo liberal en Alemania, con la señora esa, chaqueta va chaqueta viene, según hable en su Parlamento o en Europa. Tampoco a los griegos (su crisis económica y de falseo de cuentas corre a cargo del anterior, del mismo hilo político) y ni que hablar de la vaca tejana, amigo de Ansar, que a ver si un día nos dice quien cojones es ése. Pero claro, en estos países van a tener suerte otra vez, nos van a dejar machacados una vez más, porque ellos, cuando las cosas se pongan feas, tirarán por la vía de la libertad y la democracia y nosotros nos joderemos de nuevo con fascistas reaccionarios que la única receta que saben para salir de las crisis es ir vendiendo poquito a poquito todo nuestro Estado de Bienestar a sus compañeros de pupitre.
Es la consecuencia de dos cosas: primera, que las crisis económicas no dependen del gobierno que esté en ese momento y que por supuesto se le llevan por delante sin entender de colores; en segundo lugar, que en España tenemos mala suerte de la leche con los ciclos económicos y sobre todo con los gobernantes que aprovechan la coyuntura para, sin hacer nada más que dejar caer al anterior banco azul, amorrarse de nuevo al grifo del poder, como hizo su antecesor Fernando y su chirigota gaditana. Al final, nos lo montemos de la forma en que queramos, seguiremos teniendo los frenos al desarrollo cultural y social, aplicados asfixiantemente por aquellos llamados conservadores que lo único que han pretendido conservar durante todos estos siglos ha sido su propia tribuna y su propio escaño.


Alberto Martínez Urueña 19-10-2011

lunes, 12 de septiembre de 2011

Todo llega

Placer canino para el cazador avezado, os lo aseguro. Hoy vengo con lo puesto y el machete de picos para hacer carnaza, y me da igual el resto: aquí no se hacen prisioneros. Llevo mucho tiempo esperando algo parecido y claro, con la espoleta cargada y el cebo bien seco, con esta escopeta se dispara de vicio. No ha pasado ni seis meses, que en términos administrativos no son nada, para empezar a ver la calidad humana de algunos de esos fascistas recalcitrantes disfrazados de pseudodemócratas. Pero “fuego a discreción, mis bucaneros”, grito desde el puente de mando, sembrando de temibles carcajadas el océano.
Lo dije hace ya tiempo varias veces, y por supuesto, no se me ha hecho caso, en primer lugar por el escaso foro y la inexistente autoridad que mantengo, en segundo lugar, porque no habrían hecho caso ni a la Virgen María si se les hubiera mostrado, persignándose ante ella con la diestra y firmando decretazos con la siniestra. Lo dije, no me toquen lo que es importante, los pilares básicos de cualquier sociedad, eso que hace de sustento al crecimiento presente, pero sobre todo al futuro, es decir: las infraestructuras, la I+D+i y la Educación. Ha sido llegar al gobierno en ciertos lugares, y con la escusa de la crisis (que no es que no exista, pero así no se soluciona), le han pegado tal hachazo al pilar mismo de nuestra sociedad que me lo han dejado mocho.
De las infraestructuras ni hablaré: en una situación en que las empresas constructoras miden sus beneficios con regla escolar, la de los centímetros, en ocasiones negativos, se cargan de la noche a la mañana la inversión (ojo, hay una distinción entre gasto e inversión: uno se recupera, el otro no, pero aquí esta gente todavía no lo sabe) en obra pública. No esperaba que la clase eliticofascioide gaviotera y carroña de este patio de vecinas tuviera en cuenta al currito, salvo cuando es en plan “uno para ti, diez para mí”. Pero bueno, el tema de la construcción requiere de muchas más explicaciones, como por qué el señor del bigote fomentó el crecimiento económico en el ladrillo cuando no requería más impulso y el de la ceja no lo cortó nada más llegar.
Pero la Educación no, eso sí que no. La gente afectada por este recorte hecho además con prepotencia cacique no está en condiciones de coger por la solapa a la lideresa y a su secuaz manchega, entre otros, y pedirles convenientes explicaciones de por qué están jugando con su futuro, porque son los niños de hoy en día. Ojo, sólo los que van a escuelas públicas: a las concertadas y privadas de sus amigos no les han tocado un pelo. En resumen, lo de siempre: los heraldos del sector privado cogen por el cuello al sector público y lo recortan allí por donde les da, sin acabar de entender que hay cosas que no se tocan, pase lo que pase. Y cuando tendrían que estar pensando de dónde sacar más fondos para que la educación se encaminase hacia la excelencia, la dejan bajo mínimos con excusas, cuando menos, dudosas.
Es que es cierto, lo que más vende en esta caricatura de Estado, junto con esa entelequia salida de una cueva mugrienta que es la inmersión lingüística del señor Mas y compañía (otro señor de indudable calidad autoritaria), es meterse con esos colectivos ya de por sí vilipendiados. Y en los maestros y profesores públicos tenemos un dos por uno que no conseguimos con los médicos, por ejemplo: los maestros son envidiados por tener unas vacaciones de la leche y además porque son funcionarios. Es decir, que en esas Comunidades Autónomas donde los señores (y señoras, que también ellos se apuntan de vez en cuando ese tanto sin que les tiemble el frenillo de la lengua) del Pepé han obtenido esas victorias que deben saber a teta de novicia, las personas encargadas de educar a los hijos de sus ciudadanos, por si no lo tenían ya complicado con lo hijoputas que vienen los niños hoy en día, les ha tocado el gordo. Primero les bajó el sueldo un cinco por ciento ese ZP que tanto daño ha hecho al país (por ponérselo tan en bandeja de plata a esa derecha tan distinta de la europea por lo casposo y despótico) y después les han insultado llamándoles vagos porque sólo dan dieciocho horas lectivas. Además, para solucionar el paro, van a mandar a la cochina calle a esos interinos que ganan una miseria, porque las cifras del paro se las come el gobierno de turno aunque las competencias de empleo están cedidas - garrulada meidinespein.
Pero no os preocupéis, porque vienen tiempos peores, con esta gente que ni sabe hacer la o con un canuto, ni aprenderá en su puta vida, porque no quiere. Sólo saben hablar con mucha pompa, lo cual me saca de mis casillas, porque no saben hacerlo, durante dos horas sin decir nada. Se irá intuyendo como desmontan poco a poco el Estado del Bienestar, algo que ya quedo claro que pretenden hace tiempo con sus histerias neocon, para forrarse con sus amigos a costa de los nichos de mercado que deje el abandono gubernamental. Pero yo me estoy relamiendo ya que, de prestado por un Gobierno inoperante, me van a poner en bandeja una de las cosas que más placer me da la vida: sacudir una tras otra a una derecha, hoy hiperincompetente, que cuanto más poder tiene, más se le ve el pelaje.


Alberto Martínez Urueña 10-09-2011

viernes, 2 de septiembre de 2011

Sátrapas y tiranos

Resulta complicado intentar mandaros esta columna y no empezar a echar esputos por la boca a costa del escenario político que tenemos. Del económico ni hablo, porque no tiene mucho sentido intentar explicar lo inexplicable; menos de intentar solucionarlo, cuando sería tan sencillo como coger las grandes fortunas y expropiarles el noventa y cinco por ciento de su riqueza, poniéndoles a currar en una cadena clasificadora de huevos. Veríamos entonces si hay para servicios públicos o no.
Durante muchos años pensé que las democracias y los sistemas participativos habían sido creados para defendernos de los sátrapas y los tiranos, en un intento de que fueran los pueblos los que controlaban su propio destino. Se hablan de las revoluciones de cada país, tratando de liberarse del yugo de una pequeña minoría que acaparaba todas las riquezas mientras los demás vivían despojados de todo: de la comida lo primero, pero también de sus derechos y de la dignidad que una persona merece. No voy a negar lo evidente, y esto es que vivimos mejor hoy en día en una casa aislada de las inclemencias ambientales y pudiendo comer tres veces al día que en una de adobe sin calefacción y mirando al cielo para ver si llueve o no hiela. Sin embargo, en cuanto a que hayamos conseguido lo primero, creo que hemos errado bastante.
Con respecto a los tiranos, de hecho, lo que hemos conseguido ha sido todo lo contrario; esto es: caer en sus redes a través de un sistema socioeconómico de consumo que ha conseguido hacerles cada vez más ricos, aumentando las diferencias con respecto a ellos. Esto les ha otorgado más poder aún de lo que nunca tuvieron, y les ha proporcionado oleadas de trabajadores serviciales, o zombis adiestrados, que necesitan de las migajas que les van soltando para poder seguir consumiendo de manera cada vez más compulsa, retroalimentando el sistema. Esto, en nuestro primer mundo; con respecto a los otros dos, el segundo se lo cargaron y en el tercero, suficiente tienen con comer.
Con respecto a los sátrapas, se aliaron con los anteriores y se ofrecieron como imagen pública para controlar a las masas. Hoy en día tenemos una clase dirigente totalmente aislada de la ciudadanía, enfrentada con ella en lugar de estar a su servicio, que nos amenaza si tratamos de protestar reclamando nuestros derechos más elementales. Gente demasiado acostumbrada a estar donde está, a mandar y a tomar decisiones desde su torre de marfil, aislados de la vida real a través de sueldos desproporcionados, prebendas injustificables y herramientas de marketing para limpiar toda la capa de suciedad que dejan sus actos. Se convirtieron, a cambio de una cuota de poder, en la cabeza de lanza de los tiranos, en la barrera de contención entre los patricios y los plebeyos.
Lo montaron bien entre los dos, intentando además que pareciera que no había compartimentos estancos y que se pudiera fluir de un grupo a otro. Sin embargo, la homogeneización que se da cuando te trasladas de uno a otro, exige que tu esencia cambie y dejes de pertenecer a un grupo para ser del otro. Esto se llamó desde un principio corrupción, únicamente penada cuando el caso es tan flagrante que podría desestabilizar la estructura del sistema.
Así que perdonadme esta visión tan negativa, pero creo que vivimos en el gran teatro del mundo, y que la democracia entre comillas en la que vivimos sólo es un montaje que oculta la realidad. Y ésta es que siguen existiendo clases sociales contrapuestas, pero a una de ellas le han manipulado la conciencia de tal forma que se piensa que vive en los medios, cuando las diferencias entre los que más tienen y el resto no hace más que aumentar sucesivamente. La realidad es que hay una pertinaz y consciente cortina de humo ocultando los problemas reales que por supuesto existen, ocultos tras otros problemillas que no sabemos muy bien de donde salen. Ya no es una cuestión de izquierdas o derechas, que no fue otra cosa que otro maquillaje para esconderse elaborado sagazmente durante el pasado siglo.
Lo siento, no quería decirlo de esta manera, pero el sistema en el que vivimos es mentira desde la cabeza hasta los pies. Tiene verdades a medias introducidas en su seno para evitar que la incoherencia que supondría lo contrario hiciera que esto colapsase. Han tenido muchos siglos para ir probando uno tras otro sistema y hemos llegado a éste, pero sigue siendo una construcción ilusoria para que nadie se mueva demasiado. Se quedaron con lo que valía para controlar a las masas, la religión mal entendida, por ejemplo, y después fueron añadiendo más detalles como la participación ciudadana en un sufragio que le da la sensación de participar en algo, o la sociedad de consumo que aporta una sensación de abundancia que no vale absolutamente para nada. Esto no quita que hayamos conseguido cosas buenas, os dejo que penséis sobre ellas, pero sólo serán partes aceptables de una mentira más grande y que, ojo, sólo sirve para esclavizarnos porque no existe la forma de cuestionar auténticamente al sistema. ¿O acaso no estáis pensando si este tío se habrá vuelto tarumba?


Alberto Martínez Urueña 2-09-2011