jueves, 3 de febrero de 2011

El armario II

La luz se encendió de repente, deslumbrándole, y la sombra retrocedió entre chirridos y gemidos, dejando tras de sí un rastro de pólvora y ceniza, y una ligera hienda en la madera del suelo, como de una uña tratando de agarrarse a cualquier saliente.
El padre entró, mirándole con gesto complaciente. Una amplia sonrisa profident en los labios y la cara del que se sabe necesitado, deseoso de ser deseado. Se inclinó sobre la cama y le dio un abrazo, mientras el niño, temeroso ahora de la vergüenza de sus terrores nocturnos, le puso alguna excusa extraña. No se atrevió a hablarle del monstruo que acechaba detrás de los abrigos del armario, allí donde la pared estaba algo más caliente, escondiendo una cueva con prominentes estalactitas y estalagmitas saliendo, verticales, como la boca de un demonio queriendo comerse su alma. Aunque la habitación estaba igual, con las estanterías, los posters y las figuritas de los muñecos de alguna colección de moda, de esos con cara de querer devorar a alguien, él sabía que a los auténticos demonios no se les veía nunca la cara. Si acaso un instante antes de que cerrasen las mandíbulas y te partiesen por la mitad.
El padre le acarició la cabeza y le alborotó un poco el pelo, y cuando él le suplicó que dejase la puerta abierta, le propuso quedarse con él un rato en lo que conciliaba el sueño. Su cara fue lo suficientemente explícita como para que no hiciesen falta insistencias, así que se sentó en el borde la cama y le contó cómo a él también le daba algo de miedo la oscuridad cuando era pequeño, pero que enfrentándose a ella consiguió disipar aquellas tinieblas que sólo existían en su cabeza.
El niño escuchaba aquellas palabras entremezcladas en distintas frecuencias con las carcajadas de aquel que esperaba al otro lado para llevársele consigo a otra dimensión espantosa. Era una certeza.

Después de suceder varias noches lo mismo, la tutora del colegio, les indicó que era mejor que el niño aprendiese a dormir solo y a quedarse en la oscuridad de su cuarto para dormir, o sus terrores se prolongarían hacia la adolescencia. Y más allá.
La primera noche que lo intentaron los gritos resonaron fuera de la casa. El llanto inconsolable duró media hora y los hipos entrecortados cinco. Esa noche, el niño les contó como una mano había intentado cogerle del tobillo, como había visto perfectamente las escamas de aquel brazo, las uñas relucientes de los dedos, la cresta ósea de la cabeza, que continuaba por la espalda, por la columna vertebral, perdiéndose en la oscuridad del armario. Todavía podía sentir la presa en su pie derecho, a través de la manta, como le había aferrado de allí y le había prometido llevarle consigo en una especie de gruñido que casi no había podido entender.
Los padres le miraron un momento y después se miraron entre sí, con esa mirada de complacencia ante los miedos de un niño pequeño. Abrieron el armario y le insistieron para que se acercase. Al parecer, por la pared de la que él hablaba, pasaban los tubos de la calefacción, y por eso estaba más caliente. La pinza que se había aferrado a sus tobillos era un pantalón del pijama que no había echado a lavar, tal y como le habían mandado, y que se le había enrollado en el pie. Las formas que había visto habían sido más complicadas de entender, hasta que apagaron la luz y vieron las sombras que llegaban desde el reloj del pasillo, que en un caprichoso movimiento, parecían crestas sobre una llanura.
No hay monstruos en la habitación, pero si quieres, nos quedamos contigo un poco hasta que te duermas. Una vez más.

Aquí termina el relato por un motivo: no sé muy bien cómo termina la historia, esa es la verdad. Me la contó un amigo de la facultad, que había oído contar a otro amigo en el pueblo, y que según le había contado aquel, en un fuego de campamento, se rumoreaba que había ocurrido en un pueblo vecino. Había dos versiones.
La primera cuenta que el niño se convirtió en un niño adolescente que no era capaz de controlar sus miedos, caprichoso y bastante tonto, que hacía de las suyas en clase, se reía de todos, mientras sus padres acudían una y otra vez con una sonrisa de complaciente sabiduría. Creían que se habían mudado a Barcelona, o Valencia, no sabían muy bien, y según se hablaba le habían expulsado de tres colegios, pero eso sí, todavía se hacía pis en la cama, y tenía que dormir con la luz encendida.
La segunda es algo más oscura. Mirando las hemerotecas he podido confirmar que algo sucedió en una casa de un pueblo de Castilla. Un niño muerto durante la noche con las puertas cerradas, sin aparente causa. Le había encontrado su padre por la mañana. Las manos las tenía crispadas delante de la cara, como protegiéndose de algo. Se había orinado encima y tenía arañazos por todas las piernas, el abdomen y los brazos. Curiosamente el rostro estaba a salvo. Salvo los ojos. Estaban blancos, como si hubiesen hervido, como si un espíritu candente hubiese entrado por ellos para llevársele el alma.

Alberto Martínez Urueña 26-12-2010

El precio de las revistas

He estado unos días aguantando a ver qué pasaba. A ver si la mala ostia se me disipaba como el humo de un campamento de verano, ansiando que llegara el día y se llevase ese olor dulzón a resina y madera verde, pero aquí no ha pasado nada. Deduzco por la forma en la que empieza esto que, no es que se me haya pasado, es que se me han afilado las uñas y ahora puedo hablar de ello con la calma necesaria y el veneno preciso. Antes de que nadie aventure aquello de que debería calmarme, que no merece la pena llevarse malos ratos y demás consejos, diré que calmado procuro estar siempre y que mal rato por esto no, es ya casi costumbre.
Tengo el defecto, según afirmaba mi abuelo, de ver las noticias del mundo y sus tonterías. Es un tema conflictivo, pues poco a poco voy incrementando el número de conocidos que afirman que, o bien sólo dicen mentiras, o bien solo dicen bobadas, y no sabes nunca cuál de las dos opciones es peor. Me gusta además la prensa digital por motivos ecologistas y porque me permite contrastar ideas de todo el arco ideológico con facilidad económica y de tiempo. Echándole un ojo al veinte minutos del día dieciocho conocí por fin cómo empezará el Armagedon que se nos llevará a todos al otro barrio. Es decir, el barrio de la frivolité gratuita y el colapso cultural y ético. Pensaba que ya había visto de todo, pero claro, esa es una de esas frases que dices un día, y al siguiente ahí tienes al hijo de puta de turno para enmarranarte de nuevo la moral. La cuestión en liza es la portada que esa revista de referencia en el mundo de la moda, llamada Vogue, ha realizado para su último número en Francia. En ella, atentos a la imagen, se ve a mujeres hechas y derechas de aproximadamente cuatro a cinco años, vestidas con todo glamour, cual prostituta de lujo en hotel de Las Vegas, con trajes de esos ejemplos a seguir por las generaciones venideras como Lanvin o Yves Saint Laurent, peña dedicada a un trabajo incluso menos productivo que el de un funcionario pero del que nadie se queja y con el que consiguen dos cosas: la primera y más importante para ellos, que es forrarse; y la segunda y más esperpéntica para todos, demostrar como se puede llegar a parecer más estúpida todavía.
No os engañéis, ni penséis en que se me ha ido la pinza sin remedio y que estoy que chorreo demagogia por los poros. Eso, o que se me ve el miedo a distancia, que soy un carca con treinta años o algo parecido. Por todos es conocido mi ideario con ciertos temas como pueda ser el consumismo, dentro del que cae por supuesto la moda, esa falacia que alguien creó para crearnos una sensación de ansiedad cada primavera-verano que nos lleve a seguir comprando cosas que no necesitamos para nada. Pero bueno, a fin de cuentas, cada uno gasta su dinero en lo que le da la gana: mucho peor es gastárselo en drogas, por ejemplo, o en yates; pero quizá mejor donarlo a ONG’s y no a Versace. Y ya ni te digo en campañas políticas: eso sí que es el absurdo más absoluto.
Pero claro, cuando tocamos la infancia el tema cambia considerablemente. Puede que los niños sean los últimos libertos que nos queden, pero también es cierto que son los que menos creada tienen la personalidad y por tanto más moldeables según quien se les acerque. Iba en estos momentos a poner una tontería y decir que seguro que a nadie en su sano juicio se le ocurriría dar veneno a un hijo, pero me ha temblado el dedo índice al empezar a teclear la frase, y eso es síntoma inequívoco de duda. No en vano, asistimos atónitos primero y después ya amargamente acostumbrados al pavoroso espectáculo de ver como padres someten a sus hijos a una educación basada en no educarles porque no pueden con ellos. ¿Qué tiene esto de venenoso? Muy fácil: dentro de unos añitos, cuando estén acostumbrados a esa catástrofe lógica de “hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero”, la hiel que les provocará la frustración de enfrentarse a un mundo en el que eso no existe por defecto será tan venenosa que tendremos que recoger los cadáveres de las aceras con una pala mecánica, entre los que se mueran porque sí, los que se maten entre sí y los que vivan en una soledad tan angustiosa que se maten a sí mismos.
La infancia debería ser intocable. Pero no en el tema físico, que nadie se murió por una galleta bien dada de pequeño, sino en el tema de la correcta educación. No hablo de ser buen chico, bien vestido y peinado como Aznar, así como con media melena de rebelde sin causa: allá cada padre y la pinta de gilipollas que le quiera poner a sus retoños; sin embargo, creo que hay precios que no deberíamos estar tan dispuestos a pagar. Hay una frase en una de mis canciones que me permito el lujo de reproducir en esta columna, y que dice lo siguiente: “Por eso cuando veo a esas niñas de quince/ vestidas de putón porque lo han visto en el cine/ lo único que pienso es vaya mierda de cultura/ que mata la inocencia para que niños consuman.” Creo que resume suficientemente bien lo que pienso; y es que lo que viene da tanto miedo que lo único que me salva es que, con esto de la crisis, los trabajos precarios y los sueldos de mierda, dentro de treinta años viviremos todos en la indigencia y no habrá nadie para poder comprar revistas de m… moda.

Alberto Martínez Urueña 2-02-2011

El banquero bueno

La noticia, probablemente la más importante que ha surgido en los últimos años, me ha asaltado con la fuerza del terremoto de Haiti, probablemente la última más importante a nivel humano del año pasado, junto con las inundaciones de Pakistán y alguna otra que seguro olvido. No he podido evitar pensar en redireccionaros los enlaces de los principales periódicos digitales que se hacen eco de ella, pero he preferido utilizarla como lo harán los profesionales del campo de la columna escrita.
Rudolf Elmer, un nombre que caerá en el olvido porque habrá demasiados intereses en que así sea, pero que deberíamos conservar bien guardado en la memoria. No sé la honestidad humana que tenga, no sé si será pederasta (el peor de los delitos, por mucho que los códigos penales no lo reflejen de igual modo), o si se dedicará al tráfico de humanos (probablemente el segundo), o a lo mejor es un dechado de virtudes (el primer pecado para la mayoría de los humanos actuales), pero si eso de hacer públicas las cuentas de unas cuantas decenas de políticos corruptos a lo largo y ancho del mundo es cierto, estoy dispuesto a hacerle la ola con todo mi entusiasmo. Claro, en Suiza, ese país ejemplificador para muchos, pero que es el puerto franco de la mayoría de los piratas actuales, ya le están esperando para despellejarle poco a poco en plaza pública, o en su defecto meterle en una mazmorra y tirar la llave. No deja de ser una de esas muestras de cómo la justicia está montada de una manera que muchas veces colisiona con la ética con la potencia de una bomba termonuclear. Porque fijaros el desbarro que supone la siguiente cadena lógica: los hombres más ricos del mundo pagan las carreras políticas para que se articulen leyes (secreto bancario) y puedan meter en el banco las ganancias de sus choriceos sin que nadie pueda acercarles las narices. Claro, te dicen que se lo han currado y que tienen derecho al dinero bien ganado con su esfuerzo, pero luego no dudan en ocultarlo como si estuviese cubierto de sangre (la mayoría de las veces es probable que así sea). Claro, están en su libertad de comprarse la casa en playa exclusiva mientras en Haiti se mueren por el cólera pues no tienen agua potable. Esa es la ética de aquellos que se escudan tras el secreto bancario suizo.
Lo que menos me gusta de todo, como la mayor parte de las veces, es de qué manera nos afecta eso a la gente de a pie, que a fin de cuentas somos la mayoría, y los que salimos trasquilados una vez sí, y otra también. Creo que esto tiene una doble consecuencia, a cual más importante, aunque se complementan como trapitos de la pasarela de Milán. La primera de ellas es la consecuencia que vivimos ahora, con el tema de la subida de precios, los sueldos exangües, la peña en el paro, los rescates a los grandes bancos con dinero de todos, etcétera, mientras los que tienen, cada vez tienen más. Habrá quien diga que esto es envidia, pero no es eso, no os creáis. Más bien es que mi noción de desigualdad según los méritos y el trabajo no alcanza a entender semejantes diferencias; y cuando miras un poco y ves que los que las justifican normalmente son los que más tienen y no los que menos (una conclusión semejante por alguien pobre sería toda una novedad) el tema huele cuanto menos a cochambre.
La segunda de ellas es algo más sutil, pero que hace que las vidas normales se vayan por el retrete con más facilidad que el papel higiénico. Cuando veo como los mortales gastan y gastan sin parar en un sistema social montado por cuatro hij***utas que nos engañan sistemáticamente al vendernos que la felicidad viene del tener y no del ser, me quedo bastante depre. Porque una cosa es que quieran engañarte y otra cosa es que te dejes. Esa frase tan manida de que “el dinero no da la felicidad, pero ayuda” salida de boca de gente que si no es gracias a la VISA oro es incapaz de poner freno a la angustia de no salir de compras me descorazona con saña gladiadora, justificando que si no se consume (hinchando la cartera de esos cuatro de antes), todo al garete. Y además, sin ningún pudor, se hila el razonamiento con la burla prepotente hacia esas personas mayores que son capaces de sentarse en el banco de piedra de la puerta de su casa del pueblo y no hacer nada más que estar allí, sin más, sólo siendo. Ojo, no es que les envidie, que no, pero puedo aseguraros que admiro mucho más a las personas que son, antes que a las que tienen. Supongo que todo es opinable. Allá cada cual.
El banquero bueno. Suspiro con nostalgia y pienso qué es lo que ocurriría (todos al hoyo fijo) si, ya no que nos comportásemos como héroes, si no que simplemente nos comportásemos. Si por una vez fuésemos, en lugar de desear y encelarnos en nuestros apetitos más absurdos, simplemente procurando estar sin molestar demasiado, sin hacer mucho ruido (en sentido metafórico), sin darle vueltas a la peonza y sabiéndonos ya afortunados por estar aquí, el tiempo que nos toque. Pero ya hace tiempo que dejé de predicar, y sé que no voy a cambiar el mundo con un movimiento social sin parangón, en plan hippie años sesenta. Simplemente intentaré aprender a comportarme y hacer poco ruido, no sea que me encuentren. Quizá algún día consiga ser. Esto no es una utopía social, sólo es un pequeño objetivo de aquí a que la espiche. Y además, así dejaré las rebajas a los que estén mirando el texto con cara rara.

Alberto Martínez Urueña 17-01-2010

viernes, 14 de enero de 2011

Feliz 2011, o con interrogaciones

Pues aquí estamos de nuevo comenzando un año. No deja de ser una fecha, un hito en mitad de un camino del que no sabemos final y no nos acordamos del comienzo, y que por consenso científico y teológico (con la iglesia hemos topado) se consideró fijar diez días (aproximados) después del solsticio de invierno, todo arrejuntado con una fecha sacada de la chistera para celebrar natividad y epifanía con el resto de movidas. En fin, el año pasado os di la charla con aquello de las buenas intenciones, y aquí cada uno sabrá lo que se propuso y si lo ha cumplido.
Este año no va de eso. Se me presentan múltiples posibilidades, como siempre, desde el punto de vista público: los políticos, empresarios y sindicatos están enmarranando a base de bien el ambiente, y los columnistas y demás ratas de teclado como el que os escribe damos palmas con las orejas ante un terreno tan perfectamente abonado para el goteo de colmillo. Veo, atónito, como aquéllos a los que tuvimos que rescatar con nuestro dinero ahora se empecinan en hacernos creer que la culpa es nuestra. Hablo de la gente de la calle, de los pensionistas, funcionarios, pequeños comerciantes… Mientras tanto, esos señores desconocidos denominados mercados con sus agencias de rating, esos que decían que Lehman Brothers, Madoff y sus secuaces eran de lo mejorcito de su barrio, acertando de pleno (pero no sabemos en qué diana), ahora son los que tienen que juzgar qué países son los merecedores de confianza. Es como una especie de covacha en donde todos sus ocupantes van ocupando uno tras otro los puestos relevantes según les interese, pero eso sí, de ahí no les echa ni dios. Están a su alrededor, como cobertor cutre y grosero, una fina capa de políticos que, discutiendo sobre las chorradas más variopintas, desvían la atención hacia cosas que de otra manera no le interesarían a nadie. A su lado, nadando en la misma dirección, los grandes empresarios (ojo, ni estos controlan realmente el cotarro, pero les mola ir en la misma dirección que marca la mano negra) que en supuesta pugna por los recursos económicos existentes pelean en una contienda que no es cierta; eso sí, crean una nueva cortina de humo a modo de necesidades falsas que generan crisis de personalidad y angustia al que no tiene el último modelo de taza de vater, con chorrito de agua acrisolada que limpie las entrepiernas y las deje brillantemente dispuestas para ser lamidas.
Por último, he de reconocer su mérito a todos aquellos que dicen aquello de que cómo ellos no pueden cambiar nada, pues mejor no mirar no sea que las retinas se desprendan. Así, de esa manera no pasa nada por ciertas actitudes egoístas y ególatras, sumamente demagógicas, a las que la sociedad se va acostumbrando como un cuerpo al cianuro: poco a poco y en pequeñas dosis para generar resistencia.
Ese es un resumen del soberbio panorama que se han montado algunos que viven con las posaderas bien cubiertas y por aquellos que se creen sus mentiras. Se dice que el sistema capitalista funciona, y cuando falla se mira para otro lado. Se sigue defendiendo lo privado, a pesar de que cada cierto tiempo resulta que para lo único que sirve es para inflar burbujas bursátiles, inmobiliarias o de simple baba a base de especulaciones inhumanas (todas ellas finalmente falsas), que los que antes tenían mucho ahora tengan muchísimo, y los demás nos quedemos con cara de gilipollas cuando nos dicen que lo que en teoría valía cien, ahora vale diez, y que el resto lo has perdido, que tienes la culpa y ahora te toca apretarte el cinturón (mientras ellos se enchufan sus primas por objetivos). Claro, cuando la burbuja explota clamamos al cielo, y en un par de meses o tres ya hemos encontrado algún cabeza de turco al que despelotar y arrojar a las fieras, pero eso sí, que nadie nos toque ese sacrosanto sistema.
Ahora nuestro pequeño y gran país está lleno mierda, con paro hasta las orejas y esas cosas. Un caldo de cultivo para que muchos de los que están en el paro por méritos ajenos paguen el pato de los que están ahí porque es más cómodo. En pro de culpar a esos hijos de puta que hacen trabajos bajo cuerda (y nos joden lo poco de bueno que tiene el sistema), salen de la cueva esas ideas fascistas de quitar el subsidio de desempleo a todo quisqui, y así que paguen de nuevo el pato quienes no tienen la culpa.
Todo una cortina de humo, y todo para que no veamos las cosas auténticamente importantes, sumidos en un sistema que dice que la felicidad viene del tener y no del ser, para que así queramos más y les demos más dinero y poder a la mano negra (o G300, que lo llaman algunos). Vale, cada uno tiene sus inquietudes y sus aspiraciones, pero a mí no me cogerán vivo en eso de aspirar a cada vez más en una sociedad con una cultura y un sistema en el que no creo. Gracias a dios, mis inquietudes no han ido nunca por conseguir satisfacción en cosas que se modifican en colecciones sucesivas de primavera-verano, o en que mi teléfono móvil sea el más puntero del mercado. Ni mucho menos en pagar precios por cosas que no lo valen mientras que con ese dinero podría estar aportando algo a quienes ni tienen nada ni pueden aspirar a tenerlo.

Alberto Martínez Urueña 11-01-2011

viernes, 10 de diciembre de 2010

El armario I

Su padre le dio el beso de buenas noches. Habían terminado de cenar hacía media hora, se había lavado los dientes con parsimonia, casi con indolencia, mirándose en el espejo mientras hacía muecas con la boca llena de espuma, asemejando ser un monstruo de los de la televisión, de la serie de dibujos animados que venía los fines de semana por la mañana. Aquella mueca resultó ser demasiado real y la quitó instantáneamente: a los cuatro años estaba claro que haciendo una cosa semejante te podías convertir tú mismo en el monstruo, y entonces ya no tendrías posibilidad de comer helado ni golosinas. Y a lo mejor hasta se hacía realidad el cuento ese que le habían contado en el colegio, ese del lugar a donde iban los niños malos cuando se morían, una caverna con fuego y ríos de lava. Aunque no sabía muy bien lo que era una caverna y un río de lava, sabía que el fuego le atraía cuando hacían barbacoa en verano, pero que si acercaba demasiado la manita, sentiría un dolor inimaginable. Así que dejó de hacer muecas y escupió la pasta de dientes.
Su padre le sonrió desde la puerta y la dejó entreabierta, con la luz del pasillo encendida. Desde allí podía ver el pequeño aparador de madera con el candelabro plateado y el reloj del centro, con una figura metálica en lo alto, que daba las horas con un tintineo monótono.
La habitación estaba en penumbra, y él se subió la manta hasta la nariz, girando la cabeza poco a poco hacia la oscuridad del rincón del armario. Había que comprobar que todo estaba en orden en ese lugar, para poder dormir tranquilo, sobre todo en aquel lugar donde en otras noches había sentido que alguien le observaba desde allí. Por eso, la puerta del armario debía estar siempre convenientemente cerrada, para evitar ese sendero que llevaba directamente al lugar del que le habían hablado, ese del fuego. Para llegar a él había dos posibilidades, la que le habían contado sus padres y en el colegio y la otra. La otra estaba detrás de su abrigo viejo, según abrías el armario, a la derecha, en la pared lateral, allí donde hacía más calor detrás de la madera. Además, aquel sendero no era sólo de ida, también era de vuelta, y los monstruos podían encontrarlo y colarse en su habitación mientras él estaba dormido, y entonces estaría perdido.
Les había de muchos tipos, les había como el esqueleto del diccionario que había visto hacia unos meses, hojeando aquellas palabras que estaba aprendido a leer. Tenían todavía algún trozo de carne pegada, lo sabía porque había visto la película de Indiana Jones, y el malo al final, cuando se derretía, todavía con vida, le quedaban pedazos de carne pegada en los huesos.
Había otro tipo, que eran personas a las que no se le podía ver el rostro, monjes con un hábito como de saco y capucha a los que sólo se les intuía unos ojos que observaban, que miraban esperando condenarte. Eran los caídos, o al menos eso había oído a su hermano mayor con su amigo Kike, cuando jugaban al ordenador a un juego de matar zombis. Sabía que los zombis eran de mentira, porque se lo había dicho su padre, pero los otros se parecían mucho a algún profesor que había visto en el colegio, que llevaba como faldas largas y negras atadas con un cordel a la cintura. Seguramente aquellos que habían sido malos estaban en el infierno, y se les quedaba la cara que no se podía ver, sólo imaginar, al margen de los ojos que miraban.
Los otros, los últimos, tenían alas negras y ojos brillantes como las ascuas de las barbacoas del verano. Esos eran los peores, porque disfrutaban torturando a la gente, sobre todo a los niños como él, porque según su abuela, tenían la carne más blandita, y les gustaba mucho. Por eso, según le había dicho, los niños que se portaban mal era los más codiciados en el infierno, porque estaban más sabrosos. Era lógico, era como el lechazo o el chuletón, que estaba más duro. Y esos querían carne de niño.
Siguió mirando hacia allí y entonces lo vio, con un escalofrío en la espalda. Estuvo a punto de hacerse pis encima al ver que la puerta del armario estaba abierta.
Se subió la manta hasta sobrepasar la nariz, mientras sentía que el cuerpo se le quedaba helado. Abrió los ojos todo lo que pudo para estar vigilante. Dijo el nombre de su padre, pero este estaba abajo, y no le oía; además, si hablaba demasiado alto, los monstruos despertarían, le oirían, y por fin encontrarían el camino hacia su habitación, y le cogerían.
Empezó a ver movimientos. Al principio fue sólo un leve movimiento en esa zona más oscura, pero después empezaron a ser más visibles. Había algo al otro lado del armario que se movía, que se enredaba en su abrigo, en las camisitas pequeñas, en los jerséis. Los veía allí, reptando por las paredes, entre la ropa.
Y fue cuando entonces algo brilló allí dentro. Hasta entonces todo era irreal, y seguramente fruto de su miedo, como le había dicho su madre. Pero en aquel momento en que un ascua se encendió al otro lado de la puerta y le miró, dejó de ser invención para ser un ojo observando, ojo encima de una boca y unas garras, delante de unas alas y con un hambre de miles de años de confinamiento en el infierno. Sus miradas se cruzaron. La noche acababa de empezar.

Alberto Martínez Urueña 7-12-2010