jueves, 3 de febrero de 2011

El banquero bueno

La noticia, probablemente la más importante que ha surgido en los últimos años, me ha asaltado con la fuerza del terremoto de Haiti, probablemente la última más importante a nivel humano del año pasado, junto con las inundaciones de Pakistán y alguna otra que seguro olvido. No he podido evitar pensar en redireccionaros los enlaces de los principales periódicos digitales que se hacen eco de ella, pero he preferido utilizarla como lo harán los profesionales del campo de la columna escrita.
Rudolf Elmer, un nombre que caerá en el olvido porque habrá demasiados intereses en que así sea, pero que deberíamos conservar bien guardado en la memoria. No sé la honestidad humana que tenga, no sé si será pederasta (el peor de los delitos, por mucho que los códigos penales no lo reflejen de igual modo), o si se dedicará al tráfico de humanos (probablemente el segundo), o a lo mejor es un dechado de virtudes (el primer pecado para la mayoría de los humanos actuales), pero si eso de hacer públicas las cuentas de unas cuantas decenas de políticos corruptos a lo largo y ancho del mundo es cierto, estoy dispuesto a hacerle la ola con todo mi entusiasmo. Claro, en Suiza, ese país ejemplificador para muchos, pero que es el puerto franco de la mayoría de los piratas actuales, ya le están esperando para despellejarle poco a poco en plaza pública, o en su defecto meterle en una mazmorra y tirar la llave. No deja de ser una de esas muestras de cómo la justicia está montada de una manera que muchas veces colisiona con la ética con la potencia de una bomba termonuclear. Porque fijaros el desbarro que supone la siguiente cadena lógica: los hombres más ricos del mundo pagan las carreras políticas para que se articulen leyes (secreto bancario) y puedan meter en el banco las ganancias de sus choriceos sin que nadie pueda acercarles las narices. Claro, te dicen que se lo han currado y que tienen derecho al dinero bien ganado con su esfuerzo, pero luego no dudan en ocultarlo como si estuviese cubierto de sangre (la mayoría de las veces es probable que así sea). Claro, están en su libertad de comprarse la casa en playa exclusiva mientras en Haiti se mueren por el cólera pues no tienen agua potable. Esa es la ética de aquellos que se escudan tras el secreto bancario suizo.
Lo que menos me gusta de todo, como la mayor parte de las veces, es de qué manera nos afecta eso a la gente de a pie, que a fin de cuentas somos la mayoría, y los que salimos trasquilados una vez sí, y otra también. Creo que esto tiene una doble consecuencia, a cual más importante, aunque se complementan como trapitos de la pasarela de Milán. La primera de ellas es la consecuencia que vivimos ahora, con el tema de la subida de precios, los sueldos exangües, la peña en el paro, los rescates a los grandes bancos con dinero de todos, etcétera, mientras los que tienen, cada vez tienen más. Habrá quien diga que esto es envidia, pero no es eso, no os creáis. Más bien es que mi noción de desigualdad según los méritos y el trabajo no alcanza a entender semejantes diferencias; y cuando miras un poco y ves que los que las justifican normalmente son los que más tienen y no los que menos (una conclusión semejante por alguien pobre sería toda una novedad) el tema huele cuanto menos a cochambre.
La segunda de ellas es algo más sutil, pero que hace que las vidas normales se vayan por el retrete con más facilidad que el papel higiénico. Cuando veo como los mortales gastan y gastan sin parar en un sistema social montado por cuatro hij***utas que nos engañan sistemáticamente al vendernos que la felicidad viene del tener y no del ser, me quedo bastante depre. Porque una cosa es que quieran engañarte y otra cosa es que te dejes. Esa frase tan manida de que “el dinero no da la felicidad, pero ayuda” salida de boca de gente que si no es gracias a la VISA oro es incapaz de poner freno a la angustia de no salir de compras me descorazona con saña gladiadora, justificando que si no se consume (hinchando la cartera de esos cuatro de antes), todo al garete. Y además, sin ningún pudor, se hila el razonamiento con la burla prepotente hacia esas personas mayores que son capaces de sentarse en el banco de piedra de la puerta de su casa del pueblo y no hacer nada más que estar allí, sin más, sólo siendo. Ojo, no es que les envidie, que no, pero puedo aseguraros que admiro mucho más a las personas que son, antes que a las que tienen. Supongo que todo es opinable. Allá cada cual.
El banquero bueno. Suspiro con nostalgia y pienso qué es lo que ocurriría (todos al hoyo fijo) si, ya no que nos comportásemos como héroes, si no que simplemente nos comportásemos. Si por una vez fuésemos, en lugar de desear y encelarnos en nuestros apetitos más absurdos, simplemente procurando estar sin molestar demasiado, sin hacer mucho ruido (en sentido metafórico), sin darle vueltas a la peonza y sabiéndonos ya afortunados por estar aquí, el tiempo que nos toque. Pero ya hace tiempo que dejé de predicar, y sé que no voy a cambiar el mundo con un movimiento social sin parangón, en plan hippie años sesenta. Simplemente intentaré aprender a comportarme y hacer poco ruido, no sea que me encuentren. Quizá algún día consiga ser. Esto no es una utopía social, sólo es un pequeño objetivo de aquí a que la espiche. Y además, así dejaré las rebajas a los que estén mirando el texto con cara rara.

Alberto Martínez Urueña 17-01-2010

viernes, 14 de enero de 2011

Feliz 2011, o con interrogaciones

Pues aquí estamos de nuevo comenzando un año. No deja de ser una fecha, un hito en mitad de un camino del que no sabemos final y no nos acordamos del comienzo, y que por consenso científico y teológico (con la iglesia hemos topado) se consideró fijar diez días (aproximados) después del solsticio de invierno, todo arrejuntado con una fecha sacada de la chistera para celebrar natividad y epifanía con el resto de movidas. En fin, el año pasado os di la charla con aquello de las buenas intenciones, y aquí cada uno sabrá lo que se propuso y si lo ha cumplido.
Este año no va de eso. Se me presentan múltiples posibilidades, como siempre, desde el punto de vista público: los políticos, empresarios y sindicatos están enmarranando a base de bien el ambiente, y los columnistas y demás ratas de teclado como el que os escribe damos palmas con las orejas ante un terreno tan perfectamente abonado para el goteo de colmillo. Veo, atónito, como aquéllos a los que tuvimos que rescatar con nuestro dinero ahora se empecinan en hacernos creer que la culpa es nuestra. Hablo de la gente de la calle, de los pensionistas, funcionarios, pequeños comerciantes… Mientras tanto, esos señores desconocidos denominados mercados con sus agencias de rating, esos que decían que Lehman Brothers, Madoff y sus secuaces eran de lo mejorcito de su barrio, acertando de pleno (pero no sabemos en qué diana), ahora son los que tienen que juzgar qué países son los merecedores de confianza. Es como una especie de covacha en donde todos sus ocupantes van ocupando uno tras otro los puestos relevantes según les interese, pero eso sí, de ahí no les echa ni dios. Están a su alrededor, como cobertor cutre y grosero, una fina capa de políticos que, discutiendo sobre las chorradas más variopintas, desvían la atención hacia cosas que de otra manera no le interesarían a nadie. A su lado, nadando en la misma dirección, los grandes empresarios (ojo, ni estos controlan realmente el cotarro, pero les mola ir en la misma dirección que marca la mano negra) que en supuesta pugna por los recursos económicos existentes pelean en una contienda que no es cierta; eso sí, crean una nueva cortina de humo a modo de necesidades falsas que generan crisis de personalidad y angustia al que no tiene el último modelo de taza de vater, con chorrito de agua acrisolada que limpie las entrepiernas y las deje brillantemente dispuestas para ser lamidas.
Por último, he de reconocer su mérito a todos aquellos que dicen aquello de que cómo ellos no pueden cambiar nada, pues mejor no mirar no sea que las retinas se desprendan. Así, de esa manera no pasa nada por ciertas actitudes egoístas y ególatras, sumamente demagógicas, a las que la sociedad se va acostumbrando como un cuerpo al cianuro: poco a poco y en pequeñas dosis para generar resistencia.
Ese es un resumen del soberbio panorama que se han montado algunos que viven con las posaderas bien cubiertas y por aquellos que se creen sus mentiras. Se dice que el sistema capitalista funciona, y cuando falla se mira para otro lado. Se sigue defendiendo lo privado, a pesar de que cada cierto tiempo resulta que para lo único que sirve es para inflar burbujas bursátiles, inmobiliarias o de simple baba a base de especulaciones inhumanas (todas ellas finalmente falsas), que los que antes tenían mucho ahora tengan muchísimo, y los demás nos quedemos con cara de gilipollas cuando nos dicen que lo que en teoría valía cien, ahora vale diez, y que el resto lo has perdido, que tienes la culpa y ahora te toca apretarte el cinturón (mientras ellos se enchufan sus primas por objetivos). Claro, cuando la burbuja explota clamamos al cielo, y en un par de meses o tres ya hemos encontrado algún cabeza de turco al que despelotar y arrojar a las fieras, pero eso sí, que nadie nos toque ese sacrosanto sistema.
Ahora nuestro pequeño y gran país está lleno mierda, con paro hasta las orejas y esas cosas. Un caldo de cultivo para que muchos de los que están en el paro por méritos ajenos paguen el pato de los que están ahí porque es más cómodo. En pro de culpar a esos hijos de puta que hacen trabajos bajo cuerda (y nos joden lo poco de bueno que tiene el sistema), salen de la cueva esas ideas fascistas de quitar el subsidio de desempleo a todo quisqui, y así que paguen de nuevo el pato quienes no tienen la culpa.
Todo una cortina de humo, y todo para que no veamos las cosas auténticamente importantes, sumidos en un sistema que dice que la felicidad viene del tener y no del ser, para que así queramos más y les demos más dinero y poder a la mano negra (o G300, que lo llaman algunos). Vale, cada uno tiene sus inquietudes y sus aspiraciones, pero a mí no me cogerán vivo en eso de aspirar a cada vez más en una sociedad con una cultura y un sistema en el que no creo. Gracias a dios, mis inquietudes no han ido nunca por conseguir satisfacción en cosas que se modifican en colecciones sucesivas de primavera-verano, o en que mi teléfono móvil sea el más puntero del mercado. Ni mucho menos en pagar precios por cosas que no lo valen mientras que con ese dinero podría estar aportando algo a quienes ni tienen nada ni pueden aspirar a tenerlo.

Alberto Martínez Urueña 11-01-2011

viernes, 10 de diciembre de 2010

El armario I

Su padre le dio el beso de buenas noches. Habían terminado de cenar hacía media hora, se había lavado los dientes con parsimonia, casi con indolencia, mirándose en el espejo mientras hacía muecas con la boca llena de espuma, asemejando ser un monstruo de los de la televisión, de la serie de dibujos animados que venía los fines de semana por la mañana. Aquella mueca resultó ser demasiado real y la quitó instantáneamente: a los cuatro años estaba claro que haciendo una cosa semejante te podías convertir tú mismo en el monstruo, y entonces ya no tendrías posibilidad de comer helado ni golosinas. Y a lo mejor hasta se hacía realidad el cuento ese que le habían contado en el colegio, ese del lugar a donde iban los niños malos cuando se morían, una caverna con fuego y ríos de lava. Aunque no sabía muy bien lo que era una caverna y un río de lava, sabía que el fuego le atraía cuando hacían barbacoa en verano, pero que si acercaba demasiado la manita, sentiría un dolor inimaginable. Así que dejó de hacer muecas y escupió la pasta de dientes.
Su padre le sonrió desde la puerta y la dejó entreabierta, con la luz del pasillo encendida. Desde allí podía ver el pequeño aparador de madera con el candelabro plateado y el reloj del centro, con una figura metálica en lo alto, que daba las horas con un tintineo monótono.
La habitación estaba en penumbra, y él se subió la manta hasta la nariz, girando la cabeza poco a poco hacia la oscuridad del rincón del armario. Había que comprobar que todo estaba en orden en ese lugar, para poder dormir tranquilo, sobre todo en aquel lugar donde en otras noches había sentido que alguien le observaba desde allí. Por eso, la puerta del armario debía estar siempre convenientemente cerrada, para evitar ese sendero que llevaba directamente al lugar del que le habían hablado, ese del fuego. Para llegar a él había dos posibilidades, la que le habían contado sus padres y en el colegio y la otra. La otra estaba detrás de su abrigo viejo, según abrías el armario, a la derecha, en la pared lateral, allí donde hacía más calor detrás de la madera. Además, aquel sendero no era sólo de ida, también era de vuelta, y los monstruos podían encontrarlo y colarse en su habitación mientras él estaba dormido, y entonces estaría perdido.
Les había de muchos tipos, les había como el esqueleto del diccionario que había visto hacia unos meses, hojeando aquellas palabras que estaba aprendido a leer. Tenían todavía algún trozo de carne pegada, lo sabía porque había visto la película de Indiana Jones, y el malo al final, cuando se derretía, todavía con vida, le quedaban pedazos de carne pegada en los huesos.
Había otro tipo, que eran personas a las que no se le podía ver el rostro, monjes con un hábito como de saco y capucha a los que sólo se les intuía unos ojos que observaban, que miraban esperando condenarte. Eran los caídos, o al menos eso había oído a su hermano mayor con su amigo Kike, cuando jugaban al ordenador a un juego de matar zombis. Sabía que los zombis eran de mentira, porque se lo había dicho su padre, pero los otros se parecían mucho a algún profesor que había visto en el colegio, que llevaba como faldas largas y negras atadas con un cordel a la cintura. Seguramente aquellos que habían sido malos estaban en el infierno, y se les quedaba la cara que no se podía ver, sólo imaginar, al margen de los ojos que miraban.
Los otros, los últimos, tenían alas negras y ojos brillantes como las ascuas de las barbacoas del verano. Esos eran los peores, porque disfrutaban torturando a la gente, sobre todo a los niños como él, porque según su abuela, tenían la carne más blandita, y les gustaba mucho. Por eso, según le había dicho, los niños que se portaban mal era los más codiciados en el infierno, porque estaban más sabrosos. Era lógico, era como el lechazo o el chuletón, que estaba más duro. Y esos querían carne de niño.
Siguió mirando hacia allí y entonces lo vio, con un escalofrío en la espalda. Estuvo a punto de hacerse pis encima al ver que la puerta del armario estaba abierta.
Se subió la manta hasta sobrepasar la nariz, mientras sentía que el cuerpo se le quedaba helado. Abrió los ojos todo lo que pudo para estar vigilante. Dijo el nombre de su padre, pero este estaba abajo, y no le oía; además, si hablaba demasiado alto, los monstruos despertarían, le oirían, y por fin encontrarían el camino hacia su habitación, y le cogerían.
Empezó a ver movimientos. Al principio fue sólo un leve movimiento en esa zona más oscura, pero después empezaron a ser más visibles. Había algo al otro lado del armario que se movía, que se enredaba en su abrigo, en las camisitas pequeñas, en los jerséis. Los veía allí, reptando por las paredes, entre la ropa.
Y fue cuando entonces algo brilló allí dentro. Hasta entonces todo era irreal, y seguramente fruto de su miedo, como le había dicho su madre. Pero en aquel momento en que un ascua se encendió al otro lado de la puerta y le miró, dejó de ser invención para ser un ojo observando, ojo encima de una boca y unas garras, delante de unas alas y con un hambre de miles de años de confinamiento en el infierno. Sus miradas se cruzaron. La noche acababa de empezar.

Alberto Martínez Urueña 7-12-2010

Una nueva perspectiva

Suele sucederme que la mayoría de las cosas que se me ocurren vienen como una tenue brisa de viento. Son de esas cosas que estás en mitad de cualquier lugar, ya sea la calle, un bar, en la cama… y de repente empiezas a notar algo a tu alrededor que se mueve. No sabes muy bien qué es, pero está ahí, lo notas, y a veces se materializa en una serie de conceptos e ideas que puedes plasmar sobre un papel.
Eso mismo me sucedió el otro día, en una conversación con un amigo, charlando sobre temas de esos profundos con que de vez en cuando os doy la tabarra. Cada vez menos, creo. Andábamos con esas historias de que si la peña últimamente está más o menos vacía que antes, que si la gente no tiene un norte o rumbo al que tirar… Bueno, imagino que todos en algún momento hemos sacado ese tema, lo hemos tratado con más o menos seriedad, para después quedarnos con cara de póker y continuar donde habíamos dejado lo anterior. No porque sea poco importante, si no porque esas conversaciones muchas veces no dan para muchas palabras por dos motivos: el primero es que entramos en un tema que es complicado de explicar; y el segundo, porque normalmente estamos de acuerdo en lo genérico, y en lo particular siempre dejamos la coletilla de que “cada uno sabe por dónde anda” o aquello de que “todo el mundo tiene su punto de vista”. Supongo que es cierto en alguna medida, pero no sé cuál.
La cuestión es que andábamos en esas enfrascados, y me di cuenta de varias cosas, que pretendo reunir en dos grupos.
El primero de ellos hace referencia un tema del que os hablé hace poco, creo, o si no lo hago ahora, y es que después de leer libros de varias épocas de la literatura, y os hablo desde Homero hasta Gabriel García Márquez (pongo nombres para que veáis la amplitud del asunto), me he dado cuenta de que el problema de que las generaciones venideras están echando a perder lo poco que teníamos es tan recurrente que al final parecen plagios unos de otros. Desde que Paris, el de Troya resultó ser un cobarde, pasando por la degeneración de la China del siglo sexto A.C. o la hecatombe vaticinada en los Cien años de soledad para las generaciones de los Buendía, la preocupación porque los jóvenes van a traernos el Apocalipsis en tan general que ya seríamos la especie que más veces se habría extinguido en la Historia de esta piedra a la que llamamos La Tierra.
El segundo grupo de cosas hace referencia a la naturaleza del hombre. Nos quejamos de la falta de profundidad moral y humana de las personas, de cómo cada vez estamos más solos en esta vida y cada vez más hay más gente que, teniendo de todo, dice aquello de que “todo es una mierda”. No deja de resultar curioso lo poco que valoramos ese todo que antes no se tenía, pero realmente, en la práctica es así y los caminos que se emprenden, para lo bueno y para lo malo son hacia delante, tanto los individuales, como los colectivos (compuestos de otros individuales, claro).
El crecimiento personal de los humanos es, en mi opinión, el aspecto más importante sobre el que descansa nuestra existencia. Supongo que ya lo habríais intuido, pero ahora lo digo sin ambages. Es el más importante, y sin embargo, todo está pensado para que “no perdamos” el tiempo ni un solo instante en él, para que haya una cosa tras otra que nos entretenga y no nos demos cuenta de que ninguna de ellas realmente entretiene por otra cosa más que por la novedad, pero que su valor es ridículo. Es como cuando llegaban los reyes, jugabas un par de minutos con el He-Mán y después le prestabas más atención a la caja que lo envolvía. A mí me pasado, y sé que no soy el único. Había que conseguir otra cosa nueva, porque lo que hacía dos minutos lo era, ya estaba viejo y no valía para nada. Esto lo único que denota es la esencia de la vida humana en el cambio, pero entendido de una manera un poco corrompida y que nos hace dependientes de una manera absolutamente pavorosa. Imaginaos que de repente sólo tuviéramos asegurado el comer, el vestir y la vivienda, pero sin lujos ni historias… Sería la debacle. Multitudes enteras suicidándose en las cunetas de las carreteras, peña enloquecida andando y corriendo por las calles como zombis sin saber qué hacer, con qué entretenerse, con qué ocupar su tiempo. ¿O no?
No lo sé. Pero esta sociedad que ahora tenemos cada vez interesa menos a la gente, cada vez le cansa más, el hastío crece, y la experiencia de varios milenios ya nos dice que cuando eso ocurre, hay algo que hace avanzar al siguiente estadio. Los cambios ya sabemos que no surgen de los grandes movimientos sociales de los dos siglos pasados, eso está claro, pero la gente cada vez está más insatisfecha. Joder, la enfermedad de Occidente es la depresión, y cada vez más. Algo sucede alrededor, y como ha ocurrido siempre, algo viene. Sé que no lo voy a ver, pero esa conversación me ha dejado buen sabor de boca y algo más esperanza; me ha eliminado rencores y me ha dado otra perspectiva. Bueno, supongo que estabais esperando un texto lapidario de los míos, pero hoy no tocaba: hoy sólo tenía que ofrecer estos pensamientos.

Alberto Martínez Urueña 29-11-2010

Dos cosas fundamentales

Escribir textos cortos, aunque no lo parezca, y cuando se pretende que sea algo más que un simple comentario que cualquiera pueda escribir, es algo que desgasta bastante. Hay que rebuscar el tema, procurar no ser demasiado reiterativo, intentar aportar alguna visión novedosa, no resultar demasiado chabacano (aunque si ves la televisión, en concreto determinada mierda rosa, parece que se está poniendo peligrosamente de moda)… En fin, una serie de cuestiones que hace que te tengas que exprimir el seso, y a veces resulta innecesario. A ver, podría escribiros una vez a la semana, cogiendo algo insólito de eso que nuestros periodistas más avezados a veces nos ofrecen y con eso bastaba. Pero a mí no me basta.
Por eso, por ejemplo, hace poco os mande un par de poesías, o me saqué del tintero el hasta ahora más comentado texto, el de La casa, que al parecer os ha gustado bastante. Me alegro, y la verdad es que cuando empecé a redactarlo, supuso todo un reto para mí: no en vano, era la primera vez que me arriesgaba con algo semejante. Así que, lectores míos, habéis sido todos participes de una de mis primeras veces en algo.
La cuestión es que la vida entre Valladolid y Madrid a veces se hace bastante exigente en cuanto al tiempo, y si quiero compaginarlo con otras aficiones, no me queda más remedio que ir haciendo huecos. No vale eso de que en el tren tengo todos los días dos horas de espacio, porque por la mañana prefiero ir dormido y subsistir en esa batalla que es cada semana, y por la tarde también me gusta leer, así que no os creáis que es tan fácil.
De la lectura he hablado muchas veces, y en distintos tonos. Es uno de esos reductos en donde mis comentarios corren el riesgo de ser tachados de inmodestos, que es la forma amable de llamarle a uno pedante, como por ejemplo si os digo que mi libro favorito es El Quijote. No voy a entrar en la obvia disertación que se suele hacer sobre cosas que hasta hace bien poco eran sinónimo de cultura y ahora más bien de comentarios jocosos jaleados por jacas y jamelgos que se jactan de saber algo del tema y que hacen de barra de bareto su máximo conocimiento (y ojo, que como bien sabemos algunos, es un territorio inhóspito repleto de sabiduría y morralla a partes iguales). Vamos, que antes, por haberte leído a los clásicos se te admiraba y ahora se te mira como a un bicho raro. Lo curioso del tema es que los seres humanos no han cambiado nada en los últimos diez o quince mil años; se ve que lo que ha cambiado es la diana de su estupidez diáfana y obviamente congénita (por supuesto, me incluyo en el grupo, al menos por apariencia, pero no en este tema, quizá en otros).
Ese es uno de los principales conocimientos que se extraen de los libros; de leer no solo los libros que ahora se venden, esas basuras semánticas y lingüísticas en la mayoría de los casos, empaquetadas y servidas en su punto para el consumo rápido y el olvido presto (hay escritores actuales, muchos, que se salvan de esta salva de cañonazos, como por ejemplo Miguel Delibes), sino de leer también a Homero, a Alighieri, a Esopo, a Shakespeare… En esos libros, aparte de contener historias apasionantes (por mucho que el analfabetismo encubierto de nuestros días impida en muchos casos disfrutar o incluso llegar a entender lo que ofrecen), hay secretos escondidos para aquellos que quieren leer entre líneas (ya estaréis pensando aquello de pedante, porque claro, imagináis que me incluyo entre ellos, y por supuesto que lo hago) y que aportan determinados hitos que hacen que la vida de uno se ensanche, sin lugar a dudas.
Y os he puesto libros de nuestra oscarizada cultura occidental, pero cuando entras a mirar en los estantes a esas defenestradas y asquerosas culturas que comen perro, curry y especias a tutiplén, y te encuentras con obras como Tokyo Blues, de Murakami (de nuestra época, Japón), La novela de Genji (del siglo once después de Cristo), las Analectas de Confucio (ni os creeríais lo que hacía el tío cuando aquí íbamos en taparrabos) o los escritos de los sufíes hindúes, te quedas asustado de lo mucho que se parecen aquellas gentes a lo que somos ahora.
Al penetrar en obras como las que os cuento te percatas de dos cosas fundamentales. La primera de ellas es que las preocupaciones cotidianas de la gente no han cambiado ni un ápice desde que el hombre es hombre. Temas como currar para comer, conseguir comodidad y seguridad para tu familia, la necesidad de aceptación grupal, la necesidad de amar y ser amado y otras tantas son exactamente iguales en esos libros a lo que ahora nos preocupa. Incluido, curioso, esa retahíla que ahora se oye tanto sobre cómo la juventud de hoy en día se está echando a perder, como las cosas degeneran y se van a perder y olvidar. Ya en los tiempos de los primeros emperadores chinos existía esa preocupación, y aquí estamos desde entonces (estoy oyendo ya las voces de que “ahora es distinto”, cosa de la que se quejaban hace varios siglos).
La segunda cosa fundamental es la necesidad de trascendencia del hombre. Cada cultura lo ha intentado solucionar de una manera, pero está impregnada en todas ellas. Hay iluminados en todas las culturas a lo largo de toda su historia, igual que la cristiana. Existen personas que dicen que esa es una búsqueda absurda, y sin embargo parece estar impresa en nuestra esencia más profunda, por eso es común a todos los hombres desde antes de salir de la cueva, o de bajar del árbol, como prefiráis. No sé si es algo que tiene que ver con procesos bioquímicos o hay algo detrás llamado alma unida a un dios terrible y terrorista como el del antiguo testamento. Hay dejo eso, para otros textos.
Por tanto, vuelvo a decir a todo el mundo, os digo amigos míos, que, si tenéis tiempo en mitad de esas preocupaciones diarias que llevan ocupando al hombre desde la más oscura antigüedad, leáis. Coged el libro que sea y paladeadlo, y si no sabéis cuál, dejad que alguien de quien os fieis os aconseje. Es uno de los caminos hacia la esencia del hombre, hacia eso único que nos hemos traído desde que nos convertimos en lo que ahora vemos, como el miedo a las serpientes o el gusto por la belleza. Es decir, el camino hacia lo que somos.

Alberto Martínez Urueña 14-11-2010