viernes, 10 de diciembre de 2010

Más de lo mismo

Andaba yo el otro día pensando con esta mente roja y pecadora que dios me ha dado (lo siento por esos fachas opusdéicos, resulta que mi mente es obra de dios y no del diablo, por mucho que les jod…) como las realidades absolutas van cayendo una tras otra ante los atónitos observadores que se frotan los ojos sin ser capaces de aceptar que lo que está ocurriendo es tan real que un pellizco les haría soltar más sangre que a un marrano en San Martín.
Vivimos tiempos que hagan lo que hagan son de cambio, pues la definición de la realidad, ya desde tiempos del gran olvidado Heráclito, es de puro cambio y punto. Sólo los necios (que somos todos, ojo) somos capaces de negar la evidencia y hacer saltos mortales con la lógica para tratar de vestir un santo (nuestra permanente mentira) que está mucho mejor desnudo.
Así que con esas sentencias filosóficas de que alguna verdad absoluta hay, aunque no es posible explicarla con palabras (vano intento anterior el mío), andaba divagando y perdiendo el tiempo, hasta que me ha caído la bomba nuclear de pensar en economía (culpa del periodista de turno que parloteaba en la radio) y me he acordado de multitud de cosas que me han rondado todos estos interminables meses de crisis económica.
La primera de todas es que resulta que en todos los países del mundo civilizado (el incivilizado no cuenta, pues son más inteligentes que nosotros, pero con menos pasta en la cartera), sea cual sea el partido político que anduviera en la palestra gubernamental, le han caído palos a mansalva. Que se lo digan al primer ministro irlandés, firme defensor del conservadurismo y de medidas fiscales tales como que las empresas casi ni paguen impuestos, al souman francés que más de lo mismo, o a los restantes gobiernos europeos que para buscar en las gráficas sus índices de popularidad ya tienen que bajar al sótano. No hablo del nuestro para evitar chistes fáciles con los que el próximo año se me saturará el correo electrónico, en lo que hay elecciones.
Otra de las cosas curiosas de las crisis es que saca del baúl de los recuerdos a lo más facha del arco parlamentario, la extrema derecha, lo cual quiere decir que saca de los votantes el miedo cerval y por tanto con su papeleta defienden ideas que se acercan mucho a una de las vergüenzas europeas del siglo pasado. Preguntad a Suecia.
Pero si hablamos de economía, lo que más me gusta es constatar en todo esto como, esas personas que hacer un juego de manos lógico para defender la permanencia de un edificio que se ha caído a cachos, siguen en sus trece de que el sector privado es más eficiente que el público. Cada vez que oigo sus comentarios y al mismo tiempo veo como muchos de los bancos con esas triples aes tan renombradas hoy en día (máxima solvencia) se han ido al cuerno, una carcajada histérica en plan Gárgamel (para los menos mayores, el malo de los pitufos) pugna por salírseme de entre los dientes entre dolores abdominales. Entonces tengo que hacer ese esfuerzo tantas veces recomendado de hacer de tripas corazón y aceptar aquello de que hay que aceptar las ideas del contrario y ser tolerante con los demás.
Supongo que tendré que ser tolerante con esos piratas disfrazados de ejecutivos serios, con esos políticos autonómicos “responsables” que jamás dimiten y con esos alcaldes víctimas de la fama que otros guarrean. Supongo que tendré que ser tolerante con esa gente que opina que la sanidad y la educación debería privatizarse, tal y como está privatizado el sector inmobiliario. Imaginaros por un momento a Florentino Pérez y sus amigos, gestionando los hospitales de la ciudad que fuese, cobrando el coste de los tratamientos y sacando un cierto beneficio que después invertiría en sectores estratégicos para la economía nacional como serían Cristiano Ronaldo, Jorge Valdano o Zinedine Zidane. Y les pongo nombres para que lo veáis más claro.
Así que supongo que tendré que tolerar esas opiniones, pero entonces yo daré las mías, claro, y aquí va a haber ventisca. Creo que ya va siendo hora de que ciertos sectores estratégicos de este país, necesarios para que la gente viva con un mínimo de decencia sean de todos. Las cuestiones como las privatizaciones que se montó el señor del bigote para apuntarse el tanto de entrar en el euro no han salido tan bien como pensaban. Y si no, al dato: Telefónica, la compañía más cara y con el peor servicio de toda Europa. Ojo, no hablo de todos los sectores, ni hablo de todos los empresarios.
Y ahora, con el tema de la reforma del sector financiero más cachondeo. Para que os hagáis una idea, resulta que quieren reformar un sistema donde la bolsa es lo más grande, y es la misma bolsa la que indicará si funciona bien o mal su reforma. Esta reforma consiste en que la gente que se forra en ella, se forre un poco menos. ¿Me seguís? Pues esa es mi opinión. Quizá ellos tengan la sartén por el mango, pero desde luego no pienso comulgar con ruedas de molino, ni mucho menos asentir mientras la peña me mete la mano en el bolsillo. Vamos, más de lo mismo.

Alberto Martínez Urueña 23-11-2010

martes, 19 de octubre de 2010

La casa (parte III)

Corrió despavorido hacia la entrada. Los sentidos afilados por el miedo le arrojaron un sinfín de sombras danzarinas que, incuestionablemente, eran provocadas por “aquéllos” que le observaban desde las sombras. Sin fijarse en ninguno de los rincones, pero viéndoles todos, llegó hasta la puerta, jadeando de terror, y accionó el picaporte, deseando salir de aquella casa lo más rápido posible. No tardaría ni dos segundos en cruzar aquel jardín desvencijado y herrumbroso, en dejar atrás las nudosas zarpas de los árboles, en abandonar aquel reino de arbustos moribundos…
El picaporte giró, pero la puerta no se movió ni un solo centímetro. Francisco dio un alarido de pavor que habría helado las brasas del infierno y se tiró contra ella, tratando de derribarla. No se movió ni un ápice, y sintió una gélida corriente de aire en la nuca, intermitente, que le puso los pelos de punta. Supo sin lugar a dudas de que la casa se estaba burlando de él, divirtiéndose a su costa.
Corrió al salón y fue a las ventanas, pero estaban aseguradas con barrotes carcelarios y adornos sinuosos, que tenían una extraña similitud con la sonrisa macabra de algún duende. Trató de abrir una, pero no consiguió nada, como si al otro lado, una mano imperturbable tuviese aferrado el marco por fuera. Dio un grito e insultó sin criterio, ordenando al espíritu que le permitiese salir de allí. Fue cuando escuchó, sin lugar a dudas, una carcajada que llegaba del sótano de la casa. Si se hubiese mirado en el espejo de la entrada habría visto como, en segundos, se le quedó el pelo completamente blanco.
Salió del salón con el rostro ceniciento y desencajado, pasó por delante de los cuadros de los propietarios sin atreverse a mirarles y corrió por toda la planta baja. Todas las restantes ventanas estaban cerradas y con barrotes. La puerta de la cocina totalmente inmovilizada, como la de entrada. Al intentar abrirla, la puerta del sótano empezó a abrirse, y resonó una nueva carcajada, acompañada de arrastres de pies. Se quedó literalmente paralizado, algo en su cerebro se desconectó y se quedó mirando aquella boca abierta y negra que se le asemejó a la antesala del infierno.
“El miedo es el mayor enemigo del hombre”, le había dicho una vez su abuelo. Recordaba la cara seria y la voz grave del anciano, con los ojos delirantes de fiebre horas antes de morir de tuberculosis, cuando le llevaron a darle el último adiós. Con los ojos amarillentos, ya conectados con la muerte, le dio la última lección que pudo, y en aquellos momentos, desde luego, su abuelo había tenido una visión premonitoria.
El ruido de arrastre en las escaleras era tan palpable que le daba la sensación de que aquellos pasos le estaban pisando por la espalda, justo por encima de aquella sensación de gusanos fríos corriéndole por la espina dorsal.
“Ya eres mío”, dijo una voz cavernosa y húmeda que reverberó desde aquel pasadizo preparado para tragársele, y se extendió por todas las paredes, con una vibración maligna como sólo podía hacerlo una voz venida de otras dimensiones. Francisco sintió que el corazón estaba a punto de detenérsele, y entonces reaccionó y salió corriendo hacia la parte alta de la casa. Vendería caro su pellejo.
En la primera habitación que encontró, abrió a la puerta y se acercó hasta la ventana. Justo daba encima del porche delantero, sobre el tejado, así que no lo pensó más veces. Dio unos pasos hacia atrás cogiendo carrerilla y se lanzó contra la ventana.
Fue como toparse contra un muro granítico. La ventana se rompió, pero algo le detuvo justo a milímetros del límite que establecía el marco de madera, sintiendo como si le arrancasen algo del pecho con un dolor insuperable. Golpeó desesperado, pero una columna de materia invisible no cedía ni una sola fracción. A sus espaldas algo se movió, entre las tinieblas. En los reflejos de los cristales rotos vio el dintel de la puerta. Una figura encorvada, con los ojos brillantes en un rostro semioculto, acompañado por una infinita oscuridad.

Los amigos se cansaron de esperar y se acercaron a la valla. Estaban observando cuando vieron que una de las ventanas superiores se rompía y su amigo caía desde lo alto. Dieron un grito al verle desplomarse contra el tejado del porche y después rebotar contra las escaleras hasta llegar al suelo. Saltaron la valla y corrieron hasta él. Estaba completamente blanco, el pelo, el rostro ceniciento, los huesos rotos por el golpe.
Pero lo que más les aterrorizó fue la expresión de absoluto terror que reflejaban sus ojos muertos.
Lo que no pudieron explicar, ni tampoco la policía cuando llegó a estudiar los hechos acaecidos, fueron los gritos que escucharon después de muerto, las carreras por la casa, y los rugidos y amenazas, así como las carcajadas que se escucharon acto seguido. Francisco les veía por las ventanas de la casa, llamándoles, viendo su cuerpo muerto sobre la tierra, mientras aquella figura le perseguía por todos los recodos de la casa.

Alberto Martínez Urueña 16-10-2010

lunes, 4 de octubre de 2010

La casa (parte II)

Dio dos pasos hacia el interior, al pequeño recibidor. Traspasar aquel umbral fue más que un paso, más bien un salto a un precipicio, con una sensación de vértigo en el estómago semejante a la que había tenido cuando vio como atropellaban al perro Murphy de su vecino en la carretera. Tuvo la sensación de que una vibración reverberaba por las paredes y el suelo de madera, haciéndole resonar a él también junto con la casa, como una pieza más de aquel engranaje de madera.
Había un pequeño aparador de madera con la repisa de mármol con vetas negras. Los tiradores de los dos cajones centrales y de las puertecillas inferiores eran dorados, artesonados con flores, cubiertos de mugre. Encima se veía un espejo con el fondo descolorido, cuyo reflejo parecía distorsionado, como el fondo de un estanque en una tarde de viento: parecía que había algo más al otro lado del cristal al margen de la pared del frente, danzando un baile tétrico provocado por las motas de polvo que se movían caóticas por la corriente que dejaba la puerta abierta. En el reflejo dos cuadros, dos rostros reflejados que le observaban terribles desde la pintura.
Él era el señor Martín, el antiguo propietario de la casa, un viejo con el rostro retorcido en una mirada oblicua, severa y reprobadora, amenazante, que parecía advertirle sobre aquel allanamiento y sus consecuencias. Llevaba un capote negro sobre los hombros que le recordaba a pinturas antiguas, y que le daba el aspecto de un cuervo preparado para atacar a su víctima. Calvo y con la nariz aguileña, con aquellos ojillos hundidos en el cráneo pelado, le hacía sentir como si un depredador le observase.
El otro cuadro era de una mujeruca, la señora Rudiez, de labios hundidos, arrugas marcadas en su escarpado rostro y un pelo ceniciento recogido en un moño desaliñado. Se le veía el cuello de una blusa, almidonado y alto, y un colgante de un simbolismo extraño. Desde luego no era nada que hubiese visto anteriormente. El pintor debía ser un gran conocedor del alma humana, pues había recogido con perfecto detalle su mirada enloquecida de ojos saltones y febriles, como si al otro lado del artista se encontrase alguna puerta desconocida a un infierno escalofriante.
Ellos eran los últimos propietarios conocidos de la casa. Hacía ya más de treinta años que se había quedado deshabitada, y la ausencia de actividad en ella hacía parecer que estaba abandonada, en manos de algún acreedor, o de un banco. Habían muerto sin descendencia conocida, a pesar de que en el jardín había un parquecillo preparado para jugar. En aquellos años, debió de ser un lugar agradable con una fuentecilla y rincones sombreados. Hoy en día era un lugar herrumbroso y gemebundo, con los dedos nudosos de los árboles cerniéndose sobre los columpios, con la fuente seca convertida en cementerio de hojas.
No se sabía qué era lo que había pasado. En realidad, sí, pues los primeros en entrar en la casa aquella mañana habían sido los ayudantes del médico del centro de salud, un par de muchachos que vomitaron el estómago entero y después se regodearon en el bar del pueblo contando la imagen del dantesco asesinato y suicidio posterior de la señora Rudiez. Los niños elucubraban desde entonces y los rumores hablaban, comentaban cosas horribles, como que se paseaba por la casa exhalando risotadas y graznidos propios de un grajo, buscando a su marido para volver a matarlo de nuevo. Se decía que confundía a cualquiera que entrase en la casa con el difunto, y que le hacía todo tipo de atrocidades antes de comerse el corazón del desafortunado.
No contribuían especialmente a calmar aquellas historias el hecho de que el señor Martín había aparecido con el pecho abierto de par en par y eviscerado; tampoco las desapariciones de niños que, durante aquellos años, habían tachonado las efemérides del lugar. La verdad es que todas aquellas desapariciones había quedado debidamente justificadas: viajes por estudios, embarazados no deseados, un par de delitos menores y una muerte en accidente de carretera a decenas de kilómetros de allí. Sin embargo, como esas desapariciones no se habían acompañado del testimonio del desaparecido, alimentaban la imaginación de las mentes más etéreas.
Y desde luego, aquellos pensamientos no contribuían a calmar a Francisco. Se dio cuenta de que llevaba varios minutos, no sabía cuántos, mirando el rostro de aquellos dos personajes y dejando vagar su pensamiento por todas aquellas murmuraciones que recorrían el lugar desde hacía años.
Dio un par de pasos más hacia dentro, hasta la primera puerta a la derecha que daba al salón que había visto por la ventana. Sintiendo como los cuadros de la entrada le observaban fijamente, con sus ojos terribles, entró en la habitación cubierta de polvo. Allí había multitud de objetos que podría coger como prueba, pero justo en ese momento empezó a escucharlo. Un ruido. Leve, como un susurro, o más bien como un arrastre que empezaba y se detenía, empezaba y se detenía. Pies que se arrastraban en el piso superior.
El pelo de todo el cuerpo se le erizó y apunto estuvo de soltar un grito. Lo habría hecho de poder exhalar una palabra. Y casi estuvo a punto de perder el sentido cuando la puerta principal de la casa, con inusitada violencia, arrastrada por una corriente de aire repentina, se cerró de golpe.

Alberto Martínez Urueña 4-10-2010

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La casa (parte I)

Se alzaba ante sus ojos, enhiesta, arcaica, solemne. El maderamen parecía crujir como el casco de un barco antiguo, cuando las brisas marinas forzaban los mástiles y las junturas. El tejado a dos aguas parecía recordar el palo mayor, y los grajos que se posaban en todo lo alto eran estatuas tétricas que tocaban el cielo con sus plumas. Los graznidos eran terribles anuncios de algo desconocido que aguardaba bajo el influjo de la casa. Alzaba sus tejas de color oscuro de pizarra contra el cielo ennegrecido que amenazaba tormenta, con aquel viento desapacible tan típico en aquellas situaciones que levantaba el polvo de los caminos y hacía danzar a la hojarasca como pequeños duendecillos malignos que auguraban malos presagios.
El jardín descuidado durante tantos años no conservaba más que una ligera ilusión de lo que fue en aquellos días en que estuvo habitada y la alegría aún corría por sus senderos y entre sus parterres de arbustos y flores. De estos sólo quedaba algún resto podrido dentro de los círculos de piedras ya descoloridas y grisáceas, polvorientas, como si fuesen el altar de alguna religión demoníaca olvidada. Los árboles, víctimas del invierno y de las sequías estivales, se retorcían con las ramas despellejadas de sus hojas, alzándose para volver a caer, tratando de atrapar a los visitantes. Varios de ellos bordeaban el pasillo central, y según pasaba bajo tal arcada, le daba la sensación de que estaba entrando en otra dimensión. Si miraba para atrás, la puerta de la verja, de un óxido terroso, parecía como si empequeñeciese poco a poco, con sus dibujos endiabladamente atrenzados entre sí, en una lucha inmóvil por sobreponerse unos sobre otros, haciendo formas abstractas que según las mirabas con más detenimiento, las imágenes iban tomando forma en rostros agonizantes en un mar de olas tempestuosas, congeladas en un fúnebre grito previo a la visita de la parca. La antigua valla de piedra y hierro desvencijado y mohoso, con una capa de musgo verdoso en varias zonas de las lanzadas herrumbrosas, rodeaba todo el recinto como una dentadura de viejo cascarrabias que amenazaba con su gruñido e impelía a mantenerse al margen de lo que ocurría en aquel interior, ajeno a la vida moderna que corría en sus inmediaciones, como si los aires de ciencia y conocimiento del mundo externo no pudieran alcanzar a sus arcanas raíces.
Había algo en el aire, algún reducto de aquel tiempo en que la magia todavía existía y se percibía en el ambiente. Magia de aquel tiempo en que la bombilla incandescente aún no había desterrado las tinieblas de la noche a vagar en los cuentos de campamento. Según se adentraba por aquel pasadizo de ramaje muerto, de troncos con grabados de figuras inhumanas atrapadas y gritando en su corteza, de arbustos muertos y retorcidos, iba notando como la atmósfera se iba cargando poco a poco, como las ventanas del porche delantero se fijaban en sus temblorosos pasos y la puerta sonreía y le atraía hacia sus fauces. Habría salido corriendo, pero tenía que entrar y sacar alguna pieza de dentro para probar que se había atrevido a traspasar el umbral de aquel lugar terrorífico. Sería el hazmerreír de todo el colegio si no salía de allí con un pisapapeles, el marco de un cuadro o un simple adorno.
Delante suyo pasaron en una carrera frenética dos gatos, bufando y peleándose, haciendo que un gañido de terror estuviera a punto de desbordarle la garganta. Notó como las piernas estuvieron a punto de ceder y enviarle al polvo del camino. “¿Quién le mandaría meterse en semejante aventura?” Él no era ningún héroe, sólo un niño de doce años que acababa de apostarse un par de peonza y cuatro chapas de refresco. Allí estaba, a diez pasos de la escalera que daba al porche principal, con los pelos de punta, sintiendo los golpecitos del viento en su hombro y escuchando incesantes crujidos a su espalda. Se volvió una vez al escuchar uno más grande que otro. No había nada, ni nadie. Pero alguien le estaba mirando, eso lo tenía claro desde que dio el primer paso dentro de aquel jardín, y no eran sus amigos, que seguían su periplo desde la copa de un árbol de la calle, mirándole con el alma sobrecogida, sin atreverse a burlarse de él. Desde luego, cuando saliese de allí con el gancho de la chimenea, o cualquier otra cosa, no volverían a llamarle aquello de “gallina”, ni ninguna otra cosa desagradable.
Francisco dio otros tres pasos y subió las escaleras, escuchando con terror como la estructura crujía y amenazaba con romperse bajo su peso. Poco a poco, fue subiendo uno tras otro los escalones como si de un preso hacia el cadalso se tratase. El porche era oscuro y sucio, las vigas desportilladas, el aldabón partido y las ventanas repelentes con sus goznes dorados desprendidos como si de la piel de un enfermo de lepra se tratase, dejando entrever los jirones de antiguas cortinas que caían como el llanto de una plañidera, entreverados con telarañas que parecían sábanas de mortaja. Dio su último paso, se aferró al picaporte como un naufrago a la balsa que ha de salvarle la vida y lo giro. La puerta se abrió con un gemido agonizante, se desprendió algo de polvo del marco, y al fondo, sólo la negrura más espantosa que había visto nunca.

Alberto Martínez Urueña 27-09-2010

La última estocada (de momento)

Y ya vamos por equis elevado a la enésima potencia… Ya os conté lo entretenido que puede llegar a ser el metro de Madrid un lunes por la mañana atestado de gente sudorosa y ansiosa por llegar a su puesto de trabajo. Rodeado de toda esa maraña de personas dispuestas a dar el do de pecho por un país asolado por la tragedia del paro, me siento como un apátrida desechado del país más enojoso del mundo. Sarcasmo habemus de inicio, ya me pintan bastos desde las ocho de la mañana.
Me encanta, y me pongo a pensar cuántos de ellos serán los que se meten con los funcionarios porque somos unos vagos mientras sus reales conciencias les acucian en este nuevo día para partirse el espinazo en pro de la felicidad de sus conciudadanos mediante un trabajo eficiente y responsable y su consiguiente pago de impuestos para que nuestro Estado del Bienestar (con mayúsculas y elevado a los altares de la demagogia más asquerosamente democrática) siga elevando nuestro nivel de vida, se mantenga en las cotas elevadas que conocemos y se extienda a la mayor cantidad de personas posibles.
Ay, amigos, lo bien que nos iría a todos si estos primeros párrafos fuesen ciertos, y pudiésemos aplicárselos a esta gran tierra llamada España. Pero va a ser que no, que nuestros empresarios no nos dejan, y además nos criminalizan si estamos en el paro porque tenemos demasiados derechos, demasiadas indemnizaciones, somos unos incompetentes que con los medios de toda la vida (es decir decimonónicos) no somos capaces de elevar nuestra productividad las doce o más horas que curramos. Vemos cómo después de que nos han provocado una crisis de cojones en base a un sistema demoníaco capitalista neoliberal, de salvar el culo remojado a los bancos con ayudas cuyas cifras se escapan a nuestro entendimiento, nos hacen responsables de la quema aplicando políticas de contracción del gasto público, subida de impuestos y pérdida de derechos laborales al más puro estilo Ronald Reagan. Ya van dos ideas, y seguimos.
Me asombra ver cómo las críticas de la situación actual, en el plano financiero y económico, han hecho que a los funcionarios nos caigan palos desde todas direcciones (más desde los lobbys a favor de las privatizaciones masivas para así poder hacer regalos a compañeros de pupitre, claro está) en base a una serie de derechos que deberían tener todos los trabajadores de este primer mundo tan brillante por fuera pero que luego resulta que a poca gente le gusta demasiado. Ya escribí hace unos meses sobre ello, así que no me voy a extender. La cuestión viene a que la prensa se ha hecho eco de un dato que dicho así, sin más, te queda más frío que un cubito de hielo en Siberia y es la deuda de los clubes de fútbol. Ojo, cuando hablamos de esta deuda no estamos hablando de que no paguen a sus trabajadores el dinero que les deben (algún caso hay, pero no es de estos de los que hablo) sino que no pagan sus impuestos. Hablamos de más de seiscientos millones de euros de deuda a Hacienda y a la Seguridad Social, hablamos de déficit público, de recorte del gasto, de reducción de salarios mientras que ese negocio deportivo no paga semejante barbaridad de dinero, y aquí nadie dice nada, y si lo dicen, es de refilón. Y los funcionarios, que no tenemos nada que ver en el tema, nos tenemos que tragar sin pan ni nada que nos toquen la bisectriz cuando vienen torcidas y nos bajen el sueldo, con aplauso generalizado de las cuatro ratas de siempre, mientras a ellos les pagan las entradas, los abonos y las camisetas.
Es un esperpento lógico lo que ocurre en este país. Da la sensación de que nos tratan como a bobos y nos dejamos, o algo parecido. La organización administrativa y burocrática, el reparto de competencias territoriales con todos sus edificios, coches, asesores, altos cargos, magutas y profesionales del cazo, los políticos demagogos y agresivos, carentes de todo sentido de Estado son una burla ideológica y un asesinato al sentido común. Pero no es eso lo que más me duele, desde luego. Lo que más me duele es que aquí o bien se justifica todo, o bien les envidiamos, o bien ya tenemos el culo desensibilizado y da igual quien nos la clava. Ya no sólo es que votemos cada cuatro años a PSOE o PP que nunca han hecho nada por evitar todo lo anterior y además lo van aumentando ante los ojos atónitos del espectador al ver que ya casi ni se preocupan en disimular. Además, seguimos favoreciendo a piratas y bucaneros disfrazados con traje y gomina que nos roban (no pagar impuestos es un robo a toda la nación y al que no le duela es que no le da para más), entrando en su juego despiadado porque es más divertido consumir cualquier basura que nos ofrezcan a pensar que nos tratan de estúpidos (a pesar de que sepamos perfectamente que lo hacen). Voy a dejar de escribir estos textos por un tiempo, porque es más de lo mismo una y otra vez, y al final para lo único que me vale es para hacerme mala sangre. Pero como suelo decir en mis canciones (quien quiera que las escuche con atención): “mientras pueda no participar en esto que os den”. No es cuestión de largarte a vivir en una cueva, sólo es mirar a ver qué es necesario y qué no. Y no me da la gana pagarle el yate a presidentes de equipos de fútbol que se me están cachondeando en las narices.


Alberto Martínez Urueña 20-09-2010