viernes, 10 de diciembre de 2010

Una nueva perspectiva

Suele sucederme que la mayoría de las cosas que se me ocurren vienen como una tenue brisa de viento. Son de esas cosas que estás en mitad de cualquier lugar, ya sea la calle, un bar, en la cama… y de repente empiezas a notar algo a tu alrededor que se mueve. No sabes muy bien qué es, pero está ahí, lo notas, y a veces se materializa en una serie de conceptos e ideas que puedes plasmar sobre un papel.
Eso mismo me sucedió el otro día, en una conversación con un amigo, charlando sobre temas de esos profundos con que de vez en cuando os doy la tabarra. Cada vez menos, creo. Andábamos con esas historias de que si la peña últimamente está más o menos vacía que antes, que si la gente no tiene un norte o rumbo al que tirar… Bueno, imagino que todos en algún momento hemos sacado ese tema, lo hemos tratado con más o menos seriedad, para después quedarnos con cara de póker y continuar donde habíamos dejado lo anterior. No porque sea poco importante, si no porque esas conversaciones muchas veces no dan para muchas palabras por dos motivos: el primero es que entramos en un tema que es complicado de explicar; y el segundo, porque normalmente estamos de acuerdo en lo genérico, y en lo particular siempre dejamos la coletilla de que “cada uno sabe por dónde anda” o aquello de que “todo el mundo tiene su punto de vista”. Supongo que es cierto en alguna medida, pero no sé cuál.
La cuestión es que andábamos en esas enfrascados, y me di cuenta de varias cosas, que pretendo reunir en dos grupos.
El primero de ellos hace referencia un tema del que os hablé hace poco, creo, o si no lo hago ahora, y es que después de leer libros de varias épocas de la literatura, y os hablo desde Homero hasta Gabriel García Márquez (pongo nombres para que veáis la amplitud del asunto), me he dado cuenta de que el problema de que las generaciones venideras están echando a perder lo poco que teníamos es tan recurrente que al final parecen plagios unos de otros. Desde que Paris, el de Troya resultó ser un cobarde, pasando por la degeneración de la China del siglo sexto A.C. o la hecatombe vaticinada en los Cien años de soledad para las generaciones de los Buendía, la preocupación porque los jóvenes van a traernos el Apocalipsis en tan general que ya seríamos la especie que más veces se habría extinguido en la Historia de esta piedra a la que llamamos La Tierra.
El segundo grupo de cosas hace referencia a la naturaleza del hombre. Nos quejamos de la falta de profundidad moral y humana de las personas, de cómo cada vez estamos más solos en esta vida y cada vez más hay más gente que, teniendo de todo, dice aquello de que “todo es una mierda”. No deja de resultar curioso lo poco que valoramos ese todo que antes no se tenía, pero realmente, en la práctica es así y los caminos que se emprenden, para lo bueno y para lo malo son hacia delante, tanto los individuales, como los colectivos (compuestos de otros individuales, claro).
El crecimiento personal de los humanos es, en mi opinión, el aspecto más importante sobre el que descansa nuestra existencia. Supongo que ya lo habríais intuido, pero ahora lo digo sin ambages. Es el más importante, y sin embargo, todo está pensado para que “no perdamos” el tiempo ni un solo instante en él, para que haya una cosa tras otra que nos entretenga y no nos demos cuenta de que ninguna de ellas realmente entretiene por otra cosa más que por la novedad, pero que su valor es ridículo. Es como cuando llegaban los reyes, jugabas un par de minutos con el He-Mán y después le prestabas más atención a la caja que lo envolvía. A mí me pasado, y sé que no soy el único. Había que conseguir otra cosa nueva, porque lo que hacía dos minutos lo era, ya estaba viejo y no valía para nada. Esto lo único que denota es la esencia de la vida humana en el cambio, pero entendido de una manera un poco corrompida y que nos hace dependientes de una manera absolutamente pavorosa. Imaginaos que de repente sólo tuviéramos asegurado el comer, el vestir y la vivienda, pero sin lujos ni historias… Sería la debacle. Multitudes enteras suicidándose en las cunetas de las carreteras, peña enloquecida andando y corriendo por las calles como zombis sin saber qué hacer, con qué entretenerse, con qué ocupar su tiempo. ¿O no?
No lo sé. Pero esta sociedad que ahora tenemos cada vez interesa menos a la gente, cada vez le cansa más, el hastío crece, y la experiencia de varios milenios ya nos dice que cuando eso ocurre, hay algo que hace avanzar al siguiente estadio. Los cambios ya sabemos que no surgen de los grandes movimientos sociales de los dos siglos pasados, eso está claro, pero la gente cada vez está más insatisfecha. Joder, la enfermedad de Occidente es la depresión, y cada vez más. Algo sucede alrededor, y como ha ocurrido siempre, algo viene. Sé que no lo voy a ver, pero esa conversación me ha dejado buen sabor de boca y algo más esperanza; me ha eliminado rencores y me ha dado otra perspectiva. Bueno, supongo que estabais esperando un texto lapidario de los míos, pero hoy no tocaba: hoy sólo tenía que ofrecer estos pensamientos.

Alberto Martínez Urueña 29-11-2010

Dos cosas fundamentales

Escribir textos cortos, aunque no lo parezca, y cuando se pretende que sea algo más que un simple comentario que cualquiera pueda escribir, es algo que desgasta bastante. Hay que rebuscar el tema, procurar no ser demasiado reiterativo, intentar aportar alguna visión novedosa, no resultar demasiado chabacano (aunque si ves la televisión, en concreto determinada mierda rosa, parece que se está poniendo peligrosamente de moda)… En fin, una serie de cuestiones que hace que te tengas que exprimir el seso, y a veces resulta innecesario. A ver, podría escribiros una vez a la semana, cogiendo algo insólito de eso que nuestros periodistas más avezados a veces nos ofrecen y con eso bastaba. Pero a mí no me basta.
Por eso, por ejemplo, hace poco os mande un par de poesías, o me saqué del tintero el hasta ahora más comentado texto, el de La casa, que al parecer os ha gustado bastante. Me alegro, y la verdad es que cuando empecé a redactarlo, supuso todo un reto para mí: no en vano, era la primera vez que me arriesgaba con algo semejante. Así que, lectores míos, habéis sido todos participes de una de mis primeras veces en algo.
La cuestión es que la vida entre Valladolid y Madrid a veces se hace bastante exigente en cuanto al tiempo, y si quiero compaginarlo con otras aficiones, no me queda más remedio que ir haciendo huecos. No vale eso de que en el tren tengo todos los días dos horas de espacio, porque por la mañana prefiero ir dormido y subsistir en esa batalla que es cada semana, y por la tarde también me gusta leer, así que no os creáis que es tan fácil.
De la lectura he hablado muchas veces, y en distintos tonos. Es uno de esos reductos en donde mis comentarios corren el riesgo de ser tachados de inmodestos, que es la forma amable de llamarle a uno pedante, como por ejemplo si os digo que mi libro favorito es El Quijote. No voy a entrar en la obvia disertación que se suele hacer sobre cosas que hasta hace bien poco eran sinónimo de cultura y ahora más bien de comentarios jocosos jaleados por jacas y jamelgos que se jactan de saber algo del tema y que hacen de barra de bareto su máximo conocimiento (y ojo, que como bien sabemos algunos, es un territorio inhóspito repleto de sabiduría y morralla a partes iguales). Vamos, que antes, por haberte leído a los clásicos se te admiraba y ahora se te mira como a un bicho raro. Lo curioso del tema es que los seres humanos no han cambiado nada en los últimos diez o quince mil años; se ve que lo que ha cambiado es la diana de su estupidez diáfana y obviamente congénita (por supuesto, me incluyo en el grupo, al menos por apariencia, pero no en este tema, quizá en otros).
Ese es uno de los principales conocimientos que se extraen de los libros; de leer no solo los libros que ahora se venden, esas basuras semánticas y lingüísticas en la mayoría de los casos, empaquetadas y servidas en su punto para el consumo rápido y el olvido presto (hay escritores actuales, muchos, que se salvan de esta salva de cañonazos, como por ejemplo Miguel Delibes), sino de leer también a Homero, a Alighieri, a Esopo, a Shakespeare… En esos libros, aparte de contener historias apasionantes (por mucho que el analfabetismo encubierto de nuestros días impida en muchos casos disfrutar o incluso llegar a entender lo que ofrecen), hay secretos escondidos para aquellos que quieren leer entre líneas (ya estaréis pensando aquello de pedante, porque claro, imagináis que me incluyo entre ellos, y por supuesto que lo hago) y que aportan determinados hitos que hacen que la vida de uno se ensanche, sin lugar a dudas.
Y os he puesto libros de nuestra oscarizada cultura occidental, pero cuando entras a mirar en los estantes a esas defenestradas y asquerosas culturas que comen perro, curry y especias a tutiplén, y te encuentras con obras como Tokyo Blues, de Murakami (de nuestra época, Japón), La novela de Genji (del siglo once después de Cristo), las Analectas de Confucio (ni os creeríais lo que hacía el tío cuando aquí íbamos en taparrabos) o los escritos de los sufíes hindúes, te quedas asustado de lo mucho que se parecen aquellas gentes a lo que somos ahora.
Al penetrar en obras como las que os cuento te percatas de dos cosas fundamentales. La primera de ellas es que las preocupaciones cotidianas de la gente no han cambiado ni un ápice desde que el hombre es hombre. Temas como currar para comer, conseguir comodidad y seguridad para tu familia, la necesidad de aceptación grupal, la necesidad de amar y ser amado y otras tantas son exactamente iguales en esos libros a lo que ahora nos preocupa. Incluido, curioso, esa retahíla que ahora se oye tanto sobre cómo la juventud de hoy en día se está echando a perder, como las cosas degeneran y se van a perder y olvidar. Ya en los tiempos de los primeros emperadores chinos existía esa preocupación, y aquí estamos desde entonces (estoy oyendo ya las voces de que “ahora es distinto”, cosa de la que se quejaban hace varios siglos).
La segunda cosa fundamental es la necesidad de trascendencia del hombre. Cada cultura lo ha intentado solucionar de una manera, pero está impregnada en todas ellas. Hay iluminados en todas las culturas a lo largo de toda su historia, igual que la cristiana. Existen personas que dicen que esa es una búsqueda absurda, y sin embargo parece estar impresa en nuestra esencia más profunda, por eso es común a todos los hombres desde antes de salir de la cueva, o de bajar del árbol, como prefiráis. No sé si es algo que tiene que ver con procesos bioquímicos o hay algo detrás llamado alma unida a un dios terrible y terrorista como el del antiguo testamento. Hay dejo eso, para otros textos.
Por tanto, vuelvo a decir a todo el mundo, os digo amigos míos, que, si tenéis tiempo en mitad de esas preocupaciones diarias que llevan ocupando al hombre desde la más oscura antigüedad, leáis. Coged el libro que sea y paladeadlo, y si no sabéis cuál, dejad que alguien de quien os fieis os aconseje. Es uno de los caminos hacia la esencia del hombre, hacia eso único que nos hemos traído desde que nos convertimos en lo que ahora vemos, como el miedo a las serpientes o el gusto por la belleza. Es decir, el camino hacia lo que somos.

Alberto Martínez Urueña 14-11-2010

Más de lo mismo

Andaba yo el otro día pensando con esta mente roja y pecadora que dios me ha dado (lo siento por esos fachas opusdéicos, resulta que mi mente es obra de dios y no del diablo, por mucho que les jod…) como las realidades absolutas van cayendo una tras otra ante los atónitos observadores que se frotan los ojos sin ser capaces de aceptar que lo que está ocurriendo es tan real que un pellizco les haría soltar más sangre que a un marrano en San Martín.
Vivimos tiempos que hagan lo que hagan son de cambio, pues la definición de la realidad, ya desde tiempos del gran olvidado Heráclito, es de puro cambio y punto. Sólo los necios (que somos todos, ojo) somos capaces de negar la evidencia y hacer saltos mortales con la lógica para tratar de vestir un santo (nuestra permanente mentira) que está mucho mejor desnudo.
Así que con esas sentencias filosóficas de que alguna verdad absoluta hay, aunque no es posible explicarla con palabras (vano intento anterior el mío), andaba divagando y perdiendo el tiempo, hasta que me ha caído la bomba nuclear de pensar en economía (culpa del periodista de turno que parloteaba en la radio) y me he acordado de multitud de cosas que me han rondado todos estos interminables meses de crisis económica.
La primera de todas es que resulta que en todos los países del mundo civilizado (el incivilizado no cuenta, pues son más inteligentes que nosotros, pero con menos pasta en la cartera), sea cual sea el partido político que anduviera en la palestra gubernamental, le han caído palos a mansalva. Que se lo digan al primer ministro irlandés, firme defensor del conservadurismo y de medidas fiscales tales como que las empresas casi ni paguen impuestos, al souman francés que más de lo mismo, o a los restantes gobiernos europeos que para buscar en las gráficas sus índices de popularidad ya tienen que bajar al sótano. No hablo del nuestro para evitar chistes fáciles con los que el próximo año se me saturará el correo electrónico, en lo que hay elecciones.
Otra de las cosas curiosas de las crisis es que saca del baúl de los recuerdos a lo más facha del arco parlamentario, la extrema derecha, lo cual quiere decir que saca de los votantes el miedo cerval y por tanto con su papeleta defienden ideas que se acercan mucho a una de las vergüenzas europeas del siglo pasado. Preguntad a Suecia.
Pero si hablamos de economía, lo que más me gusta es constatar en todo esto como, esas personas que hacer un juego de manos lógico para defender la permanencia de un edificio que se ha caído a cachos, siguen en sus trece de que el sector privado es más eficiente que el público. Cada vez que oigo sus comentarios y al mismo tiempo veo como muchos de los bancos con esas triples aes tan renombradas hoy en día (máxima solvencia) se han ido al cuerno, una carcajada histérica en plan Gárgamel (para los menos mayores, el malo de los pitufos) pugna por salírseme de entre los dientes entre dolores abdominales. Entonces tengo que hacer ese esfuerzo tantas veces recomendado de hacer de tripas corazón y aceptar aquello de que hay que aceptar las ideas del contrario y ser tolerante con los demás.
Supongo que tendré que ser tolerante con esos piratas disfrazados de ejecutivos serios, con esos políticos autonómicos “responsables” que jamás dimiten y con esos alcaldes víctimas de la fama que otros guarrean. Supongo que tendré que ser tolerante con esa gente que opina que la sanidad y la educación debería privatizarse, tal y como está privatizado el sector inmobiliario. Imaginaros por un momento a Florentino Pérez y sus amigos, gestionando los hospitales de la ciudad que fuese, cobrando el coste de los tratamientos y sacando un cierto beneficio que después invertiría en sectores estratégicos para la economía nacional como serían Cristiano Ronaldo, Jorge Valdano o Zinedine Zidane. Y les pongo nombres para que lo veáis más claro.
Así que supongo que tendré que tolerar esas opiniones, pero entonces yo daré las mías, claro, y aquí va a haber ventisca. Creo que ya va siendo hora de que ciertos sectores estratégicos de este país, necesarios para que la gente viva con un mínimo de decencia sean de todos. Las cuestiones como las privatizaciones que se montó el señor del bigote para apuntarse el tanto de entrar en el euro no han salido tan bien como pensaban. Y si no, al dato: Telefónica, la compañía más cara y con el peor servicio de toda Europa. Ojo, no hablo de todos los sectores, ni hablo de todos los empresarios.
Y ahora, con el tema de la reforma del sector financiero más cachondeo. Para que os hagáis una idea, resulta que quieren reformar un sistema donde la bolsa es lo más grande, y es la misma bolsa la que indicará si funciona bien o mal su reforma. Esta reforma consiste en que la gente que se forra en ella, se forre un poco menos. ¿Me seguís? Pues esa es mi opinión. Quizá ellos tengan la sartén por el mango, pero desde luego no pienso comulgar con ruedas de molino, ni mucho menos asentir mientras la peña me mete la mano en el bolsillo. Vamos, más de lo mismo.

Alberto Martínez Urueña 23-11-2010

martes, 19 de octubre de 2010

La casa (parte III)

Corrió despavorido hacia la entrada. Los sentidos afilados por el miedo le arrojaron un sinfín de sombras danzarinas que, incuestionablemente, eran provocadas por “aquéllos” que le observaban desde las sombras. Sin fijarse en ninguno de los rincones, pero viéndoles todos, llegó hasta la puerta, jadeando de terror, y accionó el picaporte, deseando salir de aquella casa lo más rápido posible. No tardaría ni dos segundos en cruzar aquel jardín desvencijado y herrumbroso, en dejar atrás las nudosas zarpas de los árboles, en abandonar aquel reino de arbustos moribundos…
El picaporte giró, pero la puerta no se movió ni un solo centímetro. Francisco dio un alarido de pavor que habría helado las brasas del infierno y se tiró contra ella, tratando de derribarla. No se movió ni un ápice, y sintió una gélida corriente de aire en la nuca, intermitente, que le puso los pelos de punta. Supo sin lugar a dudas de que la casa se estaba burlando de él, divirtiéndose a su costa.
Corrió al salón y fue a las ventanas, pero estaban aseguradas con barrotes carcelarios y adornos sinuosos, que tenían una extraña similitud con la sonrisa macabra de algún duende. Trató de abrir una, pero no consiguió nada, como si al otro lado, una mano imperturbable tuviese aferrado el marco por fuera. Dio un grito e insultó sin criterio, ordenando al espíritu que le permitiese salir de allí. Fue cuando escuchó, sin lugar a dudas, una carcajada que llegaba del sótano de la casa. Si se hubiese mirado en el espejo de la entrada habría visto como, en segundos, se le quedó el pelo completamente blanco.
Salió del salón con el rostro ceniciento y desencajado, pasó por delante de los cuadros de los propietarios sin atreverse a mirarles y corrió por toda la planta baja. Todas las restantes ventanas estaban cerradas y con barrotes. La puerta de la cocina totalmente inmovilizada, como la de entrada. Al intentar abrirla, la puerta del sótano empezó a abrirse, y resonó una nueva carcajada, acompañada de arrastres de pies. Se quedó literalmente paralizado, algo en su cerebro se desconectó y se quedó mirando aquella boca abierta y negra que se le asemejó a la antesala del infierno.
“El miedo es el mayor enemigo del hombre”, le había dicho una vez su abuelo. Recordaba la cara seria y la voz grave del anciano, con los ojos delirantes de fiebre horas antes de morir de tuberculosis, cuando le llevaron a darle el último adiós. Con los ojos amarillentos, ya conectados con la muerte, le dio la última lección que pudo, y en aquellos momentos, desde luego, su abuelo había tenido una visión premonitoria.
El ruido de arrastre en las escaleras era tan palpable que le daba la sensación de que aquellos pasos le estaban pisando por la espalda, justo por encima de aquella sensación de gusanos fríos corriéndole por la espina dorsal.
“Ya eres mío”, dijo una voz cavernosa y húmeda que reverberó desde aquel pasadizo preparado para tragársele, y se extendió por todas las paredes, con una vibración maligna como sólo podía hacerlo una voz venida de otras dimensiones. Francisco sintió que el corazón estaba a punto de detenérsele, y entonces reaccionó y salió corriendo hacia la parte alta de la casa. Vendería caro su pellejo.
En la primera habitación que encontró, abrió a la puerta y se acercó hasta la ventana. Justo daba encima del porche delantero, sobre el tejado, así que no lo pensó más veces. Dio unos pasos hacia atrás cogiendo carrerilla y se lanzó contra la ventana.
Fue como toparse contra un muro granítico. La ventana se rompió, pero algo le detuvo justo a milímetros del límite que establecía el marco de madera, sintiendo como si le arrancasen algo del pecho con un dolor insuperable. Golpeó desesperado, pero una columna de materia invisible no cedía ni una sola fracción. A sus espaldas algo se movió, entre las tinieblas. En los reflejos de los cristales rotos vio el dintel de la puerta. Una figura encorvada, con los ojos brillantes en un rostro semioculto, acompañado por una infinita oscuridad.

Los amigos se cansaron de esperar y se acercaron a la valla. Estaban observando cuando vieron que una de las ventanas superiores se rompía y su amigo caía desde lo alto. Dieron un grito al verle desplomarse contra el tejado del porche y después rebotar contra las escaleras hasta llegar al suelo. Saltaron la valla y corrieron hasta él. Estaba completamente blanco, el pelo, el rostro ceniciento, los huesos rotos por el golpe.
Pero lo que más les aterrorizó fue la expresión de absoluto terror que reflejaban sus ojos muertos.
Lo que no pudieron explicar, ni tampoco la policía cuando llegó a estudiar los hechos acaecidos, fueron los gritos que escucharon después de muerto, las carreras por la casa, y los rugidos y amenazas, así como las carcajadas que se escucharon acto seguido. Francisco les veía por las ventanas de la casa, llamándoles, viendo su cuerpo muerto sobre la tierra, mientras aquella figura le perseguía por todos los recodos de la casa.

Alberto Martínez Urueña 16-10-2010

lunes, 4 de octubre de 2010

La casa (parte II)

Dio dos pasos hacia el interior, al pequeño recibidor. Traspasar aquel umbral fue más que un paso, más bien un salto a un precipicio, con una sensación de vértigo en el estómago semejante a la que había tenido cuando vio como atropellaban al perro Murphy de su vecino en la carretera. Tuvo la sensación de que una vibración reverberaba por las paredes y el suelo de madera, haciéndole resonar a él también junto con la casa, como una pieza más de aquel engranaje de madera.
Había un pequeño aparador de madera con la repisa de mármol con vetas negras. Los tiradores de los dos cajones centrales y de las puertecillas inferiores eran dorados, artesonados con flores, cubiertos de mugre. Encima se veía un espejo con el fondo descolorido, cuyo reflejo parecía distorsionado, como el fondo de un estanque en una tarde de viento: parecía que había algo más al otro lado del cristal al margen de la pared del frente, danzando un baile tétrico provocado por las motas de polvo que se movían caóticas por la corriente que dejaba la puerta abierta. En el reflejo dos cuadros, dos rostros reflejados que le observaban terribles desde la pintura.
Él era el señor Martín, el antiguo propietario de la casa, un viejo con el rostro retorcido en una mirada oblicua, severa y reprobadora, amenazante, que parecía advertirle sobre aquel allanamiento y sus consecuencias. Llevaba un capote negro sobre los hombros que le recordaba a pinturas antiguas, y que le daba el aspecto de un cuervo preparado para atacar a su víctima. Calvo y con la nariz aguileña, con aquellos ojillos hundidos en el cráneo pelado, le hacía sentir como si un depredador le observase.
El otro cuadro era de una mujeruca, la señora Rudiez, de labios hundidos, arrugas marcadas en su escarpado rostro y un pelo ceniciento recogido en un moño desaliñado. Se le veía el cuello de una blusa, almidonado y alto, y un colgante de un simbolismo extraño. Desde luego no era nada que hubiese visto anteriormente. El pintor debía ser un gran conocedor del alma humana, pues había recogido con perfecto detalle su mirada enloquecida de ojos saltones y febriles, como si al otro lado del artista se encontrase alguna puerta desconocida a un infierno escalofriante.
Ellos eran los últimos propietarios conocidos de la casa. Hacía ya más de treinta años que se había quedado deshabitada, y la ausencia de actividad en ella hacía parecer que estaba abandonada, en manos de algún acreedor, o de un banco. Habían muerto sin descendencia conocida, a pesar de que en el jardín había un parquecillo preparado para jugar. En aquellos años, debió de ser un lugar agradable con una fuentecilla y rincones sombreados. Hoy en día era un lugar herrumbroso y gemebundo, con los dedos nudosos de los árboles cerniéndose sobre los columpios, con la fuente seca convertida en cementerio de hojas.
No se sabía qué era lo que había pasado. En realidad, sí, pues los primeros en entrar en la casa aquella mañana habían sido los ayudantes del médico del centro de salud, un par de muchachos que vomitaron el estómago entero y después se regodearon en el bar del pueblo contando la imagen del dantesco asesinato y suicidio posterior de la señora Rudiez. Los niños elucubraban desde entonces y los rumores hablaban, comentaban cosas horribles, como que se paseaba por la casa exhalando risotadas y graznidos propios de un grajo, buscando a su marido para volver a matarlo de nuevo. Se decía que confundía a cualquiera que entrase en la casa con el difunto, y que le hacía todo tipo de atrocidades antes de comerse el corazón del desafortunado.
No contribuían especialmente a calmar aquellas historias el hecho de que el señor Martín había aparecido con el pecho abierto de par en par y eviscerado; tampoco las desapariciones de niños que, durante aquellos años, habían tachonado las efemérides del lugar. La verdad es que todas aquellas desapariciones había quedado debidamente justificadas: viajes por estudios, embarazados no deseados, un par de delitos menores y una muerte en accidente de carretera a decenas de kilómetros de allí. Sin embargo, como esas desapariciones no se habían acompañado del testimonio del desaparecido, alimentaban la imaginación de las mentes más etéreas.
Y desde luego, aquellos pensamientos no contribuían a calmar a Francisco. Se dio cuenta de que llevaba varios minutos, no sabía cuántos, mirando el rostro de aquellos dos personajes y dejando vagar su pensamiento por todas aquellas murmuraciones que recorrían el lugar desde hacía años.
Dio un par de pasos más hacia dentro, hasta la primera puerta a la derecha que daba al salón que había visto por la ventana. Sintiendo como los cuadros de la entrada le observaban fijamente, con sus ojos terribles, entró en la habitación cubierta de polvo. Allí había multitud de objetos que podría coger como prueba, pero justo en ese momento empezó a escucharlo. Un ruido. Leve, como un susurro, o más bien como un arrastre que empezaba y se detenía, empezaba y se detenía. Pies que se arrastraban en el piso superior.
El pelo de todo el cuerpo se le erizó y apunto estuvo de soltar un grito. Lo habría hecho de poder exhalar una palabra. Y casi estuvo a punto de perder el sentido cuando la puerta principal de la casa, con inusitada violencia, arrastrada por una corriente de aire repentina, se cerró de golpe.

Alberto Martínez Urueña 4-10-2010