miércoles, 1 de septiembre de 2010

Vocación y economía

Esto es como todo, no me queda más remedio que reconocer determinadas cosas. En esta columna en la que suelo meter caña a diestro y siniestro con toda la patente de corso que me place (que me perdone Reverte por la apropiación del término) a veces no queda otra que agachar un poco la testuz y dejar que caiga alguna colleja en cuello propio. Digo esto porque según pasan los años me voy dando cuenta de que, en gran medida, tenemos la costumbre de criticar aquello que nos toca la bisectriz, pero tenemos bastante cuidado para no hacerlo con lo que nos beneficia. Cuando no lo justificamos, que queda más cuco e individualista.
Todo esto viene al respecto de un tema del que creo que ya después de varios años y mucha baba goteada puedo tratar con cierta tranquilidad. Es un tema de esos en que cada uno tendrá su opinión, pero a mí me toca la moral tanto directa como indirectamente, pues supone una demostración más de lo limpio y democrático que supone el sistema en el que vivimos, regido por una mano invisible y asentimental como es aquella mano del libre mercado y capitalista que nos lleva en fila hacia las cumbres de la sublimación humana. No cabía en mí de estupor al ver, observando los números clausus, esos que tanto pánico dan cuando te estás jugando entrar en la carrera que más te gustaría cursar, la nota que se pide para acceder a Medicina: más de un 12. Semejante barbaridad pensaréis que es imposible, pero es que con el nuevo modelo de selectividad en donde además del examen puedes presentarte a otros para subir nota, hace que se llegue a este aparente sinsentido.
Hace que recuerde aquellos años en que directamente ni me plantee la posibilidad de hacer esa carrera, la cual había sido mi vocación desde muy pequeño, y mi primer descarte al ver que no era capaz de sacar las notas que requería tal objetivo en el periplo colegial. Hace que recuerde, como digo, que no fue una de esas tragedias que te curas echando agua y mocos por la cara; más bien fue algo cocinado un poco a fuego lento, que no te achanta demasiado, pero se queda en la pelota girando de vez en cuando a contracorriente. Ahora lo puedo contar sin que me rechine algo entre los huesos, aunque siga siendo motivo de empecinada frustración y rebeldía contra ese sistema de precios y valoraciones donde las vocaciones, el esfuerzo y las ilusiones se miden en términos de escasez y demanda. Pura economía.
Pura y prístina como riachuelo de montaña, pero contaminada desde el nacimiento por conceptos como sueldo, cuenta corriente, prestigio, estatus social… Digo esto más que nada porque de otra manera no lo entiendo, no creo que haya tantas personas a las que les guste el tema de estar viendo sangre y tripas todos los días, hace falta estar tan atontado como éste que os escribe para que te apetezca estar las horas muertas escuchando las miserias de los parias de esta sociedad nuestra, que son los que llevan en el cuerpo los estigmas de la enfermedad y la muerte, tabúes como nunca conoció antes agrupación humana.
Supongo que habrá médicos que al leer esto pensarán que son las divagaciones de algún enfermo mental, marginado social o reaccionario visceral. Supongo que tengo algo de todo esto, porque de momento los años no me atemperan la mala baba cuando me pongo a escribir estos telares. Lo siento por uno de vosotros que me dijo hace tiempo que dejase de aleccionar y me dedicase más a la lírica, pero después de escribir el texto anterior de “El tuerto”, me apetecía quedarme a gusto con éste. Dirán los más sabios que yo que exigiendo esas calificaciones (distinto a cualificaciones, y mucho menos a actitudes) se aseguran escoger a las personas más avezadas de nuestro excelso país. Creo yo que sería más adecuado apretar las tuercas durante la carrera y que sólo la acabasen aquellos que se dedicasen con el suficiente esfuerzo a la tarea de ser un buen conocedor de la teoría necesaria y de la práctica adecuada (ya comentaremos el sistema educativo en otro momento). Además, se rumorea por esas calles que existe un gran déficit de profesionales de este campo, pero sin embargo, las plazas universitarias dedicadas a esta cuestión cada vez son menores. Porca incongruencia a la que nos vemos sometidos.
Nada, ya lo dejo, no voy a contaros nada más de la cuestión. Diréis que suficiente tengo con ser funcionario y tener tiempo de mandaros estos correos, y supongo que tendréis razón (total, sólo para que supieseis que quise ser médico). Como os decía al principio, nos quejamos de lo que nos toca en cierta zona, pero no de lo que nos favorece. A mi me tocó olvidarme de aquello para lo que sentía que había nacido, y ahora me toca andar buscando ilusiones laborales por los rincones del despacho. Quizá algún día de la chistera salga un conejo y con un “voilá!” sea yo el primer sorprendido ante la satisfacción de una dedicación medianamente plena. Mientras tanto, seguiremos en la picota con estos textos.
Alberto Martínez Urueña 13-08-2010

viernes, 13 de agosto de 2010

El tuerto

Había perdido el ojo cuando tenía cuatro años. Era bastante feo, desde luego, con una rara enfermedad en la piel que le otorgaba un color rojizo, como un alemán en las playas españolas durante el mes de Julio. Por otro lado, sus padres habían tenido la deferencia de no preocuparse de su dentadura, ni cuando empezaron a salirle los dientes unos por detrás de otros, así que una muestra de alegría en su rostro le convertía el gesto en algo más parecido a una estatua de Chillida. No había tenido suerte, desde luego, pero tampoco le había afectado demasiado a su estado de ánimo: era una persona bastante alegre y procuraba sacar el lado positivo de las cosas. No en vano, sabía que lo que consiguiese, se lo debería a él mismo, y se arrojaba sin problemas a la realización de sus proyectos con toda la ilusión del mundo. Sin embargo, debido por un lado a su aspecto, y por otro, a una falta total de picaresca y torcida intención, siempre acababa perdiendo la carrera contra cualquier competidor a que se enfrentase.
Vivía en una región en donde a cierta edad la gente siempre buscaba la seguridad grupal de sus semejantes. Según nacieses, así podías saber cuál era el país que te correspondía, y por lo tanto, los que tenían un aspecto saludable, con una buena forma física y una mentalidad exitosa se distribuían en uno y las personas con determinadas deficiencias físicas o psíquicas, se marchaban al que les correspondiese.
Nuestro protagonista tenía el problema de no sabía muy bien si su sitio se encontraba con los tullidos, con los inocentes, con los deficientes… Desde luego, con los deficientes mentales no, porque tenía la suficiente frente como para darse cuenta de que guapo no era; pero tampoco con los intolerantes, pues dejaba que cada uno tuviese su propia opinión y forma de hacer las cosas, por mucho que le parecieran equivocadas. Claro, ante tal situación, la sensación de angustia de nuestro chico iba creciendo de manera exponencial, ya que la primera y más absoluta regla de aquella región (podemos llamarla región cultural, zona, o como queráis) consistía en la adscripción a uno de sus subconjuntos para que, tanto el interesado como el resto de los componentes, supiese a qué atenerse.
Le dio un poco al cerebro, tratando de encontrar una salida suficientemente satisfactoria para todos, ya otro de los principios fundamentales era la complacencia con los rigores impuestos por la gran mayoría, y una conditio sine qua non para empezar a considerar a nadie como miembro de pleno derecho de tales lugares.
Al final optó, siguiendo un refrán que alguien le dijese en algún momento, que el mejor de los lugares en el que podría encontrarse era en la región de los ciegos. No en vano, él era tuerto, y sus principales defectos físicos que podrían obligarle a entrar en otra agrupación no serían percatados por el resto de sus conciudadanos. Sin darle más vueltas, convencido de la irrefutable secuencia lógica que encaminaba sus pasos, cruzó las puertas del que se convertiría en su nuevo hogar.
Nada qué decir al principio: sus previsiones se cumplieron al completo, la gente le trató con total familiaridad y sin recelos aparentes: no en vano, era uno de los suyos. Nuestro protagonista no había conocido nunca tamaña sensación de pertenencia y seguridad, de apego y cariño por personas que le trataban con absoluta dedicación. Y claro, él tenía que aportar algo a cambio del tesoro que recibía. Para ello, un día de reunión les describió con todo detalle la belleza del lugar en que se encontraban, ya que a pesar de ser ciegos, les había correspondido un lugar con una naturaleza de vistosos colores, de cielos limpios y un océano que refulgía bajo la luz del sol con unas tonalidades verdeazuladas que competían con la mejor obra de arte. Pero el resultado de su regalo no pudo ser más nefasto. Tened en cuenta de la situación: un tuerto en el país de los ciegos, siempre se ha dicho que sería el rey. Nada más lejos de la realidad. A los ciegos ni se les pasó por la cabeza que entre ellos pudiera haber uno que pudiera ver lo que aquel sujeto les estaba contando: no en vano, aquel era el país de los ciegos, y por definición, era imposible por tanto que pudiera hacerles tal descripción. Rápidamente llegaron a la conclusión más lógica de todas: estaba totalmente loco y trastornado, y para esto, esa cultura tenía una solución, que era aceptada por todos los países. Habían reservado un lugar para ellos, para los locos, y en ese lugar no se entraba de manera voluntaria, era el único (en el resto, por supuesto que sí, porque ¿quién no va a querer la seguridad y placidez del abrazo grupal, esa sensación de pertenencia que era lo que hacia las delicias todos ellos). De esta manera, por supuesto, nuestro protagonista acabó en la región de los locos. Nadie sabe muy bien qué fue de él, ya que a nadie se le ocurre dejar su agrupación una vez que entra, y de la región de los locos no sale nadie, por supuesto. Imaginaos que caos se podría producir con casos como éste que os cuento.

Alberto Martínez Urueña 12-08-2010

jueves, 8 de julio de 2010

Prolífiko

No lo pongo como ejemplo de nada. No pretendo, desde luego, hacer en esta columna exhibición o chulería. Son cosas que de repente llegan a tu vida y, cuando lo piensas, dices “¿por qué no?”
Me he encontrado con personas que me preguntan los porqués de tal inclinación, y la verdad es que para esa cuestión no encuentro otra respuesta que la simple y llana de porque quiero, sin más. Me estoy refiriendo por supuesto a esa costumbre que tengo de hacer música rap.
¿Por qué hacer una música así? No voy a dar explicaciones de ello, porque me parecería absurdo, y quedaría totalmente parcializado por mi gusto. Y al final el gusto no es nada más que eso, y lo demás pamplinas. Podría darle a la lengua diciendo que es una música rebelde, que por otro lado es la idea inicial, pero no es la única que tiene ese carácter. Quizá por la métrica, el ritmo, las letras, la temática… Sin embargo, nada de eso podría dar un contenido medianamente objetivo a ninguna explicación que pretendiese dejaros. No hay más explicación de que es lo que me gusta hacer y me gustaría seguir haciéndolo el mayor tiempo posible.
Es algo que sorprende a la mayoría, cuando ven a un tipo más o menos tranquilo, con más o menos ciertas ideas… Bueno, eso que visteis en mí la primera vez que me visteis, qué bobadas. Desde luego, de eso sabéis más vosotros que yo. La cuestión es que allá por el año dos mil uno descubrí lo que era este mundillo y me lancé a por él, identificado por completo en lo que se hacía y significaba. Tampoco es que me lanzase demasiado a muerte, es la verdad; he tenido siempre poca valía para saber entrar en estos lugares y, del mismo modo que no he sabido intentar entrar en el mundillo literario con mis escritos, tampoco he sabido entrar en el circuito de la música salvo por cuatro o cinco conciertos que tenido la suerte y el privilegio de compartir con mi amigo Larry Dance, y en dos de ellos con un gran tipo como Tisho. En pocas situaciones me he sentido tan bien, a pesar de que entre el público hubiese a veces poco interés, o hubiese simplemente cuatro gatos, o como en el último de los que dimos en Quintanilla de Onésimo, del que prefiero no hablar demasiado. Los presentes, como Abusón, sabrán de lo que hablo.
Sé que este estilo de música, al margen de los últimos tres o cuatro años, es algo minoritario en España. Todo son críticas y prejuicios lo que he escuchado, muchas veces por personas que no han escuchado en su vida una canción con un mínimo de interés (mucho menos un disco). No sé, hay algo en el ambiente que lo convierte en poco menos que despreciable, incluso por gente que le gusta la música electrónica que carece de cualquier tipo de mensaje (o yo no sé pillarlo). Eso quizá deja las aspiraciones de ser medianamente conocido bastante más alejado que si me hubiese dado por las rumbitas, como a Melendi, pero supongo que el hado del Parnaso nos toca a cada uno por donde quiere. Aparte que tampoco me veo con rastras, cantando rumbas y enloqueciendo niñas.
Pero el principal motivo porque el que me encuentro llamado por este estilo es porque fue una de las maneras en las que se me permitió abrirme el pecho y enseñar de manera artística lo que llevo dentro. Fue esa llamada que si no la has sentido no voy a quemarte la cabeza con explicaciones, pero de la que se habla por activa y por pasiva en ciertas composiciones. Fue un amor que se forjó lento pero seguro desde que Santi me presentó a “El club de los poetas violentos” y su maqueta “Madrid, Zona bruta”, en la que el pollo sale en los agradecimientos, allá por el año mil novecientos noventa y seis; que se asentó en el coche de Jimmy, con los “Violadores del Verso” en el dos mil uno, y su disco “Vicios y virtudes”, y que después explotó gracias a los primeros que me acompañaron en aquellos incipientes pasos, como el ya nombrado Larry Dance, aquella Puta élite que se reunía en el Master con Dj Neza, Suko y Lucifer y toda la escuadra que llevaban detrás, como Ámese o el Piri. Fueron buenos tiempos y guardo un agradecimiento para cada uno de ellos, por más que el tiempo nos fuese llevando a cada uno por nuestro sitio. Algunos siguen a mi lado, y otros algo más lejos, pero siempre en el rincón de mis recuerdos que les corresponde.
Hay quien dice que no valgo para nada en esto, y otros a los que les gusta más o menos. Coincidencias haylas en que las letras no tienen desperdicio, pero luego que si hay muchos tacos, que si son muy oscuras, muy agresivas, que no se sabe qué es eso…
Yo escribo para dar una perspectiva, una perspectiva oscura la mayoría de las veces, una parte de la vida que creo que está ahí, dura y más o menos explícita, reivindicativa, bastante agresiva, metafórica y siempre muy sincera. Trato de evitar que ciertas cosas caigan en el olvido, que la mente no se adormezca, que ciertas cosas no pasen de soslayo. Unas veces porque creo que es bueno para el que escucha y otras veces en honor a los que me refiero en las letras. Es mi música, mi elección y mis discos. Escribo en metáforas y símiles, aviso para navegantes: obviamente si digo alguna barbaridad no es que esté deseando que se mueran los feos.
Y todo esto viene a cuento de que saco nuevo disco, para el que no lo supiera ya. Producido por Parda13, el sello de Larry Dance, dieciocho canciones que espero que no dejen indiferente a nadie que lo escuche, aunque lo que sea que pueda aportar sea asco. Y las secuencias lógicas que deshilo están ahí, para el que sepa escucharlas, que no hay por qué estar de acuerdo, pero desde luego, creo que hacen pensar en lo que hay a nuestro alrededor. Espero que aporte algo a los que lo escuchen. Los que lo oigan, que lo disfruten.

Alberto Martínez Urueña 8-07-2010

martes, 15 de junio de 2010

Conexiones

El niño echó la vista atrás, hacia el sendero de sus innumerables instantes de vida y contempló la convivencia humana, a lo lejos, en la Historia.
Sumo dos más dos y le salió uno, y no supo entender aquellas cuentas. Usando piedras, las ponía una después de otra sobre una línea trazada sobre la tierra, y al final acababa por no distinguir unas de otras, ni éstas del suelo; y si se acercaba demasiado, lo que era uno se disparaba hacia el infinito. Ofuscado, levantó una de ellas y la lanzó contra las otras, que se quebraron y se desperdigaron haciendo giros y piruetas.
Se sentó en la orilla del precioso lago multicolor que tenía delante, frente a la cascada que otorgaba reflejos de arco iris sobre las ondas que provocaba ésta en la superficie. Un par de ánades navegaban sobre el agua, cabalgando entre los parpadeos de luz que le llegaban, y se podía ver el fondo tachonado de peces de vivos colores.
Las gotas en suspensión se elevaban sobre la espuma formada por la caída del agua, las ondas se extendían una tras otra en una cíclica carrera eterna, las gotas cubrían a los ánades y los peces parecían suspendidos en un baile sinuoso en el centro mismo del fluido. ¿Dónde acababa el lago y dónde empezaba el aire? ¿Hasta dónde se filtraban las moléculas de agua entre las plumas de las aves y entre las escamas de los peces? ¿Acaso podía vislumbrar donde se encontraba la frontera entre unos y otros? ¿Dónde estaba la frontera entre lo que era indiferenciado? ¿Dónde se encontraba la distinción entre grupos y personas, entre sociedades, países, regiones, culturas, comunidades…, todos esos grupos que había visto a lo largo de la Historia? Levantó una piedra, totalmente frustrado, y la arrojó al lago, los pájaros elevaron su vuelo y los peces se agitaron asustados, alejándose; pero con esto no cesó su enojo.
Se imagino por un momento que no existiese fronteras, ni distinciones y que todo estuviera interconectado, como en una red neuronal en la que cada una de las células tuviese influencia sobre el resto de las mismas y sobre la totalidad que conformaban, y le dio tal vértigo que lo dejó apartado para otra ocasión mejor, pues el miedo que le provocó fue de una inmensidad superior a la del Universo, e inmutable en sus consecuencias como la atracción gravitacional.
Al día siguiente, tumbado sobre su cama, sintió aquella cuestión asaltándole de nuevo, pero esta vez no se desmoronó, y meditó profusamente sobre ella. Se imaginó que los actos de las personas fuesen lo bastante importantes en sí mismos como para tener relevancia para el grupo, pero que fuesen lo suficiente irrelevantes como para no ser determinantes, salvo cuando se convertían en costumbres. Esto supondría que las actuaciones de cada una de las personas tendrían influencia sobre el resto, haciendo suma o resta de las consecuencias que trajesen, pero que al no ser determinantes excepto cuando fuesen reiterativos y aceptados, no sería excesivamente relevante los fallos que se pudieran cometer.
Rehuyendo de los aspectos materiales y demostrables por la física actual, si aceptase otras consideraciones menos ortodoxas, todo lo que hiciera tendría repercusiones sobre lo que le rodease. Sería la consecuencia de la fusión e inseparabilidad de todo lo que le rodeaba, la pérdida de su propia individualidad y su unión con el entorno. Cualquier cosa mala que realizase se lo estaría realizando a sí mismo y a los demás, a los que fuese estúpidamente dirigido por considerarles sus enemigos y a los que no quisiera dañar nunca. La responsabilidad era enorme, y la decisión inevitable. El chico la tomó independientemente de lo estúpida que pudiese resultar para sus semejantes (no habló de esto a los demás, de todos modos, pues sabía con que gesto le mirarían). Tampoco pretendió convencer a nadie, no en vano, sólo con tratar de hacer bien las cosas ya estaba ayudando a la totalidad de la que era parte, y tal era su objetivo.
Hoy en día justificamos las conductas inapropiadas de toda índole porque son algo común, porque la influencia de uno solo sobre el resto es nimia o porque errar es de humanos. Además, abogamos por no ser el pardillo de turno, ser el listo que sabe sacar ventaja sobre el resto con picardía, difuminando con juegos malabares lo que es ser inteligente con una zorra de gallinero, única y exclusivamente por el miedo que nos da que nos traten de tontos. Todo en pro de descargarnos de la responsabilidad que devienen de nuestros actos y que podrían ser más amplios de lo que nuestra complacencia nos dicta. Algo dentro nuestro, ilocalizable, nos dice que esto es así, pero lo acallamos con nuestras comodidades, el ruido de que nos rodeamos, nuestro estrés, nuestro cansancio diario y nuestra vagancia. Si la intuición del niño fuese cierta, las consecuencias serían de una magnitud inigualable, y demostraría de una vez por todas que la humanidad camina unida e inseparable hacia el destino que, como una entidad individual formada por múltiples elementos, ella misma se forje, sin poder refugiarnos nunca más en la insignificancia del individuo.

Alberto Martínez Urueña 15-06-2010

viernes, 4 de junio de 2010

Funcionarios, o como ajustar cuentas

Bueno, pues ya después de tantas vueltas y zarandeos con los últimos textos, y haber dado mucho la paliza con mis quejas y mi caótico raciocinio, voy a ir concluyendo con mis peroratas políticas. Y os prometí que lo haría con el tema de los funcionarios y las medidas que se han adoptado estos últimos días.
Me sirve también para decir que ha quedado clara la calaña de determinados medios de comunicación echando a nuestra espalda la culpa de que España esté como está, comentarios que sólo valen para echar ponzoña por la boca y vender periódicos, como cuando echamos al entrenador y no a los jugadores: si no tenemos la culpa cuando la economía crece, tampoco la podemos tener cuando ocurre lo contrario. El Estado del Bienestar que disfrutamos se sostiene sobre la existencia de un Sector Público como el nuestro, y abogar por su desaparición (o reducción sistemática) únicamente es defendible por quienes tienen el suficiente dinero como para pagar de su bolsillo determinados servicios que otros han de solicitar en hospitales, colegios, viviendas de protección oficial y una serie de etcéteras que, además de para que esas personas puedan llevar una vida digna, sirven para mostrar de nuevo la indigencia moral de los que querrían ver desaparecer todas estas cuestiones, al alegrarse por la desgracia ajena.
Esa gentecilla está en contra de los funcionarios, es decir, de los maestros, de los médicos, etcétera, y de los que hacen posible que este sistema se sostenga. Es cierto que no es el mejor de todos, pero su desaparición nos devolvería a la Edad Media. La solución más bien estriba en tratar de dar una buena estructura al Sector Público, no en hacerlo desaparecer, cosa que tienen claro en los países donde mejor se vive del mundo; y desde luego, no confundir políticos con funcionarios, que no tienen nada en común, salvo la especie, o eso se sospecha. Dinamitar de esta manera nuestro sistema, en lugar de tratar de mejorarlo, nos puede traer consecuencias mucho peores; pero claro, con esto pasará como con lo de invertir en lo que realmente se necesita, como con lo de las cortinas de humo, como con lo de olvidarnos rápidamente quienes son los culpables, con lo de la demagogia política, el fraude fiscal y un largo etcétera que he tratado de exponer en los anteriores textos.
No me cansaré de decir que la situación del país es un reflejo de la sociedad que somos y en la que participamos cada uno de los ciudadanos que lo componemos. Un país orgulloso de sus equipos de fútbol y en el que sus empresarios no tienen reparos en invertir en jugadores en lugar de en sectores productivos al mismo tiempo que echan a la calle a cuatro millones de personas y argumentan luego que despedir en España es muy caro. Un país en el que evasores de impuestos y alcaldes corruptos son aplaudidos y apoyados en horario de máxima audiencia junto con personas que cobran dinerales por no hacer nada más que pisotear nuestro acerbo cultural. Un país que lleva viviendo por encima de sus posibilidades más de una década a base de pedir prestado y que considera razonable que se haga negocio con el sector inmobiliario, sector básico para subsistencia de los ciudadanos. Habrá periodistas que se han forrado con el boom inmobiliario que dirán que de esto tienen también la culpa los funcionarios, o que esto no explica nuestra idiosincrasia y lugar en el mundo occidental. Y que nadie diga que no me gusta España, pero desde luego no somos el país más serio de nuestro entorno.
Volviendo con los funcionarios… A nosotros no nos ha hecho nunca caso nadie, ni los unos ni los otros, luego no tenemos responsabilidad de nada. Pagamos las crisis con congelaciones y ahora recortes salariales, pero no nos tienen en cuenta a la hora de poder aportar soluciones. Técnicos altamente cualificados les dicen por activa y por pasiva a los gobernantes de turno lo que tienen que hacer (por ejemplo lo del fraude fiscal disparado y su posible solución lo oía yo en el año 2002, asignatura de Política Económica Española, con Baudelio Urueña a la cabeza), y luego ellos se lo pasan por el arco del triunfo y, claro, acaba con olores de cloaca. No les queda más remedio, pues eliminaríamos muchas de las supuestas diferencias y fisuras del sistema democrático que les da de comer con su pábulo y su demagogia.
Por eso, lo que nos cabrea, a mí y a la mayoría de mi gremio, no es que nos pidan un esfuerzo, si no que sólo lo hacemos nosotros, y encima nos toca solucionar la incompetencia política al mismo tiempo que soportamos críticas que en nada pueden aplicársenos, realizadas por bestezuelas de la campiña mediática que hablan sin tener ni idea de qué va esta vaina, con discursos partidistas y orientados hacia su propia conveniencia, que sirven para que sus lectores babeen mientras ven como les dan la razón como a los tontos. Si no fuese porque no cobramos cuando hacemos huelga, propondría una de tres o cuatro meses, a ver cómo les iba a todos los que dicen que somos culpables e innecesarios cuando les empezasen a faltar los servicios públicos básicos por falta de empleados y de recursos, y a la salida de urgencias, tiritando de fiebre, les atracase algún chorizo de los de a pie, que son los más honrados.
Alberto Martínez Urueña 2-06-2010