jueves, 12 de noviembre de 2009

La memoria retroactiva

No deja de resultar una de las cosas que más ha conseguido maravillarme en estos veintinueve años tan inocentemente llevados. Es como si descubrieses una y otra vez que los niños no vienen en puente aéreo desde París, que los Reyes Magos no son tres, si no dos (aprovecho para decir que odio a Papá Noel, una vez más) (compruébese el tono metafórico), o que el tío que hay al otro lado de la televisión no te puede observar también a ti. No en vano, antes o después nos damos cuenta de que esas cosas no son malas de descubrir, pues lo del tema de los niños deviene en algo más divertido, lo de los Reyes Magos te acerca con los años un poco más a tus padres y lo de la televisión en determinadas circunstancias y programas viene bastante bien. Al tema que me refiero en estos momentos es hasta dónde puede llegar el olvido y el autoengaño humano que, si lo asemejamos un poco con la estupidez equina atribuida a las personas, sabemos por Einstein que es infinita.

La cuestión al respecto es cómo la normalidad se nos vuelve en poco tiempo algo arcaico y deleznable, mientras que aquello que antes nos parecía absurdo, bárbaro o impensable, se nos vuelve el cachondeo padre más habitual. Os preguntaréis que a qué viene esta forma de empezar el texto de esta semana, y es que parece que la divina providencia me ha puesto en la tesitura de plantearme todo esto en un mismo día varias veces.

Al margen del espectáculo tan bochornoso que está dando, para mi placer más execrable y licencioso, mi eterno enemigo Real Madrid (algún día explicaré por qué le tengo tanto asco a ese equipo, lamento las sensibilidades heridas), he podido comprobar cómo el tiempo resquebraja las realidades que antes eran inmutables y las vuelve objeto de debate. También me preguntaba cómo el tema de que los piratas somalíes tienen patrocinador europeo no se le había ocurrido a nadie antes (de ahí el tema de la ceguera), o como la curia apostólica protesta porque políticos voten a favor de una ley del aborto que sale ahora y no intentasen eliminar la que había antes. Que para las mentes olvidadizas, en España se puede abortar desde hace más de veinte años, y por la vía de los daños mentales para la madre entraba cualquier cosa. Y el sujeto del que hablaré a continuación, con su mayoría absoluta no la derogó (podía haberlo hecho), y ahora dice que el aborto es una perversión. Según esta regla de tres, dejó al país viviendo en la perversidad esos cuatro años.

Sigo, como decía, por una situación de las que más me toca personalmente la moral, una de esas en las que tienes que dar la razón a un sujeto al que nunca esperabas tener que dárselas, y en este caso es al bandolero de Aznar (como había quedado suficientemente claro antes). El otro día salía en la Universidad de Murcia diciendo, con el motivo de su nombramiento como catedrático de Ética (el tío es Inspector de Hacienda), que los políticos tienen que ir más allá de su presunción de inocencia, y eso es algo que llevo yo pensando mucho tiempo, pero que no me apropiaré de ello no sea que se lo haya registrado como propiedad intelectual. Viene al cuento de la memoria retroactiva porque si hay algo que a ese señor se le pueden poner varios ejemplos como el anterior en el tintero.

La segunda de las cosas que me ha venido hoy a la cabeza, así, bóbilis bóbilis, es la del patio de vecinas que se vuelven las Cortes Generales al menos una vez a la semana con el tema del control al Gobierno. Bien es sabido por el pueblo llano aunque les pese, que en este campo sociológico (hay hasta una carrera en la que les enseñan Ciencias Políticas, que siempre me ha intrigado un huevo de pato cuál será su plan de estudios) es el más dado a tener una memoria más volátil que la gasolina, al igual que incendiaria, y con tal de no moverse del sitio les hay que se grapan las nalgas a la butaca sin perder la sonrisa.

La cuestión es que como al final aquí todos queremos tener la razón cuando decimos (el menda incluido), y muchas veces nos da igual lo que atropellamos. Me encanta ver cómo el partido de la oposición echa pestes de los nacionalismos con los que pacta cuando está en el Gobierno; o como hablan de reformas de una Ley Electoral que a los que la conocemos mínimamente nos da vergüenza explicar a los amigos; o como cuando sabes, porque lo sabes, que el alcalde de tu pueblo es un chorizo y vas a aplaudirle cuando se le llevan con grilletes. Luego nos preguntamos qué pasa en este país, pero la clase política no es sino una pequeña muestra del acerbo social que llevamos dentro. O si no, preguntadme cuál es la frase que más he oído desde que he sacado las oposiciones y soy funcionario; imagino que sabéis perfectamente de lo que hablo.

La cuestión, y a lo que venía todo esto, es que conviene muchas veces, en esa sociedad de esperpéntica rapidez en la que vivimos, parar un momento el carro y mirar hacia atrás para ver qué es lo que pasa, para ver cuáles son los autoengaños en los que vivimos cómodamente instalados. Y aunque muchas veces no quede más remedio que tragar con lo que nos rodea, tampoco es necesario dar cuartelillo a las mentiras que nos quieran ir colando, porque aunque a veces nos parezca que no, no es lo mismo hacerte el tonto y dejar que pase, a decir abiertamente que estás hasta los refajos del calzoncillo. Además, esto no es ir de rebelde o hacer que la sangre se te ponga a dar gritos, sólo es hacer un mínimo ejercicio personal de inconformismo cierto, no el que los anuncios de la tele pretenden vendernos. Y es que hay un trecho bastante largo de los disturbios antisociales a mirarte de vez en cuando la chepa a ver quién se ha subido.

Alberto Martínez Urueña 11-11-2009

El lugar de donde somos

Si os soy sincero, la verdad, es que este país nuestro al que tanto quiero no deja de sorprenderme un día sí y otro también. Hace ya un tiempo tuve la idea de escribir sobre lo que me propongo hacer hoy, y pero no recuerdo muy bien el motivo de no hacerlo. Ahora que ya se me ha subido la bilis a la garganta, creo que no es mal momento de dejar escapar presión de la caldera y dejar salir el tren de mi punto de vista.

Según las últimas encuestas de medios a los que no haré alusión para evitar tiranteces iniciales, o para evitar que se ponga en cuestión desde el principio lo que digo (obviamente la encuesta no es cosecha propia), los españoles de a pie como la mayoría de nosotros, o de a coche por necesidades del guión, hemos elevado la corrupción política por encima del terrorismo en la escala de preocupaciones, que ya es decir mucho con esos desalmados de la pistola dispuestos a matar en cualquier momento. Más que nada, porque siempre se ha dicho aquello de que los políticos son todos iguales, y ese tipo de cosas, pero ahora que nos lo airean con nombres y apellidos, y que les vemos defenderse como gato panza arriba aferrados cual garrapata perruna a sus escaños, parece que el tema tiene más enjundia que hace unos meses cuando los alcaldes de varios municipios de la costa murciana y alrededores salían esposados como Curro Jiménez de sus respectivos señoríos (al final es lo que se creen que tienen). Ahora que las televisiones se han puesto a sacar casos investigados por la fiscalía anticorrupción, o como narices se llame el organismo encargado de hurgar en ese tipo de basura, que parece que no huele hasta que Matías Prat o Ana Blanco lo sacan en sus respectivas franjas horarias y entonces es que apesta, es el momento de hablar de ello sin miedo a que alguno de vosotros, lectores, me acuse de demagogia o de extremista radical.

Está bien eso que dicen los que todavía no han visto su nombre en titulares de no meter en la misma saca a todos los políticos, sentando las bases de una posible defensa en plan capa de agua para cuando esto empiece a salpicar por todos lados. La cara de indignación de los dirigentes políticos es de libro y perfectamente ensayada cuando sus amigos de los pueblos vecinos (porque no se dejen engañar, aquí son amigos todos, y como muy bien se ha encargado de decir el barbas, aquí las listas electorales al final las hace quien las hace y ponen a quien ellos quieren) salen retratados con cara circunspecta en diarios de tirada nacional, salvándose ellos como las ratas de un barco que se hunde o como los ricachos del Titánic, con mucho de eso de “no toleraré”, “el que la hace, la paga” y frases que llevamos escuchando cosa de treinta años en este país (en la época de Franco nadie se atrevía a decirles nada a los dirigentes untados). Sin embargo, hay cosas para las que los políticos sí que son iguales, como por ejemplo trazando círculos imaginarios y estancos alrededor suyo en donde las responsabilidades políticas (y hablo de responsabilidades políticas, no penales) no entran, no son capaces de traspasar esa línea hábilmente marcada. Porque el que la hace, la paga, sí; pero todavía no he visto aceptar responsabilidades a los que han puesto a esos sujetos en el cargo y luego han mirado hacia otro lado mientras el tío agarraba los billetes de quinientos machacantes a dos manos.

Claro, es muy complicado para los políticos, dignos ellos en sus altas esferas y torres de cristal, ver como la costa levantina se ha ido convirtiendo en puro estercolero de casas, residencias veraniegas, refugio de mafiosos, de infracciones urbanísticas y lugar para que señores de la liga de fútbol profesional inviertan sus bien ganados millones a los cuales les retienen para que contribuyan a las políticas sociales y otra clase de historias según sea su procedencia (creía que la jeta de esa gente no podía alcanzar las cotas a las que están llegando). Que no me parece mal tener una casita a pie de playa para cuando llegan las vacaciones, o que la gente se quiera sacar unas perrillas montando un hotel de superlujo en Valencia, pero no tengo tan claro que sean necesarias siete u ocho (por poner un número) y construidas sobre acantilados que antes eran un descanso para el buscador de paisajes bellos, o sobre las arenas de playas que de preciosas, han pasado a ser muestra flagrante del mangoneo más latino.

Yo la verdad es que tengo interés en ver cómo acaba este tinglado. Más que nada por las risas. Me van a resultar muy interesantes dos cosas en particular. La primera de ellas, ir viendo como esta gente de clara desviación moral va siendo recolocada en otros cargos de distinta envergadura por otros sujetos muy dudosa catadura, que ahora se llenan la bocaza con pactos de Estado contra la corrupción. Si mal no recuerdo, para evitar conductas ilícitas no se pacta, se establece un estricto ordenamiento jurídico y al que lo infringe se le cepillan los jueces. Corríjanme los errores.

La segunda de las cosas va a ser cuando, después de habernos llenado nosotros la bocaza de que es que todos son iguales, lleguen las elecciones y empiece a verse el color del equipo que llevamos dentro; y de ladrones, corruptos y otra clase de adjetivos calificativos que ahora utilizamos, pasemos a discriminar entre unos y otros y el nuestro sea identificado como mal menor. Quizá no es que todos los políticos sean iguales, sino que al final se nos nota a todos de donde somos. Y si no, echad la vista atrás a ver qué es lo que envidiamos de esos corruptos, chupones y malajes.

Alberto Martínez Urueña 5-11-2009

martes, 27 de octubre de 2009

Jálogüin

Ya os había dicho que volvía, sobre todo después de que esa gente de la junta (no pongo los apellidos, por si acaso) me haya dicho que un examen que yo considero perfectamente válido para aprobar no es suficientemente perfecto para sus señorías. Eso, o tengo un pequeño rebote, ya veremos a ver. Por suerte, como tengo dos oposiciones sacadas en el Estado, puedo permitirme el decirles que les den y que nos veremos en otro momento.

Pero vuelvo con ganas de hablar de las cosas que me parecen. Tenemos en vistas una de esas fiestas que para mí siempre son de lo más controvertidas, una de esas en las que me sale la vena carnicera, y no es ni más ni menos que la fiesta de Jálogüin.

Si echamos la vista atrás, no demasiados años, la gente quizá tenía otras prioridades en la cabeza. O más bien tenía menos miedos y más naturalidad con las cosas, no sé muy bien cuál de ellas pueda ser la más correcta. Resulta que la fiesta que teníamos aquí en España, aunque la palabra no sea quizá la más correcta, era la de todos los santos. Es una de esas que figuraban en el calendario y con las que quizá no estábamos todos contentos por la efeméride que supone, las visitas a lugares poco apetecibles y los recuerdos menos apetecibles aún. Con esa gran tendencia que tenemos los humanos a tratar de festejar por cualquier cosa (lo cual no me parece mal del todo, lo que no entiendo es la necesidad de excusar las ganas de fiesta, poniéndoles fecha y nombre) y banalizarlo todo para esconder otros motivos más reales pero que no nos gusta reconocer en público, como el miedo a la muerte, a la desgracia y esas cosas negativas que tratamos de hacer que desaparezcan con la táctica de la avestruz, nos hemos olvidado que en nuestra tierra, que me parece la mejor del mundo porque para eso es la mía, teníamos otras costumbres, otras celebraciones y otra cultura mucho más rica que la yanqui.

No me vayáis a malinterpretar, no tengo nada en contra de que la gente se lo pase bien, pero los niños de hoy en día no van a saber dentro de poco que sus abuelos, bisabuelos, y todas esas personas que nos parecen unos viejos decrépitos a los que habría que olvidar, se marchaban en procesión al cementerio a honrar las memorias de aquellos que ya no estaban. Os parecerá a muchos de vosotros quizá una tontería, que de esas cosas no se entera nadie, que polvo al polvo y que lo importante son los vivos, pero qué quieres que te diga, me gustaría que de vez en cuando, en esos tiempos en que mi incipiente caída de pelo sea ya del todo irreversible, y no sea más que osamenta y quizá algún reseco trozo de materia orgánica, alguien me recordará aunque fuese sólo por una o dos generaciones. De esa manera, quizá podría pervivir un poco de lo que yo deje para los que vendrán después que yo, y así los demás conmigo, y la historia de los hombres normales sirva de ejemplo para los normales que vendrán después que nosotros.

A lo que iba con estas cosas y estas digresiones en las que me enzarzo, es que nada tengo en contra de fiestas, que los niños salgan y se lo pasen bien (a ser posible sin una sociedad que les quiere malear desde que tienen diez años para hacerlos adictos a las compras, la bebida y las series de mierda) y llenen de alegría un poco esas calles tan grises de las ciudades. Pero es que me preocupa bastante la amnesia social sobre nuestro pasado, nuestros ancestros, sus errores, su experiencia acumulada, sus inquietudes, sus prioridades… Vivimos en una marea de rapidez e instantaneidad de lo que nos rodea que en su dosis correcta es más sana que el vitalinea que anuncian en la televisión, pero que no puede hacernos perder de vista lo que realmente es importante. No pasa nada por comprarte un coche, una casa, querer una vida más o menos tranquila y hacer un gasto razonable para un razonable tiempo de ocio. El problema es cuando te conviertes en esclavo de toda esa marea que os decía, y ya no es ocio, si no adicciones, angustias, agobios y un largo etcétera. Claro que esto que digo es bonito y al mismo tiempo complicado, pero quizá, como me decía mi padre cuando era algo más joven (no mucho), las cosas que merecen la pena son las que cuestan.

Quizá por eso, no deja de resultar curioso que la enfermedad del siglo veintiuno en el mundo occidental no sea otra que la depresión, lo cual puede significar que se nos está yendo un poco de las manos este tinglado que tenemos montado menos de la décima parte de la población de la pelota azul ésta en la que bogamos como un leño en la corriente de un río (mal que nos pese, eso es lo que hacemos, aunque nos creamos dueños y señores de la creación).

Ya concluyo, y lo que digo son dos cosas. En primer lugar, que me parece bien que los niños salgan, pero Jálogüin es una mierda de fiesta importada de un país que más le valdría dejar de mirarse el ombligo, y de este burro no me pienso bajar; aunque dentro de un tiempo, si tengo hijos, quieran salir disfrazados de vampiros a por golosinas. Yo seguiré diciendo lo mismo.

Y en segundo lugar, que el hecho de que queramos festejar cosas, no implica que tengamos que rehuir de nuestra cultura (que es infinitamente más rica que la de muchos de esos países que ahora nos dan en el morro con la Economía y que salen antes que nosotros de la crisis), pero mucho menos implica que no podamos gastar cosa de una hora al año (no tiene por qué ser en esta fecha, pero tampoco es mala excusa) en llevar unas flores, en tener un recuerdo, en rendir los honores que se merecen, a las personas que antes que nosotros lo intentaron en este mundo con mejor o peor acierto. No en vano, estamos donde estamos porque parte del camino lo anduvieron ellos.

Alberto Martínez Urueña 27-10-2009

Retorno

Vuelvo como vuelve el otoño, con cambios, con menos espesor visual en el ático (pelo, me refiero, cada vez se me ven más entradas) y trayendo frescas ideas que van desde temas demasiadamente manidos en las noticias de los últimos días, como con otras de esas que no salen nunca en las primeras portadas de los diarios.

Poco a poco las cosas van siguiendo su curso, así que ahora os escribo desde Potes, Cantabria, mini luna de miel, después de un paseo por el teleférico de Fuente Dé, que como muchos sabréis, es algo impresionante, un poco de Hostal del Oso en Cosgaya y un paseíto por una senda de hayedos realmente bonita. Pensaba, mientras nos sacábamos algunas fotografías de esas que ahora tiras sin pensar en “cuánto me va a costar este carrete”, como pasaba cuando tenía doce mayos en el petate, en Canarias, y mi padre me vigilaba con la cercanía de un defensa central a ver cuántas veces le daba a la tecla. Digo que pensaba en esa frase que este año he oído tantas veces, aproximadamente desde Marzo digo yo, de que en Madrid hay de todo. Muchas arcadas me he llevado desde entonces, os lo puedo asegurar, porque en estos sitios que la gente utilizamos durante una semanita, más o menos, al año, según las vacaciones que tengamos, hay cosas que desde luego no te van a dar en una ciudad de la envergadura de nuestra capital. Será que me estoy haciendo reaccionario con los años a la lógica evolución humana y su progreso; pero desde luego, el tema de poder escribiros desde mi portátil, enganchado a una red inalámbrica en un apartamento de Ojedo desmonta cualquier crítica visceral que se me ocurriera hacer a este sistema nuestro. Seguramente, las cosas sean más complicadas (o quizá infinitamente más sencillas, incoherencia vital continua) de lo que parecen.

Así por lo tanto, he decidido que me voy a dejar de decir si tal o cual forma de vivir es la correcta o la incorrecta, y que cada burro haga sonar su esquila (frase de mi abuela, que era más fina de lo que seré yo en los años que me toquen). He dejado sobre el papel, o sobre la pantalla, tantas veces los motivos por los que considero que la vida debería ser mucho más sencilla de lo que la gente se piensa, que al final me pongo a leer los que escribí en los últimos meses y me doy cuenta de lo reiterativo que he podido llegar a ser. En estas líneas me imagino la sonrisa de más de uno de vosotros que me ha dicho en este tiempo “joder, tío, vaya textos más largos y coñazos que escribes”. Esto no significa que deje de lado esa faceta, faltaba más, pero no puedo evitar lanzarme al ruedo con temas más prosaicos y pragmáticos, que en cierto modo ocupan la vida de las personas normales.

A modo de resumen, y es lo que pretendo hacer en los próximos meses (es como una especie de introducción de las que hacen en series televisivas de esas que dejan la mente agilipollada para los restos, por mucho que gentuza como Belén Esteban se crean que lo que hacen es repartir cultura en sus guiones preprogramados), hablaré de temas variados. Desde política por ejemplo, dando caña al que se lo merezca, y normalmente será cualquier partido que propugne la diferencia entre seres humanos, la falta de empatía, el entendimiento especial y discriminatorio con cualquier tipo de confesión religiosa, el enriquecimiento del rico con la gilipollez ideológica de que así ganamos todos porque son los que dan trabajo, y un largo etcétera que no adelantaré aquí, sino que irá viniendo con el tiempo.

También podremos hablar de sociología (bueno, en principio habló yo y vosotros si queréis me mandáis respuestas, o las dejáis en el blog) y nos reiremos un rato con las nuevas hazañas y divertimentos de esa juventud creativa y educada en los parques, en las riberas de los ríos, o allende se les ocurra llegar con sus litronas, sus drogas y sus ganas de dar voces. Gracias a Dios, yo tengo que decir que, aunque me he movido por esos lugares, nunca lo hice en rebaño (algunos de vosotros os acordaréis que buscábamos lugares apartados para poder tener nuestras conversaciones tranquilas) y desde luego no utilizamos como pasatiempo las cabezas de los policías municipales o del cuerpo que sean, a los que respeto cada vez con más fervor por la labor que realizan (sólo a los que la realizan) en defensa de nuestra seguridad. Así como también respeto cada vez con más interés (al margen de estar casado con una del gremio) a los maestros y profesores, por ese trabajo que llevan a cabo, que cada vez parece más una película de Rambo o de Chuck Norris.

No podemos dejar de lado, desde luego, nuestro sistema económico y capitalista, basado en el consumo que nos aliena, en las campañas publicitarias que nos tratan como estúpidos y en un ritmo de vida que nos convierte en esclavos de empresas sin nombre, que nos venden estar satisfechos, olvidándonos del resto del mundo que muere. Televisiones que hacen que olvidemos que todos seremos viejos, achacosos y que moriremos tal y como hayamos vivido (si has vivido al margen de las personas, preocupándote y vendiendo que lo único que cuenta es ser joven, esbelto, guapo y dinámico, morirás olvidado por todas esas personas a las que enseñaste que los años sólo nos convierten en pesos y cargas para nuestros semejantes). Ojo al dato, toda una generación, salvándose las personas que realmente merecen la pena, morirán hechos una mierda por el vicio de su juventud, solos por la dejadez de toda una vida en la que enseñaron que los viejos son una carga asquerosa y tratando de estirarse los pellejos que al final son inevitables.

Huy, pero lo siento, había dicho que no iba a decir a los demás, como comportarse, ni a juzgar nada. Pero es que lo siento, me prometí a mi mismo no arrancarme los ojos de la conciencia. Allá cada uno con lo que haga.

Alberto Martínez Urueña 13-10-2009