lunes, 9 de febrero de 2009

Aquella sonrisa

Andaba yo enredándome en conceptos a costa de un texto que pretendía escribir, con filigranas y encaje de bolillos, cuando temas más serios han hecho que el texto de esta semana tenga que ser reescrito. No soy dado a expresar tales recodos en estos lances lexicográficos, pero la ocasión lo merece y, aunque otras veces se quedase en el ámbito privado todo aquello que escribiese, esta vez verá la luz en parto electrónico.

Escribí en uno de esos textos privados hace tiempo acerca de aquellas mujeres que siempre quedaban en la sombra y que realizaban el trabajo más silencioso y oculto de contención en familias, organizaciones y en esta sociedad. La idea original al respecto no fue propia; la escuché de un sacerdote amigo mío en cierto funeral, y asentí con rotundidad la idea, y marcados quedaron a fuego en mi memoria la imagen e instante en que escuche aquellas palabras en la misa por aquella señora que, si bien no era mi abuela, poco la faltaba para ser así considerada. En aquel momento, Ángel, con su acertada perorata, resaltó la extraordinaria función de aquellas mujeres que pasaron por lo que pasaron sin rechistar y sin hacer grandes aspavientos, diciendo aquello de que la vida es de tal o cual manera y el poco sentido de andar reclamándole explicaciones a los vientos cuando la existencia se torcía y golpeaba con saña. Aquella generación era dura, eran de los que se hicieron a golpe de arado bajo el sol en verano, de fríos inclementes en invierno y, por desgracia, a golpe de tiros, fuego y metralla en aquella locura fraticida del treinta y seis. Siempre que he pensado en ellos ha sido con un respetuoso silencio, quitándome el sombrero, pensando en aquellos días de truenos, de casas destrozadas, de muertos por las calles… Cada zona de esta idea llamada España tuvo lo suyo, y quien no lo tuvo de lleno lo pasó tan rozando que daría más miedo que cualquier otra cosa que se me ocurriera de símil o metáfora; y así se creció, con la idea de que podría volver a pasar, de que tal o cual político la estaba preparando, de que con todos esos discursos se estaba volviendo a gestar, y así con la neurosis instalada en el cerebro. Lo vi demasiadas veces.

Mi abuelo era de esos, de los que cuando salía Arzallus o Aznar, o Pujol o cualquier otro político, lo comentaba con miedo. Se le podía ver, escondido entre el mal genio que gastaba, aquella sensación de quien conoce cosas que la gente de mi generación no debería ni pensar. No era de Franco, os lo puedo asegurar, le odiaba a muerte por haberle llevado a la guerra a matar rojos y por preparar la barbaridad que preparó en esta tierra. Hoy en día, bajo el tejado de estos pensamientos, no me deja de resultar demasiado irreal ver como los niños juegan al ordenador a pegar tiros, como se divierten haciendo de soldado de desembarco en Normandía, de francotirador en Yugoslavia o de marine en Irak… De cómo se lanzan sin miedo a la batalla pretendiendo ser valientes guerreros, duros y desalmados, pegando tiros como si de una película se tratase, y se olvidan de la terrible tragedia que supuso toda aquella contienda, de los gritos de horror que debieron escuchar aquellos hombres y mujeres, de las terribles consecuencias para toda una edad de los hombres, sin entender que hay cosas con las que no se juega. Mi abuelo era de esos, de los que se recorrieron España entera con el fusil al hombro (bueno, creo que lo suyo era una ametralladora francesa), con calor por el Mediterráneo en verano y con veinte grados bajo cero en Teruel metido en un hoyo a ras de suelo en invierno, viendo morir amigos y enemigos, viendo el miedo de su alma materializado en los ojos de sus compañeros, sabiendo que en cualquier momento…

Pensaba aquella vez en las mujeres de aquellos años, o las niñas que no entenderían nada de lo que pasaba a su alrededor, de cómo levantaron familias, de cómo las sacaron adelante cuando realmente todavía se pasaba hambre en España (no hace tanto de aquello, echad la vista atrás, y veréis que a muchos de vosotros, si no os tocó, os pasó rozando). Ahora pienso en aquellos hombres, anónimos la mayoría, sin calles que recuerden que pasaron por esta historia, muchos de ellos ya simplemente en la memoria de los que dejaron de legado en este valle que me niego a creer de lágrimas. Pienso en ellos, que acabaron y pasaron por las trincheras y después, sin tiempo a pensar en más, volvieron a sus ciudades, a la vida normal si por aquel entonces todavía existía, a buscar trabajo, a crear vida.

Pero ante todo, lo que pretendía con este texto, es honrar a mi abuelo, que como otros muchos, no tienen calles ni honores ni estatuas. Después de toda una vida y de lo que supuso haberle conocido, con lo que ello implica al respecto de cualquier persona, incluidos nosotros mismos, me quedo con lo bueno, y, perdon por la expresión, me importa un carajo si es un frase hecha, que supongo que a todos nos acaba leyendo la cartilla esta vida. Porque a pesar de lo que haya sido, sé que lo hizo lo mejor posible y que fue su forma de demostrar lo que él llevaba en las entrañas. Pudo ser más o menos acertado, pero cuando sabes que fue cierto aquello de que por nosotros lo habría dado todo si hubiese sido necesario, no queda otra. Igual que todos aquellos de los que hablo en el texto, igual que tantas personas que de una forma u otra lo hicieron, como tantos que, a pesar de que se pudieran haber equivocado en las maneras, pretendieron darnos lo que al final, y viéndolo con autenticidad, nos dieron. De recuerdo me quedaré con su sonrisa prístina y sincera, de las veces en que me cuidó y se preocupó por mí, de cuando fui con él al parque de Canterac, o de su cara de susto cuando se me ocurrió mirar a ver si aquel ascua de la caldera estaba caliente. Porque mi abuelo pudo ser de tal o cual manera, pero fue mi abuelo. El resto me lo guardo y lo limpiaré con lágrimas si es preciso. Descanse en paz.

Alberto Martínez Urueña 30-01-2009

lunes, 26 de enero de 2009

Universos y ecuaciones

Hace ya casi un año, según el registro del blog donde cuelgo estos textos, que me dirigí a vosotros con sana intención y desarrollo, en estilo prosaico y cuidado, no vulgar, mala derivación de la palabra. En esta columna, en la que unas veces disertaba sobre actualidades varias y otras tantas sobre conocimientos que llegaban como repentinos alisios a un entendimiento que intenta preclaro y sufre oscuro, llevando mi velero en ocasiones por mares desconocidos como aquellos homéricos en donde Ulises desconocía su ruta hacia Ítaca. No obstante, creo que en hacerme entender a través de palabras, no soy necio, y por tanto, quizá extraiga algo de razón y disfrute a quien se aproxime a estas líneas. Aprovecho para dar la bienvenida a este pequeño grupo de posibles lectores a aquellos que me dieron su dirección de correo electrónico durante este espacio de tiempo, ya saben ellos quienes son, y espero que sus juicios sean duros pero correctos. O al menos duros; pero por raras cuestiones de la vida, eso acaba siendo siempre lo más generalizado; no sé si por dejadez de quien enjuicia o por cruel natura humana que aproxímase sin miedo a los detalles más negros de su inclinación hacia lo cómodo y descastado; no sé si quizá por simple necesidad de demostrarse a sí mismo su incompetencia social o por la necesidad, sumido en su desconfianza y complejo, de demostrar algo a los que le rodean.

Resulta cada vez más demasiado común, si me lo permitís en licenciosa narración, la extraña costumbre de cambiar educación por grosería disfrazada en sinceridad. Huyendo de hipócritas apreciaciones y comportamientos, cada cual marca hasta donde puede llegar con su descortesía y, en muchas ocasiones, crueldad, en su comportamiento hacia las personas que le rodean; y claro, si tal frontera es decidida por una persona sensata y con un juicio acertado se gana en realidad verbal y se puede capear a sotavento temporales lingüísticos que lo que hacen es recordar sin herir, comentar sin ser mordaz, aportar sin destruir; sin olvidar que la crueldad rara vez tiene sentido, si no nunca. Rara enjundia demuestran en cambio groserías y desmanes de animales, que así dicen que es el ser humano por origen; y algunos que se encargan en hacer ostentación de ello, y no por pastizal en donde engullan, que a veces también. Esas bestezuelas, digo, con forma similar a las anteriores arremeten como toro contra talanquera y cuídanse mucho de hacer todo el ruido posible para que los presentes puedan comprobar su rectitud moral y sus acertadas miras, en la que está aquella persona que haya de sufrir castigo de verdugo tal.

Finuras y lindezas desconocen, y en caso contrario, han sido descartadas por hipócritas y suaves, considerando en sus diligencias que de otro modo y con otras formas escaparía de su castigo el castigado. Es así: hay quien por motivos desconocidos para el resto, son los encargados de juzgar ya no los hechos, si no a los actuantes; ya que ellos, con esa claridad al respecto de los asuntos éticos y morales que para otros han sido objeto de debate durante siglos, son los más apropiados para conseguir acertar en la actitud punitiva que deben adoptar todos aquellos que quieran estar de lado de la verdad con mayúsculas. No voy a ser yo quien considere incorrecto poder tener una postura hacia tal o cual acción o pensamiento; no en vano, en estos textos siempre he pretendido dar mi opinión sobre asuntos varios, intentando justificar de mil maneras las razones para andar hacia un lado o hacia otro. Sin embargo, como bien se puede comprobar, jamás he dado nombres, ni aunque hayan sido solicitados, pues considero que si bien se puede emitir un juicio sobre comportamientos o actuaciones, o sobre ideas o silogismos, muy distinto resulta hacerlo sobre personas. Y digo esto por dos motivos.

En primer lugar, porque creo demasiado justificado, no ya por mi propia razón, si no por otros motivos que van desde la Historia (sí, lo escribo con mayúsculas) hasta la Literatura, la Filosofía, la Música, etcétera, que cuando se anteponen principios a personas, las tropelías que pueden llegar a cometerse desbordan con mucho los errores que hayan podido ser por los primeros causantes. Genocidas perfectamente conocidos por todos encontraron justificaciones validadas por la muchedumbre ansiosa de sangre para llevar a cabo sus propias locuras; e incluso cuando el sufrimiento humano era llevado a sus extremos, esto era celebrado por la ceguera de otros.

Y en segundo lugar, porque el Universo interior de cada persona es incognoscible para nadie, ni siquiera para quien lo habita. Terrenos hay que escapan más allá de la razón humana y éste es uno de ellos, y el pretencioso orgullo del hombre moderno, que intentará por siempre formular la ecuación que resuelva los misterios que le aterran, no podrá jamás hallar la explicación última que represente a un ser humano completo y complejo.

Lo siento por quien no esté de acuerdo, pero no aceptaré jamás ninguna razón que se me pueda aportar para imponer juicios de valor contra personas. Habrá quien diga que todos caemos en el terrible error que esto supone; hay quien incluso lo justificará por la hilaridad de quien sabe hacerlo cual monólogo televisivo, causando la gracia de los oyentes (este tipo de juicio probablemente sea el más rastrero); habrá quien argumente que lo ve todo claro, que es casi palpable. No admito juicios, sólo me saben a quien ha de justificar el hecho de que su empatía hacia determinadas personas no es afín, o de quien necesita la ecuación anterior para intentar encontrar la seguridad en su comportamiento. Pues lo siento, la vida trae de todo menos seguridades, al margen del borregismo de quien no se da cuenta que tortazos por errores son de fuertes según la apreciación de quien lo pega, no de quien recibe, y en nada dependen al término de equidistante juicio.

Alberto Martínez Urueña 26-01-2009

viernes, 18 de abril de 2008

Aprovechando

Lo reconozco, había pensado escribir sobre política, aprovechar el inicio de legislatura y hacer una especie de alegato sobre las virtudes y despropósitos de la gente de Las Cortes Generales, pero como ellos van a seguir ahí, y me van a seguir dando motivos para poder hablar todo lo que quiera, prefiero cambiar de tercio, y que quien quiera vea el telediario.

Antes bien, la verdad es que hoy he tenido una experiencia que necesito contar y que me parece que el mejor modo es éste. He de agradecer a un gran amigo la oportunidad que me ha brindado de poder acudir a la presentación de un libro que espero poder leer cuanto antes, a ser posible con las oposiciones logradas y con todo el tiempo por delante que eso me deje. La verdad es que la temática (El malestar de los jóvenes, por título) es algo que me parece de un interés incuestionable, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de noticias que día sí, día también, nos ofrecen esos pequeños bastardos que graban palizas, queman indigentes y tiranizan compañeros hasta extremos que antes no se nos ocurría a nadie.

Al respecto, sin más peloteo por mi parte, y con el permiso de este amigo mío, sin pretender banalizar ni hacer un excesivo reduccionismo del libro, lo suficientemente largo y trabajado como para que resulte imposible hacer un resumen, me vino una reflexión a posteriori que hilé con otra y que es la que pretendo plasmar aquí, con vuestro permiso.

¿Cuántas veces habremos oído esa frase tan manida que ya casi ha quedado sin contenido, esa especie de guía para desvalidos y desengañados, o para personas que realmente la saben sacar jugo? Digo esto porque en esta vida que nos toca vivir, cada persona hace su propia estructura lógica y luego pasa que tienen poca fiabilidad; pero a la frase que me refería es esa de “Hay que aprovechar al máximo porque la vida es muy corta”.

Esto totalmente de acuerdo con la aseveración, y creo que pocas personas podrían ponerle peros a esta afirmación. Sin embargo, la cuestión a la que hasta hoy no me había dado cuenta que nos lleva esta frase es qué entendemos por aprovechar. Claro, aquí los defensores del pensamiento libre, de la moral a la carta, de que cada uno sabe lo que le conviene y esas cosas saldrán como perro de caza a por la presa; pero lo siento, dentro de que yo soy una persona que creo que lo importante en esa vida no es sólo seguir tu propio camino, sino más incluso encontrarlo, creo que hay determinadas cosas que si bien, no son verdades absolutas, hacen la convivencia un poco más fácil para todos. Me explico con un ejemplo claro: por supuesto que cada uno puede aprovechar el tiempo como le venga en gana, y no seré yo el que le prohíba nada a nadie, salvo si me intentan meter el dedo en el ojo, que quizá lo corte, pero no comparto en exceso la opción de quien considera buena opción beberse todos los días tres litros de cerveza, fumarse diez porros y meterse alguna raya los fines de semana, o ir jaleando a las personas mayores mientras la borrachera te lleva de un lado para otro en la calle Santiago.

Pues eso, según pensaba esto, imaginaos en el autobús, camino a casa, día de lluvia y yo mirando por la ventana, las ideas iban asaltándome la cabeza como griegos contra troyanos, y me di cuenta de que, joder, vivimos en una sociedad del consumo inmediato (no es que me viniera así sin más, es que salió el tema en la presentación del libro), de aquello de que hay que hacer acopio de experiencias, que hay que sacarle el jugo a la vida porque en cualquier momento se te puede acabar, y que lo de la frase es cierto, que hay que aprovechar la vida porque se hace muy corta; y claro, me di cuenta, porque lo he visto, de la cantidad de gente que justifica las mayores autobarbaridades (como las que comentaba antes), por el hecho de que la vida es muy corta y se acaba que parece que no ha empezado. Como la vida se me puede acabar en un instante, pues experimento, hago no sé que otras cosas y tal, y lo que inmediatamente pensé fue: “¿y realmente al muerto le importa lo que ha vivido o no?”. Y después pensé, es cierto que a lo mejor sales a la calle y te pilla el coche y te vas al otro barrio en un decir Jesús, pero, como una lucecita pestañeando, me dije: “¿Y si resulta que no viene el coche, y me toca la bisectriz, y no me atropella, y llego a los ochenta años, o como mi abuelo que este año hace noventa y cuatro?”. Fue cuando me entró la temblequera y el mareo. Porque mira, queda superchulo ir en plan bohemio, arrastrar los pies por la acera según andas y hacer como que no te peinas, pero la verdad, y así os lo digo, creo que la vida tiene mucho más que ofrecer. No es por ofender a nadie, pero pasarte ochenta años con esa actitud tiene que ser realmente aburrido. Y ya, si nos damos cuenta de lo del malestar de los jóvenes (el que diga que es falso, miente más que habla), y que con esas cosas no conseguimos solucionar nada, es para pararse un momento a pensar si con lo que hacemos, realmente obtenemos algo.

La reflexión verdadera a la que llegué fue que es muy probable que estemos estresadísimos de currar durante la semana (yo de estudiar, ya lo sé), que nos estén tocando ahí donde más duele cada vez que te descuidas, que la vida muchas veces es una mierda y todas esas historias que decimos y que nos pasan a todos; ahora bien, ¿qué es lo que hacemos para evitarlo, para salir de eso, o simplemente para aplacarlo? Esa es la cuestión del aprovechamiento, la pregunta que todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿cuál es el camino que queremos recorrer? Porque parece una obviedad como un castillo, pero creo que pocas veces nos la hacemos, y sin saber qué es lo que queremos, vamos de un lado para otro, al compás de un viento señalado por otras personas; citando a cierta persona, “como si nuestra atención fuese una luz de discoteca que a cada momento señala un lugar distinto”. Al final no sabemos, no ya donde vamos, si no tampoco lo que queremos, y no recorremos nada; y puede que sea más fácil, más cómodo, más sencillo, pero entonces es cuando no estaremos aprovechando para nada el tiempo que tengamos.

Alberto Martínez Urueña 18-04-2008

martes, 18 de marzo de 2008

Miedo y control

Supongo que muchos de los que reciben estos correos se habrán preguntado en multitud de ocasiones con qué autoridad puedo hablar de determinados temas, o cuál es la experiencia que puedo atesorar para poder ni tan siquiera opinar sobre los textos que os dedico. Puede ocurrir que de lo que ahora hablo me retracte cuando llegue el momento, o no; sin embargo, esto no me impedirá expresarse.

Podría seguir utilizando este tono conciliador y modesto, pero no creo que nos llevase a nada ni a vosotros ni a mí (no podría recortar más la introducción, por otro lado). Hay un tema en el que quizá sí que puedo tener una cierta experiencia, y que no tengo ningún pudor en reconocer, que tiene una doble implicación que ahora desgrano: en primer lugar, un afán desmedido desde hace muchos años por tratar de controlar lo que me rodea, desde las cosas más sencillas a las complejas o irresolubles; en segundo lugar, y derivado de este primero, la obsesión racionalista, la pretensión de pensar los más nimios detalles y tratar de adentrarme por medio de la mente, como si el poder de ésta fuese absoluto, en tales intrincados laberintos.

Bastante absurda pretensión es ésta, es lo que al final he sacado, y lo que me ha demostrado errores de partida en multitud de asuntos en que me he sumido a lo largo de este camino. Claro, habrá quien diga que eso mismo es lo que estoy haciendo ahora, y que lo que voy a poner a continuación no es si no fruto de este proceso racional del que hablo. No pretendo estigmatizar la mente tampoco, pues permite aprobar las matemáticas del colegio, por ejemplo.

Algo que creo poder decir en mi favor: la inquietud que siempre he tenido por observar a las personas. No en un afán obsesivo ni voyerista; hay quien se entretiene mirando las estrellas, otros sienten curiosidad por la música clásica. Yo me he interesado siempre por las personas en sus procesos vitales; no ya sólo mentales, sino sentimentales e impulsivos. Algo tendrá que ver con el intento de controlar de que hablaba antes, pero no sólo eso ha sido el motor de mi inquietud, sino también la propia curiosidad. Eso me ha llevado a concluir cuáles pueden ser las dos motivaciones más importantes de las personas: el deseo, como intento de alcanzar aquello que nos parece más atrayente, y el miedo, como privación de lo anterior.

Es indudable para este simple escritor que las personas humanas nos pasamos la vida por un lado intentando atesorar aquello que conseguimos (otro debate puede ser lo efectivo del ser humano como determinante de los sucesos que le rodean); y por otro lado, tratamos de evitar en lo posible e incluso intentar solucionar los problemas vitales que se nos plantean. Ahora, creo que la pregunta importante es la que pocas veces nos hacemos, y realmente es la medida en que realizar estos dos objetivos es posible. Qué duda cabe que la sociedad postmoderna en la que vivimos, una sociedad cuyo rasgo, entre otros, es el de la consecución del éxito, nos dice que esto es posible. Curiosamente, y esto no sale en los anuncios de la televisión, otro de los rasgos definitorios de nuestra cultura es la frustración; algo que debería hacernos recapacitar, sin duda.

Creo sinceramente que esa pretensión humana de la que hablo en el párrafo anterior no es tanto fruto de la realidad, como de la desmedida soberbia y prepotencia en que se haya instaurada la cultura occidental. Personalmente entiendo, o más bien me esfuerzo en entender, la vida como un flujo constante e indeterminado de cosas buenas y malas, sin recetas mágicas que hagan desaparecer los tonos más oscuros de la multicolorida realidad en que respiramos; y que del mismo modo que siempre se ha dicho que las cosas buenas vienen y van, así ocurre con las negativas. Curiosamente, todo esfuerzo por solucionarlas, en lo que deviene es en perpetuarlas al darlas una importancia no menor o mayor de la que tienen, sino esencialmente errónea.

Un ejemplo palmario de lo que hablo es la muerte, tabú de los tabúes en la sociedad del cuerpo danone. Cada vez con más recurrencia las personas intentan darle respuesta a algo que no la tiene, en lugar de verla como es. La cuestión es que quizá haya más cosas que son igualmente inevitables, pero nos creamos el ficticio esquema lógico y material de que esto no es así, movidos en última instancia por eso que nadie se reconoce a sí mismo (yo incluido por supuesto): no nos gusta el miedo, cosa normal; pero no tanto que nos negamos a aceptar que lo tenemos, subidos en nuestro pedestal de prepotencia y ego desmedido.

Pienso que nacemos a una vida en la que la pretensión de control no es sino una construcción mental que nos aísla de una verdad superior: el ser humano se pasa la vida sin controlar realmente nada, sin ver la inmensidad de ejemplos que le rodean cada minuto del día y engañándose con falacias. Nacemos para morir, dirían algunos, pero la muerte es una etapa más, y aunque parezca una obviedad (hay quien dice que me paso la vida diciendo obviedades) nacemos para vivir, para disfrutar de lo bueno que tenga cada momento y para soportar lo malo que inevitablemente tiene asociado, pero no para intentar controlarlo (inevitable consecuencia de nuestra condición humana), sólo para aceptarlo, pues de otra manera caeremos en un error y una pretensión sin mucho fundamento.

Nacemos para vivir, no para tratar de aferrar las cosas buenas, sino para aprovecharlas el tiempo que duren; no para tratar de solucionar las desgracias que nos caigan, sino para soportarlas con la dignidad que podamos; no para gastar el tiempo pensando mientras la vida se escapa, si no para vivirla el tiempo que se nos brinde.

Da miedo no poder controlar las cosas, pero eso no exime de que sea cierto. Creo en esto sinceramente, y en que es la única forma cierta que conozco para aprovechar el presente sin preocuparme de cuándo se acabará lo que estoy viviendo. Y, aunque haya quien no me creerá, cuando se acepta esto, el miedo desaparece, porque se acepta que antes o después todo es polvo.

Alberto Martínez Urueña 18-03-2008

miércoles, 5 de marzo de 2008

Fidelidad

Se acabó el silencio. Ya sé que llevaba mucho tiempo sin escribir, pero esta espera ha sido intencionada, y bien intencionada. Las últimas revueltas sociales en plan guerrilla entre unos y otros me han mantenido en la trinchera, sin querer participar en lo que considero más un circo que una auténtica demostración de decisión popular, que a fin de cuentas es lo que tenemos en el horizonte. Lo complicado de todo esto será escribir un texto que no caiga en las ideas abstractas de los socialistas utópicos, ni en rigideces propias de los fundamentalismos. Quien me conoce personalmente sabe perfectamente que quizá soy de ideas fijas y hasta cierto punto poco dado al cambio de ellas, pero admito las ajenas como parte del derecho a decidir el camino propio sin más interferencias del respecto a dicha libertad propia.

Tampoco pretendo caer en la realización de un mitin electoral en esta página; eso se les da mejor a los políticos, y tampoco quiero quitarles el papel, del mismo modo que no dejo que ellos me puedan arrancar el mío, que es aportar mi opinión lo más clara y personal que pueda; y eso es lo único que pretendo.

Ahora que llegan ya la elecciones, les hago una propuesta tan clara como sencilla: que todo el mundo vote, que no se busquen excusas para no hacerlo, que no sea por descontento o por desengaño, que no sea porque uno me parece un mentiroso y el otro un ladrón de barrios bajos, que no sea porque simplemente no me apetece andar hasta el colegio electoral que me toca. El derecho de sufragio universal es probablemente ese derecho por el que más sangre se ha derramado en la historia, sangre de gente que estaba más o menos convencida de lo que pretendía al ofrecerla, el derecho por el que los librepensadores fueron a la cárcel (y siguen yendo a lo largo y ancho del mundo, que el que llamamos Occidente es bastante más pequeño de lo que creemos) cuando no les mataban y matan, ese derecho por el que lucharon y soñaron tanto hombres como mujeres, jóvenes y viejos. Habrá quien diga que con Franco se vivía mejor, que los sistemas políticos son todos iguales, que los partidos políticos son un invento marionetístico con unas manos que mueven los hilos… Lo que queráis, incluso admito que quizá tengan razón, no lo sé; pero a fin de cuentas el único sistema político con el que puedes dar tu opinión es éste, y cuando hubo tanta gente que se partió la cabeza por conseguirlo sería porque el que había no merecía la pena. Y ahora no veo más que a cuatro radicales que querrían volver a lo anterior (sin darse cuenta de que estarían prohibidos en la mayoría de los casos), mientras que el resto vive, yo incluido, medianamente mejor que hace cincuenta años.

Por todo esto les digo que vayan a votar. Y dense cuenta de una cosa, que mucha gente se derretirá de coraje cuando oye hablar a Rajoy y a Zapatero porque no les gusta ni uno ni otro. La cuestión es que están en su legítimo derecho de llamar a uno fascista y al otro payaso (otra de las consecuencias de la democracia, antes no se podía), y mandarles a la mierda y votar cualquier otra opción por estúpida que parezca, A fin de cuentas, esa es la esencia de un sistema político representativo y parlamentario, distinto del presidencialista anglosajón, que es el que tienen en esa mierda de país de ultramar (y no hablo ni de América Latina, ni de Canadá) y que pretenden instaurar en nuestro país. Algo así como lo que ocurre en el fútbol, cuando te preguntan que de qué equipo eres, y lleva implícita la obligación de responder que o Barcelona o Madrid. Pues si no les da la gana tener que elegir entre estos dos y no lo hacen, no lo hagan tampoco con PP o PSOE, que no están obligados. Como con lo otro, que pueden decir el equipo de su ciudad y punto, como hacen muchos que yo conozco y no ocurre nada.

Ah, y lo del voto útil es una auténtica gilipollez que se sacaron de la manga para polarizar a un más a un electorado que si se relaja (como a veces pasa, que a fin de cuentas, siempre se ha dicho que masa ni piensa ni quiere hacerlo), se deja engañar.

Y así, parece que tenemos sólo dos elecciones, cuando no es cierto: tenemos la elección de votar en blanco, de que sea voto nulo (metan dos papeletas en el sobre, y verán que rápido se lo anulan), de votar a cualquier otro partido de los que se presentan… Cualquier cosa antes que votar a un partido que no les gusta, y cualquier cosa antes que despreciar la sangre de nuestros antepasados. Y en España no está tan lejos, que todavía sigue machando de refilón algunas conciencias cuando se habla de memoria histórica, iglesia católica y otros recuerdos infaustos de nuestra Historia.

Por todo esto les digo que participen, aunque sea para no hacerlo, pero que vayan a las urnas. Si quieren votar a Izquierda Unida, como si quieren votar a la falange. No en vano, hay que darse cuenta de una cosa: una participación alta se considera un setenta y cinco por ciento de posibles votantes, pero eso significa que una cuarta parte de la población con derecho a voto (no sé cuantos serán, pero sí que serán varios millones) no les importa mucho todo lo que he expuesto en este texto. Pero bueno, una de las consecuencias de la democracia es que se puede opinar sobre lo que quieran, que yo esté equivocado y la razón sea bien distinta.

No quiero decir nada más. En la época que estamos se me podría acusar de partidista, de sectario y otras cosas. Mis opciones son mis opciones, y no las comparto, no las sabe nadie por mucho que haya quien se jacte de ello, y eso lo puedo asegurar. Y además, no escribo sobre otros temas que guardo, como el miedo, o el sistema económico, o vete a saber qué, porque tampoco quiero ser acusado de nada. Sólo les diré: sean fieles a sí mismos, y con eso tendrán ganada al menos su conciencia. ¿Y para qué más?

Alberto Martínez Urueña 5-03-2008