lunes, 15 de diciembre de 2025

La importancia de la filosofía

 

            Cuando van llegando las navidades, fiesta que por otro lado, no sorprendo a nadie, no me gusta un pelo, reconozco que me da por recordar, por caer en la nostalgia. Conservo, o más bien he recuperado, las ganas de jugar con la vida, de mirar a las cosas como si fueran nuevas. De echar un ojo por la ventana y atravesar la opacidad de la rutina para caer en la cuenta de que el viento invernal agita las hojas moribundas de los árboles para permitirles echar nuevas en la próxima primavera. La vida se repite una y otra vez, es puro cambio, tal y como decía Heráclito, y como dicen también muchos de los saberes ancestrales orientales. Interesante debate el que se tenía el griego con otro coetáneo llamado Parménides, que argumentaba con igual persistencia y de forma consistente que sólo existía un ser único, estático, eterno e inmutable, y lo que lo del cambio era sólo un espejismo. Una rayada monumental.

            Pasaba lo mismo con dios, y teníamos a Santo Tomás convencido de su existencia demostrable a través de las cinco vías, no desde una comprensión directa de su esencia infinita, sino a partir de la observación del mundo finito y sus efectos. Una especie de deducción lógica inevitable. Por otro lado, teníamos a Feuerbach, para quien dios sólo era una vulgar proyección del ser humano, o a Nietzsche, quien consideraba a dios y su existencia simplemente irrelevantes. La filosofía que tuve la suerte de estudiar en los años noventa me enseñó que las herramientas de la lógica eran tremendamente inútiles en lo práctico, pero fundamentales para el ser humano. Sólo a través de ellas conseguimos llegar a ciertas conclusiones que nos sirven para entender nuestro papel en el mundo y para tener y poder aplicar nuestros principios a las acciones que llevamos a cabo. Por desgracia para las generaciones que me han sucedido, los planes de estudio y quienes los elaboran, han decidido que es más necesaria la enseñanza técnica de las ciencias puras por fiables y prácticas. Y sobre todo por rentables. Más útiles en este mundo económico y mecánico que alguien dijo que traería la felicidad, cuando en realidad nos ha traído el aumento exponencial en el consumo de ansiolíticos y el nuevo ascenso de los totalitarismos. Un mundo en el que ya no necesitamos pensar, no necesitamos filosofar; ¿para qué si podemos engancharnos al medio de comunicación que nos da lo que buscamos?: argumentos simplones y adrenalina en formato reel y scrolling infinitos creados por personajes que nos han dicho por activa y por pasiva que quieren aprovecharse de nosotros las veinticuatro horas del día. Quieren violarnos la mente de forma cruda y bizarra y vendérsela al mejor postor para que obtengan con ella buenas rentabilidades. Y hemos dicho sí. El término libertad, sobre el que podremos debatir en próximas entregas, ha mutado a un estado insólito en el que nos sabemos profundamente profanados por cada uno de nuestros orificios sensitivos, pero hemos afirmado con alegría enajenada que lo aceptamos libremente.

            Curiosamente, vivimos en la primera sociedad en donde escapar de las verdades axiomáticas que toda cultura posee es viable. Muchos pensadores a lo largo de los siglos anhelaron ese momento en que el ser humano pudiera elegir realmente su destino más allá de las doctrinas del poder real y del eclesiástico, ferreas cadenas que la historía impuso. Ahora podríamos hacerlo. De hecho, nuestra soberbia occidental mira al resto del globo con una superioridad moral evidente con respecto a otras culturas que asumen el yugo de postulados o de dictadores que les perjudican. Hoy en día en occidente, pudiendo huir de ellos, les abrazamos estúpidamente y les entregamos esa capacidad dialéctica que los filosofos como Heráclito, Santo Tomás o Nietzsche demostraron tener, y que por lo tanto todo ser humano posee en potencia.

            Creo que la filosofía es fundamental en el mundo en que vivimos porque estamos ávidos – siempre lo hemos estado – de saber por qué hacemos las cosas y hacia dónde nos dirigimos. Cuando caemos en el nihilismo del piloto automático se nos encienden las alarmas porque el mundo colapsa. Hasta hace no mucho tiempo, la única preocupación de la gran masa occidental era sobrevivir día a día; y no había el tiempo y el espacio necesarios, salvo para aquellos pocos, para filosofar. Hoy en día, con las necesidades más o menos cubiertas – aunque en los últimos tiempos esto nos lo quieran poner en tela de juicio – brotan de manera casi espontanea las otras necesidades y, ojo, incluso no querer filosofar es una filosofía de vida. No obstante, existiendo esa necesidad y la posibilidad de escapar de los axiomas predeterminados, la tendencia, por simple comodidad, es caer en el piloto automático; sin embargo, el piloto automático no es nada. Más bien, es el vacío existencial que destroza la vida desde dentro, como una gangrena. Te convierte en un ser al que le han robado la conciencia propia. Por eso lo de la epidemia de los ansiolíticos y los antidepresivos.

            Cuando dejamos que sean otros los que nos hagan las deducciones, quizá las convierten en inducciones; es decir, ellos nos eligen la conclusión adecuada – el modo de vida que hemos de asumir o las sentencias judiciales que hemos de aceptar –, y después nos dan el aparato lógico que necesitamos para aceptarlo como cierto, despreciando así cualquier otra posibilidad que habríamos deducir nosotros mismos de haber analizado con la conciencia propia la realidad que observamos. Hoy en día, la auténtica rebeldía sigue siendo la de todos los siglos: observar el mundo que nos rodea y utilizar una capacidad de raciocinio bien entrenada para aplicar la lógica adecuada. Y siempre, desde una óptica lo más humana y amplia posible.

 

Alberto Martínez Urueña 11-12-2025