miércoles, 28 de mayo de 2014

Elecciones 2014


            Supongo que habrá quien se haya extrañado al ver que, habiendo elecciones de la índole que fueran, éste que os escribe haya mantenido el silencio frente a los espectáculos bochornosos que suelen depararnos estas efemérides. La verdad es que últimamente no dispongo de mi tiempo como antes, pero por otro lado, por una vez y sin que sirva de precedente, quería observar desde la quietud de mi intimidad qué era lo que sucedía en esta ocasión. Y la verdad es que esta vez he de reconocer, como les ha sucedido a otros muchos, que he sido sorprendido. Gratamente sorprendido.
            En primer y principal lugar, me alegro de que el enemigo de los ciudadanos haya perdido millón y medio de votos que, unidos a los otros dos millones y medio que ha perdido nuestra hipócrita socialdemocracia, han reventado los cimientos de la estructura política de nuestro país. Quería hacer en este momento un interesante análisis en el que, utilizando los trucos de magia de la extrapolación estadística que utilizan nuestros dirigentes, sacarles aún más las vergüenzas que han quedado expuestas.
            En primer lugar, como dato informativo, según el INE, estábamos llamados a las urnas 34.420.170 españoles, y fuimos finalmente a ellas el 45,86%, lo que nos da una cifra de 15.785.089, que puede parecer mucho, pero es un completo desastre. Entrando en materia, los datos absolutos y relativos del análisis que quiero hacer son los siguientes: entre PPSOE han sacado 7.670.687 votos en 2014, mientras que en el año 2009 consiguieron 12.812.161. Los datos de participación han sido del 45,86% este año, mientras que hace cinco fueron del 44,9%, por lo que parece que han perdido la confianza de 4.141.474 ciudadanos.
            Con estos datos, ellos aplican su varita mágica en las elecciones: con independencia de la participación, extrapolan los resultados al total de los posibles votantes y así se reparten los escaños. Muchos creemos que en un sistema justo, los datos de abstención deberían ser considerados como escaños vacíos, ya que ha habido un porcentaje de población que no se ha manifestado, y por tanto, no tenemos información para determinar qué color político tendrían. Pues apliquemos esto, para ver, según sus mismas herramientas, qué lectura sacamos.
            Si en el año 2014 hubieran acudido a las urnas todos los ciudadanos llamados a votar, y a estos, les extrapolamos los datos reales – insisto, es lo que hacen ellos para repartirse los escaños del Congreso–, hemos de considerar que la gran coalición de bucaneros hubiera obtenido 16.726.313 votos en total. Si aplicamos el mismo juego sucio a los datos del año 2009, los resultados nos ofrecen una cifra de 28.534.879 votantes que les otorgaron en ese momento su confianza. Lo que queda es muy sencillo: sólo hay que hacer una resta para ver que, aplicando su misma y torticera mecánica de extrapolación, en realidad, entre los dos responsables de la gestión catastrófica de los últimos años han perdido la confianza de 11.808.566 de ciudadanos, que les han dicho “Hasta aquí hemos llegado, cabrones”.
            Yendo a lo concreto, yo no sé si el bipartidismo ha muerto en España –y en Europa–, tal y como dicen los grandes titulares, pero mirando con retrospectiva hacia el camino que nos ha traído a este punto de la historia, hemos visto que los grandes brillos cercanos que tachonaban sus bordes ocultaban un paisaje circundante reseco y yermo. Ahora vemos que en los últimos veinte o treinta años los partidos políticos de un lado y de otro nos han dejado completamente expuestos y desamparados a los vaivenes de las élites económicas, en un mantra absurdo en el que aseguraban que ellos sí que sabían qué era lo que le convenía al mundo. Éstos, implementadas sus acciones a través de las reglas de un mercado que pretende ser el mecanismo de asignación más ecuánime, serían los mejor situados para guiar los designios de nuestro devenir.
            Bueno, pues el devenir al que nos han llevado se ha convertido en este completo desastre en donde la inmensa mayoría de la población se siente estafada, vendida al gran capital como una pieza prescindible y cada vez más devaluada de un engranaje social que desecha todo aquello que no sirve para aumentar los ratios de beneficio. Un desastre donde nadie te garantiza una mínima estabilidad vital, donde el trabajo digno es una mera utopía y lo que queda más allá de esto no permite salir de la pobreza. Y ojo, una masa crítica de personas se ha dado cuenta de todo esto, han visto a los culpables, y están buscando la manera de llegar más allá de ellos.
            Por eso me alegro del resultado de las elecciones de este pasado fin de semana, porque parece que esa masa de gente presuntamente adormecida está empezando a cobrar la factura a unos piratas que secuestraron nuestra dignidad y se la vendieron al diablo a cambio de las migajas que se le caían a éste de la mesa. Ya no nos valen carteles electorales de dudosos personajes sonriendo y besando niños, ya sabemos que las cifras económicas pueden esconder grandes mentiras y entendemos que votarles es poner a la zorra a cuidar del gallinero. En resumen, ahora queremos verdaderos líderes que sirvan para que la ciudadanía recupere el lugar que le corresponde. Después ya hablaremos de ideologías. 

Alberto Martínez Urueña 28-05-2014

martes, 13 de mayo de 2014

La libertad


            Sobre la libertad se han escrito auténticos estudios desde hace siglos; en cada uno, su autor pretendía dar una versión del asunto. Muchos de ellos, por cierto, han utilizado la temática para dar empaque a una teoría más amplia en la que encastraban con mayor o menor consistencia la perspectiva que necesitaba esta problemática; quizá para dar planta a sus creencias, quizá con una visión un tanto manipuladora de las conciencias. En cualquier caso, desde antes de Jesucristo, en aquella incipiente cultura grecorromana, fueron muchos los autores que trataron de desgranar este aspecto tan humano, quizá por el simple amor al conocimiento –raíz etimológica de la filosofía– o por los motivos más o menos interesados. De hecho, esto me llevaría a una disquisición de la que me gustaría hablar posteriormente, que sería sobre la concepción que tenemos de nuestros semejantes en circunstancias parecidas a éstas; es decir, cuestionarme si el hombre es un animal interesado y egoísta del que hay que recelar siempre por sus escondidos intereses, o si puede manejarse de una distinta manera en la que no estuviera movido más que por un interés altruista para con sus semejantes. Evidentemente, es necesario pasar por el tamiz personal las dialécticas que nos llegan, pero la forma en que afrontemos tal disquisición cambiaría radicalmente con estas dos distintas opciones. El resto de culturas no se quedan al margen, y también han tratado este tema desde sus propias perspectivas, interesantes algunas de ellas, pero eso es materia de otro costal.
            Con respecto a la libertad, creo que hay que rehuir de la casuística concreta de los hechos consumados. Quien determina que tal o cual actitud pasa al libertinaje puede estar exacerbando una moral que, aunque sea respetable, puede ser contraria a la realidad humana, y puede estar tratando de imponer una moralina que esté más bien basada en prejuicios cuando menos anacrónicos. Quien defienda la libertad para actuar en todo caso, está obviando –esta vez, creo que de forma interesada– la existencia de valores suprahumanos y, sobre todo, supraculturales: como suelo defender reiteradamente en mis textos, no creo en ningún concepto ético, social o legislativo que vaya en contra del ser humano.
            La libertad, como todas las facetas del ser humano, no es una parcela independiente del resto de elementos que comportan su existencia, por mucho que las ciencias occidentales hayan parcelado cada uno de ellos en distintas disciplinas que, por un lado, nos han permitido obtener un conocimiento mecanicista muy útil para comprender los distintos engranajes que rigen el mundo y nuestra vida, pero por otro lado, nos han restado la comprensión global y holística de lo que somos; una realidad en la que dos más dos casi nunca son cuatro y en la que la interdependencia de todas las variables que rigen el sistema de ecuaciones no lineales que nos domina provoca que tengamos que tener en cuenta sus relaciones.
            Para comprender estas relaciones en las que la libertad se ve impregnada de toda una serie de condicionantes sólo hay una posibilidad real y cierta sin la que cualquier discurso se suele convertir en una conversación de besugos; en otras ocasiones, cuando se exaltan los ánimos, podemos asistir a verdaderas peleas de patio de colegio en que las razones son tan “infantiles” que ninguna de ellas se soporta por sí misma. Esta posibilidad supone intentar ver cada vez más “variables” de ese sistema de ecuaciones que mencionaba en el párrafo anterior, en un proceso que algunas corrientes de conocimiento llaman ampliar la conciencia y que coloquialmente se menciona como ampliar la perspectiva. En definitiva, no hay nadie más libre que el que conoce la realidad con una amplitud mayor, pero con la condición de tener perfectamente integrado en esa existencia holística que es su vida el conocimiento adquirido y que, ojo, no tiene por qué ser un conocimiento racional o intelectual. De hecho, muchas de las cuestiones que aprendemos “de verdad” en esta vida no tienen nada que ver con las conceptualizaciones racionales con las que la mente pretende engañarnos y fabricar su jugada sustentadora del pernicioso ego.
            En definitiva, al igual que ocurre en la mayoría de los mundos parcelados de que consta nuestra existencia, las mejores decisiones se toman cuanta más información “relevante” tengas en tu poder. Con la libertad sucede de igual manera. Por mucho que haya quien argumente que el ser humano es un ser con la potencialidad de tomar sus propias decisiones, incluida la de degenerarse a sí mismo a través de todo tipo de comportamientos, no es menos cierto que un conocimiento “real” y no sólo intelectual del asunto evitaría semejante esclavitud de factores que nada tienen que ver con la realidad que encierra un ser humano. Una vez más, como siempre he argumentado en este tipo de cuestiones, llego a la conclusión de que ampliar la visión que tenemos de la realidad que nos rodea, a través de un proceso de ampliación de la propia conciencia, es la única solución que existe para que esta vida sea lo más auténtica posible. A este respeto, además, puedo aseguraros que esta conclusión no tiene nada que ver con el proceso racional que he utilizado para la construcción dialéctica de este texto…
 
Alberto Martínez Urueña 12-05-2014